Mirada felina

Una vez más, no me queda más remedio que maravillarme ante la expresividad de los felinos domésticos

Maine coon

Éste en concreto es el Maine Coon de mi hermana que aunque por lo general no se está quieto ni cinco segundos en esta ocasión pude retratarle mientras contemplaba extasiado el atardecer a través de la puerta de la terraza.

Y es que, en ocasiones, los gatos parecen más humanos que muchos de nosotros…

De gatos va la cosa

Los que me conocéis un poco ya sabéis que tengo admiración por los animales en general y fascinación por los gatos en particular.

Gato en éxtasis

Sirva como nueva muestra de mi devoción felina las tres fotos que ilustran esta breve entrada y que fueron realizadas hace un par de semanas por las calles de Oropesa del mar.

Hora de la siesta

Mirada felina

Oropesa del Mar, la tierra de los mil gatos

Aunque siempre he tenido simpatía por los animales, he de confesar que siento auténtica debilidad por una especie en concreto: los gatos. Y claro, puesto que la fotografía es mi afición principal y en temporada baja Oropesa está plagada de ellos, os podéis imaginar que nunca pierdo ocasión de retratar a cualquier felino que se me cruce por delante si llevo la cámara encima.

Frightened

Scared

Curious

Al margen de ese pequeño gato tan fotogénico que mezclaba miedo y curiosidad al ver la cámara tan cerca de él (supongo que se veía reflejado en el filtro UV y por eso, aunque se sentía algo temeroso ante mi presencia, no dejaba de mirar fíjamente al objetivo) hay muchos otros tipos de gatos que durante los últimos tiempos he podido fotografiar con mi cámara.

Gatos MUY grandes

Gato tamaño XXL en Redueña

Gatos en miniatura

Mini gato

Gatos fisgones (y noctámbulos)

Gato noctámbulo

Gatos a los que es mejor no molestar

Malas pulgas

Gatos que parecen villanos de una película

Do not disturb

Gatos que con la mirada lo dicen todo

I'm watching you

Gatos tranquilos

Tarde gatuna (IV)

Gatos nerviosos

Tarde gatuna (II)

Gatos acróbatas

Salto de andenes

Gatos melancólicos

Blue eyes (II)

Gatos risueños

El gato del puerto (II)

Gatos seductores

El gato del puerto (IV)

No serán los últimos gatos que fotografíe, de eso podéis estar seguros; ya que, como os decía al principio de este artículo, en cuanto se marcha el verano los felinos campan a sus anchas por las calles de Oropesa.

Tarde gatuna

Los jardines de la Torre del Rey de Oropesa del Mar están plagados de gatos. La gente que pasa por allí les suele dejar comida y agua, por lo que los felinos están contentos y cada vez en mayor número. Además, es un lugar en el que se pueden cobijar y que se cierra al público por las noches, por lo que allí se sienten más o menos seguros.

Bueno, pues el caso es que hoy estuve por allí con mi hermano y mi cámara (qué novedad, ¿no?  😀 ). En principio quería hacer unas fotografías de paisaje desde lo alto de la torre, pero como la tarde estaba muy poco clara por efecto de la bruma decidimos rodear la torre por los jardines en busca de algún gato que hubiera por allí y que se dejara fotografiar un rato.

Y el caso es que gatos había unos cuantos, pero de primeras se extrañaron de nuestra presencia y salieron por patas (o más bien por pezuñas  😛 ). Sin embargo, echándole un poco de paciencia y quedándonos estáticos en la misma posición durante un buen rato, algunos de ellos fueron cogiendo confianza y empezaron a arrimarse un poco a nosotros.

El caso es que al final conseguí alguna que otra fotografía medianamente decente, así que para no perder las costumbres me gustaría compartirlas con vosotros. ¡Miau!

Tarde gatuna (I)

Tarde gatuna (II)

Tarde gatuna (III)

Tarde gatuna (IV)

Tarde gatuna (V)

Tarde gatuna (VI)

Pesadilla gatuna

Hace unos días tuve un extraño sueño: en él aparecían unos gatos de color gris absolutamente mansos en el jardín de mi casa a los que me acercaba con un plato de pescado en la mano dispuestos a darles de comer al tiempo que acariciaba su lomo. Hasta ahí todo bien, sin nada que se saliera de lo normal.

Un gato posando

El problema (el GRAN problema) vino cuando la madre de estos lindos gatitos hizo acto de presencia pensando que iba a atacar a sus crías. Su tamaño, más propio de un tigre de bengala que de un minino, y las enormes garras de las que hacía gala me hicieron comprender que tal vez no era una buena idea acercarme tanto a aquellos gatitos que ahora comían despreocupados una de las sardinas que había llevado instantes antes.

Me levanté de golpe y la gata se envalentonó; debió sentir mi miedo porque empezó a bufar, a arquear su lomo y a amenazarme con una de sus zarpas. En ese momento me di la vuelta y comencé a correr camino a casa al tiempo que escuchaba un rápido galopar (porque aquello retumbaba sobre la acera como las pezuñas de un caballo) que se acercaba cada vez más a mí.

No quería mirar hacia atrás, pues temía tropezar y que aquella tigresa me devorara en pocos bocados; pero las caras de pánico de las gentes con las que me cruzaba en mi alocada carrera me hacían ver que estaba en serio peligro. Llegué a alcanzar el portal, pero estaba cerrado y las llaves quedaron atascadas en mi bolsillo. Con los nervios y las prisas no lograba sacarlas de ahí, y en ese momento me sentí como un pelele a punto de ser arrollado por un tren de largo recorrido.

Sin embargo, tuve la suerte de evitar ver mi propio descuartizamiento, pues en el momento que aquella gata inmensa estaba a punto de abalanzarse sobre mí, abrí los ojos y me encontré tumbado en mi cama, con las sábanas revueltas y empapado en sudor. Todavía faltaba media hora para levantarme e ir a trabajar, pero no conseguí dormirme de nuevo debido a mi estado de agitación debido a aquel sueño, así que me levanté y me puse a escribir para, al menos, aprovechar ese rato de insomnio mañanero.