Un instante de soledad

Momentos después de hacer la fotografía sobre la que gira la entrada anterior, un coche se detuvo apenas a unos metros de mi posición y de él bajó una chica que, sin mirar a ninguna otra cosa que no fuera la punta de sus botas, se dirigió hacia el muro de piedra, se subió a un saliente y allí sentada encendió un cigarrillo mientras miraba hacia el infinito.

Un segundo de soledad

Eran cerca de las doce de la mañana de un domingo soleado y caluroso, por lo que su aspecto no era muy acorde con el clima; sino más bien el de salir por la noche a tomar algo para volver a casa ya entrada la madrugada. Sea como sea, esa chaqueta y esas botas no se las pone uno con 30º y a pleno sol para fumar un cigarrillo, ¿no creéis?.

Y como ya sabéis que cuando veo algo fuera de lo normal enseguida comienzo a imaginar, al momento vinieron las preguntas sin respuesta: ¿Una noche memorable? ¿Recuerdos tormentosos? ¿Añoranza? ¿Punto de inflexión en la vida? ¿ Final de vacaciones? ¿Recién llegada a Oropesa? ¿Despido improcedente? ¿Horas antes de la boda? ¿Día 16 y sin un duro en el bolsillo? ¿El último pitillo?…

Nunca lo sabremos, ya que de repente la misteriosa chica se incorporó, se dirigió de nuevo hacia su coche, arrancó el motor y se perdió por la carretera.

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La virtud de la paciencia

Hay gente que no lleva nada bien las esperas por breves que sean. Se trata de esas personas que todos hemos visto alguna vez y que se caracterizan porque en la consulta del médico están dando paseos de esquina a esquina constantemente, en el supermercado se lanzan en pos de ser los primeros de la fila de la caja que acaban de abrir y a la hora de conducir circulan a escasos centímetros del parachoques del vehículo que les precede.

La espera eterna

A mí, sin embargo, las esperas nunca me han supuesto ningún problema: de hecho me gusta llegar a los sitios con tiempo para, una vez allí, dedicarme a observar el entorno y recrearme en algunos detalles. Cuando quedo con alguien a una hora determinada y se retrasa un rato en la mayoría de las ocasiones viene pidiéndome perdón por la tardanza; y aunque sé que mi habitual “no te preocupes, a mí no me importa esperar” le suena a forma políticamente correcta de aceptar sus disculpas, en realidad le estoy diciendo una verdad como una catedral. Para mí, una espera no es una pérdida de tiempo; sino una ocasión perfecta para detenerse por un rato, mirar alrededor y aprender todo lo posible.

Esto mismo aplicado a una escala mayor representa mi propia filosofía de vida según la cual lo importante no es tomar atajos para llegar a los sitios lo antes posible; sino elegir un itinerario que te permita contemplar paisajes desconocidos de los que poder disfrutar y aprender al mismo tiempo. Precisamente, la carretera por la que circulo desde hace meses me sigue enseñando cosas sorprendentes cada día, pero en la lejanía veo un pueblo costero en el que voy a hospedarme durante unos días para empezar a trazar mi futuro más inmediato.

Amor cobarde

Sus ojos de color miel brillaban bajo el sol, que a estas alturas del invierno empieza ya a acostarse algo más tarde de las seis. De pie, junto a la puerta del Telepizza, aquella chica dirigía su vista al infinito en busca de la persona con la que debía encontrarse. Por eso, cuando aparecí en su campo de visión, fijó su mirada en mí apartándola en cuanto comprobó que no era yo a quien esperaba.

Era una de esas estampas cotidianas que siempre suelen llamar mi atención. Aquella chica menuda, morena que iba vestida con vaqueros y un abrigo negro aguardaba a alguien con la ilusión del que acude a su primera cita.

Conocía aquella sensación porque me recordaba a mí mismo años atrás, cuando después de varios intentos (y muchas horas de sueño perdidas) conseguía quedar a solas con la chica que me gustaba. Tal vez por eso siempre que veo a alguien esperando en plena calle con una sonrisa en los labios pienso que estoy contemplando los instantes previos a un primer encuentro.

Ni se me pasó por la cabeza escribir nada sobre ello porque al fin y al cabo se trataba de algo muy habitual, de modo que continué mi camino hacia la plaza de Cervantes olvidándome de aquella chica en cuanto doblé la esquina de la calle Pescadería.

Caminando calle arriba y calle abajo por el centro de Alcalá, al cabo de una hora sentí que mis piernas empezaban a protestar ante tanto paseo y me sugirieron que volviéramos a casa. Además, estaba refrescando bastante, y puesto que esta misma mañana la garganta me había estado dando un poco la lata, creí conveniente tomarme un té calentito cobijado en el sofá del salón.

Con mi habitual paso rápido atravesé el barrio de Venecia ya sin rastro de claridad en el cielo, y cuando llegué de nuevo a la puerta del Vado vi en la lejanía una figura a contraluz en los ventanales del Telepizza. Era la misma chica de antes, sólo que ahora estaba sentada en la cornisa de la ventana con la cabeza gacha, el pelo rizado tapándole la cara y pulsando con rapidez las teclas del móvil que sostenía en su mano derecha. Mientras tanto, con la otra cerraba el cuello de su abrigo en un intento de conservar el poco calor que le quedaba después de tanto tiempo allí plantada.

Pasé a su lado casi rozándola por culpa de la estrechez de la acera; pero, pese a ello, esta vez ni siquiera apartó la vista de la pantalla del teléfono. Estaba claro que ya no estaba esperando a nadie. En mi mente sólo cabía una pregunta: ¿Para quién sería el SMS?

Old shoes

Amor casual

Amor casual

Fue su forma de caminar lo que me llamó la atención. Hacía una mañana fantástica, y mientras hacía algunas fotografías de la estatua de Cervantes me fijé en que aquella chica parecía flotar sobre sus zapatos rojos. A veces las cosas más espectaculares pasan completamente desapercibidas ante mis ojos, pero cada día me encuentro con decenas de pequeños detalles que no puedo dejar de mirar; y el caso es que tanto me llamaron la atención aquellos elegantes andares que al momento se dio cuenta de que estaba clavando mis ojos sobre ella sin ningún disimulo.

Nada más percatarse de mi presencia cambió el rumbo de sus pasos para dirigirse directamente hacia donde yo estaba sin dejar de observarme, lo que hizo que el pulso se me acelerara considerablemente. Estando ya muy cerca de mí pude distinguir unos preciosos ojos verdes que daban dos pinceladas de color a un rostro de porcelana. Se detuvo apenas a medio metro y sonriendo dijo:

– Perdona, ¿eres Luis?

– Ehmmm… sí, soy yo – respondí sin saber muy bien por qué aquella chica conocía mi nombre. Supuse que sería por el blog, por Flickr o algo así; pero antes de que tuviera ocasión de indagar tomó ella la palabra.

– Soy Paloma – me dijo al tiempo que me plantaba un beso en cada mejilla y me envolvía un suave aroma a vainilla. – Uf, creí que no vendrías. A última hora estaba a punto de echarme atrás, pero me dije: “Bueno, yo voy a ir, y si no se presenta él al menos tendré la conciencia tranquila”. Tenía muchas ganas de conocerte – confesó – Después de tantas charlas por el Messenger ya era hora de que nos viéramos, ¿no?

Hablaba a toda velocidad y atropellando unas palabras con otras. Se notaba que estaba bastante nerviosa porque no paraba de mover las manos y se le escapaba alguna risa floja después de cada frase. Yo no entendía muy bien lo que estaba pasando: no conocía a ninguna chica llamada Paloma y además llevaba años sin usar el odioso Messenger. En cualquier caso, decidí seguirle un poco la corriente porque se la veía tan radiante de alegría que me daba un poco de pena cortar de raíz aquel momento tan curioso.

– Pues sí, algún día teníamos que encontrarnos – respondí sin saber si Paloma me conocía en realidad o era una lunática que pretendía meterme en algún lío extraño – Ya tenía ganas de poder saludarte en persona, sin ordenadores de por medio; y mira, llegó el gran día – me aventuré a improvisar.

– Me alegro de que digas eso, porque con lo que me costó que aceptaras este encuentro creí que no aparecerías. Siendo tan tímido pensé que me habrías dicho que sí para que no te diera más la lata con el tema. Por eso me sorprendí tanto cuando te vi ahí de pie. Por cierto, no sabía que eras fotógrafo – dijo señalando mi cámara.

– Y no lo soy. De hecho estoy empezando como quien dice – afirmé al tiempo que me daba cuenta de que en realidad Paloma nunca había visitado mi blog ni sabía de esa afición por la fotografía que saco a relucir en todo lo que hago.

– Pues ya me podías haber mandado alguna foto tuya; seguro que las haces muy bonitas. Y además, eres muy guapo…

Con el segundo de silencio que se creó tras aquella frase Paloma se sonrojó un poco. Eso me hizo darme cuenta de que era tímida y que, sin duda, aquel paso que había dado queriendo conocerme en persona tuvo que ser algo bastante costoso para ella.

Sin embargo, aquello no me cuadraba por ningún lado: Paloma hablaba de charlas por Internet que yo no recordaba en absoluto y además no conocía mi afición por la fotografía; algo que toda persona que sabe mínimamente de mí habrá notado alguna vez. Tenía la sensación de que Paloma se estaba equivocando de persona, algo que se confirmó segundos después.

– Bueno, dijiste que conocías un sitio muy chulo para ir a tomar algo. ¿Dónde me vas a llevar?

Yo no sabía dónde me conduciría nuestra extraña conversación, pero aquella muchacha tenía algo que me hacía no querer terminar con la manifiesta equivocación. Estaba claro que no había hablado con ella en mi vida, ni en persona ni por Internet, y que el Luis con el que había quedado era otro; pero por extrañas circunstancias ella pensó que la persona que estuvo todo el tiempo al otro lado del ordenador era aquel chico que minutos antes hacía fotos a Cervantes.

– Podemos ir al café Renacimiento. Es una antigua iglesia que restauraron y en la que hace tiempo hubo una discoteca. El efecto de estar sentados bajo su torre es bastante curioso. A mí me encanta ese sitio, ¿no lo conoces?

Abrió los ojos como platos sorprendida por la descripción del lugar y dijo que no había estado nunca allí, así que guardé mi cámara en la bolsa y recorrimos la calle Libreros con paso lento mientras hablábamos de cosas intrascendentes. No podía preguntarle por temas de estudios, trabajo ni nada parecido porque era muy posible que hubiera hablado mil veces de ello con su auténtica cita y quedara en evidencia, así que bajo un manto de timidez fui dejando que fuera ella quien sacara a la luz casi todos los temas de conversacion.

Criticando el tráfico del centro de la ciudad y mostrando extrañeza por el buen tiempo reinante esos días llegamos a la puerta de la cafetería; y si no llego a coger del brazo a Paloma hubiera seguido su camino hasta acabar en la fuente de Aguadores, porque iba tan entusiasmada con la charla que no parecía preocuparle lo más mínimo el resto del universo.

– Espera, espera, es aquí. ¿No has estado nunca?

– No, qué va. He pasado muchas veces por delante, pero nunca he entrado. Ni siquiera me había fijado en el nombre del sitio.

– Pues vamos, te va a gustar un montón, ya lo verás.

Abrí la puerta y dejé pasar delante a Paloma (viejas costumbres que no han de perderse). Nada más subir los escalones que llevaban a la sala principal se giró y me dijo en voz baja que era un sitio muy original, a lo que respondí que ya me imaginaba que le sorprendería si nunca había estado allí antes porque se trataba de un lugar muy diferente a todo lo que se estilaba en Alcalá.

Nos sentamos frente a frente en una mesa bajo una gran lámpara y pedimos un par de zumos que el camarero trajo enseguida acompañados de unas gominolas. Con la charla, el paseo, el calor y los lógicos nervios ante la extraña situación que estábamos viviendo los dos nos encontrábamos bastante sedientos, y durante los primeros tragos no intercambiamos ni media palabra. Sin embargo, tras morder un osito de goma, Paloma rompió el hielo una vez más:

– Me alegro de que nos hayamos podido ver. Después de lo que les pasó a mis padres necesitaba olvidarme de todo por  un rato. Por eso me puse tan pesada con lo de vernos en persona, y de ahí vino también la comparación con la princesa encerrada en su castillo y el príncipe que acude a su rescate que tanto te gustó.

Aquel fue un momento de bastante peligro. No tenía ni idea de lo que aquella chica que acababa de conocer me estaba contando, pero se supone que debía saber lo que les había ocurrido a sus padres. Podría ser un accidente de coche, un divorcio, una infidelidad o un cambio de trabajo; así que debía buscar una respuesta lo más neutra posible y, dentro de lo malo que soy improvisando, creo que conseguí salir del paso más o menos airoso:

– Ya te dije que podías contar conmigo. Me costó decidirme porque, al igual que tú, soy tímido con las personas hasta que las conozco bien; pero tú necesitabas ayuda y en el fondo no podía negarme – dije midiendo muy bien cada una de mis palabras.

– Gracias, Luis; eres un sol – respondió al tiempo que sonreía con una cierta amargura.

En ese momento estiró su brazo izquierdo y me acarició el hombro en un gesto entre cariñoso y complaciente. Me hizo sentir un poco como el delfín al que obsequian con una sardina porque ha hecho bien su salto, aunque aquello no me molestó en absoluto. Fue entonces cuando me di cuenta de que Paloma necesitaba un poco de afecto. Son pequeños detalles muy reveladores que siempre me han dado pistas sobre la forma de ser de la gente que me he ido encontrando por la vida, y estaba claro que Paloma se sentía muy sola y que al quedar conmigo trataba de encontrar un poco de cariño que la hiciera vivir por un rato en un mundo mejor.

Estuvimos cerca de media hora charlando sobre diversos temas, hasta que en un momento indeterminado Paloma miró el reloj y dijo que se tenía que marchar. Su abuela estaba sola en casa y no podía ausentarse demasiado tiempo por si necesitaba algo. Pagamos la cuenta a medias y salimos a la calle, donde el sol brillaba con una fuerza inusitada. Era casi mediodía, y por allí poca gente quedaba ya; de hecho, a esas horas yo tendría que estar ya en casa comiendo.

– Ha sido un rato fantástico, Luis. Tenemos que repetirlo, ¿eh? – dijo ella con los ojos chispeantes de felicidad.

– Sí, lo mismo digo. Cuando quieras volvemos a vernos.

– ¡Genial! Después de cenar hablamos por el Messenger y hacemos planes, ¿te parece?

Había llegado incluso a olvidar por unos minutos que aquella chica y yo no nos conocíamos de nada y que el verdadero Luis se quedaría con cara de bobo cuando se conectara a Internet esa noche. De todos modos, había sido un rato tan agradable el que había pasado con Paloma que no lo quise estropear al final, así que le prometí que allí estaría y que le iba a contar algo que sería toda una sorpresa para ella.

– ¿Sorprenderme? ¿A mi? – dijo en voz alta mientras se señalaba con su dedo índice.

– Sí, ya verás. Es algo que incluso dentro de mucho tiempo te hará recordar este día. No te preocupes, que esta noche te lo cuento todo, ¿de acuerdo?

– ¡Siempre estás inventando! ¿Qué será lo que tienes pensado esta vez? – preguntó riéndose.

– Nada; es una tontería, de verdad. Por la noche me meto al Messenger y te cuento. Venga, no le des más vueltas y no hagas esperar a tu abuela, no se vaya a empezar a preocupar.

– Muy bien, pues a las diez me conecto. Cuídate mucho, ¿vale? – dijo al tiempo que me guiñaba un ojo.

– Tú también, Paloma.

Entonces, sin darme tiempo a reaccionar se acercó a mí, puso su mano derecha bajo mi oreja y me dio un fugaz beso en los labios. A continuación se dio la vuelta y se encaminó con paso rápido hacia la estación de tren dejándome allí sin saber qué decir y escuchando hipnotizado aquel alegre repiqueteo de zapatos sobre la acera.

Volví a la realidad, suspiré y un instante después emprendí mi camino hacia casa. Al pasar de nuevo por la plaza de Cervantes un tipo con cara de pocos amigos torcía el gesto apoyado en una farola mientras miraba hacia todos lados a la vez. Supe su nombre en cuanto le vi, así que me acerqué a él y le pregunté:

– Perdona, ¿eres Luis?

– Sí, ¿por qué?

– Bueno, a ver cómo te lo explico…

Pescando corazones

Pescando corazones

“El sol se pegaba a su piel como el pan rallado a las croquetas”

Mis relatos y las cosas que cuento por aquí suelen tener origen en pequeños detalles en los que me fijo cada día. Normalmente al ver algo que me llama la atención suele venir a mi cabeza alguna frase que apunto o al menos trato de recordar y que luego desarrollo con calma delante del ordenador para dar lugar a la entrada de turno.

Pues bien, el otro día vi a esta chica pescando sobre unas rocas, le hice la fotografía que veis aquí y al momento la frase que hay al pie de la imagen vino a mi mente como por arte de magia. Ya sé que no es muy poética que digamos, pero es lo que mi menté tergiversó en ese momento. ¡Qué le vamos a hacer!  😀

Y bueno, ya que no fui capaz de trazar una historia medianamente entretenida basándome en la pescadora de corazones (que conste que lo intenté de tres formas diferentes) al menos me gustaría compartir con vosotros la frase original sobre la que tendría que haber girado toda la entrada.

¡Un saludo y gracias por vuestro tiempo!

Svetlana y el mar

Era la primera vez que Svetlana veía el mar. Lo supe con certeza al reconocer en el rostro de aquella chica la fascinación universal de quien acaba de descubrir algo que antes ni tan siquiera se había atrevido a soñar. Su piel lechosa, la melena albina y aquellos ojos color piscina delataban que no estaba muy acostumbrada al clima típico del Mediterráneo y que sus raíces quedaban mucho más al Este.

Averigüé su nombre porque quien debía de ser su madre gritaba una y otra vez la misma palabra mientras agitaba un brazo en el aire a escasos dos metros de donde yo estaba. Sin embargo, desistió de su tarea cuando tras varios intentos Svetlana seguía sin hacer el más mínimo caso, absorta por completo en sensaciones que nunca antes había experimentado.

Día de playa

Allí, de pie en la orilla, no me perdía ni un sólo detalle de las cosas que hacía aquella chica tan peculiar: con bendita inocencia tomaba un puñado de arena del fondo y al sacar su mano del agua observaba hipnotizada cómo iba resbalando por el brazo hasta su codo sin poder hacer nada para evitar que aquellos microscópicos fragmentos de roca erosionada durante siglos acabaran de nuevo bajo el manto de Neptuno.

Luego se tumbaba boca arriba y experimentaba la agradable sensación de flotar de un lado a otro a merced del  mar. Completamente relajada se dejaba llevar por la corriente sintiéndose como un astronauta en ingravidez hasta que llegaba una ola más grande de lo esperado que revolvía su pelo provocando al mismo tiempo una mueca de sorpresa.

Pese a que debía de tener unos veinte años, Svetlana estaba tan fascinada como una niña pequeña ante aquel mundo de nuevas experiencias. Quedaba claro que su emoción al descubrir el mar era grande; pero no mucho más que mi alegría al comprobar que no soy el único que se maravilla ante las pequeñas cosas de cada día.

Un sonrisa en medio del tráfico

Esta mañana volvía en mi coche del trabajo cuando me detuve en un semáforo en la entrada de mi barrio. Normalmente conecto mi iPod Classic a la radio del coche y escucho la música que más me gusta, pero hoy me sentía un poco perezoso y decidí dejar el reproductor en el bolsillo para así sintonizar alguna emisora del dial.

Opté por Kiss FM, que suele emitir algunos éxitos que nunca pasan de moda. Sonó una canción de Police, otra de Celtas Cortos… y justo cuando estaba detenido en el semáforo que os decía los altavoces del coche reproducían “Cómo hablar” de Amaral; una canción que conocía bien por haberla escuchado ya en multitud de ocasiones.

atasco

El caso es que estaba allí detenido justo ante la línea blanca pintada en el asfalto y con el sol dándome de frente en la cara, por lo que opté por desviar la mirada hacia la derecha mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color y así pudiera reanudar mi marcha hacia casa. Sin embargo, lejos de encontrarme con un sucio camión o algún anónimo vehículo, pegado a la puerta del copiloto de mi vehículo se encontraba un Citroen Saxo de color azul oscuro; y dentro de él una chica rubia y no muy alta que movía los labios como si estuviera hablando con alguien que, desde luego, no se encontraba en el interior de aquel coche.

Enseguida pensé que estaría hablando por teléfono con un manos libres, pero cuando me di cuenta de que el movimiento de su boca estaba perfectamente acompasado con lo que yo escuchaba por la radio entendí que los dos teníamos sintonizada la misma emisora. No sé, me pareció algo muy curioso y en parte bonito; uno de esos pequeños detalles que te alegran el día. Había tenido una mañana de trabajo bastante intensa y encima me había dejado en la oficina unos papeles a los que quería echar un vistazo esta misma tarde, pero en medio del caos del tráfico, con el sol dándome de lleno en los ojos y atosigado por el calor del mediodía me sorprendí esbozando una sonrisa al encontrarme con aquel mágico sincronismo propiciado por una emisora de radio.

Ella nunca se dio cuenta de aquello; pero el conductor que tenía pegado a mi parachoques trasero se impacientó cuando pasaron dos segundos y yo todavía no me había percatado de que el semáforo ya estaba en verde. Ante el sonido de su claxon metí la primera marcha y me escabullí entre el tráfico despidiéndome mentalmente de aquella chica que por un rato se sintió como la propia Eva en medio de un concierto.

amaral