Pesadilla gatuna

Hace unos días tuve un extraño sueño: en él aparecían unos gatos de color gris absolutamente mansos en el jardín de mi casa a los que me acercaba con un plato de pescado en la mano dispuestos a darles de comer al tiempo que acariciaba su lomo. Hasta ahí todo bien, sin nada que se saliera de lo normal.

Un gato posando

El problema (el GRAN problema) vino cuando la madre de estos lindos gatitos hizo acto de presencia pensando que iba a atacar a sus crías. Su tamaño, más propio de un tigre de bengala que de un minino, y las enormes garras de las que hacía gala me hicieron comprender que tal vez no era una buena idea acercarme tanto a aquellos gatitos que ahora comían despreocupados una de las sardinas que había llevado instantes antes.

Me levanté de golpe y la gata se envalentonó; debió sentir mi miedo porque empezó a bufar, a arquear su lomo y a amenazarme con una de sus zarpas. En ese momento me di la vuelta y comencé a correr camino a casa al tiempo que escuchaba un rápido galopar (porque aquello retumbaba sobre la acera como las pezuñas de un caballo) que se acercaba cada vez más a mí.

No quería mirar hacia atrás, pues temía tropezar y que aquella tigresa me devorara en pocos bocados; pero las caras de pánico de las gentes con las que me cruzaba en mi alocada carrera me hacían ver que estaba en serio peligro. Llegué a alcanzar el portal, pero estaba cerrado y las llaves quedaron atascadas en mi bolsillo. Con los nervios y las prisas no lograba sacarlas de ahí, y en ese momento me sentí como un pelele a punto de ser arrollado por un tren de largo recorrido.

Sin embargo, tuve la suerte de evitar ver mi propio descuartizamiento, pues en el momento que aquella gata inmensa estaba a punto de abalanzarse sobre mí, abrí los ojos y me encontré tumbado en mi cama, con las sábanas revueltas y empapado en sudor. Todavía faltaba media hora para levantarme e ir a trabajar, pero no conseguí dormirme de nuevo debido a mi estado de agitación debido a aquel sueño, así que me levanté y me puse a escribir para, al menos, aprovechar ese rato de insomnio mañanero.

Caer a las vías del metro: un sueño que se me repite demasiado a menudo

Aprovechando que esta categoría habla de sueños hoy me gustaría comentaros uno que se me repite muy a menudo desde que era un niño y con el que no lo paso nada bien debido a que suelo “vivir” mis sueños de forma muy intensa y real:

La cosa consiste simplemente en que de repente me veo en las vías del metro (ya sabéis que están bastante hundidas con respecto al andén) y mirando hacia el túnel veo que un tren se aproxima a toda velocidad haciendo sonar el silbato de advertencia.

Yo me doy cuenta del peligro y, como es lógico, intento subirme al andén; pero las paredes están untadas con una sustancia resbaladiza que me hace caer a las vías de nuevo una y otra vez mientras el tren prosigue su inexorable avance sin bajar la velocidad y con la gente en la estación mirándome sin hacer ni decir nada.

Y el caso es que nunca llego a ver el final del sueño porque en todas y cada una de las ocasiones acabo abriendo los ojos justo antes de que el tren me pase por encima; pero lo cierto es que me suelo despertar bastante sobresaltado, respirando profundamente y sudando a mares. Luego, por lo general me vuelvo a dormir enseguida y paso el resto de la noche de lo más tranquilo, pero ese mal rato que paso de vez en cuando no me lo quita nadie.

Lo que más me llama la atención de este sueño es que, como os decía al principio, se me repite con bastante frecuencia desde que era pequeño. Yo no sé si es algún “trauma” que tengo desde la infancia o algo así, pero el caso es que han pasado cerca de dos décadas y yo sigo viendo ese tren que se acerca sin que pueda hacer nada por salir de la trampa que representan las vías.

Autobuses, perros e inundaciones

Llego con el coche al barrio y trato infructosamente de encontrar un hueco en el que aparcar. Doy vueltas y más vueltas sin conseguir absolutamente nada, de modo que me dirijo a una zona remota que no conozco de nada, pero que según me dice el GPS es la única en la que tal vez consiga dejar el coche.

Efectivamente logro aparcar, pero de repente descubro que estoy en una perrera llena de vallas altas y alambradas de espino. Se escuchan ladridos y gruñidos en la oscuridad de un bosque que no me deja ver más allá de mis manos. De repente un cartel aparece entre las ramas de la vegetación: “Parada de autobús”.

Llega un destartalado vehículo en el que apenas cabrían diez personas y me subo en él al tiempo que descubro junto al conductor a Elena; una compañera de la facultad a la que llevo meses sin ver. Elena me pregunta si ya he terminado la carrera y me cuenta que ella acabó abandonándola para dedicarse a cuidar niños pequeños. Me pregunta por alguno de sus antiguos profesores y le digo que sólo han pasado dos años desde su marcha, por lo que todo sigue más o menos igual que entonces.

De repente el autobús pega un frenazo y el conductor se calza una gorra de policía al tiempo que asegura que va a descubrir a los que se hayan colado en el autobús. Dice pertencer al FBI y que en el caso de que alguien no tenga billete será llevado a Guantánamo vestido con un mono naranja de inmediato.

Viaje nuboso

En ese instante recuerdo que al ver a Elena ahí sentada me he despistado y no he sacado mi billete, por lo que empiezo a asustarme al ver que el policía está a punto de llegar a mi altura con cara de muy pocos amigos. Con un rápido gesto consigo que la ventanilla que tengo a mi derecha se convierta en uno de los teletransportadores del videojuego Portal y salgo despedido a través de él apareciendo en el salón de mi casa.

Allí están mis padres, que sin extrañarse lo más mínimo por mi repentina materialización en medio del sofá me piden una factura del billete del autobús, así que les digo que tenía un agujero en el bolsillo que comunicaba con el fondo del mar y que por lo tanto la factura está empapada e ilegible. Ellos lo creen y me dicen que cosa el agujero con hilo de nylon para que no se deshaga con la sal, así que cojo el costurero y me pongo a arreglar la vía de agua antes de que la casa se empiece a inundar, porque en esos momentos sale tanta agua del bolsillo de mis vaqueros que ya nos llega por los tobillos y pronto alcanzará los enchufes.

Más o menos fue ahí cuando desperté un poco sobresaltado y con cara de no saber muy bien qué estaba pasando…