Navidad en Alcalá de Henares

Muy acorde con el día en el que estamos, me gustaría compartir con vosotros unas imágenes que capté hace unos días en la conocida plaza de Cervantes de Alcalá de Henares.

Alcalá en Navidades (I)

Alcalá en Navidades (II)

Estampas cotidianas de una ciudad que, como todos los años por estas fechas, se adorna para la Navidad.

Alcalá en Navidades (III)

En cualquier caso, no todo son luces, gente y abrigos, pues como veréis, estamos teniendo un clima de lo más soleado con temperaturas agradables a medio día (y de momento sin grandes heladas por las noches) que dan lugar a paisajes muy pintorescos a nada que nos alejemos del casco urbano.

De Henares

Por cierto, comentaros que estas fotografías están hechas con una Nikon D3000 que me he comprado recientemente con idea de usarla exclusivamente con el AF-S DX Nikkor 35mm f/1.8 G, dando lugar a un conjunto de pequeño tamaño, ligero y manejable. De hecho, ya en el pasado hice algo parecido con la D40 (cámara que le regalé a mi chica hace ya tiempo) y la experiencia fue muy positiva.

¡Nos leemos!

Disfrutando del sol en el parque Juan Carlos I

Como tantas otras veces, aproveché una mañana de fin de semana para levantarme temprano y dirigir mis pasos a uno de mis lugares favoritos de Madrid: el parque Juan Carlos I.

Juan Carlos I

Sé que ya os he hablado alguna que otra vez de este lugar incluso de algún rincón en concreto; pero una vez más no me resisto a compartir con vosotros algunas imágenes capturadas con la inestimable ayuda de mi cámara. Espero que os gusten y que si nunca habéis estado allí os animéis a conocer este inmenso espacio verde de Madrid.

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Juan Carlos I

Bonus: Geometría Escheriana en las cercanías del acceso peatonal al parking del auditorio

La colina de El Principito

Hay una colina en la parte Oeste de mi querido parque Juan Carlos I que siempre me ha recordado al cuento de El Principito. Es de pequeño tamaño, cubierta de hierba y con árboles en su parte superior. Y aunque es cierto que en el famoso libro lo único que hay en el planeta de ese niño rubio es una flor, no puedo dejar de ver en este pintoresco lugar el escenario del libro de Antoine de Saint-Exupéry.

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Pese a que a mí me parece un lugar con mucho encanto, no suele haber gente en lo alto de esta pequeña colina. No sé si será por su pronunciada pendiente o porque se encuentra en una de las zonas del parque menos transitadas; pero sea como sea, si uno se sube allí arriba puede disfrutar de unas buenas vistas del monumento “Espacio México” con Madrid al fondo.

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Allí, sentados entre los árboles, podéis divisar a los piragüistas que por el canal entrenan a diario, a los niños que juegan despreocupados en los columpios con forma de barco pirata que hay en las inmediaciones y observar cómo se mezclan en los caminos del parque runners y caminantes con sus perros. Un remanso de paz en el que sentarse unos minutos a disfrutar sin más preocupaciones.

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Ya sabéis de mi debilidad por este gran parque de Madrid al que acudo de vez en cuando para descubrir algún nuevo recoveco en el que no me había fijado hasta entonces. Esta colina que hoy retrato es sólo uno más de estos rincones, pero para mí es uno de los más especiales. Si pasáis a su lado, volved por un instante a vuestra infancia y echad una carrera para alcanzar su cima. Os sentiréis muy bien, os lo aseguro.

La belleza incomprendida de los reflectores

Llevaba ya tiempo con ganas de hablaros de la que, para mí, es la parte más bonita de una linterna: su reflector. Sí, a lo mejor os suena un poco raro, pero dejadme que os cuente algunas cosas y os muestre unas fotografías y ya veréis cómo empezáis a apreciar también a esta pequeña pieza presente en la gran mayoría de las linternas y en la que a lo mejor algunos ni siquiera os habéis fijado antes.

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¿Qué es y para qué sirve un reflector?

A rasgos generales, un reflector es una pieza de material brillante (aluminio en muchas ocasiones) con forma parabólica que en una linterna va colocado detrás del LED de manera que encauza y reparte la luz que no sale directamente por la parte frontal de la linterna.

Es decir, que una linterna sin reflector va a funcionar y va a iluminar; pero su intensidad lumínica será menor que ese mismo modelo equipado con reflector porque la luz que sale del emisor LED hacia los laterales será absorbida en buena medida por el propio cuerpo de la cabeza de la linterna. Sin embargo, cuando disponemos de un reflector, esa luz que de otra forma no se aprovecharía, se refleja y acaba saliendo también por el frente de la linterna.

En función de la forma, el material y la textura del reflector el cono de luz resultante será más o menos intenso, con halos residuales, con bordes difusos, atenuación… pero eso ya son cosas que se me escapan y que los que diseñan las linternas ya se encargan de planificar en función de las especificaciones de diseño.

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Cierto es que, como os conté en la review de la Olight i3E EOS, también existen las llamadas lentes TIR que gracias a su forma y material reparten la luz que emite el LED de manera suave, pero de eso ya hablaremos otro día porque hoy me quiero centrar en los clásicos reflectores.

Tipos de reflectores

Como os decía al principio de este artículo los reflectores de las linternas me parecen pequeñas obras de arte, especialmente aquellos que poseen texturas suaves como alguno que ahora veremos. Ya no es sólo su forma, su aspecto o el brillo de su superficie; sino el pensar que detrás de esa pequeña pieza en la que mucha gente no se habrá fijado en la vida hay muchas horas de cálculos para modelar la luz que saldrá de esa linterna cuando alguien la encienda en mitad de la oscuridad.

Reflector liso pulido

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Este es, seguramente, el más utilizado, ya que puede ser tanto de metal pulido como de plástico imitando la superficie de un espejo. Se emplea en infinidad de modelos tanto de gama alta como de baja, ya que una superficie pulida no es ni mejor ni peor que otra de las que vamos a ver, puesto que para modelar el cono de luz hay más factores como os decía antes.

Reflector de aluminio natural

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No es excesivamente habitual y, de hecho, en las linternas que poseo a día de hoy sólo lo emplea la Fenix E01. Se trata de fabricar el reflector en aluminio dejándolo con su aspecto mate natural para intentar así que el cono de luz sea algo más suave. Digamos que pretende aunar las ventajas de un reflector liso con las de uno texturizado; pero ya se sabe que este tipo de estrategias consiguen más una solución “de compromiso” que otra cosa.

Reflector con textura de piel de naranja

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Estos son para mí, los más bellos de todos; especialmente si se miran desde el ángulo adecuado. Si os fijáis en la fotografía que tenéis sobre este párrafo entenderéis enseguida porque se le llama textura “de piel de naranja”; y es que todas esas protuberancias lo que intentan es que los rayos de luz que se reflejan en ellos lo hagan de una manera tan caótica que al final den lugar a un cono de luz suave y de bordes difusos.

Ve hacia la luz…

Esto es así porque si alguna vez habéis caminado con una linterna en completa oscuridad os habréis dado cuenta de que lo que hay dentro del círculo de luz generado por ella se puede ver con claridad, pero por contraste lumínico aquello que está fuera de ese círculo para nuestros ojos estará en la negrura más absoluta.

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Lo que consigue un cono de luz de bordes suaves y difuminados es que si caminamos en plena oscuridad cerca de algo relevante (un agujero, un perro rabioso, un billete de 50 euros…) aunque esté fuera del círculo de luz intensa, podamos vislumbrar algo gracias a la luz débil del exterior del cono y entonces dirijamos hacia allí nuestro haz de luz y nuestra mirada.

Mi visión personal de los reflectores

De todos modos, más allá de la utilidad de un tipo u otro de reflector (y que ya os digo que aparte de la textura hay más factores que van a permitir modelar el cono de luz de una linterna) yo hoy quería revindicar los reflectores por su belleza intrínseca, por cómo reflejan la luz aleatoriamente en sus suaves crestas y valles cuando son texturizados, por los destellos plateados del sol cuando incide sobre ellos, por cómo agrandan nuestra nariz aquellos que están pulidos como espejos…

Sirvan estos párrafos y las fotos que los acompañan como homenaje a esos seres discretos e incomprendidos en los que casi nadie repara: los reflectores.

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¡Nos leemos!

Rincones: Pazo de Oca (Pontevedra)

No muy lejos de Santiago de Compostela existe una finca a la que algunos llaman “El Versalles gallego” que destaca por la belleza de sus jardines. Y es que el Pazo de Oca es un idílico lugar en el que mi chica y yo pasamos una tarde entera caminando por sus rincones y que hoy me gustaría daros a conocer a través de algunas fotografías que hice aquel día.

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Tras acceder al recinto, un patio bastante sencillo os dará la bienvenida y una vez curioseados sus recovecos pasaréis a través de una puerta junto a una fuente para dar a la zona principal del pazo: unos grandes jardines con caminos llenos de parras, un estanque con patos y cisnes de lo más bucólico, zonas con flores de muy diversos colores…

150710_185800150710_195348Como podéis ver en las imágenes, el agua es uno de los puntos fuertes de este lugar; y es que estando en el norte de España no tendréis ocasión de ver muchos secarrales, cauces sin agua y cosas similares como sí ocurre en lugares situados en la mitad sur de la península (especialmente durante el mes de julio, que es cuando estuvimos por allí).

150710_191441150710_190612Creo que no os he comentado que la entrada al Pazo de Oca cuesta seis euros y os da derecho a campar a vuestras anchas por los jardines. Si queréis ver el interior del pazo, tendréis que contratar una visita guiada; cosa que nosotros no hicimos (así que no sé deciros si merece la pena o no).

150710_184107150710_191410Después de la maravillosa visita a las Islas Cíes que realizamos unos días antes, pensábamos que ya nada nos iba a sorprender en aquellas tierras; pero reconozco que estábamos equivocados y la visita a este lugar tan especial nos gustó casi tanto como aquellos paseos entre acantilados y gaviotas.

Si estáis cerca de Santiago de Compostela y tenéis ganas de visitar un lugar con un encanto especial, el Pazo de Oca es una opción de lo más recomendable.

150710_190052¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XXI)

 

En esta ocasión mis recuerdos se remontan muchos años atrás. Concretamente hasta la segunda mitad de la década de los 90, que coincide con mi época de mountain biker y durante la cual recorría todos y cada uno de los rincones de Oropesa del Mar al ritmo que marcaban mis pedaladas hasta llegar a lugares que por aquel entonces consideraba mágicos.

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De esta época me llaman la atención varias cosas. La primera de ellas es que salía todos y cada uno de los días del verano con la bicicleta a las cinco y media de la tarde y pese a subir a los montes que rodean el pueblo y recorrer todos sus confines nunca me dio un golpe de calor ni nada que se le parezca. Cierto es que por entonces contaba con la mitad de edad que ahora, pero me cuesta creer que nunca despertara en una ambulancia completamente deshidratado, porque las palizas que me pegaba eran épicas.

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También me acuerdo de muchos caminos  de tierra entre pinos y almendros que transitaba en aquella época y que hoy son inmensas urbanizaciones de chalets. Es una pena no tener más fotografías de aquella época porque ya sabéis que me encanta comparar cómo eran las cosas en tiempos pasados con su aspecto actual.

En las dos fotografías que flanquean a estas líneas, tenéis sendos ejemplos de tierras que hoy están completamente irreconocibles. En el caso de los pinos (junto a los que aparece mi bicicleta) hoy es una moderna urbanización de chalets que antes ni siquiera existía; mientras que el camino que aparece en la fotografía de los almendros es hoy una de las calles que fluyen entre las zonas de chalets próximas a las montañas y el pueblo de Oropesa.

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Pero lo que más me llama la atención de todo esto que os estoy contando hoy es que cuando tenía 17 años nunca hubiera imaginado que aquellos caminos solitarios que recorría cada tarde a lomos de mi bicicleta una vez urbanizados y asfaltados se convertirían en escenarios de mi trabajo, que desde uno de mis rincones favoritos de Oropesa se divisaban los terrenos de lo que dos décadas después sería mi oficina y que el apartamento de vacaciones donde durante mi niñez rellenaba a la hora de la siesta el maldito “Vacaciones Santillana” sería durante dos años mi propio hogar.

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Siempre he dicho que me da pena no haber vivido en Oropesa del Mar en los años 80 pero con mi edad actual; pero si ahora echo la vista atrás me doy cuenta de que he tenido ocasión de conocer esa localidad cuando todavía era un rincón tranquilo del Mediterráneo y que cuando el futuro me alcanzó tuve el privilegio de contribuir desde dentro a hacer de aquello un lugar mejor.

Aquellos dos años en Oropesa del Mar son ya un montón de recuerdos que empiezo a percibir como lejanos en el tiempo; pero he de reconocer que aquella experiencia mereció mucho la pena tanto a nivel personal como profesional. A ver si un día de estos dedico unos párrafos a hablaros del trabajo que desempeñé allí, porque creo que es un tema interesante.

¡Nos leemos!

Rincones: Parque Juan Carlos I (Madrid)

Al Parque Juan Carlos I nunca puedo decirle que no. Da igual la época del año, el clima o las circunstancias que me rodeen en ese momento. Me gusta perderme por sus infinitos rincones y disfrutar de ellos ya sea a pie, en bicicleta, patinando (aunque esto es algo en lo que me estoy iniciando) o, como en esta ocasión, haciendo fotografías.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

En principio no quería enrollarme mucho dando datos sobre el parque, pero precisamente buscando algo de información en internet me he dado cuenta de que en realidad lo que hay escrito sobre este pedacito de Madrid es bastante poco y además está muy deslavazado; de modo que voy a tratar de contaros algunas cosas curiosas sobre este lugar mezcladas con mis propias impresiones y algunas imágenes que he captado durante mi última visita.

Ubicación, extensión y servicios añadidos

El parque Juan Carlos I es el segundo en extensión de la ciudad de Madrid, sólo superado por la Casa de Campo. Con sus 220 hectáreas situadas en el distrito de Barajas (zona Este de la capital) representa un auténtico pulmón para una región de Madrid que se había desarrollado considerablemente en la década de los 80 con la construcción de Ifema y los numerosos edificios de oficinas del “Campo de las Naciones”, pero que más allá de estas edificaciones aquella era una zona de Madrid anclada en tiempos pasados y con cierto aire de abandono, de modo que con este parque se le quería dar un soplo de modernidad urbana al distrito.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Comentaros también que el parque cuenta con algunos servicios añadidos como el préstamo gratuito de bicicletas, la ruta (también gratuita) que un tren realiza por el anillo principal así como un amplio aparcamiento de libre acceso y un auditorio al aire libre.

Por si no lo sabéis, en el Juan Carlos I podéis realizar algunas actividades que en principio uno no está acostumbrado a ver en Madrid pero que aquí se han convertido ya casi en tradición. Una de las más curiosas es que en las explanadas que hay cerca de la entrada principal durante los fines de semana encontraréis bastante gente volando cometas de las más diversas formas y tonalidades.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Del mismo modo, en dichas explanadas podéis acercaros en verano a cenar un bocadillo cómodamente sentados en la hierba o, como ya hemos hecho un par de veces mi chica y yo, llevar un portátil para ver una película al frescor de la noche. Actividades que, como os digo, parecen más propias de un lugar de playa pero que en este rincón de Madrid podéis practicar con total libertad.

Historia del parque Juan Carlos I

Este parque se inauguró en el año 1992 con motivo de que Madrid fuera designada capital europea de la cultura. Sí, aunque mucho menos sonado que los JJOO de Barcelona y la “Expo” de Sevilla, Madrid también tuvo su ratito de gloria aquel año inolvidable.

La verdad es que recuerdo aquella época como la de las grandes obras (viaductos, instalaciones deportivas, trasvases, túneles, urbanizaciones infinitas…) y la del parque Juan Carlos I también debió de ser de las gordas pues duró tres años; aunque por desgracia no tuve ocasión de verla con mis propios ojos porque, sencillamente, era una zona de Madrid que por aquel entonces ignoraba por completo.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Por lo que he podido leer, el parque se asienta sobre unos terrenos que en la década de los ochenta estaban un poco dejados de la mano de Dios y cuyo único elemento reseñable era un olivar centenario (el llamado “Olivar de la Hinojosa”) que a la hora de proyectar las instalaciones se decidió respetar (de ahí que buena parte de la zona central esté tapizada de esta especie de árbol tan típicamente nuestra).

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Durante los tres primeros años de funcionamiento pasaron por el parque millón y medio largo de personas, lo que da una idea de su éxito entre los madrileños. Recuerdo haber ido con mis padres en aquellos tiempos de mediados de los 90 algún domingo por la mañana cargando con mi bicicleta en el maletero y haberme agotado dando vueltas por los inumerables caminos del parque que, sumados todos, dan un total de 13 kilómetros.

Las esculturas

Dispersas por el parque se encuentran diecinueve esculturas de estilo abstracto y diversas temáticas. Muchos conoceréis esa que consiste en unos dedos blancos que salen de la tierra, pero hay otras muchas que os animo a descubrir por vosotros mismos dando un paseo que, por lo separadas que están unas de otras, tendrá que ser bastante extenso.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

La que os muestro sobre estas líneas es una de las menos conocidas, ya que está en un rincón del parque poco transitado y no llama demasiado la atención al transeunte, que al pasar por allí tiende a fijarse más en las piraguas que hay por el canal circular o el bonito puente que lo atraviesa. Por lo que he podido saber, se trata de un homenaje a Galileo Galilei y me gusta especialmente por su mezcla aparentemente caótica de líneas rectas y curvas.

Sin embargo, estoy seguro de la que os voy a mostrar a continuación sí que os resulta mucho más familiar, pues es, sin duda, la más conocida de las diecinueve que pueblan el lugar.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Efectivamente, esa especie de donut de color rojo intenso situado a final de una rampa de bloques de granito es la escultura correspondiente al llamado “Espacio México”, la cual se erige en un lugar visible desde casi cualquier lugar del parque y que, por tanto, llama la atención de todo el que se acerque a dar una vuelta por allí.

Además de estas dos esculturas que os muestro en estas fotografías tenéis 17 más repartidas por las 160 hectáreas del parque, de modo que os animo a que tratéis de localizarlas dando un paseo porque hay algunas que merece la pena contemplar con atención (no os perdáis “Fisiocromía para Madrid” porque es otra de mis favoritas pese a que en esta ocasión no la he plasmado en mis fotografías).

El agua

Os hablaba hace un momento de un “canal circular”, y es que hay un anillo de aproximadamente un kilómetro de diámetro que divide el parque en dos partes (exterior e interior) que en su mayor parte discurre paralelo a una ría que consiste en un canal con algo de desnivel, dos estanques en sus respectivos extremos y unas bombas que elevan y trasladan el agua entre los estanques para volver a iniciar su recorrido.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

En el parque Juan Carlos I el agua es un elemento muy importante, ya que además de este canal que os comento, hay unos chorros de agua que salen del suelo donde en verano siempre hay niños jugando, un embarcadero donde actualmente hay un barco que en tiempos recorría el canal, numerosos cauces por los que se desvía el agua de la ría principal para ornamentar algunas zonas…

Como os digo, se trata de un elemento al que se recurre en muchos rincones y que da al lugar un aire muy especial. De hecho, en el parque hay unos 130000 metros cuadrados de lámina de agua, lo que os dará una idea de su papel protagonista.

La estufa fría

Parque Juan Carlos I (Madrid)

La estufa fría es un invernadero situado cerca del centro geográfico del parque que contiene multitud de especies arbóreas y arbustivas. Yo no entiendo mucho de plantas y no sería capaz de ponerme a describir subespecies y familias; pero sí os puedo decir que en este lugar la vegetación prácticamente nos rodea (hay zonas de bambú realmente densas) y hay una marcada tranquilidad que nos invita a permanecer un rato contemplando el lugar.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

En cualquier caso, no os dejéis engañar por el oxímoron que da nombre al lugar, ya que ni es una estufa ni está fría; sino todo lo contrario. Me explico: efectivamente se trata de un invernadero porque por sus lados está cerrado con unas paredes casi transparentes. Sin embargo, el techo está hecho de lamas inclinadas las cuales no dejan entrar la luz del sol directamente pero dejan escapar el aire caliente, de modo que lo que conseguimos es una temperatura más suave que en el exterior (más fresco en verano y más templado en invierno) pero sin llegar al calor que hace en un invernadero “típico” cuyo interior es completamente cerrado y, por tanto, no deja salir el aire caliente cuando le da el sol.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Por cierto, comentaros que en uno de sus extremos (fuera de la nave principal) hay un pequeño “jardín zen” con sus especies típicamente orientales y su grava blanca perfectamente rastrillada. Otro de esos rincones especiales de este parque y que no mucha gente conoce.

Las vistas

El Juan Carlos I no es un parque plano como podría ser, por ejemplo, el Retiro. A lo largo y ancho de su extensión nos vamos a encontrar con multitud de lomas desde las que podemos admirar unas bonitas vistas de la capital tal y como podéis ver en algunas de las fotografías que acompañan a este artículo.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Desconozco si es el caso, pero lo habitual es que este tipo de montículos estén formados por la arena y las piedras que se han sacado durante la fase del movimiento de tierras mientras se construía el parque, de modo que así se aprovecha el material y se rebajan costes al no tener que trasladar este material muy lejos de su origen.

Si tuviera que apostar diría que la mayor parte de estos montículos que hay en el Juan Carlos I están hechos del material sacado a la hora de excavar el canal circular de agua; aunque como os comentaba antes, no he visto este dato por ningún lado y me baso exclusivamente en lo que he ido viendo durante mi vida profesional en infraestructuras hidráulicas.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Mi loma favorita es una con forma de pirámide de cuatro caras la cual está coronada por una semiesfera plateada. Desde allí arriba tenéis una bonita vista de todo el parque y además podréis distinguir edificios emblemáticos de Madrid como “el pirulí”, la T4 del aeropuerto de Barajas o las cuatro torres así como también divisar en la lejanía localidades como Coslada, Paracuellos del Jarama o incluso la sierra.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

Parque Juan Carlos I (Madrid)

En definitiva, el parque Juan Carlos I es un buen lugar donde perderse en Madrid. No está tan lleno los fines de semana como el Retiro ni es tan bullicioso y además hay espacio de sobra para caminar, patinar, montar en bici, jugar al fútbol o pasear al perro. Si vivís en Madrid o sus alrededores y todavía no os habéis dejado caer por allí os recomiendo que os acerquéis un día de sol y disfrutéis de todo lo que este rincón de la capital tiene que ofreceros.

Parque Juan Carlos I (Madrid)

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