El túnel

Fotografía con cierto aire cinematográfico que hice recientemente en un paso subterráneo de Oropesa del Mar.

Oropesa del Mar

Cuando bajé las escaleras y vi la silueta a contraluz no me lo pensé dos veces y disparé. El posterior procesado en casa hizo el resto.

Aquellos aterradores tubos verdes

La respiración del suelo

Cuando era pequeño estos tubos nos infundían un gran temor a todos los niños del barrio. El simple hecho de pasar cerca de ellos disparaba la imaginación y nos hacían pensar en historias de cavernas subterráneas llenas de murciélagos hambrientos y criaturas que se arrastran por un suelo húmedo que nunca había visto la luz del sol.

Además, si aguzabas el oído podías escuchar un susurro que provenía de Dios sabe dónde cuando te acercabas a ellos. Algo parecido al aliento de un dragón furioso que una noche saldría de allí y nos achicharraría a todos. Si aquellos misteriosos tubos fueran un elemento estático y silencioso podría asumirse incluso que podría ser una extraña escultura; pero la perpetua actividad en su interior era una prueba irrefutable de que bajo aquel jardín había algo que ninguno de nosotros conocía.

El día que me enteré de que no eran más que el respiradero de un aparcamiento subterráneo me sentí aliviado, pero desde ese preciso instante los aterradores tubos de color verde perdieron todo su atractivo y pasaron a ser un elemento más del paisaje urbano.

La tarde en la que pasé miedo de verdad (2ª parte)

Cuando vi a César y al resto del grupo apenas 24 horas después de lo ocurrido en el interior de aquella casa maldita parecían bastante más relajados que yo. Mi cara era un poema porque no había podido conciliar el sueño y todavía  me duraba todo el miedo pasado allí dentro, así que no se podía decir que estuviera ni mucho menos relajado.

Sin embargo, ellos parecían estar bien; como un día cualquiera. Algo no me encajaba y además, ¿por qué habían venido todos si en teoría sólo habíamos quedado César y yo? Algo dentro de mí me dijo que era el único de los presentes que no sabía realmente qué había ocurrido en aquella tarde de Viernes, y mis sospechas se confirmaron segundos después.

Lo primero que César dijo cuando me acerqué al grupo fue que me había portado como un valiente. Que aunque había pasado un mal rato, no me había puesto a llorar ni nada por el estilo como ellos habían pensado. Me habían elegido a mí para gastarme una monumental y macabra broma por mi afición a los libros de Stephen King. “¿Te gusta el terror? ¡Pues toma dos tazas!”, pensaron.

Aunque de primeras me sentí como un idiota, he de reconocer que se curraron un montón todo aquello, pues cuando me fueron contando cómo habían planeado cada acción comprendí que necesitaron bastante tiempo tanto para la planificación como para los diversos ensayos que hubo que hacer.

En el umbral de la puerta

El misterio de que en las habitaciones sucedieran cosas extrañas y que al acudir a ellas no hubiera nadie se explica porque existe un corredor exterior por fuera de las tres habitaciones de la parte trasera de la casa que comunicaba todas ellas entre si. Puesto que además esa parte del edificio daba a un patio interior deshabitado y que cuando César y yo entramos a la casa era de noche cerrada, fue algo que a mí me pasó completamente inadvertido.

Pero vamos a ir repasando paso por paso la secuencia de hechos para que comprendáis qué ocurrió realmente:

Aunque parecía que el resto del grupo no había podido venir, en realidad Iván, Diego y David estaban ya metidos en la casa cuando César y yo nos encontramos. Estaba cada uno en una habitación, y al pasar delante de sus puertas salían al corredor exterior de tal modo que no les podíamos ver desde el pasillo gracias a las tinieblas que reinaban en aquel lugar.

Nada más entrar por la puerta (algo fácil de averiguar gracias al ruido que hacía al abrirse) Diego, que estaba en la habitación del fondo, comenzó a arrastrar una cadena que había cogido del taller mecánico. Y claro, en cuanto escuchó que estábamos próximos a la puerta de la habitación en la que se encontraba salió al corredor exterior de tal modo que a mí me pareció que allí no había absolutamente nadie.

Diego había terminado en ese momento su cometido dentro de la casa, de modo que recorrió todo el corredor hasta la habitación pegada a la puerta para salir por ella mientras yo miraba dentro de la habitación en la que sonó la cadena. Ese es el momento en el que sonó aquel portazo y giró la llave que había sido hábilmente dejada allí por César para que Diego cerrara por fuera en cuanto saliera de allí. Primera parte completada; Cesar y yo estábamos atrapados y con dos personas más dentro de la casa dispuestas a hacernos pasar un mal rato.

Los cristales rotos eran de unas ventanas desencajadas que había en una de las habitaciones de la casa. David tenía un mazo de goma (también sacado del taller) con el que golpeó en ese momento uno de los vidrios y también provocó un poco más tarde el segundo estruendo de cristales. Del mismo modo, aquel sonido inquietante que me recordaba a los pasos de un gigante no era más que el propio David golpeando las paredes de la habitación con ese mismo mazo; y os aseguro que retumbaba por toda la casa de tal modo que te ponía el corazón en un puño.

Cuando César me hizo entrar en la habitación que daba a la calle (la del colchón viejo), Iván salió de su escondite para coger el viejo impermeable que colgaba en el perchero del fondo pasillo. Gracias al ruido que se colaba por la ventana sin cristales, el continuo martilleo de David y lo que César estaba diciendo a gritos no escuché ningún sonido extraño en dicho pasillo. La intención de esto es que al salir de la habitación me fijara en que el impermeable ya no estaba allí, pero yo no me di ni cuenta; algo lógico teniendo en cuenta lo alterado que me encontraba.

La segunda rotura de cristales era la señal para que Diego volviera a abrir la cerradura y se escondiera detrás de la vidriera de la escalera. En esos momentos es cuando César me decía que había que salir corriendo hacia la puerta a toda velocidad sin saber que haciendo eso estaba creando la situación óptima para la ejecución del penúltimo susto: cuando iba recorriendo a toda velocidad el pasillo, Iván, desde la penumbra de una de las habitaciones, lanzó el impermeable a mi paso para que me cubriera por completo y a continuación volvió a esconderse en el oscuro corredor exterior por si me daba la vuelta y me ponía a “investigar”.

Por fin, cuando César abrió la puerta y comenzamos a bajar le tocaba el turno a Diego que, armado con un rodamiento metálico, destrozó una de las vidrieras de la escalera al vernos al trasluz bajar los escalones. Aquel fue el último golpe de efecto de una función absolutamente brillante que consiguió hacerme creer por unas horas que había vivido una auténtica pesadilla y que, como os decía, me impidió dormir un sólo minuto aquella noche.

Fue fascinante comprobar cómo César, David, Iván y Diego ejecutaron aquella compleja coreografía sin que me diera cuenta de nada. Me impresionó escucharles contar lo que ahora os he narrado yo a vosotros, porque claro, una vez finalizada la explicación todo encajó; pero en aquella tarde aciaga de Viernes os aseguro que todo parecía tan real que jamás he vuelto a pasar tanto miedo en mi vida a pesar de que ya han pasado quince largos años.

La tarde en la que pasé miedo de verdad (1ª parte)

Hay lugares que parecen enterrados en la memoria hasta que un día te encuentras con ellos de nuevo sin saber muy bien por qué. En ese momento todos los recuerdos dormidos durante tanto tiempo regresan de golpe a tu mente y te llevan a épocas pasadas en las que todavía quedaba lugar para la inocencia. Tal vez ahora, quince años después, si me sucediera algo como lo que os voy a narrar no reaccionaría como en aquellos tiempos; pero lo único que sé es que a día de hoy todavía recuerdo perfectamente lo que vi y lo que sentí. Lo vivido aquella tarde de primeros de Diciembre no me dejó dormir ni un minuto por la noche; y esas cosas marcan.

Os digo esto porque hoy me gustaría contaros una historia que no recordaba desde hace muchos años referida a un negocio de coches usados que el padre de un amigo del instituto tenía cerca de la antigua plaza de toros de Alcalá de Henares. Se ve que tan olvidada no tenía esta historia, porque cuando hace unos días me fui a dar una vuelta por la ciudad cámara en mano y pasé por la puerta de ese lugar, al ver que no había cambiado nada en absoluto comencé a recordar todos los detalles del mal rato que pasé en una tarde de invierno cuando apenas llevaba tres meses en el instituto y todavía estaba conociendo a mis nuevos amigos.

Hice la fotografía que tenéis a continuación, guardé la cámara, me quedé mirando a aquellas ventanas sin cristales y como por arte de magia los recuerdos comenzaros a aflorar en mi mente…

El escenario de una tarde de terror

Aquel negocio de compraventa de coches era del padre de mi amigo César. En realidad todo el edificio era de él, aunque sólo empleó la planta de abajo para montar “Automóviles Avenida”, quedando la planta de arriba en su estado original.

Por aquella época me juntaba también con Diego, Raul, Iván, David y Roberto; gente de mi recién estrenado instituto con los que pasaba los recreos y también alguna que otra tarde allá por el año 1995. En nuestras conversaciones surgió más de una vez esta casa, pero siempre rodeada de un aire de misterio porque César solía contar historias del oscuro pasado del inmueble. En ellas nos decía que se trataba de un lugar en el que se escuchaban ruidos extraños y se movían las cosas sin que nadie las tocara. César nos decía también que aunque su padre había prohibido a todo el mundo entrar en aquella planta abandonada cerrándola con llave, había conseguido una copia con la que podríamos entrar a explorar aquel territorio misterioso y desconocido.

Quedé con toda mi pandilla un Viernes a las siete de la tarde en la puerta de la tienda (ese portalón acristalado que se ve en la parte derecha de la fotografía), pero como los exámenes quedaban cerca al final fui el único en acudir a la cita. Allí estaba César, quien pese a la poca asistencia se mostraba decidido a que entráramos los dos, pues ese día el negocio estaba cerrado por asuntos personales. Cualquier otro día hubiera sido imposible entrar a la planta prohibida porque su padre hubiera estado en la recepción y no nos hubiera dejado pasar de ninguna de las maneras.

César abrió la puerta de la tienda y a continuación atravesamos el garaje que ocupaba toda la parte de ventanas enrejadas pintada de verde. Allí estaba la crujiente escalera con vidrieras casi opacas que daba acceso a la planta de arriba; y es que aunque entonces allí había un negocio de coches, no hay que olvidar que en realidad todo aquel edificio había sido la casa de una familia décadas antes.

El sonido de los pies en los peldaños podridos ya empezaba a atemorizarme, pero ni mucho menos me hizo sentir el vuelco en el estómago que experimenté al tener delante de mi la pesada puerta desvencijada y resquebrajada que daba acceso a la planta abandonada donde se supone que ocurrían cosas que sólo podía imaginarme gracias a las novelas de Stephen King que solía leer. De cualquier modo, no sabía yo que tras esa puerta chirriante me esperaba uno de los peores ratos que he pasado en mi vida, porque de haberlo sabido hubiera dado media vuelta antes de poner siquiera un pie en el umbral.

César sacó su llave del bolsillo, dio dos vueltas a la cerradura y empujó la pesada puerta. Pasaron unos segundos hasta que mis ojos se habituaron a la penumbra, pues aunque las ventanas no tenían cristales ni persianas, la única luz presente en el lugar era la que se colaba del exterior. Fue entonces cuando divisé un largo pasillo con un perchero al fondo y un viejo impermeable colgado en él. César me pidió silencio con un gesto, y poco a poco empezamos a adentrarnos por el pasillo que daba acceso a las diferentes estancias de lo que en su día debió ser un lugar cálido y acogedor, pero que en ese momento a mí me parecía lo más inhóspito del mundo y comencé a preguntarme qué estábamos haciendo allí.

Llegamos a la altura de la primera habitación (recuerdo que había tres puertas en la parte izquierda del pasillo y dos en la derecha) y en ese momento se escuchó un leve sonido metálico en una de las del fondo. Al ser tan poca cosa lo interpreté como algún ruido que se había colado desde el exterior o algo así, pero justo cuando iba a abrir la boca el sonido se repitió, sólo que esta vez con mucha más fuerza: era una cadena; una cadena que se arrastraba por el suelo. A mí se me heló la sangre en las venas al tiempo que César parecía estar también asustado, pero aún así avanzamos un poco más en un busca del origen de aquellos sonidos.

Llegamos a la habitación del fondo a la izquierda y… no encontramos nada; absolutamente nada. Sin embargo, el mayor susto me lo llevé cuando la puerta por la que habíamos entrado a la casa hacía unos segundos se cerró con un fuerte portazo y comenzó a sonar la cerradura. Corrí hacia allí pero ya era demasiado tarde: la puerta estaba cerrada y no había manera de salir por allí si no era con la llave que César tenía en el bolsillo. Comencé a gritarle a César que teníamos que salir de allí, que sacara la llave y abriera la puerta de una vez, pero me dijo que la había dejado colgando en la cerradura y que por lo tanto estábamos atrapados.

Pasé unos segundos muy malos porque pensé que corríamos un verdadero peligro. No creía mucho en casas embrujadas ni cosas por el estilo, pero aquella situación me estaba desbordando y al mismo tiempo veía que César también estaba empezando a perder el control, pues empezó a dar patadas a una pared al tiempo que decía a los espíritus de aquella casa que se manifestaran si se atrevían.

Un estruendo de cristales rotos volvió a cortar mi respiración; seguíamos sin estar solos en aquel maldito lugar. César comenzó a gritar y yo empecé a decir que deberíamos salir a un balcón a pedir ayuda, pues alguien pasaría por la calle. César dijo que había que pensar en algo para salir de allí, pero justo entonces un sonido martilleante comenzó a sonar por toda la casa: era como si un ser gigantesco hubiera cobrado vida y estuviera caminando por algún lugar. No sé por qué, pero comencé a imaginar unas garras peludas y enormes avanzando por una de las habitaciones y a punto de salir por el pasillo para atraparnos, lo que contribuyo a que mi pánico fuera en aumento.

César me hizo pasar a una de las habitaciones que daba a la calle, pero el acceso al balcón estaba bloqueado por un sofá raído y de un color indeterminado por el paso del tiempo. Allí, en la oscuridad, se veía un colchón con una gran mancha oscura apoyado en la pared y un mueble de cajones totalmente destrozado por su parte superior. En otra de las habitaciones volvían a sonar cristales rotos y en ese momento la cerradura de la puerta volvió a girar dos veces. La puerta estaba de nuevo abierta, pero lo que no sabíamos en ese momento es si quien estaba dentro de la casa había salido o tal vez habrían llegado nuevos invitados.

Le pregunté a mi amigo qué hacer, y me dijo que deberíamos arriesgarnos y tratar de cruzar todo el pasillo para salir de allí. No podíamos permitir que se volviera a cerrar aquella pesada puerta, de modo que a la de tres saldríamos ambos corriendo hacia ella tratando de hacerlo lo más rápidamente posible. Respiré, hice acopio de energías y comencé a contar: “Uno, dos… ¡tres!”

Salí a toda velocidad delante de César sin mirar hacia ninguna otra cosa que no fuera la puerta de salida, pero aproximadamente a la mitad del trayecto sentí que algo se movía a mi derecha y se echaba encima de mí: no supe lo que era, pero en cuanto me tocó noté que era algo de tela muy áspera y reseca. Aterrado, di un grito que retumbó en todo el pasillo y a punto estuve de tropezar con mis propios pies al tiempo que apartaba aquella tela de mí con asco y miedo. Seguí corriendo con el corazón galopando en la garganta y tratando de que mi imaginación no pusiera forma a aquella amenaza, pues sólo contribuiría a hacerme sentir más frágil.

Llegué a la ansiada puerta que me parecía infinitamente lejana. Se escuchaban aullidos al fondo del pasillo, pero ya no sabía si era César o cualquier otra persona. Comencé a patear la puerta con todas mis fuerzas, dando de lleno con la planta de mis pies para intentar abrirla. No recordaba que abría hacia dentro, y que así nada iba a poder hacer por abrirla. César me alcanzó, giró el picaporte y la puerta rotó sobre sus bisagras; parecíamos estar a salvo, pero eso no evitó que bajara las escaleras dando saltos para llegar cuanto antes al taller de coches de su padre. Sin embargo, no había acabado todavía aquella terrorífica experiencia, pues al pasar por el rellano de la escalera el cristal de una de las vidrieras que hacían de tragaluz saltó en mil pedazos, sintiendo con claridad sus impactos sobre la parte trasera de mis pantalones.

Temblaba de miedo, crucé las instalaciones del taller en un tiempo que se me hizo interminable pero que debieron ser apenas unos segundos. Escuchaba una respiración agitada acompañada de unos torpes pasos pocos metros detrás de mí, pero ya ni siquiera me atrevía a mirar atrás por si no era mi amigo César. Por fin, a través del cristal de la puerta divisé las farolas, la gente, el tráfico… y fue entonces cuando la adrenalina fue, poco a poco, dejando paso a al razón. No quería salir a la calle gritando ni pidiendo auxilio, pues al fin y al cabo no estaba muy seguro de lo que había vivido en los últimos minutos, así que traté de empezar a pensar con frialdad.

César me alcanzó, sacó las llaves del bolsillo con pulso tembloroso y abrió la puerta del local. Jamás me sentí tan contento de respirar el frío aire de las tardes de Diciembre, pues aquel lugar que acababa de dejar atrás me parecía el mismísimo infierno. Mi amigo también parecía haberlo pasado muy mal: la palidez de su cara, aquella respiración agitada y, sobre todo, la expresión de sus ojos eran síntomas de haber vivido una experiencia aterradora.

Estuvimos un par de minutos plantados en la acera recuperando el ritmo normal de nuestros corazones y mirándonos sin decir una palabra. De hecho ese día no hablamos en absoluto de todo esto; era como si tuviéramos miedo de haber tenido una alucinación y que al contárselo al otro nos mirara como si fuéramos unos locos. ¿Qué había pasado en aquella casa maldita? ¿Había realmente alguien allí? ¿Fue todo aquello una mera sugestión?

Recuerdo que aquella noche no conseguí dormir ni un minuto porque no podía evitar recordar una y otra vez las imágenes de lo que había visto al tiempo que tampoco podía contarle nada de aquello a nadie por si pensaban que los libros que tanto me gustaba leer me estaban causando algún tipo de trastorno. Al día siguiente decidí llamar a César y quedar para hablar del tema; y menos mal que lo hice, porque de no haberlo hecho aquello me hubiera atormentado durante mucho tiempo.

Continuará…