Rincones de Oropesa (III)

Hay una Oropesa (la más pegada a la costa) a la que durante diez meses al año tan sólo un puñado de personas insuflamos vida. Y aunque tengo amigos que no soportarían ni una semana de soledad para mí vivir aquí es un privilegio, porque cuando salgo de trabajar todo lo que encuentro es paz, sosiego y tranquilidad.

La Oropesa solitaria

La Oropesa solitaria

La Oropesa solitaria

La Oropesa solitaria

La Oropesa solitaria

La Oropesa solitaria

De todos modos, cuando tengo ganas de volver a la civilización sólo tengo que darme un paseo hasta el pueblo y dejarme contagiar de su especial ambiente (sobre todo los domingos por la mañana) aunque eso es algo que dejo para futuras fotografías.

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On the run

Vivir en una localidad costera donde fuera de temporada apenas hay gente es la mejor manera de darte cuenta de que las ciudades están gobernadas por las prisas, los atascos y el minutero del reloj.

On the run

Oropesa del Mar es todavía a estas alturas del año un lugar en el que puedes ir a hacer la compra y estar tú sólo en el supermercado, pasear por la playa a las ocho de la tarde y no cruzarte con nadie pese a que ya hace el suficiente calor como para ir con los pies metidos en el agua, conducir relajadamente para ir a cualquier lugar, poner la música en casa y subir el volumen hasta que retumben las paredes porque sencillamente no hay vecinos a los que molestar…

Muchos de nosotros entendemos el estés de la ciudad como algo natural; pero en realidad es todo lo contrario. Y si bien no es menos cierto que en breve llegará como cada año el mes de Julio con sus hordas de veraneantes y los restaurantes llenos a rebosar; aquí de momento sólo se respira paz y tranquilidad.

Hora de la siesta

La virtud de la paciencia

Hay gente que no lleva nada bien las esperas por breves que sean. Se trata de esas personas que todos hemos visto alguna vez y que se caracterizan porque en la consulta del médico están dando paseos de esquina a esquina constantemente, en el supermercado se lanzan en pos de ser los primeros de la fila de la caja que acaban de abrir y a la hora de conducir circulan a escasos centímetros del parachoques del vehículo que les precede.

La espera eterna

A mí, sin embargo, las esperas nunca me han supuesto ningún problema: de hecho me gusta llegar a los sitios con tiempo para, una vez allí, dedicarme a observar el entorno y recrearme en algunos detalles. Cuando quedo con alguien a una hora determinada y se retrasa un rato en la mayoría de las ocasiones viene pidiéndome perdón por la tardanza; y aunque sé que mi habitual “no te preocupes, a mí no me importa esperar” le suena a forma políticamente correcta de aceptar sus disculpas, en realidad le estoy diciendo una verdad como una catedral. Para mí, una espera no es una pérdida de tiempo; sino una ocasión perfecta para detenerse por un rato, mirar alrededor y aprender todo lo posible.

Esto mismo aplicado a una escala mayor representa mi propia filosofía de vida según la cual lo importante no es tomar atajos para llegar a los sitios lo antes posible; sino elegir un itinerario que te permita contemplar paisajes desconocidos de los que poder disfrutar y aprender al mismo tiempo. Precisamente, la carretera por la que circulo desde hace meses me sigue enseñando cosas sorprendentes cada día, pero en la lejanía veo un pueblo costero en el que voy a hospedarme durante unos días para empezar a trazar mi futuro más inmediato.

Apacible soledad

Se me hizo raro ver mi urbanización de toda la vida casi en completa soledad durante la semana que pasé recientemente en Oropesa del Mar. Habituado al barullo vacacional de los meses de Julio y Agosto la sensación al sentarme en el jardín después de comer y no escuchar absolutamente nada a mi alrededor fue toda una novedad para mí.

Rodeado

Prueba de ello es esta imagen que capté en unos de esos momentos de tranquilidad que os comento y que muestra el ambiente reinante durante aquellos días.

¡Cómo me gusta descubrir ese tipo de sensaciones!  ^__^

El eco de mis pasos

Ya sé que os lo he comentado alguna que otra vez, pero no puedo dejar de manifestar lo mucho que me gusta levantarme pronto los domingos y recorrer las calles del centro de Alcalá sin prisas y con el sonido de mis pasos como única compañía.

Adoquines

De hecho, esta mañana me llamó poderosamente la atención que recorriendo una de las callejuelas que parten de manera perpendicular a la calle Mayor el único sonido que se podía percibir era el eco que provocaban mis zapatos sobre el asfalto. Nada más: ni voces, ni tráfico, ni ladridos ni radios sonando en la lejanía. Sólo el más absoluto silencio que le hace a uno sentirse como el último habitante de Alcalá.

El caso es que, animado por la sensación de soledad y la tranquilidad reinante, estuve casi tres horas dando vueltas por estos rincones que tantas veces me han visto pasar y haciendo unas cuantas fotografías; pues llevaba un par de semanas sin coger la cámara y en estos dos últimos días me he desquitado a base de bien haciendo una buena cantidad de fotos que os iré mostrando en los próximos días. Obviamente, la tranquilidad de mis primeros pasos se esfumó en cuanto los vecinos y los turistas empezaron a recorrer los mismos rincones que yo, pero eso también le dio vida a las calles y me sumergió de nuevo en el ritmo habitual de la ciudad.

De excursión

¡Nos leemos!  ^__^

Bajando las revoluciones

Unos días después de presentar mi proyecto de fin de carrera me di cuenta de algo importante cuando me encontré con mi amiga Cris en plena calle: seguía con un ritmo de vida tan acelerado como cuando estaba a tiempo completo con dicho proyecto. Supongo que la fuerza de la costumbre había hecho que considerara completamente normal ir a todas partes mirando el reloj y sacando minutos de debajo de las piedras, pero en realidad las cosas habían cambiado y ya no había necesidad alguna de vivir la vida con esas prisas, pues ahora mismo dispongo de todo el día para mí sólo.

Cristina, que además es la cartera de mi barrio, me dijo: “Bueno, no te entretengo más que ya veo que estás ansioso por irte”. Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad no tenía nada que hacer, pero nada más pararme con ella ya estaba mirando el reloj (una descortesía bastante grande por mi parte, dicho sea de paso) con la sensación de ir con la hora justa. El caso es que efectivamente reanudé la marcha, pero ya con el pensamiento de que debía bajar las revoluciones porque en realidad no tenía ningún motivo que me hiciera estar bajo presión: no había plazos de tiempo ni cosas que dejar preparadas al final del día, así que perfectamente podría irme a hacer fotografías por la ciudad durante tres horas sin preocuparme de nada más.

Los carteros también se pierden

Habían sido demasiados meses dando paseos a contrarreloj y desgastando las horas delante del ordenador para tener mi proyecto listo en la fecha de la presentación; y reconozco que hubo días de mucho estrés cuando alguna cosa no salía por muchas vueltas que le daba. Sin embargo, al final todo había salido realmente bien, así que ahora tenía que aprovechar y dedicarme tiempo a mí mismo, pues en breve aparecerá algún empleo (o al menos eso espero) que absorberá una buena parte de la jornada. Al fin y al cabo, si no empleaba esos días de asueto para practicar una vida relajada al final nunca me iba a deshacer de ese ritmo infernal de los últimos tiempos.

El caso es que tras un par de minutos dándole vueltas al tema decidí retroceder sobre mis pasos y buscar a Cris para comentarle el tema y excusarme por mis injustificables prisas de hacía un momento.

Tuve suerte, ella todavía caminaba por la misma calle dónde nos encontramos, así que aparecí a su lado y le dije que la acompañaba un rato; algo a lo que accedió encantada. Durante el paseo aproveché para comentarle lo que os he narrado unos párrafos más arriba: que llevaba varios meses llevando un ritmo de vida demasiado acelerado y que parece ser que ya lo había tomado como algo normal en mí. Prometí que rebajaría ese régimen de mi motor interno de tal modo que me tomara todo con más calma. Y la verdad es que desde ese momento noto que vivo mucho más tranquilo y sin agobios.

A lo mejor si no me hubiera encontrado a Cristina aquella mañana seguiría mirando el reloj, pero mientras dure esta etapa de mi vida pienso tomarme las cosas con calma y tratar de disfrutar de cada cosa que haga me lleve el tiempo que me lleve. De hecho, unos días después me volví a encontrar con ella y me di cuenta (del mismo modo que ella me lo dijo) de que hay una diferencia abismal entre el Luis de aquellos días aciagos y el de ahora.

Es verdad que de todo se aprende; pero lo más importante es pararse de vez en cuando a mirar dentro de uno mismo y darse cuenta de qué cosas estamos haciendo mal para corregirlas. Muchas veces somos capaces de ver hasta los más mínimos errores en los demás, pero incapaces de detectar un fallo muy gordo dentro de nosotros mismos.

Bueno, ya está bien de filosofar: ¡Me voy a dar una vuelta aprovechando que hace sol!

Autoretrato sombrío

Mi ratito fotográfico de cada tarde

Aquí en la playa todos los días intento sacar un rato antes de cenar para salir a la calle a hacer fotografías, pero con la particularidad de llevar nada más que el AF-S DX Nikkor 35mm f/1.8 G montado en la cámara. Ni angulares, ni teleobjetivos, ni leches en vinagre; sólo una óptica fija y luminosa con la que componer las fotografías acercándome o alejándome al motivo y que me permite plasmar en forma de imagen todo lo que veo tal y como lo observo.

Lo hablaba ayer con mi hermano: si tuviera que ir a una ciudad que no conozco y sólo pudiera llevar un objetivo sería este 35mm. Si pudiera llevar dos añadiría el 18-55 VR, y si pudiera cargar con tres, entonces también cogería el 55-200.

La polivalencia que da esta óptica que me compré hace menos de un mes (y que se ha convertido por méritos propios en mi favorita) ha hecho que sea el único con el que me atrevo a salir a la calle sin miedo a perder una fotografía por no llevar el objetivo adecuado. Al fin y al cabo, ya os comenté en la review que su ángulo de visión similar al humano es uno de sus puntos fuertes: si ves algo que te llama la atención, saca la cámara, apunta, enfoca y dispara; el resultado seguro que es más que satisfactorio.

Bicis de verano

Esa media horita escasa que me regalo cada día mientras el sol se esconde es un oasis de tranquilidad en el que sólo existimos mi cámara, yo y lo que estoy fotografiando mientras que el resto del mundo desaparece por unos instantes.