Las 20:42

Durante el invierno, a las 20:42 es noche cerrada en cualquier punto de España.

Sin embargo, en pleno mes de julio, las 20:42 es un instante perfecto para hacer una escapada y contemplar el atardecer en buena compañía junto a la orilla del mar.

The great scape

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Entre luces y sombras

No seré yo el que renuncie a un rayo de sol (me encantan los días luminosos) pero reconozco que a la hora de salir con la cámara, situarse en el limbo entre la luz y la sombra puede dar lugar a contraluces muy sugerentes si tenemos cuidado de no quemar las zonas más claras y jugamos un poco con la compensación de exposición.

Contraluz

Tres formas de ver un mismo atardecer

Ya os he hablado alguna vez del pequeño pueblecito de Torre la sal. Una localidad próxima a Oropesa del Mar que siempre representa un remanso de paz y en la que a veces ocurren cosas a las que no estoy acostumbrado.

De todos modos hoy no vengo a contaros ninguna historia ni a filosofar sobre las bondades de la vida en este tipo de lugares; sino que me gustaría simplemente mostraros tres fotografías del atardecer que capté hace unos días por las calles de esta pintoresca pedanía de Cabanes.

Espero que os gusten.

Atardecer en Torre la sal

Miles de reflejos

Contraluces

Fotos y bicicletas

Todavía me acuerdo de los años en los que en pleno verano a las seis de la tarde cogía mi bicicleta de montaña y me subía a lo alto de cualquier monte en los alrededores de Oropesa.

De hecho, al hacer la fotografía que veis a continuación no pude evitar sentir una especie de morriña de aquellas interminables tardes a lomos de mi mountain bike.

Tour de force

La bici todavía la tengo en casa, y la verdad es que hay días en los que me entran unas ganas locas de dar un buen paseo con ella.

Cierto es que no me subiría a los montes con el sol en todo lo alto como antes; pero sí que se me ocurre combinar pedaladas y fotografía en algo que incluso podría servirme para dar pie a un artículo interesante.

Dos formas distintas de fotografiar el atardecer

Ya os he dicho en alguna ocasión que el atardecer es mi momento favorito para hacer fotografías. El amanecer es igual de bello (a veces incluso más), pero por lo general tiene lugar a unas horas en las que no estamos demasiado creativos que digamos. De hecho, entre semana siempre me pilla en el coche yendo a trabajar, y muchas veces maldigo el no tener la posibilidad de aparcar en el arcén de la carretera, coger la cámara y ponerme a inmortalizar esos momentos.

Atardecer en Alcalá

En todo caso siempre tenemos la posiblidad de irnos de excursión con la cámara a última hora de la tarde y aprovechar esos rayos de sol de color naranja que alargan las sombras y dan una tonalidad muy especial a todo lo que tocan. Y el caso es que gracias al juego que nos da esta iluminación tan peculiar, tenemos dos posibilidades para este tipo de fotografías:

Disparar con el sol a nuestra espalda (o a un lateral)

De este modo sacaremos los edificios y los rincones que queramos retratar con una luz suave y que resalta los relieves de todo lo que toca. También es una buena forma de iluminar el rostro de alguien al que queramos hacer un retrato, ya que saldrá bastante favorecido y no se verá obligado a salir con los ojos medio cerrados como ocurre con las fotografías hechas con luz solar intensa. En estas situaciones (los retratos) un objetivo con una apertura generosa o un teleobjetivo es muy recomendable para desenfocar los fondos.

Atardecer invernal (II)

Disparar con el sol de frente

Esta posibilidad es la que más me gusta, pues permite hacer unos contraluces que pueden llegar a quedar muy bien manteniendo una velocidad de disparo bastante alta, lo que evitará trepidaciones en las fotos.

Faroles al atardecer

En este tipo de fotografías lo más importante es medir la luz de forma puntual en el cielo de tal modo que éste aparezca correctamente expuesto al tiempo que lo que tenemos a contraluz se muestra de un negro riguroso. Si medimos la luz en los edificios o empleamos medición matricial (que promedia toda la escena) lo que vamos a obtener es una imagen en la que las paredes se verán con algo de detalle pero el cielo no será más que una enorme zona de la fotografía completamente quemada.

Obviamente luego cada uno tendrá sus manías y su propio concepto de entender la fotografía; pero lo que hoy he querido mostraros son mis dos formas de afrontar los atardeceres cuando estoy detrás de la cámara. Si os sirve para daros alguna idea la próxima vez que salgáis a la calle con la cámara justo antes de que se oculte el sol, yo me daré por satisfecho.

¡Felices fotos!

* Todos los artículos de este tipo en https://luipermom.wordpress.com/fotografia

Bajando las revoluciones

Unos días después de presentar mi proyecto de fin de carrera me di cuenta de algo importante cuando me encontré con mi amiga Cris en plena calle: seguía con un ritmo de vida tan acelerado como cuando estaba a tiempo completo con dicho proyecto. Supongo que la fuerza de la costumbre había hecho que considerara completamente normal ir a todas partes mirando el reloj y sacando minutos de debajo de las piedras, pero en realidad las cosas habían cambiado y ya no había necesidad alguna de vivir la vida con esas prisas, pues ahora mismo dispongo de todo el día para mí sólo.

Cristina, que además es la cartera de mi barrio, me dijo: “Bueno, no te entretengo más que ya veo que estás ansioso por irte”. Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad no tenía nada que hacer, pero nada más pararme con ella ya estaba mirando el reloj (una descortesía bastante grande por mi parte, dicho sea de paso) con la sensación de ir con la hora justa. El caso es que efectivamente reanudé la marcha, pero ya con el pensamiento de que debía bajar las revoluciones porque en realidad no tenía ningún motivo que me hiciera estar bajo presión: no había plazos de tiempo ni cosas que dejar preparadas al final del día, así que perfectamente podría irme a hacer fotografías por la ciudad durante tres horas sin preocuparme de nada más.

Los carteros también se pierden

Habían sido demasiados meses dando paseos a contrarreloj y desgastando las horas delante del ordenador para tener mi proyecto listo en la fecha de la presentación; y reconozco que hubo días de mucho estrés cuando alguna cosa no salía por muchas vueltas que le daba. Sin embargo, al final todo había salido realmente bien, así que ahora tenía que aprovechar y dedicarme tiempo a mí mismo, pues en breve aparecerá algún empleo (o al menos eso espero) que absorberá una buena parte de la jornada. Al fin y al cabo, si no empleaba esos días de asueto para practicar una vida relajada al final nunca me iba a deshacer de ese ritmo infernal de los últimos tiempos.

El caso es que tras un par de minutos dándole vueltas al tema decidí retroceder sobre mis pasos y buscar a Cris para comentarle el tema y excusarme por mis injustificables prisas de hacía un momento.

Tuve suerte, ella todavía caminaba por la misma calle dónde nos encontramos, así que aparecí a su lado y le dije que la acompañaba un rato; algo a lo que accedió encantada. Durante el paseo aproveché para comentarle lo que os he narrado unos párrafos más arriba: que llevaba varios meses llevando un ritmo de vida demasiado acelerado y que parece ser que ya lo había tomado como algo normal en mí. Prometí que rebajaría ese régimen de mi motor interno de tal modo que me tomara todo con más calma. Y la verdad es que desde ese momento noto que vivo mucho más tranquilo y sin agobios.

A lo mejor si no me hubiera encontrado a Cristina aquella mañana seguiría mirando el reloj, pero mientras dure esta etapa de mi vida pienso tomarme las cosas con calma y tratar de disfrutar de cada cosa que haga me lleve el tiempo que me lleve. De hecho, unos días después me volví a encontrar con ella y me di cuenta (del mismo modo que ella me lo dijo) de que hay una diferencia abismal entre el Luis de aquellos días aciagos y el de ahora.

Es verdad que de todo se aprende; pero lo más importante es pararse de vez en cuando a mirar dentro de uno mismo y darse cuenta de qué cosas estamos haciendo mal para corregirlas. Muchas veces somos capaces de ver hasta los más mínimos errores en los demás, pero incapaces de detectar un fallo muy gordo dentro de nosotros mismos.

Bueno, ya está bien de filosofar: ¡Me voy a dar una vuelta aprovechando que hace sol!

Autoretrato sombrío

Juventud en la sombra

Hay veces en las que haces una fotografía, miras la pantalla de la cámara y te das cuenta de que puede ser más o menos buena. Sin embargo, el caso de hoy es el de una imagen que capté a última hora de la tarde cerca de la estación de tren y que no me pareció nada del otro mundo cuando la vi “in situ”. Podría haberla borrado en ese mismo instante si hubiera andado corto de espacio en la tarjeta de memoria; pero como no era el caso, la imagen aguantó allí hasta llegar a casa, donde me llevé una pequeña sorpresa al verla en el ordenador.

Sombra no correspondiente

No consigo dejar de mirar la fotografía una y otra vez. Hay algo extraño en ella, ¿lo veis?

Exacto: la mujer que pasea con un brazo sobre el rostro para protegerse del sol no se corresponde para nada con la sombra que se proyecta en la pared. Esa silueta negra es la de una chica joven, con una bolsa de deporte al hombro, recién salida del gimnasio y que camina con paso decidido hacia su casa. Sin embargo, su dueña es una mujer de mediana edad que avanza lentamente junto a la valla y que da la sensación de no tener prisa por llegar a ninguna parte.

Sí, ya sé que no es más que un efecto de proyección debido a la posición del sol; pero no soy capaz de ver en la fotografía otra cosa que no sea una chica joven encerrada en un cuerpo que dobla su edad.