Consejos para conducir un turbodiesel

Llevo conduciendo el mismo coche desde hace algo más de tres años y medio: un Opel Corsa D 1.3 Ecoflex con el que he recorrido 160000 kilómetros durante ese tiempo, lo cual creo que me permite hablar de él con cierto conocimiento.  Dado que el coche hasta el momento no me ha dado ni un sólo problema (toco madera, pero hasta ahora las únicas “averías” han sido un par de luces de cruce fundidas) me gustaría compartir con vosotros algunas conclusiones que he sacado de mi experiencia al volante con este vehículo, ya que supongo que algo tendré que ver en esa ausencia de problemas mecánicos.

M-230, Km 3

1. Lee el manual

Se que soy un caso atípico, pero adoro leer los manuales de todo lo que me compro hasta el punto de que no estreno ningún gadget tecnológico hasta que no me he mirado su manual de arriba a abajo. De hecho, uno de los mayores defectos que le veo a la videoconsola OUYA es que su manual se limita a un DIN-A5 con apenas unas lineas impresas.

Todos los coches vienen con un manual en el que se detalla desde lo más simple (cómo abrir la puerta del coche) hasta aspectos más técnicos como los significados de los iconos del salpicadero, las presiones de las ruedas o el mantenimiento a realizar por el usuario. Es fácil de entender y echándole un vistazo descubriréis la cantidad de cosas que se pueden configurar en un coche actual en el que todo está controlado a base de electrónica.

Detrás del volante

2. Conoce las limitaciones de tu vehículo

Lo primero de todo es que uno ha de ser consciente de lo que llevamos entre las manos. Un utilitario como el mío no aspira a quemar ruedas en los semáforos ni a apurar marchas hasta el corte de inyección. Y digo esto porque a diario vemos gente que a bordo de un utilitario del segmento B (y a veces incluso del A) toma las glorietas haciendo chirriar sus ruedas de 13 pulgadas con el consecuente riesgo para el resto de usuarios de la vía.

Sí que es verdad que la electrónica que gobierna buena parte de los coches actuales ayuda a que manos inexpertas puedan salir airosas de ciertas situaciones, pero cuando pienso en este tema siempre recuerdo lo que ponía en el manual de instrucciones del coche que tenía un amigo con respecto al control de estabilidad: “Recuerde que el ESP no cambia las leyes de la física”. Y es que de nada sirve tener todos los sistemas de seguridad disponibles en el mercado si vamos a 160 Km/h directos a una curva cerrada bajando un puerto de montaña.

Sin estrenar

Al igual que en el mundo de la fotografía, es muy importante conocer los recursos con los que contamos, sus limitaciones y su correcto uso.

3. Evita los transitorios

Los que me conocen saben que soy el enemigo público número uno de los transitorios. Los transitorios en electricidad son los instantes de “descontrol” que siguen a un cambio brusco hasta que todo vuelve al equilibrio y, como os digo, es algo que intento evitar en todo lo que hago. En mi concepción particular de la vida, siempre que sea posible los cambios han de suceder poco a poco y sin salirnos mucho del punto de equilibrio y eso mismo también lo aplico a la hora de ponerme al volante.

Un cambio brusco de dirección es un transitorio del mismo modo que un acelerón a fondo o una frenada en la que actúe el ABS también lo son. Son situaciones que el coche está diseñado para soportar, pero lo ideal sería no llegar a esos extremos porque acabarán pasando factura.

En medio de la noche

De cara a la conservación de la mecánica en un turbodiesel un acelerón a fondo implica una descompensación en la mezcla aire/gasóleo que se traduce en una humareda negra saliendo por el escape (el conocido como “ataque del calamar“) debido a que la combustión del gasóleo es deficiente y lo que no se quema en los cilindros se expulsa en forma de hollín (también conocido como carbonilla). Pasados unos segundos el motor vuelve a encontrar el punto de equilibrio en el que la mezcla de aire y gasóleo es óptima y cesa la producción de ese hollín; pero durante los instantes de transitorio estamos llenando de resíduos todo el sistema de evacuación de los gases de escape.

En tiempos no había tanto control de las emisiones como ahora; de modo que la mayor parte del hollín se expulsaba a la atmósfera y el resto ya saldría en los acelerones sucesivos. Sin embargo, desde hace unos años la totalidad de los coches diesel llevan el llamado Filtro Anti-Partículas (FAP) también conocido en inglés como “Diesel Particle Filter” (DPF).

A grandes rasgos, el filtro es como un “colador” muy fino situado en la línea del escape que retiene las partículas de hollín y cuando llega a una determinada cantidad de suciedad acumulada incrementa su temperatura para quemar esos residuos y autolimpiarse un poco al estilo de los hornos pirolíticos que muchos tenemos en casa. Aunque este filtro esté diseñado para regenerarse, este proceso se realiza bajo determinadas condiciones de conducción (normalmente requiere conducción a más de 2000 RPM con el motor caliente; es decir, carretera despejada) que si no se dan harán que el filtro se acabe saturando y nos toque pasar por el taller para que nos lo limpien por otros medios.

Estas condiciones desfavorables para la regeneración del filtro son atascos, cambios bruscos de velocidad, trayectos cortos, semáforos… Es por eso que un coche diesel moderno no es muy aconsejable para trayectos exclusivamente urbanos, ya que además del consecuente desgaste de piezas como frenos, embrague, dirección, neumáticos… también el filtro de partículas empezará a darnos problemas antes o después.

Caos circulatorio en Nueva Alcalá

Si sólo hacéis trayectos cortos por ciudades (y más si tienen mucho tráfico) lo más sensato es comprarse a día de hoy un coche de gasolina y el día de mañana un GLP, un híbrido o incluso un eléctrico puro cuando estas tecnologías se desarrollen lo suficiente; porque aunque es verdad que están avanzando mucho, todavía se encuentran un poco en pañales y ya sabéis que los early adopters son como el conejillo de indias de lo que será la verdadera forma de la tecnología y además a un precio mucho más asequible.

En resumidas cuentas (veo que me empiezo a ir por las ramas en este punto del artículo) si queréis evitar problemas mecánicos en los modernos turbodiesel, debéis evitar la excesiva formación de carbonilla; y para ello una buena medida es evitar los acelerones bruscos especialmente con el motor frío.

4. Haz las revisiones

Es muy importante no alargar los intervalos de revisión fijados por el fabricante. Cuando recogí mi coche y en la Opel me comentaron que las revisiones son cada 30000 Km se me quedó cara de asombro, ya que en mis dos coches anteriores estas eran cada 10000 Km (cambio de aceite y filtros así como revisión de pastillas de frenos, correas y otros elementos de desgaste habitual) pero me dijeron que utilizando los aceites adecuados y empleando el coche en circunstancias normales no tenía por qué tener ningún problema.

Hora de la siesta

El caso es que el coche ha pasado escrupulosamente todas las revisiones en los talleres de Opel cada 30000 Km y hasta el momento no ha dado el más mínimo problema y es que, de hecho (salvo casos atípicos, claro está) un coche moderno, bien cuidado y al que se le realizan las revisiones oportunas siguiendo las directrices del fabricante, debería darnos muchos años de tranquilidad.

5. Controla la temperatura

Es básico no exigirle demasiado a un coche cuando el motor no ha alcanzado su temperatura nominal de funcionamiento (que suele rondar los 90ºC). Tened en cuenta que el aceite que lubrica todas las partes móviles a temperaturas bajas no es todo lo fluido que debe y si pretendemos llevar el motor a corte de inyección nada más arrancar podemos dañar elementos mecánicos que con el tiempo no darán más que problemas.

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Uno de los más delicados es el turbocompresor, ya que éste puede llegar a girar a varios miles de RPMs y si no está correctamente lubricado lo griparemos en menos que canta un gallo. Del mismo modo, es bueno para el turbo dejar el coche al ralentí unos segundos antes de apagar el motor, ya que de ese modo dejará de girar y se enfriará con la circulación del aceite evitando así que éste se queme y produzca residuos que pueden dañar los precisos rodamientos que lleva este caro componente.

Un caso que me viene ahora a la cabeza es el de un chico de mi calle  al que he visto en más de una ocasión en las mañanas de invierno meterse en su coche, arrancar, meter primera y subir de vueltas hasta el infinito y más allá mientras se perdía por los confines del barrio. Obviamente ningún coche está preparado para este tipo de prácticas salvajes; pero mucho menos un vehículo sencillo pensado para nuestros desplazamientos cotidianos.

Curiosamente el Opel Corsa no posee aguja para la temperatura del refrigerante del motor, de modo que mi consejo es que no paséis de 2000 RPM ni peguéis acelerones bruscos hasta que hayan transcurrido diez minutos desde el arranque del motor. Es verdad que en apenas cinco minutos el refrigerante ya estará a los 85 grados de rigor; pero el aceite suele tardar algo más en calentarse y por eso es mejor dejar ese “margen de seguridad”.

Recordad: exprimir el motor en frío es fuente de problemas a medio y largo plazo; así que tomaos las cosas con calma y vuestro coche os lo agradecerá.

6. Conoce el régimen de funcionamiento

Un motor de combustión tiene una zona de revoluciones en la que su funcionamiento es óptimo y para tratar de mantenerlo el mayor tiempo posible dentro de dicha zona debemos de hacer uso de la caja de cambios.

Si no os queréis complicar con tecnicismos, la zona óptima de funcionamiento del motor es aquella en la que éste da su máximo par. Dentro de ese intervalo de revoluciones el motor optimiza su funcionamiento y trabaja más cómodo, dando lugar a un menor consumo entre otras ventajas. Lo normal es que en un turbodiesel esta zona se inicie con la entrada del turbo y finalice cuando las RPMs son tan altas que las pérdidas por inercias internas y tiempos de combustión empiezan a hacerse notables.

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En el caso concreto de mi Opel Corsa, la zona óptima se encuentra entre las 1750 y las 2500 RPM. Dentro de ese intervalo el coche se convierte en un mechero y tiene empuje suficiente como para afrontar cualquier repecho. Por debajo de 1750 RPM se nota que el turbo todavía no es capaz de meter presión a los cilindros haciendo del coche un verdadero “muerto” mientras que por encima de las 3500 RPM ya se nota que el empuje decae mucho y merece más la pena engranar la marcha siguiente.

De hecho, pienso que muchos turbodiesel se han averiado en los últimos tiempo por hacer caso de algo en lo que insistieron hace unos años en los medios de comunicación y que desde entonces no he vuelto a escuchar. La cosa es que afirmaban que si queríamos optimizar consumos debíamos cambiar de marchas de la siguiente manera: primera hasta 10 Km/h, entonces meter segunda y así seguir engranando marchas cada 10 Km/h. Es decir, que debíamos meter 5ª a 50 Km/h y en el caso de que nuestro coche tuviera 6ª velocidad, hacerlo a la friolera de 60 Km/h.

Al margen del hecho de que cambiar muy pronto de marcha mete al coche en la “zona muerta” de la curva de par, esto estaría muy bien si no tuviéramos en cuenta lo que os comentaba hace un rato acerca de la carbonilla y lo malo que es para los diesel la acumulación de esta en el sistema de escape. Llevando el motor ahogado (y cambiar de la forma que os decía antes es ahogar el motor cada cinco segundos) también genera un montón de hollín que se va a acumular por todos los rincones por los que pasen los gases de escape (incluyendo, por supuesto, filtros de partículas, EGRs y demás) dando lugar a problemas de todo tipo.

Si estáis subiendo una pendiente fuerte y prolongada y veis que llevando el acelerador casi a fondo el coche va perdiendo velocidad, no dejéis que se ahogue e id bajando marchas a medida que el coche os lo vaya pidiendo, pues de lo que se trata es de llevar el motor alegre de revoluciones mientras superáis el desnivel.

¡A todo trapo!

Por supuesto, como ingeniero que soy trato siempre de optimizar procesos, y llevar el motor al punto en el que obtenga su máximo rendimiento con el menor consumo posible es una forma de optimizar lo que tenemos.

7. Controla el nivel de aceite

Hay gente que comete el error de llenar el aceite por encima del nivel máximo que marca el fabricante “para no tener que rellenar si consume algo”. Pues bien, en un coche diesel eso es algo sumamente peligroso, ya que podemos entrar en una realimentación positiva que lleve incluso a la destrucción del motor. Me explico:

El gasóleo es un compuesto orgánico similar al aceite (de hecho su tacto es muy parecido) que bajo la enorme presión y temperatura que ejercen los cilindros y mezclado con aire, provoca una explosión que al final genera un esfuerzo mecánico que es el que impulsa al coche. Pues bien, si el nivel de la cámara de aceite es muy elevado y el motor gira alto de revoluciones, debido a la agitación de ese aceite por acción de las partes mecánicas móviles del motor, éste podría llegar a entrar en la admisión, quemarse en los cilindros como si fuera combustible provocando un aumento de las RPM y agravando cada vez más el problema en una espiral de autodestrucción que llevará al gripado del motor entre una enorme humareda de color blanco y terminará con el coche en el taller (y muy posiblemente en el desguace).

Buena falta te hace...

Si esto nos ocurre lo único que podemos hacer es tratar de calar el motor engranando la marcha más larga que tengamos y pisando el freno a fondo; si bien reconozco que hay que tener mucha sangre fría para no dejar el coche en la cuneta con el motor ahuyando como un lobo siberiano y salir corriendo para ponernos a salvo y pedir ayuda.

Obviamente, quedarnos sin aceite también representa un grave problema, ya que la falta de lubricación dañará irremediablemente todas las partes móviles del motor. Por lo tanto, lo mejor para no tener ningún problema relacionado con el aceite es llevarlo siempre entre las marcas min y max de la varilla, que para eso están.

8. No apures demasiado el depósito por sistema

Hay gente que tiene la costumbre de llegar a la gasolinera con la aguja del depósito “tumbada”, lo cual no es recomendable por lo siguiente:

Por muy refinado que esté el gasóleo, éste no deja de ser un combustible fósil que posee algunas impurezas sólidas que por la acción de la gravedad decantarán en el fondo del depósito. Por tanto, si lo apuramos hasta la última gota hay bastantes posibilidades de que alguna de esas partículas pase al sistema de inyección y tapone algún componente.

No sé si sabéis que los inyectores de los coches diésel modernos meten el combustible en los cilindros a unas presiones altísimas (pueden rondar perfectamente los 2000 bares) y para ello el orificio de salida del inyector ha de ser prácticamente microscópico.

El final del camino

Y sí, me diréis que previo al sistema de inyección hay un filtro de gasóleo que en teoría retendrá cualquier partícula que provenga del depósito; pero ya sabéis que en el mundo real hay errores de tolerancia, filtros con poros, mantenimientos mal realizados y cosas por el estilo. Por tanto, es mejor no depender al 100% del filtro para prevenir atascos en el sistema de inyección y poner algo de nuestra parte para no favorecer este arrastre de sólidos que os decía.

Conclusión

No pretendo con este artículo dar lecciones a nadie. No soy ningún experto en coches y lo que aquí os cuento se basa en mi experiencia y en aquello que he ido aprendiendo en relación al tema “sobre la marcha”. Del mismo modo, ya habréis visto que no he entrado en demasiados tecnicismos y es que, al igual que hago en mis artículos sobre fotografía, lo que pretendo es que la información llegue a la mayor parte de gente posible y no sólo a aquellos que tienen conocimentos de ciclos de combustión, curvas de par o ratios de compresión. Si os fijáis, la mayor parte de lo que aquí os he contado se basa en la simple aplicación del sentido común y en tener un poco de curiosidad por las cosas.

Si con la publicación de este artículo consigo que alguna persona evite problemas mecánicos en su coche y de paso se interese mínimamente por lo que ocurre debajo del capó, el esfuerzo habrá valido la pena.

¿Jugamos un Tetris?

¡Nos leemos!

La estanqueidad de las réflex profesionales

Hay un detalle que distingue a las cámaras réflex de gama profesional del resto: el sellado del cuerpo contra polvo y humedad. No quiere esto decir que estas cámaras sean sumergibles ni mucho menos; pero sí que podremos disparar con ellas con cierta tranquilidad bajo lluvia, nieve o entornos polvorientos.

Regando los jardines de la Plaza de Cervantes (VII)

Obviamente, al ser modelos dirigidos a gente que vive de la fotografía, estos han de resistir condiciones meteorológicas adversas, ya que un fotoperiodista no puede permitirse dejar de disparar porque se ponga a llover o porque se desate una tormenta de arena en el desierto. De este modo, los cuerpos de las cámaras tope de gama de los catálogos de las diferentes marcas suelen estar fabricadas con un cuerpo de aleación metálica (magnesio en la mayoría de las ocasiones gracias a su ligereza) que incluye juntas de estanqueidad en todas sus partes móviles para evitar la entrada de líquidos o elementos externos en el interior aunque por fuera no haya por donde cogerla. Una medida que no es infalible pero que otorga un plus de fiabilidad a estos modelos.

De todos modos, un error muy común es pensar que con uno de estos cuerpos podemos disparar durante horas bajo un intenso aguacero sin preocuparnos de nada; porque al fin y al cabo, de lo que hoy estamos hablando es del sellado del cuerpo; pero nada hemos dicho todavía sobre los objetivos y ya sabéis que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.

Los objetivos: posible talón de Aquiles

Las ópticas que acoplamos a las cámaras también se dividen en gamas, y al igual que ocurre con los cuerpos, no todas están preparadas para que les caiga agua encima sin que entre humedad en su interior. En general, los teleobjetivos profesionales pueden aguantar condiciones adversas sin demasiados problemas; pero los objetivos más básicos (el habitual 18-55 “de kit”) pueden dar problemas si no se tiene cuidado con ellos.

Nikkor 80-200 f/2.8 en soledad

Los conocidos 70-200 f/2.8, 24-70 f/2.8 y compañía están fabricados de tal modo que incluso usándolos bajo la lluvia o la nieve no presentarán problemas de funcionamiento; aunque sí que pueden empañarse sus lentes en caso de cambios de temperatura bruscos y/o humedad ambiental muy elevada. Por ejemplo, toda la gama L de Canon está preparada para aguantar el tipo bajo todas las condiciones, pero siempre se advierte de que para completar el sellado del objetivo es necesario tener colocado un filtro roscado en la parte frontal, ya que si no podría entrar humedad por las uniones entre las lentes que conforman la óptica y la carcasa de la misma.

El cuerpo de mi D300 pertenece a la gama profesional de Nikon (de hecho hasta la llegada de la D300S y la reciente D7000 era la cámara con sensor DX de mayores prestaciones) y, por tanto, sé que acompañado de la óptica adecuada no debería de tener problemas de funcionamiento. En mi caso particular, cuando está lloviendo suelo llevarme mi querido Nikkor AF-S 35mm f/1.8 DX porque como no tiene partes móviles y posee una junta de caucho en su montura me da bastante confianza y de hecho nunca me ha dado problemas de ninguna clase. De todos modos, el voluminoso Nikkor AF 80-200 f/2.8 también me ha demostrado que aguanta perfectamente los chaparrones pese a ser un objetivo de focal variable gracias a su construcción a prueba de bombas.

Pero ojo, porque ningún objetivo es acuático ni sumergible (a no ser que nos vayamos a la gama Nikonos, que consta de varias cámaras analógicas y objetivos especialmente diseñados para ser empleados bajo el agua) y lo que aquí estamos diciendo es que ciertas ópticas pueden aguantar un chaparrón o una tormenta de nieve sin que entre humedad en su interior; pero si los sumergís en agua salada habréis firmado la sentencia de muerte de cualquiera de ellos.

Review AF-S Nikkor 35mm f/1.8 DX

Una situación especialmente peligrosa

En todo caso, hay una situación especialmente peligrosa cuando estamos disparando bajo condiciones meteorológicas adversas: el cambio de objetivo. Durante los instantes que dura el cambio propiamente dicho estamos exponiendo a los elementos la parte interna de la cámara y podemos encontrarnos con la mala suerte de que entre cualquier cosa por allí. Por lo tanto, no se os ocurra cambiar de óptica bajo un aguacero porque aunque a lo mejor no notéis nada de primeras, si entra humedad dentro de la cámara puede aparecer corrosión pasados unos días y al final acabar estropeándose la electrónica interna, que siempre es muy sensible a ese tipo de cosas.

Un caso muy radical de esto que os digo es el de un compañero del foro de Nikonistas que tenía una D300 y se encontraba haciendo fotos en la orilla de una laguna con tan mala suerte que la cámara se cayó al agua con el objetivo desmontado durante apenas un par de segundos; tiempo suficiente como para que se le anegara completamente por dentro. Si hubiera llevado el objetivo montado a lo mejor el agua no hubiera pasado de la carcasa de la cámara; pero al estar la bayoneta de la cámara totalmente expuesta, el agua entró en el interior y, además de provocar varios cortocircuitos que hicieron que la cámara se volviera loca, la humedad corroyó en pocos días las pistas de los circuitos impresos y al final hubo que tirar la cámara entera.

Familia de condensadores

Aun así, que nadie piense que una D40 se estropeará irremisiblemente porque le caigan un par de gotas de agua encima porque, sin ir más lejos, en mi viaje a principios de este año a Bruselas y alrededores, nos llovió prácticamente todos los días y yo no dejé de hacer fotos en ningún momento. No pasa nada porque la carcasa externa de una cámara se moje ligeramente pero, eso sí, en caso de que caiga agua a cántaros y no dispongáis de un equipo preparado para ese tipo de situaciones mejor no tentar a la suerte y guardar la cámara en la mochila hasta que se calme un poco el chaparrón.

A modo de resumen

En resumidas cuentas, hacerse con un cuerpo de gama profesional nos va a permitir disparar bajo condiciones climatológicas adversas con cierta tranquilidad. Aunque esté cayendo bastante agua del cielo o nos salpique un coche que pase sobre un charco su electrónica interna permanecerá a salvo de humedades. Sin embargo, debemos tener cuidado con los objetivos, ya que no todos están preparados para esas mismas situaciones y podemos encontrarnos con la desagradable sorpresa de que si bien nuestra cámara funciona perfectamente, la óptica deja de responder o lo hace erráticamente porque le ha entrado humedad en su propia electrónica.

Durante la lluvia

Tratada con cabeza, una cámara réflex nos puede dar muchos años de alegrías; pero siempre debemos de ser conscientes de las limitaciones de nuestro equipo y no probar sus límites de resistencia si no queremos llevarnos alguna sorpresa desagradable.

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Filtros Kenko MC Protector: calidad a buen precio

La utilidad original de los filtros UV consistía en evitar que la radiación ultravioleta afectara a las imágenes cuando las cámaras analógicas dominaban el mundo. El ojo humano es incapaz de ver esa radiación, pero en la película fotográfica podía aparecer en forma de neblina bajo ciertas situaciones como paisajes de a pleno sol o fotografías realizadas a gran altitud.

Sin embargo, pese a que las cámaras digitales poseen en su interior elementos que evitan que la radiación ultravioleta llegue hasta el sensor, los filtros UV se siguen vendiendo por millones debido a que muchos los empleamos a modo de protección para la lente frontal de los objetivos.

Broken UV filter

Imagen de Vincent Laforet

Pues bien, sabiendo que la utilidad de los filtros UV hoy en día se limita únicamente a la protección de la óptica de la cámara, ¿por qué no simplificar las cosas y hacer un filtro que sirva únicamente para este fin dejando de lado el bloqueo de la radiación ultravioleta?

Algo así se le debió ocurrir al departamento de I+D de Kenko, que hace no mucho tiempo presentó unos filtros denominados Protector que, como su propio nombre indica, han sido diseñados para proteger los objetivos de nuestras cámaras digitales de la suciedad así como de posibles impactos producidos por elementos externos.

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Kenko es una filial de la japonesa Tokina al igual que Hoya (marca muy conocida en el mundillo de la fotografía por sus filtros) hasta tal punto que ambas compañías comparten el mismo material para fabricar estos elementos. De hecho, incluso los tratamientos antireflejos que emplean son los mismos: el conocido como HMC en Hoya y simplemente MC en Kenko.

Ya os comenté que para evitar flares y reflejos en las fotografías es importante emplear filtros con tratamiento antireflejos multi-capa, y por eso decidí hacerme con un “MC protector” de 52mm para probar qué tal iban estos filtros y ver si merecían la pena.

Compré el filtro en una tienda de eBay llamada Surrey Photographic Supplies, donde dentro de la variedad de filtros que poseen hay un apartado dedicado a estos Kenko MC protector disponibles en varios diámetros. Me salió por 12 euros al cambio y en ocho días lo tenía en casa; mucho más barato que los más de veinte euros que cuestan en las dos tiendas físicas donde los he visto. Tal vez, si pides sólo uno la cosa merezca la pena relativamente; pero en caso de pedir varios el ahorro es notable.

Grosores de filtros UV

Hoya HMC a la izquierda. Kenko MC Protector a la derecha.

El aro metálico del filtro es más estrecho que un Hoya HMC (7 mm contra 5 del Kenko MC protector), por lo que apenas se nota que va puesto en la cámara y evita problemas de viñeteo en las focales más cortas. El tacto del filtro es sólido y va roscado en su parte frontal de tal modo que podemos acoplarle otro filtro (aunque no es algo muy recomendable) o un parasol a rosca.

En cuanto al cristal, al mirar una bombilla reflejada en él se produce el mismo efecto que en el Hoya HMC por el tratamiento antireflejos (de hecho ya os dije que Hoya y Kenko emplean el mismo vidrio para fabricar los filtros): se atenua bastante y se ve de distinto color en función del ángulo de visualización como vimos en la entrada que antes os comentaba sobre los recubrimientos antireflejos.

De todos modos, podemos volver a hacer la prueba de colocar un par de filtros delante de una ventana y ver cómo se refleja la luz del sol sobre ellos para ver comprobar que nada tiene que ver el filtro Hama sin tratamiento antireflejos con el Kenko MC Protector.

Reflejos en filtros UV

Kenko MC Protector a la izquierda. Hama UV a la derecha.

En definitiva, y para no alargar más esta entrada, estoy muy contento con este modelo de filtro. De hecho, he pedido un par más para colocarlos en mis tres objetivos más habituales: el 35mm f/1.8, el 18-55 VR y el 55-200 (por desgracia, al Falcon 8mm fisheye f/3.5 no se le pueden poner filtros).

Si buscáis un filtro para proteger vuestros objetivos, que tenga una cierta calidad y que no os salga demasiado caro, los Kenko MC Protector pueden ser una opción a tener muy en cuenta por encima de otras marcas de calidad similar pero en las que se paga un extra por llevar impreso en su aro un nombre de prestigio.

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Limpiando los objetivos

Aunque reconozco que soy un poco maniático con el tema de la limpieza de los objetivos, visto en perspectiva no es necesario tener los elementos frontales y traseros de las ópticas absolutamente inmaculados en todo momento como si nos fuera la vida en ello, porque es normal que si nos vamos a dar una vuelta con la cámara a cuestas vuelva con algo de polvo sobre su superficie. En cualquier caso, sí que es recomendable tratar de mantenerlos libres de impurezas excesivas porque, en el caso de que el sol pegue “de refilón” a la hora de hacer una fotografía, podrían dar lugar a molestas manchas luminosas (flares) que afearían el resultado final.

Motas de polvo

Limpiando objetivos (I)

Las típicas motas de polvo que se adhieren a absolutamente a todo (sí, a todo; en la pantalla del ordenador en el que estás leyendo este artículo verás que hay multitud de ellas por muy pulcro que seas) no representan ningún problema, ya que con emplear un pincel o la sencilla pera sopladora que usamos para limpiar el sensor saldrán volando sin más. Sin embargo, hay dos elementos que sí pueden resultar “peligrosos” para nuestras ópticas: la arena y los líquidos.

Elementos sólidos

Los elementos sólidos (pequeños granos de arena, por ejemplo) pueden rayar la lente si tratamos de eliminarlos directamente con la típica gamuza de microfibra para limpiar gafas porque al arrastrarlos pueden dejar marcas sobre la superficie del cristal; así que lo que lo ideal sería eliminar a base de aire a presión esos granitos de arena y luego, una vez que ya no quede ninguno, pasar la gamuza bien limpia (es importante que la gamuza no tenga restos de arena o similares, porque sería casi peor el remedio que la enfermedad) para los restos de polvo que puedan quedar.

Limpiando objetivos (II)

Líquidos

Del mismo modo, aunque el agua como tal no representa ningún problema (en pequeñas cantidades, claro) sí que nos puede amargar la fiesta si se trata de agua de mar o barro porque los componentes en disolución se pueden solidificar sobre la lente y darnos el mismo problema que el que os comentaba con los granitos de arena.

En tal caso lo mejor será humedecer la lente ligeramente depositando una o dos gotas de agua en su zona central para disolver los residuos y luego, con mucho cuidado y sin hacer ningún tipo de presión, pasar algún elemento absorbente (un trozo de papel de cocina sirve perfectamente) para que vaya “chupando” todo el líquido sobre la lente. Una vez totalmente limpia podemos pasar nuestra útil gamuza para rematar la faena.

Pinchando globos

Ojo con los recubrimientos de la lente frontal

Aunque el cristal que se emplea hoy en día para fabricar los objetivos es bastante duro, las capas antirreflectantes que llevan son algo más delicadas, y se pueden dañar si no tenemos un poco de cuidado al limpiarlas. Puede que un granito de arena no llegue a rayar el cristal del objetivo si no hacemos mucho el bruto al “restregarlo” sobre la lente, pero la finísima capa exterior dedicada a la prevención de flares y reflejos parásitos puede verse afectada y, con ello, la calidad general de las imágenes que captemos a partir de entonces con esa óptica.

Limpiando objetivos (III)

La ventaja de usar filtros

Si solemos emplear filtros UV como medida de protección en la parte frontal de nuestros objetivos no hace falta ser demasiado cuidadoso con su limpieza. En tal caso podemos soplar nosotros mismos sobre su superficie (que además es completamente lisa) para eliminar lo más gordo y pasar a continuación una gamuza suave o algo de tela que tengamos a mano para rematar el resultado. Al fin y al cabo, si rayamos un filtro con cambiarlo tendremos una óptica nueva a todos los efectos; pero aun así tampoco es plan ponerse hacer el bruto, que los filtros (especialmente los de más calidad) no es que los regalen precisamente.

Filtro UV

Bueno, y eso sin contar con que un filtro puede salvar la lente frontal de nuestro objetivo en caso de una caída desde poca altura, un “chinazo” provocado por el paso de un coche en un rally o un pequeño desprendimiento en la típica excursión por la montaña.

Sentido común

Como veis, todo lo que os he comentado en este artículo no es más que una simple aplicación del sentido común. No creo que se os ocurra limpiar una óptica con un estropajo; pero aun así creo que no está de más recordar estas pequeñas cosillas de vez en cuando para evitar disgustos y desagradables sorpresas.

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Los filtros de densidad neutra

OK, nos hemos comprado un flamante objetivo fijo de apertura f/1.4, lo sacamos a la calle porque hace un magnífico día de verano y la playa está llena de gente. Convencemos a nuestra pareja para que pose ante nosotros con la orilla del mar al fondo porque empleando esa óptica a su máxima apertura vamos a conseguir un desenfoque espectacular. Sacamos la cámara, colocamos todo a nuestro gusto, elegimos el modo de prioridad a la apertura, abrimos a tope el diafragma y… la cámara muestra un alarmante “Hi” donde debería aparecer la velocidad del disparo y la fotografía resultante queda casi completamente blanca. ¿Qué pasa aquí?

Pues que hay demasiada luz para disparar a f/1.4, así que incluso a la máxima velocidad a la que es capaz de disparar la cámara se va a quemar la mayor parte de la fotografía; ese es el problema. Demasiada luz para f/1.4, pero también para f/1.8, f/2.5 e incluso para f/3.2. Es decir, que nos hemos gastado la pasta en un objetivo que nos permita hacer unos desenfoques de infarto para luego tener que disparar a f/3.5; cosa que podría hacer perfectamente un simple 18-55 de los que vienen de serie con la D40.

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Y sí, siempre decimos que si hay poca luz disponible siempre podemos incrementar la sensibilidad ISO de la cámara de tal modo que la velocidad de disparo sea más rápida; por lo que disminuyendo la sensibilidad la velocidad de disparo será menor. Sin embargo, en este caso estamos en el ISO inferior de la cámara y no hay posibilidad de bajarlo más. ¿Qué podemos hacer?

Sólo tenemos dos soluciones: una depende de la madre naturaleza y la otra de una tienda de fotografía. Podemos esperar a que la luz de sol sea menos intensa y entonces disparar a f/1.4 perfectamente; esa opción requiere un poco de paciencia para que el sol vaya bajando en el horizonte o bastante suerte para que aparezca una providencial nube que se interponga entre el sol y nuestra pareja; por lo que no es la solución más apropiada si vamos con tiempo limitado.

La solución más recomendable en estos casos es hacernos con un filtro de densidad neutra, que no es otra cosa que un cristal gris más o menos oscuro que se enrosca delante del objetivo de la cámara y que lo único que va a hacer es disminuir la cantidad de luz que llega hasta el sensor de la cámara.

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Estos filtros suelen denominarse en función de la cantidad de luz que restan, y la nomenclatura más habitual es la que expresa el número de pasos que oscurece la exposición de la fotografía. Oscurecer un paso la exposición significa que entrará por el objetivo la mitad de luz que en la original; por lo que un filtro de dos pasos hará que al sensor llegue la cuarta parte de la luz que sin él, uno de cuatro pasos sólo dejará pasar la decimosexta parte de la luz original… De tal modo que un filtro de ocho o nueve pasos va a ser algo prácticamente opaco que nos va a permitir hacer exposiciones de varios segundos incluso a plena luz del sol.

¿Qué conseguimos con esto? Pues o disparar con el diafragma muy abierto (resolviendo el problema planteado en nuestro ejemplo) o bien conseguir tiempos de exposición largos sea cual sea la cantidad de luz presente; algo muy útil si queremos plasmar el movimiento del agua de un riachuelo de montaña o hacer un barrido del paso de un coche en un circuito a pleno sol.

Como veis, estos trozos de cristal que lo único que hacen es quitarnos luz (algo que la mayoría de las veces evitamos a toda costa) pueden resultar tremendamente útiles en ciertas situaciones, por lo que no está de más llevar uno de dos o tres pasos metido en la bolsa de la cámara.

* Todos los artículos de este tipo en https://luipermom.wordpress.com/fotografia

El viñeteo

El efecto conocido como viñeteo en fotografía y vídeo consiste en el oscurecimiento de las esquinas de la imagen con respecto a la parte central de la misma. Esto puede ser debido a características de la óptica de la cámara (en ese caso sería un efecto no deseado), pero también hay veces en las que provocamos y potenciamos dicho efecto mediante algún tipo de procesado porque queremos emular el efecto de una fotografía antigua.

Campos por los que no ha pasado el tiempo

Viñeteo provocado mediante postprocesado en Adobe Lightroom

El viñeteo suele aparecer más frecuentemente en objetivos de gama baja y, si son de tipo zoom, en las focales más cortas. Esto se debe a que el cono de visión del objetivo es más amplio en esas focales y puede llegar a “tocar” en el extremo de la óptica. Por eso, en caso de colocar un filtro con el aro demasiado grueso en objetivos muy angulares, podemos encontrarnos con un acusado viñeteo (cosa que se evita con filtros más finos; los llamados slim).

Para que el concepto del viñeteo quede algo más claro os he grabado un breve vídeo aprovechando que mi cámara de vídeo en su distancia más angular viñetea bastante al grabar una superficie uniformemente iluminada (en este caso he empleado la pantalla del portátil); algo que se arregla con un toque de zoom como podréis comprobar en las imágenes.

De cualquier modo, aunque en el vídeo de ejemplo parezca que el efecto se va a ver siempre muchísimo, a la hora de grabar (o fotografiar) el mundo real es poco habitual percibir las esquinas oscurecidas salvo casos muy bestias y siempre enfocando a una superficie uniforme y luminosa como puede ser un cielo despejado.

¡Saludos!

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Jugando con luz polarizada

No sé si recordaréis que hace bastante tiempo os hablé de los efectos que produce una lente polarizada a la hora de mirar a un LCD. Pues bien, como aplicación práctica de dichos efectos me gustaría mostraros hoy una serie de imágenes que os sorprenderán por su belleza y por hacer que las cosas más simples adquieran una nueva y sorprendente dimensión aprovechándonos un poco de los fenómenos ópticos que tenemos al alcance de la mano.

Jugando con luz polarizada (I)

La realización de estas fotografías no es nada complicada: todo consiste en apuntar la cámara hacia el monitor LCD del ordenador, colocar un filtro polarizador en el objetivo y girarlo hasta que veamos la pantalla completamente negra (estaremos bloqueando toda la luz que emite). Si a continuación colocamos entre la pantalla y el objetivo un objeto de plástico transparente, éste va a desviar algunos de los rayos luminosos de tal modo que van a llegar al filtro con un ángulo diferente al que salía del monitor y por lo tanto, al no ser bloqueados por el filtro (recomiendo echar un vistazo a la entrada sobre filtros polarizadores para comprender cómo funcionan) van a dar un efecto de iridiscencia variable según el tipo de material y la intensidad lumínica del monitor.

Jugando con luz polarizada (V)

En fin, como veis, hacer este tipo de fotografías es algo que está al alcance de cualquiera y que da unos resultados tan espectaculares como sorprendentes. ¡Os dejo con el resto de las coloridas imágenes!  😉

Jugando con luz polarizada (II)

Jugando con luz polarizada (III)

Jugando con luz polarizada (IV)

Las cosas que suelo llevar en mi bolsa de fotografía

Hoy se me ha ocurrido que podría resultar curioso mostraros lo que suelo llevar en mi bolsa de fotografía cuando salgo con la cámara a cuestas, así que he sacado su contenido, le he hecho una fotografía y gracias a ella me voy a explayar a gusto sobre el tema  😉

Hay gente que prefiere montar un objetivo en la cámara y llevarla al cuello todo el día (Ken Rockwell, sin ir más lejos) pero yo prefiero coger la bolsa, que es mucho más discreta, cabe algún objetivo más (recordad mi teoría que dice “siempre llevarás montado en la cámara el objetivo menos adecuado para la foto que vas a hacer”) y además todo va mucho más protegido contra golpes e inclemencias meteorológicas. De hecho, mi bolsa es una Lowepro Nova 2 AW que lleva una funda impermeable por si nos sorprende una tormenta en medio de ninguna parte.

Pero, bueno, en vez de irme por las ramas voy a centrarme en poneros la fotografía de todo el equipo y os cuento lo que es cada cosa.

Lo que hay habitualmente en mi bolsa de fotografía

NOTA: si pulsáis sobre la fotografía accederéis a su página de Flickr donde he colocado unas notas emergentes sobre cada elemento de tal modo que podéis ver mejor qué es cada cosa

De izquierda a derecha tenemos los siguientes elementos:

AF Nikkor 50mm 1.8D
AF-S Nikkor 55-200mm 1:4-5.6G ED con su parasol montado al revés
– Tarjeta de memoria de reserva (512 MB)
– Nikon D40 con AF-S Nikkor 18-55mm 1:3.5-5.6GII ED
Filtro polarizador B+W “slim”
– Bayeta de microfibra para limpieza
– Mando a distancia compatible
– Tapa del cuerpo de la cámara

Mi cuarto objetivo, el 35 – 70 de 1986, rara vez lo llevo encima, pues lo empleo casi exclusivamente para hacer fotografía macro en casa con mis tubos de extensión; pero estos tres objetivos que veis en la imagen los empleo prácticamente cada vez que salgo a la calle. De todos modos, de vez en cuando me da la venada y me voy sólo con un objetivo montado en la cámara para “obligarme a usarlo”. Unas veces es el 50mm, otras el teleobjetivo… pero es verdad que llevar un sólo objetivo potencia la creatividad y te obliga a pensar más los encuadres (especialmente si es el 50mm, que no tiene zoom de ningún tipo).

Por suerte mi bolsa es bastante cómoda de transportar y aunque me pase toda una tarde dando vueltas con ella no acabo con la espalda hecha un cuatro. Aún así, suelo alternar su transporte al hombro (con su correa acolchada) con ratos en las que la llevo en la mano como si fuera un maletín para así ir repartiendo la carga y no terminar con agujetas :mrgreen:

Lo de la tarjeta de reserva es más por cubrirme las espaldas en caso de fallo que por falta de espacio en la que va dentro de la cámara, pues es una Sandisk clase III de 4GB que en ninguna excursión he llegado a llenar ni a la mitad. El parasol montado al revés en el 55-200 es por tema de espacio en la bolsa, pues de este modo se puede transportar el parasol (importante para evitar flares y reflejos cuando el astro rey pega fuerte) sin que el objetivo abulte mucho más. Es una pena que aunque sea una práctica habitual por parte de los fabricantes, no todos los parasoles admitan este tipo de colocación para el transporte o almacenaje del objetivo.

La bayeta de microfibra es por si cae algún salpicón en la lente frontal de uno de los objetivos; y aunque por la calle nunca me ha hecho falta limpiar nada, prefiero no confiarme demasiado y arruinar una gran foto por una estúpida mancha. Del mismo modo, llevo la tapa del cuerpo de la cámara por si por cualquier motivo (aunque ahora mismo no se me ocurre ninguno) tengo que dejarla sin ningún objetivo montado. Si no tuviera la tapa a punto, entrarían un montón de motas de polvo que acaban por ensuciar el sensor.

Y  por último, el mando a distancia todavía no lo he estrenado porque lo he comprado hace apenas una semana, pero su utilidad es para autorretratos, fotos de grupo con el fotógrafo incluido y para evitar cualquier tipo de movimiento de la cámara empleando el modo bulb (de eso ya hablaremos en otro momento  😛 ).

Y ya está; ese suele ser mi equipaje de mano cuando salgo a hacer fotos; aunque confieso que llevo ya unos cuantos días en los que salgo a la calle única y exclusivamente con el 50mm montado en la cámara; ¡me encantan los desenfoques que es capaz de ofrecer!

De todos modos, hace unos días estuve experimentando con un nuevo cacharrito que me permite hacer algo muy útil con las fotografías de paisaje; pero como es un tema extenso, bien merece una entrada aparte, así que lo veremos dentro de unos días  😉

¿Qué es y cómo se utiliza un filtro polarizador?

Las lentes polarizadas siempre me han llamado la atención: hace ya tiempo publiqué en este mismo blog un artículo sobre gafas de sol de este tipo y hoy me gustaría centrarme en un elemento indispensable en fotografía y que tiene más utilidades de las que en principio se podría pensar: los filtros polarizadores circulares.

filtropola

Para ahorrarnos un buen rato de charla sobre los fundamentos de una lente polarizada os recomiendo que le echéis un vistazo a la entrada que os comentaba antes sobre las gafas polarizadas. El enlace es el siguiente: El maravilloso mundo de las gafas de sol polarizadas. En ella podréis ver qué ventajas tienen las gafas polarizadas sobre las “normales” e incluso visualizar un vídeo que muestra los inconvenientes que nos podemos encontrar a la hora de mirar ciertas pantallas con ellas. Una vez puestos al día sobre cómo funciona y qué efectos tiene una lente polarizada nos vamos a centrar en el filtro fotográfico que tiene esa mágica cualidad: el polarizador.

Un filtro polarizador consta de dos partes: una fija que se enrosca en el objetivo de la cámara y otra móvil que podemos girar para buscar el ángulo adecuado, pues el resultado final va a ser completamente distinto en función del ángulo que demos al polarizador como luego veremos con unas imágenes ilustrativas.

El filtro polarizador nos va a permitir bloquear la luz que venga en una determinada dirección; y en base a esto vamos a obtener dos aplicaciones prácticas a este pequeño pero utilísimo elemento.

1. El efecto más característico en un polarizador es el realce del cielo y el aumento de contraste de las nubes. Si hacemos una fotografía de paisaje en la que queramos dar protagonismo a un cielo con claros y nubes, este tipo de filtro va a ser nuestro mejor amigo, pues vamos a bloquear la luz que viene del cielo dejando el resto intacto de tal modo que las nubes parecerán mucho más blancas y el azul mucho más oscuro. Vamos a ver un ejemplo práctico:

Utilizando un filtro polarizador (VIII)

Cielo sin polarizador

Utilizando un filtro polarizador (IX)

Cielo con polarizador

2. La segunda utilidad del filtro polarizador se basa en el hecho de que la luz se polariza fuertemente al reflejarse en superficies lisas. Gracias a esto vamos a poder emplear este pequeño artilugio para eliminar molestos reflejos de ventanas, chapas y demás elementos planos. Vamos a ver un par de ejemplos ilustrativos:

En el primero de ellos tenemos unos coches aparcados a plena luz del día que ofrecen unos feos reflejos de los edificios que hay en las proximidades.

Usando un filtro polarizador (I)

Coches aparcados fotografiados sin polarizador

Si utilizamos el filtro polarizador vamos a poder eliminar los reflejos de uno de los planos; en este caso el más visible, que es del los techos de los vehículos.

Usando un filtro polarizador (II)

Podemos eliminar los reflejos del techo con el polarizador

Con un simple giro de 90º del polarizador vamos a eliminar el reflejo del lateral de los vehículos (se puede apreciar con claridad en la luna tintada de la furgoneta).

Usando un filtro polarizador (III)

Con un giro del polarizador podemos eliminar los reflejos de los laterales

En cristales también vamos a poder eliminar esos molestos reflejos, de tal modo que el vidrio parezca realmente vidrio. Fijaos en los dos siguientes ejemplos ilustrativos:

Usando un filtro polarizador (IV)

Molestos reflejos en las ventasnas al hacer la fotografía sin polarizador

Usando un filtro polarizador (V)

Con el polarizador la cosa mejora bastante

Del mismo modo que podemos eliminar reflejos de cristales y chapas, también lo podemos hacer de una superficie tan deslumbrante como el agua. Ya os decía en la entrada de las gafas de sol que los cristales polarizados están prohibidos en los concursos de pesca, y con el ejemplo que os muestro a continuación entenderéis a la perfección por qué es así:

En la primera imagen nos encontramos con que la superficie del agua refleja tanta luz que apenas nos deja ver el fondo de la misma.

Usando un filtro polarizador (VII)

La superficie del agua sin emplear un polarizador refleja demasiada luz

Sin embargo, podemos echar mano de nuestro filtro polarizador para, dándole el ángulo adecuado, eliminar gran parte del reflejo y ver el fondo perfectamente. En el ejemplo que os he puesto no se puede eliminar completamente el reflejo porque el agua está en constante movimiento, pero en una superficie lisa como un cristal el reflejo quedaría bloqueado prácticamente al completo.

Usando un filtro polarizador (VI)

Empleando el polarizador vamos a bloquear el reflejo que viene de la superficie y podremos ver el fondo con claridad

Como veís, los filtros polarizadores son de gran utilidad para ciertos tipos de fotografías. La pega que tienen es que oscurecen bastante la fotografía, de tal modo que tendremos que aumentar el tiempo de exposición, abrir más el diafragma o subir la ISO con la que disparamos tal y como os comenté hace tiempo en una entrada que trataba de explicar cuatro principios básicos de fotografía.

* Todos los artículos de este tipo en https://luipermom.wordpress.com/fotografia