Tarde de recuerdos

Ayer por la tarde acudí de nuevo a mi antiguo instituto; sólo que esta vez acompañado de Laura: una antigua compañera a la que había perdido la pista desde hace una década y con la que, gracias a este blog, he recuperado el contacto. Laura no había vuelto a pisar el centro desde 1999, así que hace unos días le propuse hacer una visita al mismo para así recuperar recuerdos perdidos en el tiempo y ella aceptó encantada.

Nada más atravesar la pesada puerta metálica de entrada (que antes era roja y ahora verde) el hall y los pasillos impresionaron bastante a Laura porque en esencia todo seguía como el último día, pero la gran sorpresa para ambos vino cuando eché mano al picaporte de una puerta y resultó estar abierta. Se trataba de una de las aulas donde habíamos dado clase en la segunda mitad de la década de los noventa, y al encender las luces las caras de estupefacción debieron ser aún mayores:

Aula Alonso Quijano (35mm)

Todo seguía exactamente igual: las mesas, las sillas, las pizarras, el suelo de baldosas, aquellas pesadas persianas, el corcho en la pared, los radiadores, la mesa del profesor… Y el caso es que todo nos pareció de un tamaño minúsculo acostumbrados a las dimensiones de las aulas de nuestras universidades.

– ¿Y aquí nos metían a 40 personas para dar clase? – nos preguntamos Laura y yo al unísono.

Os aseguro que el impacto visual fue tremendo. Hasta ese momento yo había ido unas cuantas veces por el instituto Alonso Quijano, pero no había tenido la ocasión de entrar en una de sus aulas; más que nada porque siempre he acudido por las mañanas y a esas horas todas están llenas de alumnos. Era la primera vez que ponía el pie en una de ellas desde que abandoné aquel instituto tras cursar allí BUP y COU (sí, soy de la ley de enseñanza de 1970) y por un momento me pareció volver a la época en la que habitan algunos de los mejores recuerdos de mi vida.

Aula Alonso Quijano (Fisheye)

Aquello nos trajo a la memoria un montón de anécdotas, así que de allí salimos hacia una céntrica cafetería con la sana intención de excavar en ellas; pero no sin antes sacar mi cámara para tratar de hacer las fotografías que no capté cuando pasé allí mis últimos días de clase y de las cuales he seleccionado dos para ilustrar estas líneas.

De cualquier modo, esta visita me ha hecho pensar mucho; tanto que ayer incluso me costó conciliar el sueño. Pero eso es algo de lo que os hablaré otro día con más calma.

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La velocidad de las tarjetas de memoria en fotografía

De nada sirve hacerse con una Nikon D3 y su capacidad de disparar nueve fotografías por segundo (una auténtica ametralladora) si luego nuestra tarjeta de memoria es tan lenta que representa un cuello de botella que la deja parada durante varios segundos al transferir hasta ella los datos del buffer intermedio de la cámara.

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(Imagen extraída de dpreview.com)

Dicho buffer no es más que una rápida memoria RAM de tipo FIFO (“First In, First Out” o “primero en entrar primero en salir”) en la que se almacenan las fotografías recién capturadas para dotar al sistema de una cierta agilidad en sus operaciones de escritura. Nunca se escribe directamente en la tarjeta porque la operación sería mucho más propensa a errores de sincronización y el rendimiento de la máquina dependería mucho de la tarjeta empleada (de hecho depende, pero mucho menos gracias al empleo de esa memoria intermedia que ya está optimizada para rendir al máximo).

Al tomar fotografías sueltas, nada más terminar la exposición la cámara genera la imagen internamente con los datos captados por el sensor, la pasa al buffer y a continuación la graba en la tarjeta. Por muy lenta que esta sea, nosotros no notaremos esa operación de escritura porque se realiza antes de que nos de tiempo siquiera a componer la siguiente imagen en el visor.

En modo ráfaga el proceso es algo diferente: mientras mantengamos el dedo presionando el disparador, la cámara va generando las imágenes, pasándolas al buffer y a continuación a la tarjeta de memoria. Esa operación de escritura se irá realizando en segundo plano de forma continuada y completamente transparente para nosotros, de tal modo que las imágenes van entrando por un lado del buffer y almacenándose allí temporalmente durante el tiempo necesario para que la tarjeta las vaya grabando en ella. Para hacernos una idea un poco más gráfica, es como un depósito de agua con una tubería de entrada (el sensor) y un grifo a la salida (la tarjeta de memoria).

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Todo irá como la seda si la tarjeta es tan rápida como para grabar los datos según entran al buffer (dejamos el grifo abierto y según entra agua al depósito sale por el otro lado). En el caso contrario las imágenes se irán acumulando en dicho buffer hasta que se llene. En ese momento, la cámara dejará de disparar hasta que se transfiera a la tarjeta la suficiente información como para tener espacio de almacenamiento interno para una imagen más. Es como si nuestro depósito estuviera lleno, el grifo no diera más de si y en la tubería el agua se quedara acumulada esperando a entrar. Evidentemente no podrá pasar más líquido al interior del depósito hasta que el grifo lo vacíe un poco.

Es decir, que la ráfaga funcionará a toda velocidad siempre que haya espacio suficiente en el buffer para almacenar al menos una fotografía más, así que cuando estamos rozando el límite de llenado de esa memoria intermedia, la cámara dejará de disparar y se pondrá a transferir información a la tarjeta de memoria con objeto de liberar espacio en el buffer; y hasta que eso no suceda no va a seguir disparando hagamos lo que hagamos, por lo que la cadencia de la ráfaga disminuirá considerablemente.

Baldo

Aquí es donde entra en juego la velocidad de la tarjeta de memoria, pues cuanto más rápida sea, menos va a tardar la cámara en transferir los datos desde el buffer. Si la tarjeta es lenta (grifo de poco caudal) enseguida se va a ir llenando esa memoria intermedia y comenzarán los parones en la ráfaga, mientras que con una tarjeta rápida (grifo por el que puede salir gran cantidad de agua) vamos a poder disparar a máxima velocidad durante todo el tiempo que queramos (al menos en formato JPG) porque las fotografías se graban en la tarjeta al mismo ritmo que entran en el buffer. Además, en caso de alcanzar el límite de llenado del buffer, usando una tarjeta rápida la operación de vaciado será más breve que si escribimos en una tarjeta de velocidad inferior.

Por cierto, hablando de velocidad, actualmente hay una forma más o menos estándar de conocer la velocidad de las tarjetas SD, que consiste en buscar un círculo con una C y una cifra a continuación que indicará la rapidez de la tarjeta. Las más lentas son las de clase 2 (C2), mientras que por encima irán las C4 y las más rápidas a día de hoy son las C6 C10 (gracias a K0J1 por el apunte 😉 ).

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Para poneros un ejemplo concreto, en el buffer de mi Nikon D40 caben cuatro imágenes en RAW o nueve en JPG a máxima calidad, pero hay cámaras profesionales cuyo buffer es muchísimo más grande (66 en JPG y 17 en RAW en el caso de la Nikon D3). Mi velocidad de disparo es de 2.6 fotografías por segundo en cualquiera de los dos formatos, y la diferencia entre emplear la tarjeta marca “Nisupa” que me regalaron con la cámara y la Sandisk Extreme III de 4 GB que compré poco después es que antes la ráfaga en JPG se me ralentizaba cuando llevaba unas cuantas fotografías y ahora puedo disparar en dicho formato hasta 99 fotografías (limitado por firmware) a máxima velocidad porque la información se graba en la tarjeta de memoria al mismo ritmo que entra en el buffer.

Disparar en formato RAW ya es otra historia, pues al ocupar seis megabytes cada fotografía sí que alcanzo a llenar el buffer en ráfagas de más de seis disparos, ralentizando la ráfaga a aproximadamente dos imágenes por segundo (que tampoco está nada mal para una cámara tan sencilla); aunque ese llenado se alcanza tan pronto como sucedía con la tarjeta más lenta y además la memoria intermedia se vacía más rápidamente como os decía hace un par de párrafos. De cualquier modo, apenas empleo el modo ráfaga (hasta el momento nada más que en los recientes fuegos artificiales en Oropesa del Mar), por lo que la compra de la nueva tarjeta respondió más al deseo de tener un medio de almacenamiento fiable que a una necesidad real de velocidad.

Y es que para temas de fotografía siempre merece la pena invertir un dinero extra en el medio de almacenamiento; ya sea por el tema de la velocidad si acostumbráis a disparar en ráfaga o porque una tarjeta barata nos puede dejar tirados el día que hemos hecho las mejores fotografías de nuestra vida (la Ley de Murphy es poderosa).

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