Radiografía de un edificio

Recuerdo que ya os hablé hace mucho tiempo de este edificio situado en la Puerta del Vado (más conocida entre los alcalainos como “la plaza de las cigüeñas”) pero en esta ocasión me gustaría hacerlo desde un punto de vista más personal que en aquella ocasión.

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En esta manzana ahora en estado de ruina (de hecho está vallada y hay carteles que recomiendan no caminar junto a sus muros) había tres negocios durante los años en los que estuve asistiendo a clase en el cercano instituto Alonso Quijano en la segunda mitad de la década de los 90: una peluquería de caballeros, una tienda de frutos secos y el mítico bar Torrejonero. Vamos a hablar un poco de cada uno de ellos porque evocan en mí recuerdos muy variados:

Peluquería

De la peluquería (el último en cerrar de los tres negocios que os digo) recuerdo a un hombre que siempre estaba leyendo novelas de oeste en la puerta. Por su atuendo deduje que era el peluquero y aunque casi nunca había nadie allí cortándose el pelo siempre se le veía despreocupado mientras disfrutaba de sus aventuras de indios y vaqueros.

No sé si aquel hombre se jubilaría, trasladaría el negocio a otro lugar o simplemente cerró para dedicarse a otra cosa; pero estoy seguro de que la gente del portal que hay junto delante de aquel negocio le echarán de menos. porque al fin y al cabo le veían cada vez que bajaban a la calle

Frutos secos

Tampoco recuerdo el nombre de esta tienda de frutos secos (en el caso de que lo tuviera, que lo mismo ni eso) pero sí que sé que su mayor fuente de ingresos eramos los alumnos del Alonso Quijano que a la hora del recreo nos acercábamos a comprarnos una bolsa de “Jumpers” o una palmera de chocolate gigante.

Si mi mente no me traiciona, bajabas un par de escalones y aquello era una pequeña habitación de dos por dos sin apenas iluminación y llena de estanterías; y por la heterogeneidad de las personas que te atendían estoy casi seguro de que era un negocio familiar. Al igual que en el caso de la peluquería, supongo de que mucha gente echó de menos tener aquella tienda tan a mano para comprar una barra de pan o el paquete de tabaco.

Bar Torrejonero

Si a día de hoy te das una vuelta un sábado por la noche por lo que en su día se denominaba “la zona” comprobarás que aquello está más muerto que un salmón en una pescadería; pero eso no era así en la década de los 90, cuando aquellas calles eran el epicentro de la marcha nocturna de la ciudad y los numerosos bares que había por allí estaban tan abarrotados de gente que no había manera de entrar en ellos. Literalmente, no había hueco dentro para que entrara por la puerta ni una persona más, y es que en aquellos tiempos no había control de aforo como ahora.

La calle también era un hervidero de gente. De hecho, si se te ocurría ir en coche por esas calles en los días de marcha, para hacer un trayecto de 300 metros podías echar un buen rato, porque había tal cantidad de gente caminando por el asfalto que era muy complicado avanzar. Incluso recuerdo que a veces algún grupo numeroso algo achispado se plantaba en medio de la calle bloqueando el paso a los coches al grito de “¡El que no pite no pasa!” (y, efectivamente, como no pitaras, no pasabas). En fin, los años salvajes…

Todavía perviven algunos de aquellos bares; pero la gran mayoría acabó cerrando antes o después a medida que los gustos y costumbres de los veinteañeros fueron cambiando en el siglo XXI. Si sois de los que salíais por Alcalá hace dos décadas os sonarán nombres míticos como Tic-Tac, Akelarre, Jauja, Can-Can, As, La ruina, Giardino’s, La chopera (donde era típico celebrar los cumpleaños entre patatas bravas y minis variados), El parche, Tómbola, La corte, Copas Rotas, Inter, Bocco, La gatera, El botánico…

Y luego estaba el Torrejonero, que estaba algo más alejado del núcleo de “la zona” donde quedábamos al principio de la noche para jugar a a algo y tomar una Coca-Cola tranquilamente antes de dirigirnos hacia lugares con la música más alta y mucha más afluencia de público. Por la proximidad al instituto al que íbamos, era muy típico encontrarse allí con muchos compañeros tanto de la propia clase como de las otras; pero ya sabéis cómo iban las pandillas en aquella época y tan pronto con algunas de esas personas te abrazabas como si fueran amigos de toda la vida como con otras cruzabas una mirada desafiante y levantabas la barbilla a modo de saludo.

Del Torrejonero recuerdo lo cutre que era: el lugar era angosto, las paredes eran de lo más rústicas, había ventiladores hechos polvo en el techo para que circulara un poco el aire, una columna en el centro del local forrada de espejos… Pero pese a lo agobiante del lugar (en esa época se podía fumar en los bares y volvías a casa apestando a tabaco aunque no tocaras ni un cigarro) recuerdo noches súperdivertidas allí jugando al billar o al futbolín mientras planeábamos un futuro que en nada se parecería a lo que vino después.

Un día cualquiera, cuando ya había terminado mi época del instituto y estaba en la universidad, pasé una noche de fin de semana por delante del Torrejonero y me extrañó verlo cerrado. Poco a poco esa extrañeza inicial se tornó en costumbre y finalmente todos nosotros acabamos caminando frente a aquella puerta como si fuera un fantasma del pasado. Han tenido que pasar todos estos años para que la fuerza de los recuerdos ponga al Torrejonero en el lugar que se merece, que no es otro que el despertar de nuestra generación.

Todo esto, en un sólo edificio. ¿Cuántas historias quedan entre las paredes de tantos y tantos rincones de la ciudad?

Mi historial de ordenadores

Haciendo un ejercicio de memoria, hoy me he puesto a pensar en los ordenadores que he tenido a lo largo de mi vida y me he dado cuenta de que son unos cuantos. Lo que más me ha gustado es comprobar que todavía recuerdo las principales características técnicas de cada uno de ellos, así que voy a aprovechar para describíroslos muy someramente en un artículo organizado cronológicamente.

Eso sí, no incluiré aquí los portátiles de trabajo, porque han pasado ya unos cuantos por mis manos y entonces no acabaríamos en todo el día. Estos son sólo ordenadores que han sido míos en algún momento. Bueno, y tampoco meteré las Raspberry Pi que aunque por funcionalidad podrían hacer la labor de un PC a la perfección prefiero dejarlas para otra entrada más específica. ¡Vamos allá!

ZX Spectrum +2

Mi primer ordenador fue un ZX Spectrum +2 que me regalaron mis abuelos en 1987 y que contaba con 128 KB de memoria RAM, lector-grabador de cintas de casette y sin ningún tipo de disco duro, claro está. Utilizado por mi hermano y por mí principalmente para jugar, con los años me arrepentí de no haberlo usado para aprender algo de programación; ya que si con esas edades (yo tenía 7 años cuando me lo regalaron) eres capaz de hacer algunos pinitos programando estoy seguro de que con los años serás todo un maestro del código. Con el tiempo nuestra colección de juegos llegó a superar la centena, pero recuerdo como si fuera ayer el título con el que lo estrené fue el mítico Kane.

Siemens Nixdorf 486 DX-2

A este modelo le siguió en 1994 un PC 486 DX-2 66 MHz con 8 MB de memoria (de serie traía 4 MB pero elegí una ampliación a 8 por 25000 pesetas del ala), disquetera de 3,5″, 420 MB de disco duro, sistema operativo OS/2 Warp de IBM e impresora Canon BJ-200. Venía también con un monitor de 14″ de resolución 1024 x 768 a 16 millones de colores y recuerdo que cuando venían mis amigos a casa y les ponía juegos como Monkey Island, F29 Retaliator o Fury3 (este último cuando cambié el SO a Windows 95, que me compré original en disquetes por cierto) flipaban en colores. A este ordenador, pasados un par de años, le metí un “kit multimedia” consistente en una unidad de CD-ROM 4x, una colección de juegos en ese novedoso formato (Nascar Racing, 3D Pool, etc) y una tarjeta de sonido Soundblaster 16. Una de sus últimas ampliaciones fue incrementar su memoria RAM a 24 MB.

AMD K6-2

Tiempo después vino en el año 2000 un PC “clónico” AMD K6-2 300 MHz con extensiones MMX que contaba con 32 MB de RAM (que con el tiempo amplié a 128 MB), tarjeta de sonido, CD-ROM, 4 GB de disco duro y SO Windows 98. En ese ordenador instalé una de las primeras aceleradoras 3D (una Voodoo Bashee de 3DFX) haciendo que juegos como Need for Speed III o Quake II mostraran unos gráficos sencillamente increíbles. De todos modos, dado que por aquella época nos dio fuerte a mi hermano y a mí por los videojuegos, andar actualizando el ordenador cada dos por tres para poder correr los últimos títulos costaba una pasta y acabamos pasándonos al oscuro mundo de las videoconsolas de la mano de una Playstation.

Toshiba Satellite A50

Mi primer portátil fue un Toshiba Satellite A50 comprado en 2002 que equipaba un micro Intel Centrino, 512 MB de RAM, 40 GB de disco duro y Windows XP. Fue mi primer ordenador con WiFi y me vino muy bien para seguir las clases en la universidad, aunque rara vez me lo llevaba a clase porque no era lo habitual en aquellos tiempos. Cuando dejé de usarlo se lo regalé a mi padre quien un día derramó sin querer un vaso de Cocacola sobre el teclado y de esta manera tan poco épica ese ordenador se fue al cielo de los portátiles.

Asus Eee-PC 701

El primer ultraportátil que llegó a los grandes mercados (el mítico Asus Eee-PC 701 4G) fue mi siguiente adquisición en el 2008, contando con un micro Intel Celeron, 512 MB de RAM y 4 GB de disco duro SSD. Pese a su pequeño tamaño lo usé para escribir multitud de reviews en este blog y a día de hoy, aún con la batería casi destruida, lo saco de vez en cuando para arrancarlo y recordar así aquel ordenador que a veces me bajaba a la piscina para escribir offline algunos borradores.

Acer Aspire X1700

En 2009 llegó un sobremesa de perfil estrecho: un Acer Aspire X1700 con micro Intel Core 2 Duo E7300,  3 GB de RAM, 320 GB de disco duro y Windows 7. En principio lo usaba para edición fotográfica cuando me compré la Nikon D40 y de hecho con los archivos RAW de esa cámara iba muy bien, pero cuando me pasé a la D300, el aumento de megapixels se le atragantó bastante al pobre y empezó a arrastrarse cada vez que le pedía hacer algún cambio en los archivos. Con el tiempo se lo acabé regalando a mi padre y a día de hoy todavía lo sigue usando para sus tareas habituales.

Dell Inspiron Mini 10

Ya en 2010 me hice aprovechando una oferta de Carrefour con un Dell Inspiron Mini 1012 que incorpora un procesador Intel Atom N450, 1 GB de RAM y 250 GB de disco duro. Este modelo venía con Windows, pero sin ni siquiera estrenarlo se lo sustituí por la última versión de Ubuntu. Ordenador que sigo usando a día de hoy para escribir cosillas en el blog, jugar a GL-Quake y para algunas tareas de ofimática ligera gracias a que le actualicé la memoria RAM a 2 GB y el disco duro por un SSD de 120 GB, de modo que todavía es capaz de funcionar medianamente suelto. Sorprendentemente su batería aún es capaz de aguantar un par de horas y me gusta por lo cómodo que es para usarlo en el sofá aunque su parte inferior se calienta más que una estufa de butano debido a que Dell decidió no incorporarle ventilador para que así fuera completamente silencioso.

HP Pavilion

Al poco de llegar a Oropesa en mayo de 2011 me compré una CPU HP Pavilion que contaba con un micro Intel Core i7 2600, 8 GB de RAM (que enseguida amplié a 16 GB), 1 TB de disco duro y Window 8 que al poco tiempo se actualizó automáticamente a Windows 10. Era un ordenador con mucha potencia de cálculo destinado a la edición fotográfica con Lightroom y mi Nikon D300 y de hecho a día de hoy sigo usándolo con muy buenos resultados en ese campo. Fue una inversión fuerte (era la CPU tope de gama de HP en ese momento) pero nunca me arrepentí porque lo usé muchísimo durante varios años.

Lenovo A10

Hacia febrero de 2014 tenía ganas de probar un ultraportátil con SO Android para ver si podía hacer las labores de un ordenador “al uso” y sin darle muchas vueltas me compré un Lenovo A10. Claro, precisamente por haber sido una compra totalmente a ciegas la experiencia fue un poco desastrosa porque resulta que venía muy capado en cuanto a almacenamiento y el software incorporado se comía una buena porción de la misma de manera que su memoria se llenaba en cuanto instalabas alguna aplicación más de la cuenta. Al final se quedó para ver películas con VLC cuando íbamos de camping y cosas así. Es un gusto sostenerlo en la mano porque no pesa nada y es super-fino, pero a día de hoy está en un maletero de casa de mis padres. No descarto desempolvarlo un día de estos para ver si se me ocurre algo que hacer con él.

Dell Inspiron 3000

En mayo de 2015 llegó el ordenador desde el que escribo esta entrada, que es un portátil Dell Inspiron 3000 con procesador Intel Celeron N2840, 4 GB de RAM DDR3, 500 GB de HD (que cambié inmediatamente por un SSD de 250 GB), pantalla de 15″ y sistema operativo Ubuntu. Fue una compra un poco impulsiva en parte porque tenía ganas de probar un equipo portátil nuevo diseñado con Ubuntu en mente y en parte porque aproveché una suculenta oferta de Dell por la que me salía el equipo por apenas 224 euros aplicando un descuento que tenía junto a una promoción de gastos de envío gratis. Estoy muy contento con él y de hecho es el ordenador que uso para todo a excepción de la edición fotográfica, que es para lo que está el HP del que os hablaba antes.

La verdad es que no sé cuándo me haré con un nuevo ordenador y eso que hace ya cinco años del último. Estuve tentado por un Macbook Air mucho tiempo, y también por algún portátil de gama alta de Dell y de HP; pero es que al final siempre pienso lo mismo: “para lo que voy a hacer puedo hacerlo en el que ya tengo y eso que me ahorro”. En total han sido 10 modelos hasta el momento, que no es poca cosa.

Recuerdos de Oropesa (XXXI)

Creo que ya os he contado alguna vez que me encantaría volver a la Oropesa de los años 80 pero con la edad que tengo actualmente. Lo que ocurre es que al no tener a mano ninguna máquina del tiempo me tendré que conformar con el material audiovisual de épocas pasadas mezclado con mis propios recuerdos.

Si conocéis Oropesa del Mar sólo por los últimos tiempos os sorprendería ver cómo creció esta esta pequeña población a orillas del Meditérráneo durante los años del cambio de milenio; y es que en poco tiempo aquello pasó de ser un pueblecito casi anónimo a un lugar habitual de vacaciones para mucha mucha gente.

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Mis primeros recuerdos estivales son los de una playa en agosto con familias dispersas aquí y allá, sombrillas hechas de una tela que parecía lana y raquetas de tenis-playa llenas de astillas. Corrían los primeros años de la década de los 80 y cuando en el colegio preguntaban en septiembre dónde habíamos pasado las vacaciones nadie parecía saber en qué rincón de la geografía española se encontraba Oropesa.

En aquellos tiempos no había puerto deportivo, Marina D’or ni comunicación por la costa entre las playas de La Concha y Morro de Gos. El ayuntamiento guardaba las facturas de la contribución en cajas de fruta, la Torre del Rey era un lugar oscuro, húmedo e inmundo al que sólo los más valientes se atrevían a entrar y en la playa había barcas amarradas cerca de la orilla en pacífica convivencia con los escasos bañistas de la época (entre los que me encontraba yo).Julio de 1985

Poco a poco Oropesa del Mar fue creciendo en población, turismo y fama. Abrieron discotecas y bares de copas, cada año se iban construyendo más edificios en la línea de costa, los clásicos chiringuitos se modernizaron y dejaron de ser apenas unas mesas sobre tierra con un cañizo de paja a modo de techo donde comer sardinas asadas, en la playa la Cruz Roja montó un puesto de socorristas, se pusieron unas camas elásticas y un castillo hinchable donde los niños nos lo pasábamos bomba…

Pub El Molí

Y de repente llegó José María Aznar y puso definitivamente en el mapa a un pueblo que todavía seguía siendo relativamente desconocido. Él veraneaba en la urbanización de Las Playetas, que está prácticamente lindando con Benicassim pero administrativamente forma parte del término municipal de Oropesa del Mar, y entonces el nombre de esta localidad Mediterránea comenzó a sonar y a leerse por todos los medios de comunicación.

En septiembre ya no tenía que decir a mis compañeros de clase “He estado en Oropesa, que es un pueblo de costa a 100 Km al norte de Valencia y muy cerca ya de Tarragona”. No, ahora cuando me preguntaban dónde había pasado el verano y pronunciaba el nombre de Oropesa mi oyente apostillaba mecánicamente “Ah sí, donde Aznar”.

Más o menos por aquella época echaba a andar la construcción del puerto deportivo (cuya inauguración fue en 1992) y el comienzo de la expansión del imperio Marina D’or, que en sus inicios era una urbanización de unos pocos bloques como tantas otras y que por un motivo u otro comenzó a extenderse en dirección Torreblanca a la velocidad de la luz. Por cierto, también desaparecieron las bucólicas barcas de la playa para ocupar unos flamantes amarres en el recién estrenado puerto deportivo.

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Recuerdo que por aquella época íbamos a Oropesa en tren, y cuando salíamos del túnel (actual vía verde) que indicaba que en apenas unos minutos estaríamos en el andén de nuestra estación, siempre miraba por la ventana de la parte derecha del vagón y alucinaba con la cantidad de nuevos bloques que habían construido en el que fue uno de los mayores exponentes de la expansión urbanística en nuestro país.

Color

Lo que hasta entonces era un lugar tranquilo dio paso a las colas: colas en los supermercados, colas en las duchas de la playa, colas a las diez de la noche en el locutorio telefónico que había en lo que hoy es la oficina de turismo, colas en los modernizados chiringuitos para pedir “una de sepia a la plancha y un tinto de verano”, colas en los recreativos, colas en el consultorio médico… La afluencia de gente en verano había crecido mucho más que los servicios e infraestructuras de Oropesa, y de aquella época recuerdo por ejemplo los cortes de luz en días de mucha demanda repentina de energía (a la hora de cenar, principalmente).

Con el paso de los años, la afluencia de veraneantes y la capacidad de la ciudad fueron equilibrándose, ya que el aumento de impuestos recaudados gracias al crecimiento de la población repercutió en mejores y más modernas infraestructuras. Ya no había cortes de luz, se hicieron amplias avenidas para los coches, paseos marítimos por los que caminar sin agobios, restaurantes climatizados, grandes supermercados… Cierto es que aquel crecimiento desmesurado nunca me gustó, porque yo siempre he preferido la tranquilidad de los sitios en los que apenas hay gente; pero esto hoy en día es ya una utopía si hablamos del Mediterráneo español.

Playa de la concha. Años 70

Ironías de la vida, durante algo más de dos años me tocó ser parte de la modernización de esta localidad castellonense; ya que fui el jefe de planta de la nueva depuradora de Oropesa tras su puesta en marcha. Y no sólo de la EDAR como tal, sino también de los múltiples bombeos y la red de colectores que de alguna manera son las venas de la ciudad. La antigua depuradora se había quedado muy pequeña para los requerimientos de la población y la encargada de construir las nuevas instalaciones y explotarlas durante los dos primeros años fue la empresa para la que trabajaba en aquel momento, de modo que me encomendaron la misión de hacer que aquello funcionara bien y no diera ningún tipo de problema.

Fue toda una experiencia, la verdad. Yo, que venía de una EDAR con unos cuantos años ya en sus maltrechas espaldas, tenía ahora bajo mi mando una instalación completamente nueva repleta de autómatas recién programados, equipos electromecánicos que todavía conservaban el brillo del metal, personal recién contratado con muchas ganas de trabajar, una red de colectores minuciosamente trazada que llegaba hasta las mismas puertas de Benicassim…

Era una gran responsabilidad, y además, cuando llegué allí el verano empezaba ya a asomar tímidamente por el horizonte, así que tenía que ponerme las pilas de modo que cuando llegara el mes de julio tuviera ya aquello controlado y estabilizado; pues la población de la localidad se disparaba de repente y toda la infraestructura de saneamiento tenía que estar preparada para resistir el exigente tirón estival.

Si ahora echo la vista atrás puedo afirmar que el trabajo de campo era el más fácil. Al fin y al cabo, con los manuales de las máquinas en la mano es fácil identificar cualquier problema y saber cómo ponerle remedio. Más complicado era lidiar con la administración, las previsiones económicas, los periodos de la energía, los días en los que tienes a dos personas de baja y surge una avería gorda, las tormentas a las tantas de la madrugada…

Con respecto a eso, recuerdo una noche de septiembre en plena lluvia torrencial en la que me tuve que acercar a la planta con el coche por unas calles que parecían arroyos. Y ya en la EDAR, mientras me deslomaba para abrir una compuerta cuya válvula manual parecía tener millones de vueltas, sudando la gota gorda bajo mi impermeable azul oscuro, con el agua empapando mi pelo y resbalando por mi cara mire al cielo y alzando los puños grité a pleno pulmón: “¿¡Es que en este p**o pueblo sólo llueve por las noches!?”. Sí, podéis considerarlo una enajenación mental transitoria en toda regla.

Lluvias en Oropesa del Mar (21/11/2011)

Pero al margen de momentos duros, he de reconocer que durante aquellos dos años también hubo días buenos; especialmente en los meses de otoño, que para mí es la mejor época para estar allí. Recuerdo atardeceres preciosos desde la ventana de mi despacho, fotografías del amanecer a la orilla del mar, días tranquilos en la depuradora en los que aprovechábamos para tomarnos las cosas con algo más de calma y hablar de cualquier cosa que se nos pasara por la cabeza, visitas de compañeros de empresa, averías resueltas rápidamente con una mezcla de maña e ingenio…

Aunque siempre tuve mucho trabajo en la depuradora y apenas dispusiera de tiempo libre, tuve la fortuna de poder disfrutar de esta localidad a orillas del Mediterráneo (y otras de los alrededores) cogiendo mi cámara y retratando aquellos paisajes que, especialmente durante el invierno, captaban mi atención poderosamente. Aquella luz tan especial que se da en los lugares de costa hacía que fuera incapaz de dar un simple paseo sin llevar mi cámara encima para poder captar esos momentos irrepetibles.

Oropesa del Mar

En el fondo sabía que antes o después acabaría volviendo a Madrid para emprender un nuevo proyecto laboral, cosa que sucedió a mitad de 2013. Por eso nunca dejé de hacer fotos durante el tiempo que estuve en Oropesa. Sabía que estaba viviendo una época que marcaría mi vida para siempre y quería captar unas imágenes que pudiera mirar años después para recuperar con más facilidad todos aquellos recuerdos.

A día de hoy no echo de menos aquello en términos generales; pero sí pequeños detalles. Mi regreso a Madrid significó estar otra vez cerca de mi novia, de mi familia y de las calles que me vieron crecer; pero también es cierto que el ritmo de la capital es mucho más estresante e insano que aquellos atardeceres silenciosos a la orilla del Mediterráneo.

Blue hour

Esos dos años en Oropesa del Mar supusieron para mí un gran crecimiento a nivel personal y laboral; y siempre he pensado que si aquello no hubiera funcionado bien hoy no estaría de nuevo en Madrid; así que vaya desde aquí mi sincero agradecimiento a todas aquellas personas que contribuyeron a hacer mi tarea un poco más fácil.

Mis mejores recuerdos de aquello no tienen como escenario playas abarrotadas ni terrazas en verano; sino estampas como esta que os dejo a continuación y que, para mí, refleja mejor que ninguna otra fotografía lo que es Oropesa del Mar en invierno.

Soledad

¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XXX)

Cuando alguien me pregunta cuál es la mejor época para visitar Oropesa del Mar o sus alrededores siempre les digo que se olviden de los meses de temporada alta y que vayan en cuanto pasen las lluvias torrenciales que aparece cada año durante los últimos coletazos del verano.Un día lleno de color

Esa foto que tenéis aquí arriba está hecha en un mes de octubre, y es que por esas fechas ya no quedan veraneantes (los pocos que quedaron al terminar agosto huyeron con la llegada de las lluvias que os decía antes), el día todavía nos regala muchas horas de luz, la temperatura del mar aún es alta suavizando así el clima y, además de todo esto, desde mi punto de vista los atardeceres y amaneceres son los más bonitos de todo el año.

A estas alturas de la película creo que ya sabéis que para mí Oropesa era una pesadilla durante semana santa y en los meses de julio y agosto pero una bendición durante el resto del año. Ya os hablaré un poco más sobre esto en una próxima entrada, porque es un tema interesante y sobre el que me gustaría hablar ahora que el tiempo me ha dado cierta perspectiva sobre aquellos dos años que pasé a orillas del Mediterráneo.

Recuerdos de Oropesa (XXIX)

En aquel momento no tenía ni idea, pero esta sería la última floración de los almendros que iba a fotografíar en Oropesa del Mar, ya que pocas semanas después de captar esta imagen la empresa me ofreció la posibilidad de volver a Madrid para emprender un nuevo proyecto profesional.

AlmendrosEse campo de almendros que veis en la fotografía estaba en la parcela anexa a la EDAR, y en esa época del año siempre que pasaba con el coche no podía evitar quedarme mirando la colorida estampa que la naturaleza pintaba ante mis ojos. Ya sabéis que soy una persona que se suele fijar en los detalles y no podía quedarme indiferente ante la mezcla de tonos pastel que durante unos días pintaba estos rincones de la costa mediterránea.

En Madrid también tenemos carreteras en cuyos márgenes hay paisajes dignos de contemplar, pero si apartamos la vista del asfalto un instante es posible que acabemos besando el parachoques del vehículo que nos precede en el atasco permanente que sufrimos.

Nos leemos.

 

Recuerdos de Oropesa (XXVI)

Como os conté en la entrada anterior de esta serie, durante el invierno una infinita tranquilidad reinaba en Oropesa del Mar; y aunque es cierto que yo en particular adoraba aquella soledad, había ocasiones en las que a uno le apetecía caminar sin sentirse en un pueblo fantasma, de modo que cogía el coche y me acercaba a Castellón de la Plana.

Pelota

La almendra central de Castellón es un horror para circular, así que normalmente dejaba el coche en las afueras y me daba un paseo por sus calles. Comparado con Madrid no es tan grande y estoy acostumbrado a recorrer grandes distancias a pie, de modo que por andar poco más de veinte minutos no me pasaba nada y así hacía algo de ejercicio al tiempo que podía dedicarme a mirar los detalles de la ciudad.

De esta localidad de Levante recuerdo alguna zona especialmente bonita como la de la plaza del Ayuntamiento y, sobre todo, el parque Ribalta. También guardo gratos recuerdos de la zona de la universidad Jaume I (recién construida por aquella época) y el tranvía que partía de allí pasando por el centro de la ciudad y dirigiéndose hacia el Grao. Recuerdo que incluso una vez hice uso de él por ver cómo funcionaba y escribir una entrada del blog.

TRAM (Castellón)

Me acuerdo también de la tienda de música Portoles situada en la Calle de Enmedio donde para mi cumpleaños en el año 2012 me autoregalé una guitarra eléctrica y su correspondiente amplificador. Luego con el tiempo también me compré allí un par de cacharros de Korg; y aunque reconozco que la composición musical no es uno de mis dones, disfruto trasteando con este tipo de cosas. Eso sí, me acuerdo de que cuando fui a por la guitarra dejé el coche en un parking cercano porque una cosa es pasear y otra es cargar como un burro.

Pronto

Recuerdo también pasear por calles angostas y oscuras, como la calle del Herrero, donde estaba la central de la empresa que llevaba parte de la comunicación móvil de la empresa y que siempre me pareció una calle especialmente deprimente. Sin embargo, muy cerca de ella se encontraba la plaza del teatro principal de Castellón, que me daba la sensación de ser un lugar elegante y con mucha vida.

Me da un poco de pena comprobar que de Castellón no tengo muchas fotos. Como os digo, solía ir a pasear a veces por allí o a comprar en el centro comercial La Salera, pero no me gustaba llevar la cámara encima como en Oropesa, Benicassim y tantos otros pueblos que tuve ocasión de recorrer en los dos años que pasé en aquella región porque en ciertas zonas se veía gente un poco “rara” pululando por las calles.

Contraste

Que quede claro que Castellón de la Plana no es ni de lejos mi ciudad favorita, pero cuando ahora echo la vista atrás y recuerdo las veces que estuve caminando por sus calles reconozco sentir cierta añoranza de un lugar que estaba a apenas veinte minutos de mi casa y que me permitía ser consciente de que más allá de Oropesa del Mar había un mundo en el que la gente salía de sus casas después de la puesta de sol.

Seco

Hace cuatro años que no pongo un pie en Castellón; pero si me vuelvo a dejar caer por esas tierras esta vez llevaré alguna cámara más o menos discreta para poder retratar sus rincones y poder compartir con vosotros tanto las cosas buenas como las malas de esta localidad situada cerca de la orilla del mar Mediterráneo, ya que la mayoría de las fotos que ilustran esta entrada ya habían hecho acto de aparición en este blog en el pasado.

Radiografía

¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XXIV)

Vivir durante el invierno en una pequeña localidad costera suele ser sinónimo de paz y sosiego. Y lo sé bien por los dos años que pasé en Oropesa del Mar; un lugar en el que puedes pasear a media tarde durante los meses invernales y no cruzarte prácticamente con nadie sintiendo una soledad que a mí particularmente me resultaba de lo más agradable.

La Oropesa solitaria

Sea como sea, reconozco que llevaba tiempo sin acordarme de Oropesa pero hoy, que no hago más que leer noticias sobre el mal tiempo por las tierras de Levante, han venido a mi memoria unas fotografías que hice una tarde de mayo de 2011 en las que el Mediterráneo se mostraba mucho más amenazador de lo habitual.

A storm is approaching (IV)

Recuerdo que aquella tarde el cielo tenía un aspecto inquietante: una extraña banda oscura lo surcaba de lado a lado y un fuerte viento soplaba desde el mar con inusitada fuerza. Dado que vivía muy cerca de la playa, cogí mi cámara de fotos (al fin y al cabo elegí una Nikon D300 para que si un día me sorprende una tormenta pueda seguir haciendo fotos sin preocuparme de la lluvia) y mi estimado 80-200 f/2.8 para retratar aquel temporal que se acercaba por momentos a la costa.

A storm is approaching (II)

Por supuesto, si la cosa se complicaba no iba a hacerme el héroe y saldría zumbando para casa en cuestión de segundos; pero el aspecto apocalíptico del Mediterráneo con las olas que parecían salirse del mar era algo magnético para un amante de la fotografía como yo. Recuerdo con claridad la intensa sensación de que tenía que captar ese momento porque vendría a mi memoria tiempo después (la entrada de hoy es la prueba de ello) y las fotografías me ayudarían a volver a revivirlo.

A storm is approaching (V)

Capté unas cuantas imágenes y enseguida comenzaron a caer unas gotas enormes; mucho más grandes de lo que acostumbraba a ver por aquellas tierras en las que ya de por si suele llover con fuerza. Sin embargo, estaba claro que la tormenta que se nos echaba encima a pasos agigantados tampoco era muy normal que digamos.

A storm is approaching (I)

Tal y como me prometí, antes de exponerme a correr algún riesgo recogí el equipo y me dirigí para casa donde, parapetado tras los cristales, pude contemplar la fuerza de una tormenta que, gracias a estas fotos, no olvidaré.

A storm is approaching (III)

¡Nos leemos!

Doble mayoría de edad

Hoy hace 18 años que cumplí 18 años; pero el problema es que estos se me han pasado muchísimo más rápido. No sé si esta “doble mayoría de edad” tiene algún tipo de implicación en cuanto a deberes y responsabilidades, pero llevaba unos días dándole vueltas a este hecho y me apetecía dedicar unas líneas al inexorable paso del tiempo.

Veréis, si echo la vista atrás soy capaz de recordar aquel cumpleaños de 1998 con claridad: el bar La Chopera, mucha gente, tortillas de patatas, minis de 43 con vainilla, paquetes de tabaco de acá para allá… Era el último año de instituto y sabía que muchos de los que allí estábamos iríamos perdiendo el contacto poco a poco; aunque por suerte la mayoría de los que éramos grandes amigos por aquel entonces lo seguimos siendo hoy en día.

Cumpleaños total (Enero 1998)

Enero 1998

De todos los que aparecen en la fotografía que tenéis aquí arriba sé que hay gente que acabó siendo pareja, algunos han tenido hijos, otros están viviendo en el extranjero, uno de ellos murió en el 11-M y de otros, sencillamente, no sé nada de nada. Y parece una broma del destino, pero en Spotify está sonando mientras escribo estas líneas “Los amigos que perdí” de Dorian.

Confieso que cuando miro fotografías de aquella época me vienen a la mente buenos recuerdos, pero no es que experimente una especial añoranza por esos años pasados porque si me siento un rato a poner las cosas en perspectiva me doy cuenta de que a medida que ha pasado el tiempo he ido mejorando en todos los aspectos de mi vida y, a día de hoy, me considero una persona esencialmente feliz.

Julio 2013

No puedo quejarme para nada de cómo me han ido las cosas en los últimos tiempos tanto en lo personal como en lo laboral: mi familia tiene buena salud, llevo ya más de cinco años junto a una persona maravillosa, disfruto de mi trabajo cada día y no envidio nada ni a nadie.

No sé dónde estaré dentro de otros 18 años (para entonces tendré 54, que se dice pronto) pero confío en seguir sintiéndome afortunado por las cosas que me pasan en la vida.

10 de enero de 2016

10 de enero de 2016

¡Nos leemos!

Linternas: una historia que viene de lejos

Como persona de ciencias, siempre he pensado que toda acción tiene su origen y su explicación; de modo que hoy me gustaría hablaros de algo que desde mi más tierna infancia ha llamado poderosamente mi atención: las linternas.

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Afán por la lectura

Cuando iba al colegio devoraba los tebeos como si no hubiera un mañana: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, El Botones Sacarino, Superlópez, Pepe Gotera y Otilio, Carpanta… En mi casa había una inmensa colección de volúmenes de todas las épocas y autores y aunque mis padres y abuelos me iban comprando las novedades que salían al mercado, a mí no me importaba releer una y otra vez los tebeos que ya casi me sabía de memoria.

Al igual que ahora considero que siempre es buen momento para un café o un disco de Queen, en aquellos años consideraba que siempre era buen momento para ponerme a leer un tebeo; sólo que si al día siguiente había clase, mis padres me hacían ir a la cama a las diez en punto y a esas horas mis ansias lectoras todavía no se habían aplacado del todo.

La solución a mi problema

¿Qué hacer entonces cuando se suponía que debería estar durmiendo pero yo quería seguir leyendo un rato más? Pues coger una linterna que había en un cajón de mi cuarto (una Cegasa blanca y azul que se alimentaba con dos pilas AA) y meterme bajo las sábanas con mis lecturas como si de una tienda de campaña se tratara para poder seguir desgranando historias desternillantes.

Mayo de 1983No recuerdo bien si alguna vez me pillaron. Creo que sí, pero si me cayó bronca no debió ser demasiado grande porque supongo que todavía me acordaría. Sea como sea, durante una buena época de mi niñez fui incapaz de dormir si no disfrutaba de mi rato de lectura nocturna; hasta el punto de que había ocasiones en las que me quedaba dormido con la linterna encendida y luego me despertaba cuando al girarme me la clavaba en la cara o bien directamente me la encontraba sin pilas a la mañana siguiente (una linterna pequeña de aquella época tenía una autonomía de como mucho un par de horas).

Los años pasaron y poco a poco fui dejando aquella costumbre de lado; más que nada porque mis padres ya no me obligaban a irme a la cama temprano si tenía clase. Al fin y al cabo, era ya lo suficientemente mayor como para ver que si al día siguiente estaba medio zombie era señal de que debía de dormir algo más.

Recuerdo de mi época de instituto dormirme a las tres o las cuatro de la mañana leyendo libros de Stephen King, pero esta vez con la luz de la mesilla de noche encendida. Tal vez de esa época viene mi afición por el café bien cargado por las mañanas; pero eso es algo que dejaré para otro artículo.

Volviendo al tema de las linternas, como os decía, de pequeño consideraba a aquello como una herramienta que me permitía disfrutar de mi afición favorita durante unas horas más al día; y creo que eso quedó tan grabado en mi inconsciente que ya nunca dejaron de llamarme la atención y así lo plasmé en alguna de mis primeras fotografías en las que, gracias a su ayuda, podía pintar en el aire. Dibujando en el aire

Un regalo inesperado

Sea como sea, durante muchos años esa afición permaneció latente en mí hasta que un día de invierno en Oropesa del Mar al salir de trabajar me acerqué a la farmacia del pueblo a por paracetamol y la chica que me atendió me preguntó: “¿Te hemos dado el regalo de Navidad?” y ante mi negativa metió en la bolsita una pequeña caja de cartón y me dijo que esperaba que me gustara.

Nada más salir de la farmacia abrí aquello y resultó ser una pequeña linterna cilíndrica de tacto metálico, con un LED en la cabeza y tres pequeñas pilas AAA a modo de alimentación. Hasta el momento todas las linternas que había tenido llevaban una bombilla incandescente que no daba más que una pequeña mancha circular de luz anaranjada, pero nada más encender la linterna que me acababan de regalar la acera se iluminó con un potente halo blanco al tiempo que algo se encendió en el pozo de mis recuerdos.

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La linterna responsable de esta aficción

El “redescubrimiento” del LED

Hasta el momento para mí los LED eran unos dispositivos utilizados para señalización y poco más. En la carrera los empleé en numerosas prácticas (recuerdo una que consistía en hacer un marcador de tenis) pero hasta ese instante no había pensado en ellos como dispositivos de iluminación. La verdad es que aquel pequeño regalo me hizo empezar a curiosear más profundamente en el campo de los LED y que mi aletargada afición por las linternas se reactivara.

Como ingeniero en la rama de la electrónica, siempre pensé que las bombillas de filamento eran el extremo opuesto de la optimización. Una dispositivo luminoso que desperdiciaba más del 90% de la energía que consumía en forma de calor era algo inadmisible en un mundo donde la electricidad cada vez es más cara y los recursos más escasos; pero el LED al convertir en luz aproximadamente el 85% de su energía consumida era algo muchísimo mejor.

Aquella pequeña linterna podía alumbrar a muchos metros de distancia durante horas, dejando en ridículo al pequeño círculo anaranjado de mis antiguas linternas incandescentes. Como os decía antes, nada más sostener aquella linterna en mis manos noté cómo mi afición se reactivaba y esa misma noche comencé a buscar en internet cualquier cosa que tuviera que ver con el tema.

No soy el único

Y así, vi que por todos los rincones del globo había gente con mi misma afición. Existen en la red multitud de blogs, webs y foros dedicados al mundo de las linternas y sus derivados (baterías, cargadores, luces para bicicletas, frontales…) en los que se puede aprender muchísimo de este apasionante mundo en el que los lumens son el mantra sagrado.

Gracias a la cantidad de información disponible, buscar reviews y datos de linternas está alimentando todavía más esta extraña afición mía hasta el punto de que en los últimos meses me he hecho con algunos modelos de pequeño tamaño que a mí particularmente me parecen fascinantes.

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Que sí, que ya sé que hoy en día todos llevamos un móvil en el bolsillo que se puede utilizar como linterna y que a estos cacharros se les saca partido en contadas ocasiones; pero es que esta es una afición que tiene poco de racional y mucho de pasional.

De hecho tengo pensado publicar de ahora en adelante algún que otro artículo referido a este mundillo linternero hablando de algunos de los modelos que tengo pero desde mi peculiar punto de vista y empleando mis propias fotografías para ilustrar los artículos. No serán muy técnicos porque no tengo ni los conocimientos ni los medios para hacer un análisis pormenorizado de consumos, intensidad lumínica, tiempos de autonomía… pero sí que me gustaría comentar mis impresiones y las sensaciones que evocan en mí algunos de estos juguetes que tanto me gustan.

¡Nos leemos!

Páginas interesantes sobre linternas

Recuerdos de Oropesa (XXI)

 

En esta ocasión mis recuerdos se remontan muchos años atrás. Concretamente hasta la segunda mitad de la década de los 90, que coincide con mi época de mountain biker y durante la cual recorría todos y cada uno de los rincones de Oropesa del Mar al ritmo que marcaban mis pedaladas hasta llegar a lugares que por aquel entonces consideraba mágicos.

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De esta época me llaman la atención varias cosas. La primera de ellas es que salía todos y cada uno de los días del verano con la bicicleta a las cinco y media de la tarde y pese a subir a los montes que rodean el pueblo y recorrer todos sus confines nunca me dio un golpe de calor ni nada que se le parezca. Cierto es que por entonces contaba con la mitad de edad que ahora, pero me cuesta creer que nunca despertara en una ambulancia completamente deshidratado, porque las palizas que me pegaba eran épicas.

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También me acuerdo de muchos caminos  de tierra entre pinos y almendros que transitaba en aquella época y que hoy son inmensas urbanizaciones de chalets. Es una pena no tener más fotografías de aquella época porque ya sabéis que me encanta comparar cómo eran las cosas en tiempos pasados con su aspecto actual.

En las dos fotografías que flanquean a estas líneas, tenéis sendos ejemplos de tierras que hoy están completamente irreconocibles. En el caso de los pinos (junto a los que aparece mi bicicleta) hoy es una moderna urbanización de chalets que antes ni siquiera existía; mientras que el camino que aparece en la fotografía de los almendros es hoy una de las calles que fluyen entre las zonas de chalets próximas a las montañas y el pueblo de Oropesa.

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Pero lo que más me llama la atención de todo esto que os estoy contando hoy es que cuando tenía 17 años nunca hubiera imaginado que aquellos caminos solitarios que recorría cada tarde a lomos de mi bicicleta una vez urbanizados y asfaltados se convertirían en escenarios de mi trabajo, que desde uno de mis rincones favoritos de Oropesa se divisaban los terrenos de lo que dos décadas después sería mi oficina y que el apartamento de vacaciones donde durante mi niñez rellenaba a la hora de la siesta el maldito “Vacaciones Santillana” sería durante dos años mi propio hogar.

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Siempre he dicho que me da pena no haber vivido en Oropesa del Mar en los años 80 pero con mi edad actual; pero si ahora echo la vista atrás me doy cuenta de que he tenido ocasión de conocer esa localidad cuando todavía era un rincón tranquilo del Mediterráneo y que cuando el futuro me alcanzó tuve el privilegio de contribuir desde dentro a hacer de aquello un lugar mejor.

Aquellos dos años en Oropesa del Mar son ya un montón de recuerdos que empiezo a percibir como lejanos en el tiempo; pero he de reconocer que aquella experiencia mereció mucho la pena tanto a nivel personal como profesional. A ver si un día de estos dedico unos párrafos a hablaros del trabajo que desempeñé allí, porque creo que es un tema interesante.

¡Nos leemos!

Aquellos viajes por carretera

Hoy he estado viendo fotografías de hace ya algún tiempo que me han traído muchos recuerdos. Pero no recuerdos de un lugar concreto; sino de los viajes hacia y desde aquel lugar.

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Hace ya dos años que terminó esa época de mi vida en la que estuve trabajando y viviendo en Oropesa del Mar y, si bien no echo de menos aquello porque para mí Madrid siempre será Madrid, sí que tengo que reconocer que a veces me entra añoranza de aquellos trayectos en coche entre Madrid y Castellón que hacía muchos fines de semana.

Y es que para mí el disfrute de un viaje comienza en cuanto cierro la puerta de casa. Si me voy a de vacaciones, de fin de semana, de puente o de lo que sea, el propio viaje que me separa de mi destino es, en sí, algo que disfruto enormemente.

Through the night

Al haber estado allí tanto tiempo, he tenido ocasión de contemplar los paisajes que iba atravesando en mis viajes durante todas las épocas del año. He viajado con frío, con calor, con niebla, con lluvia… Y hasta recuerdo un par de ocasiones en las que por la provincia de Cuenca ha llegado a granizarme y nevarme. De hecho recuerdo que ese día del granizo salí de Oropesa con sol y llegué a Madrid ya de noche pero con un cielo completamente despejado; pero el caso es que por el camino la cosa cambió radicalmente durante los kilómetros que me tocó conducir bajo bolas de hielo.

También me acuerdo de un día en el que un cielo que parecía estar en llamas me sorprendió ya casi llegando a Castellón, de modo que me detuve en la primera gasolinera que encontré y desde allí hice una foto que también me evoca a aquellos viajes de ida y vuelta por autopista.

The sky is in flames!

Cuando los viernes que venía a Madrid, después de más de 400 kilómetros de carretera, veía las famosas cuatro torres en la lejanía sentía que ya estaba llegando a la que nunca ha dejado de ser mi casa. Y recuerdo muy bien aquella sensación que me embargaba al saber que en apenas media hora me esperaba un paréntesis de dos días en la soledad del corredor de fondo de aquellos tiempos.

Campo y ciudad

Mis recuerdos de aquellas tardes viajeras son las de un aventurero que disfrutaba del sol, de las nubes, de las canciones de Bob Dylan, del rumor de las ruedas acariciando la carretera… Además de todo eso, cuando viajas sólo y fuera hace frío, un café en medio del camino puede ser la sensación más agradable del mundo.

Mi lugar de parada era siempre el mismo: el Autogrill de Castillejo de Iniesta (A-3, km 225) tanto por ser el punto medio exacto de mis viajes como por servir un café capaz de despertar a un oso pardo en plena hibernación. Como os decía, cuando atravesaba la puerta de aquel lugar y me envolvía un suave aroma a café, por unos minutos me sentía casi como en casa; o al menos me hacía pensar en que ya me quedaba poco para llegar a mi destino.

Café

En lo meramente carreteril, durante dos años sólo tuve un susto más o menos importante: en la parte de la A-7 que rodea Valencia una vez un tipo que conducía un Mini color azul que circulaba por el carril central lanzó por la ventanilla un bote vacío de Red Bull que comenzó a dar saltos de un lado a otro haciendo que todos los que íbamos detrás de él comenzáramos a dar frenazos y volantazos para evitar que en uno de sus alocados saltos el envase de aluminio acabara estampado contra algún parabrisas.

Realmente pasé unos segundos de miedo en el caos que se organizó allí en un momento. Se escuchaban bocinazos, ruedas chirriando y luces de freno por todos lados mientras todos nos acordábamos de la familia de aquel idiota que a punto estuvo de liar una bien gorda en medio de la autopista por un comportamiento que no tiene justificación alguna.

Columbretes

Os juro que deseaba que alguno de los vehículos que iban atemorizados a mi lado fuera un coche patrulla camuflado y saliera disparado detrás de aquel Mini, pero no fue así y su insensato conductor prosiguió su marcha como si nada mientras los de detrás sudábamos tinta para no golpearnos los unos contra los otros en una especie de baile sobre el asfalto a 120 Km/h.

Como os decía antes, he conducido en todo tipo de condiciones meteorológicas tanto de día como de noche (en invierno poco después de partir el sol ya empezaba a ocultarse en el horizonte) pero nunca me ha supuesto ningún problema porque he sabido adaptarme a las condiciones de la vía. Sin embargo, uno nunca se imagina que le va a tocar esquivar un bote saltarín entre los carriles de la autopista.

Cierto es que fueron muchos viajes y muchos kilómetros; pero lo bueno para la mecánica de mi coche es que al ser todo por autopista despejada y a velocidad constante se dan las circunstancias ideales para un turbodiesel, cuya finalidad es hacer muchos kilómetros cómodamente y gastando muy poco. Como ya os dije en la entrada que trataba del tema, un moderno turbodiesel no está hecho para la ciudad y sus constantes semáforos, atascos, acelerones y demás…

Audi A1

Pocos vendedores os contarán eso si entráis por la puerta del concesionario diciendo que queréis un coche de gasóleo porque “anda mucho y gasta poco” (que es la idea con la que se queda la mayoría de la gente) pero si hacéis casi todo el kilometraje por ciudad, yo optaría por una mecánica de gasolina que al no generar carbonilla os dará muy pocos problemas mecánicos. Sin embargo si, como yo, el 90% de los kilómetros los hacéis por carretera despejada, un turbodiesel os dará muchas alegrías y veréis que la aguja del combustible baja a un ritmo casi imperceptible.

Ha habido viajes en los que no me separado de mi ruta ni un milímetro, pero también en otros ha salido mi vertiente exploradora y he aprovechado para visitar algún pueblo que me había llamado la atención en la lejanía aunque eso supusiera llegar más tarde a mi destino. Como os decía, en aquellos viajes en soledad sin más compañía que la radio me sentía como un pequeño punto en medio de la inmensidad del paisaje y a veces me gustaba sentirme parte de él por si llegaba (como al final llegó) el día en el que ya no tuviera que volver a mi tierra porque sencillamente volvía a vivir en ella.

Un vistazo al mar

¡Nos leemos!

Dando vueltas al mundo

Recuerdo que a mediados de la década de los ochenta mi padre tenía un Citroen GS y una mañana de domingo, cuando íbamos hacia Madrid para comer en casa de mis abuelos, me dijo orgulloso: “Mira Luis, el coche acaba de cumplir 40000 kilómetros, que es como dar la vuelta al mundo por el ecuador”.

En aquel momento aquello me pareció una hazaña digna del mismísimo Marco Polo, pues imaginaba a aquel coche color crema que tenía un extraño velocímetro rotatorio en medio del salpicadero surcando los países que se iba encontrando mientras daba la vuelta al mundo por la línea imaginaria que discurre entre los dos hemisferios del planeta.

Llegar a esa cantidad de kilómetros le llevó a mi padre entre seis y siete años, ya que por aquella época iba al trabajo en transporte público y apenas movía el coche más que en vacaciones y durante los fines de semana. Supongo que a él mismo también le parecería una proeza y de ahí su orgullo al narrarlo en aquel momento.

Han pasado muchos años desde entonces, pero ayer por la noche vino con fuerza este recuerdo a mi mente cuando me di cuenta de que mi coche (un Opel Corsa D Ecoflex de finales de 2010) acababa de superar los 160000 Km, que es como dar cuatro veces la vuelta al mundo por el ecuador. Cifra que, además, he alcanzado en menos de cuatro años, de modo que se podría decir que he repetido aquella gran aventura de dar la vuelta al mundo sobre cuatro ruedas más o menos cada año.

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Sé que el hecho de hacer 160000 Km en coche hoy en día no tiene ningún mérito y que la gente que se dedica al transporte realiza estos kilometrajes en apenas unos meses; pero reconozco que me gustó pensar en ese niño que casi treinta años después acabó cuadriplicando aquella vuelta al mundo que tanto le fascinó en su momento.

Sobre el cierre del colegio Zulema

Recientemente me encontré con la triste noticia del próximo cierre del que fue mi colegio en los años 80 y en el que cursé ocho años de EGB: el Zulema. Y aunque reconozco que mi primera reacción fue de incredulidad y tristeza, hoy me gustaría contaros el caso más pausadamente y reflexionar durante unos minutos sobre ello.

El baby-boom de los 80

Tengo claro que yo fui uno más de los niños del baby-boom de aquella época; y es que éramos tantos los chavales nacidos en torno a 1980 que todo se nos fue quedando pequeño en Nueva Alcalá según íbamos creciendo: cuando estábamos en edad escolar faltaban colegios, cuando llegamos al instituto hubo que ampliar el existente y construir uno nuevo, cuando cumplimos los 18 las autoescuelas florecieron por doquier y los bares de “la zona” estaban todos los fines de semana hasta la bandera…

Sin embargo, han pasado los años y la situación ha cambiado radicalmente: muchos nos hemos ido del barrio y ahora lo que más abunda allí son los padres de todos nosotros. Personas que ahora tienen entre cincuenta y sesenta años, de modo que la demanda de colegios, institutos, autoescuelas y bares de copas ha caído radicalmente y así seguirá hasta que el barrio poco a poco se vuelva a poblar de parejas jóvenes que tengan hijos y vuelvan a completar el imparable ciclo de la vida.

El cierre del Zulema

¿Quiere esto decir que el cierre del colegio Zulema está justificado? Obviamente no; y de hecho estoy convencido de que si no fuera por la actual situación económica nadie en el ayuntamiento o en la Comunidad de Madrid se plantearía siquiera el cierre de un centro de enseñanza. Sin embargo, está claro que alguien pensó que se podría ahorrar dinero haciendo un “donde caben dos caben tres” en los colegios de Nueva Alcalá y al final el Zulema es el que se ha llevado la palma.

La idea es meter a todos los niños del Zulema (todavía no se ha hablado de qué pasará con los profesores, que es algo que también preocupa) en el vecino colegio Henares; si bien parece ser que no es tan fácil la cosa como se pinta, ya que por lo visto en este centro no es que sobre precisamente mucho aforo y seguramente el curso que viene habrá problemas de espacio en las aulas si la cosa sigue adelante.

En pie de guerra

Como es lógico, ante esta perspectiva los padres de los alumnos no han tardado en ponerse en pie de guerra (con protestas y manifestaciones casi a diario) ya no sólo por el hecho de tener que trasladar a sus hijos a otro centro con lo que esto conlleva en cuanto a adaptación al nuevo colegio, nuevos compañeros, nuevos profesores… sino también porque temen que la calidad de la enseñanza recibida se degrade en mayor o menor medida debido a la saturación de las aulas. Del mismo modo, muchos de ellos comentan que de los dos colegios fusionados el Zulema es el que cuenta con mayores y mejores instalaciones, lo que contribuye aun más a la incomprensión general del asunto.

Pero no sólo son los padres los que se oponen al cierre del colegio, ya que a este movimiento se han sumado los comerciantes de la zona que ven cómo con el cierre del centro se esfumará buena parte de sus ingresos: los padres que dejan al niño en el colegio y hacen la compra o se toman una cerveza en el bar de la esquina, la papelería a escasos 30 metros de la puerta principal en la que todos los chavales compran material escolar, los frutos secos que venden bollos y chucherías a los chavales…

Obviamente el cierre de un colegio no es colgar un letrero en la puerta y llevarse a todo el mundo cuatro calles más abajo. El cierre del Zulema significará el fin de muchos de los comercios de una zona que bastante abandono ha sufrido ya en los últimos años, pues recuerdo que cuando era pequeño esa parte del barrio era un auténtico hervidero de tiendas y hoy en día sobreviven tan sólo media docena de ellas gracias al movimiento de personas que hay en las horas de entrada y salida del colegio.

Soluciones alternativas

No me dedico a la política y por tanto no soy ningún experto en macro-economía ni nada que se le parezca. Sin embargo, siempre aplico el sentido común a todo lo que hago; y aunque con los números en la mano parece que el cierre de un colegio en un barrio donde hay muchos menos niños que hace dos décadas podría estar justificado, nunca hay que olvidar que la educación es uno de los pilares sobre los que se asienta la sociedad y es algo que no podemos permitirnos descuidar.

Seguramente habrá otros gastos asociados al centro que se podrían reducir o bien se podrían destinar algunas partidas presupuestarias a mantener abierto el colegio manteniendo así a los alumnos en sus pupitres. La solución del cierre debería de ser la última en ser llevada a cabo tanto por el perjuicio directo a padres y alumnos como por la mala imagen que se da del sistema educativo español en general; aunque por lo que se ha comentado durante los últimos días parece que la decisión está más que tomada y en septiembre el Zulema no abrirá sus puertas.

El lado sentimental

Al margen de todo lo comentado en los párrafos anteriores también me gustaría hablar un poco sobre el aspecto “sentimental” de esta noticia; y es que no puedo dejar al margen el hecho de que el Zulema fue mi colegio tal y como os decía al principio de esta entrada.

Allí cursé toda la EGB, que si bien sólo asienta una serie de conocimientos básicos para todo lo que vendrá después, no es menos cierto que lo más importante que se aprende a esas edades son los conceptos como la amistad, el respeto a los profesores, el trato con los demás, el interés por aprender…

Desgraciadamente no he tenido con el colegio Zulema la misma relación que con el que fue mi instituto; pero sí que me he encontrado alguna vez con profesores que me dieron clase allí y eso es algo siempre hace ilusión. Sobre todo cuando te das cuenta de que se acuerdan de ti y que incluso recuerdan alguna anécdota concreta de un día en clase que tú ya habías borrado de tu memoria hace años.

Recuerdo los horarios de clase por aquella época: de 9 a 12 y de 15 a 17. Unas horas de entrada y salida que a cualquier padre le hacían ir de cabeza y que con los años se cambiaron por un horario continuado más acorde a los tiempos actuales en los que los dos progenitores han de trabajar para poder sacar adelante una familia y una hipoteca.

Me acuerdo también del frío que hacía en los vestuarios del gimnasio a primera hora de la mañana en invierno, de las clases de pretecnología, de cómo jugábamos en los recreos con cualquier cosa que recordara vagamente a un balón, de los días de lluvia en los que nos quedábamos en clase, del primer examen de mi vida (que no me dio tiempo a terminar y quise llevarme a casa), de la inauguración de radio-zulema donde emitieron un programa sobre U2 que hicimos entre un amigo y yo, del aterrador despacho del jefe de estudios, del primer día de clase del nuevo curso, del “Zulemón”, de algún compañero que ya de pequeño apuntaba maneras, de algún profesor con el que hoy me gustaría sentarme a charlar sobre la vida, del conserje abriendo las puertas cinco minutos antes de que sonara la campana, de mi madre esperándome todos los días junto al mismo árbol, del camino a mi casa tapizado de hojas amarillas, de las tardes viendo Campeones y Bola de Dragón delante de un tazón de leche y un cuaderno lleno de cuentas… Muchos recuerdos de cosas que han marcado mi infancia y, en general, que me han hecho ser como soy actualmente.

La importancia de la educación temprana

Puede que no pensemos mucho en ello, pero todo aquello que vivimos cuando tenemos tan pocos años queda tan grabado en nuestro interior que nos acompañará toda la vida. Por eso la educación temprana es tan importante y por eso no se debería recortar ni un euro en ella ni tomarla a la ligera.

Sé que es difícil, pero espero que haya una solución de última hora para que el curso que viene el Zulema siga acogiendo nuevos alumnos. Si así fuera, todos esos recuerdos que guardo en mi memoria podrán seguir siendo los recuerdos de los niños de esta generación y de las que vengan después.

Recuerdos de la universidad

Será por la época en la que estamos o porque ya me empiezan a quedar lejos los años de la universidad; pero cuando voy por la calle y escucho a la gente hablando de exámenes no puedo evitar que a mi mente vengan un montón de recuerdos.

Visita a la escuela politécnica de Alcalá de Henares

Si os hablo desde mi punto de vista, he de decir que me acuerdo del primer año de carrera; y más concretamente del primer examen. Ese que, acostumbrado al ritmo del instituto, te pilla con la guardia cambiada y el dos y medio que sacas duele como una patada en la espinilla. Sin embargo, ese primer batacazo es necesario (y casi diría que hasta obligatorio) porque en ese momento te das cuenta de que lo que necesita un ingeniero es afrontar las cosas de otro modo.

Y es verdad que de ese primer examen al que me refería antes sales cabreadísimo porque te pidieron contar hasta un millón cuando sólo te han enseñado los números del uno al diez; pero es que ese será el plan durante toda la carrera. Y el segundo batacazo sabe todavía peor porque esta vez habías pasado decenas de horas pegado a los apuntes, y en el tercero te llegan las dudas, el “tenía que haber ido por letras”, el “con lo bien que estaría yo siendo jardinero” y el “esto no es para mí”

Pulcritud

Muchos abandonarán en ese punto; otros más adelante. Pero si perseveras verás como poco a poco y casi sin darte cuenta vas cambiando tu mentalidad y empiezas a ver el mundo de otro modo, porque es verdad que en la universidad se imparten una serie de materias; pero por encima de todo se enseña un modo de pensar: a dividir un gran problema en pequeños problemas más sencillos de resolver y que al final hemos de encajar como si de un puzzle se tratara.

Obviamente, dar una materia es algo sencillo cuando se tienen los conocimientos de la misma; pero ahí es donde fracasan muchos profesores, que parecen estar ahí porque alguien les ha obligado a ello sin mostrar en ningún momento ganas de instruir o pasión por la asignatura impartida. Por supuesto, os enseñarán a hacer integrales, a calcular un campo magnético o a diseñar un circuito sumador; pero esto es algo que también podemos hacer nosotros mismos en casa con la ayuda de un buen libro y una pizca de curiosidad innata. Estos profesores que os digo (y me encontré con unos cuantos a lo largo de la carrera) eran personajes de la facultad que iban a de un aula a otra, se subían a la tarima y daban clase mirando al extintor de la pared del fondo esquivando así las miradas de todos los presentes.

Fin de curso

Sin embargo, había otros profesores que se apasionaban con su trabajo: que se sentaban en la mesa del laboratorio para contarte que cuando eran pequeños la tensión en su casa era de 110 voltios, que te explicaban que cuando se acerca una tormenta los caballos agachan las orejas para evitar atraer los rayos, que se les iluminaba la mirada cuando ibas a su tutoría a plantear alguna duda… De esos son de los que más me acuerdo y también de los que más cosas aprendí.

De nada sirve tener muchos conocimientos metidos en la cabeza si uno no es capaz de transmitirlos a su audiencia de un modo ameno e interesante. Tal vez una de tantas revoluciones que necesita la universidad ahora que corren tiempos complicados sea tener un profesorado capaz de mostrar a sus alumnos algo de pasión por lo que hacen.

El pub “El molí” de Oropesa del Mar

NOTA: me dicen en los comentarios que el pub sigue abierto; y aunque el aspecto de su terraza de a entender justo lo contrario, no tengo motivos para pensar que esa afirmación sea inventada. Sea como sea, si el pub sigue abierto yo me alegro sinceramente por ello, pues no me gusta que cierren negocios que llevan toda una vida dando servicio a la gente.

Tengo algún vago recuerdo del pub “El Molí” de Oropesa del Mar; supongo que de finales de los 90 cuando solía salir de marcha con mi grupo de amigos por algunos de los numerosos locales de ocio que por aquellos años había en esta localidad donde ahora vivo y trabajo.

Aquellos tiempos de pelo largo...

Lo recuerdo como un lugar tranquilo en el que podías charlar tranquilamente en su terraza cuando el calor apretaba en las noches de verano; si bien la pega que tenía es que estaba situado en el casco urbano del pueblo y a los que teníamos el apartamento en la zona de la playa no nos apetecía mucho caminar hasta allí, de modo que al final solíamos frecuentar otros locales más próximos como Roxanne, La bohemia, Marengo o el mítico Coco-Surf.

Y no sé por qué, pero ahora mismo se me viene a la memoria cómo nos reíamos de uno de los miembros de aquella pandilla que siempre se refería a este tipo de bares como “paf” sin hacer caso de nuestros consejos para que no pronunciara aquello como si se tratara de la onomatopeya de una bofetada. También me acuerdo ahora de que por aquellos tiempos algunos de nosotros ya teníamos la edad suficiente como para entrar en los bares y otros no; de modo que siempre estaba la inquietud de saber si el portero de turno dejaría a alguno en la calle o haría la vista gorda (que, dicho sea de paso, era lo habitual).

El caso es que cuando esta mañana paseaba por el pueblo con mi cámara en la mano y me encontré abierta la puerta de la terraza de El molí no me lo pensé dos veces y entré con intención de hacer unas fotos, pues ya sabéis lo mucho que me atraen los lugares abandonados. Cierto es que después de la experiencia perruna de aquella casa vieja cerca de la carretera me lo pienso mucho antes de husmear en algún sitio aparentemente deshabitado, pero esta vez lo vi claro y me animé a ir en busca de signos que denoten el paso del tiempo.

Pub El Molí

Pub El Molí

Pub El Molí

Pub El Molí

Pub El Molí

Pub El Molí

Pub El Molí

Como podéis ver, el sitio no es que lleve cerrado uno o dos meses, pues la presencia masiva de óxido así como la “misteriosa desaparición” de todo aquello que pudiera tener un mínimo de valor (grifos, lámparas…) demuestra que hace tiempo que aquello no funciona.

No sé si el pub cerraría hace dos, cinco o diez años; pero al menos los minutos que pasé entre sus restos me trajeron buenos recuerdos de épocas pasadas.