La virtud de la paciencia

Hay gente que no lleva nada bien las esperas por breves que sean. Se trata de esas personas que todos hemos visto alguna vez y que se caracterizan porque en la consulta del médico están dando paseos de esquina a esquina constantemente, en el supermercado se lanzan en pos de ser los primeros de la fila de la caja que acaban de abrir y a la hora de conducir circulan a escasos centímetros del parachoques del vehículo que les precede.

La espera eterna

A mí, sin embargo, las esperas nunca me han supuesto ningún problema: de hecho me gusta llegar a los sitios con tiempo para, una vez allí, dedicarme a observar el entorno y recrearme en algunos detalles. Cuando quedo con alguien a una hora determinada y se retrasa un rato en la mayoría de las ocasiones viene pidiéndome perdón por la tardanza; y aunque sé que mi habitual “no te preocupes, a mí no me importa esperar” le suena a forma políticamente correcta de aceptar sus disculpas, en realidad le estoy diciendo una verdad como una catedral. Para mí, una espera no es una pérdida de tiempo; sino una ocasión perfecta para detenerse por un rato, mirar alrededor y aprender todo lo posible.

Esto mismo aplicado a una escala mayor representa mi propia filosofía de vida según la cual lo importante no es tomar atajos para llegar a los sitios lo antes posible; sino elegir un itinerario que te permita contemplar paisajes desconocidos de los que poder disfrutar y aprender al mismo tiempo. Precisamente, la carretera por la que circulo desde hace meses me sigue enseñando cosas sorprendentes cada día, pero en la lejanía veo un pueblo costero en el que voy a hospedarme durante unos días para empezar a trazar mi futuro más inmediato.

La paciencia en fotografía siempre tiene premio

Camino por aceras ardientes gracias a un sol implacable. En el bolsillo un poco de música y en la mano la cámara de fotos dispuesta a captar cualquier instante irrepetible.

Llego a una plaza sombría del centro de la ciudad y diviso una fuente que, con sus finos hilos de agua, invita a congelar su movimiento en una imagen capaz de refrescar al espectador. Lo intento una y otra vez; cambio parámetros, vuelvo a disparar… no estoy conforme con lo que capto, le falta algo… Tal vez sea por la férrea mirada de la dama de hierro que me mira desde su pedestal.

La dama de hierro

De repente una sombra pasa sobre el agua de la fuente y observo que una paloma se ha posado en la parte más alta de la misma dispuesta a dar algún que otro trago de agua. Aprovecho la situación y disparo otra ráfaga más, pero sigue sin convencerme: una paloma bebiendo agua es algo tan común que las fotografías que capto son insulsas y aburridas. El movimiento de un niño que corre en las cercanías espanta a la paloma y empiezo a pensar que no es el día de conseguir una buena imagen; puede que mañana en la tranquilidad del mediodía del lunes obtenga mejores resultados.

Sin embargo, cuando ya estaba poniendo la tapa al objetivo, un lindo gorrión aparece entre las ramas de los árboles, se coloca bajo la jaula de agua que forman los débiles caños de la fuente y allí parece feliz por un instante disfrutando de una ducha fresca que parecía necesitar. El movimiento alegre de sus alas me inspira y me hace volver a encender la cámara con mucho cuidado. Me coloco, uso el teleobjetivo y disparo unas cuantas fotografías justo antes de que otra paloma asuste al gorrión y desista definitivamente de seguir captando instantáneas.

Reviso esas últimas fotos y entre unas cuantas un poco movidas y alguna que no me decía absolutamente nada descubro una y sólo una que realmente me llena y me hace decir decir en voz alta “¡me mola!”. Ese simpático gorrión me dio un pequeño premio a la paciencia que disfruté con una sonrisa mientras me dirigía hacia casa: hoy volví a descubrir el placer de esperar pacientemente a que las buenas imágenes aparezcan ante los ojos.

Una buena ducha