Liderazgo

Como buen científico, Emilio siempre pensó que el amor no era más que una reacción química en el cerebro, un sentimiento ficticio que impone la débil condición humana. Siempre había dicho que él sólo se debía a su labor de investigación, y gracias a ello estaba orgulloso de haber alcanzado la dirección de un prestigioso laboratorio farmacéutico con tan sólo treinta años.

Entre la pulcritud de su mesa de trabajo y el blanco nuclear de sus batas no había lugar para ningún pensamiento o sensación que pudiera desviar lo más mínimo su atención de aquello que tuviera entre manos. Quería que su vida sólo dependiera de él mismo, tener una completa autonomía, ser el único dueño de todos sus actos… Cosas que se reflejaban en pequeñas manías como la perfecta ordenación de sus bolígrafos de colores o su costumbre de tomarse un descafeinado todas las mañanas exactamente a las once horas y once minutos.

Sus compañeros le miraban con una mezcla de extrañeza y admiración: Emilio era fuerte, ningún fracaso le hacía perder su convicción en que las cosas acabarían saliendo bien. Siempre era él quien arengaba a los demás cuando estaban hundidos, quien jamás parecía necesitar descansar un rato o tomarse un día libre. La gente veía en Emilio un líder al que seguir allá donde hiciera falta porque transmitía una sensación de seguridad que les reconfortaba y les hacía sentir en buenas manos.

Sin embargo, lo que nadie sabía es que cuando Emilio terminaba su jornada laboral se sentaba siempre en el banco de un parque cercano a su casa y se ponía a mirar a la gente mientras lloraba en silencio pensando en que un día moriría y en realidad no habría sido capaz de ser feliz ni un sólo día.

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