Recuerdos de Oropesa (II)

No todo eran paisajes en Oropesa del Mar (aunque volveremos a ellos más adelante) porque también había otros elementos que llamaban la atención de quien no se limita a ir de un punto a otro sin detenerse a mirar lo que hay a su alrededor.

El sótano

Dado que la costa levantina es uno de los más claros exponentes del “ladrillazo” que prosperó en España durante la primera mitad de la década pasada, son numerosos los ejemplos prácticos de la crisis de la construcción en forma de esqueletos de viviendas a medio construir por éste y otros rincones de nuestro país.

En uno de mis paseos por una zona de chalets cercana a la playa de La Concha existía (y supongo que sigue existiendo) una interminable fila de pareados en los que apenas estaban levantados los tabiques externos y la estructura de la escalera que iba desde el garaje hasta la planta baja. Una especie de radiografía que dejaba a la luz la fragilidad de la economía cuando las cosas se hacen sin pensar en el día de mañana.

Lo que me hizo pulsar el disparador en esta ocasión fue la extraña iluminación proveniente del piso superior, ya que le daba un aire muy cinematográfico. Y eso sin contar con esa silla volcada (que añade un sutil “toque Tarantino” a la escena) y los desvencijados puntales metálicos que sujetaban la estructura de la escalera. Por último, comentar que el elemento clave de la composición es la propia línea diagonal que trazan los escalones y que es la que divide el fotograma en dos zonas donde reinan la luz y la penumbra respectivamente.

El mar, los atardeceres, las montañas… son elementos que durante el tiempo que viví en Oropesa fueron para mí fuente de inspiración; pero también es verdad que algunos elementos construidos por la mano del hombre pueden dar lugar a imágenes muy potentes.

¡Hasta la próxima foto!

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Luces y sombras

Uno de esos momentos del día que siempre tienen algo especial: la cocina a última hora de la tarde, cuando la luz del sol se filtra por la ventana y crea un suave contraste entre las luces y las sombras.

Sigilo

Cosas que sólo suceden en los pueblos

Hay cosas que nunca sucederían en las ciudades; y la que me ocurrió hace unos días en las cercanías de Oropesa es una de ellas:

Era un domingo después de comer, y viendo que hacía un día estupendo para hacer fotografías me acerqué por segunda vez al balcó para captar desde allí algunas imágenes pintorescas del lugar. Uno de esos días de viento en los que la atmósfera está tan limpia que la vista alcanza decenas de kilómetros. De hecho, incluso en algunas fotografías que hice se llega a apreciar con claridad la localidad de Peñíscola, que está a aproximadamente 45 Km en línea recta desde donde yo estaba.

Vistas desde el balcó

Una vez allí arriba y tras hacer unas cuantas fotografías pensé que ya que había salido de casa podría aprovechar la tarde acercándome a Torre la Sal; un minúsculo pueblo pesquero formado por apenas una veintena de casas bajas a la orilla de una pequeña playa con abundantes formaciones rocosas. Es un lugar por el que no parecen haber pasado las últimas dos o tres décadas, pues conserva buena parte de su esencia familiar y acogedora. En definitiva, un buen lugar para dar un paseo y captar algunas imágenes.

Pues bien, estaba caminando por la acera que hay entre las casas y la playa cuando unas animadas voces me sacaron de mis pensamientos: se escuchaba a un grupo de personas en el porche de una de las casas en la típica sobremesa mediterránea que se alarga hasta bien entrada la tarde. Y el caso es que según pasaba delante de la vivienda en cuestión una chica se asomó entre unas cortinas y me dijo: “oye, ¿nos puedes hacer una foto?”.

En ese momento no supe qué contestar porque no tenía claro si la cosa iba de broma o en serio, de modo que ante mi cara de asombro añadió: “Es que nos hemos juntado la familia y nos gustaría tener una foto de recuerdo pero no tenemos cámara, ¿nos la puedes hacer tú?”. Y el caso es que me pareció algo raro, pero al fin y al cabo tenía toda la lógica del mundo, de modo que accedí a hacerles el favor.

Torre la Sal

Al pasar al porche me encontré a una decena de personas sentadas en torno a una mesa sobre la cual descansaban los restos de una paella, un par de botellas de vino y unos cuantos vasos de té todavía vacíos. De inmediato empezaron a decir “¡Hombre, ya tenemos fotógrafo!” y cosas así, de modo que les indiqué que se juntaran un poco para ver si podía meterlos a todos en la misma imagen (menos mal que en la mochila llevaba el 16-85 VR, porque con el 50mm que llevaba montado en la cámara en ese momento hubiera sido imposible dado las escasas dimensiones del lugar) y me puse manos a la obra.

Hice un par de pruebas y a la tercera fue la vencida, de modo que pedí alguna dirección de correo donde enviar la fotografía y uno de los integrantes de la comilona me facilitó la suya. Sin embargo, lejos de terminar ahí la cosa, me sorprendió que aquellas personas que acababa de conocer me invitaron a sentarme en su mesa y me ofrecieron su comida y su bebida. Yo ya había comido en mi casa (y mucho además) de modo que decliné la invitación; aunque sí me apunté al té que estaban preparando en ese momento. Sacaron una silla más del interior de la casa, se apretaron un poco y allí, como uno más de la familia, empecé a charlar con ellos y a preguntar algunas cosas sobre el pueblo y las montañas cercanas.

Aquella gente vivía todo el año allí, y enseguida se ofrecieron a acompañarme si un día me animaba a hacer alguna excursión por la zona; algo de lo que tomé buena nota porque en un futuro tengo pensado recorrer éste y otros rincones de la provincia acompañado de mi cámara en un proyecto de futuro del que todavía no os he dicho nada pero cuyos rasgos principales ya tengo en la cabeza.

Torre la Sal

Sea como sea, mi mayor sorpresa llegó a la hora de despedirme, pues el cabeza de familia me dio las gracias por la foto y por haberme sentado con ellos a compartir anécdotas por un rato para decirme a continuación: “Nosotros nos juntamos aquí a comer todos los domingos, así que si un día te quieres venir estaremos encantados y serás uno más de la familia”. Sorprendido por aquello me despedí con gratitud y me encaminé hacia mi coche, que estaba aparcado a pocos metros del paseo que se ve en la fotografía que tenéis sobre este párrafo.

Mientras regresaba a casa pensaba en aquella frase y lo que implicaba: una familia te pide que les hagas una foto y como agradecimiento te sientan a su mesa y te invitan a que formes parte de ellos por un rato el día que te apetezca. Yo no sé si en Madrid o en cualquier otra gran ciudad ocurren este tipo de cosas, pero me da que no. Estoy seguro de que esto es algo que sólo pasa en esos pueblos tranquilos y humildes donde sus vecinos todavía creen en las personas.

Un capricho muy cafetero

Reconozco que me encanta el café. No es que sea un cafetero compulsivo, pero sí que me gusta tomar tres o cuatro repartidos a lo largo del día y hay algunos que no puedo perdonar como el del desayuno o el de después de comer.

Lo que ocurre es que me da una pereza tremenda coger la cafetera italiana, prepararla, ponerla al fuego y esperar pacientemente a que hierva el agua para tomarme una simple taza (y una vez que se enfría ya no sabe igual de bueno); de modo que el pasado fin de semana decidí cortar por lo sano, acercarme a Castellón y hacerme con un pequeño capricho.

La cosa es que llevaba tiempo buscando información sobre este tipo de cafeteras, ya que durante los últimos meses han aparecido en el mercado varios sistemas incompatibles entre si en la mayoría de los casos y no quería pillarme los dedos haciendo una mala elección. De todos modos, lo que las marcas han presentado es una cafetera para casa que permita hacer café en pocos segundos y de forma limpia y sencilla; pero normalmente las dosis de café que se introducen en la máquina son diferentes entre unas y otras, siendo un concepto muy similar al de las impresoras, donde el verdadero beneficio no está en la venta de la máquina como tal sino en los cartuchos necesarios para su funcionamiento.

En principio iba buscando una cafetera Nespresso (supongo que porque con tanta publicidad, inconscientemente uno al final acaba convirtiéndolas en el icono de este tipo de aparatos) pero resulta que las cápsulas que contienen el café sólo se pueden conseguir en tiendas Nespresso o a través de Internet con el engorro que esto supone. Puesto que mi prioridad era que pudiera encontrar el café cómodamente en mi supermercado habitual, la cafetera doméstica más conocida quedó automáticamente descartada.

Al final, echando un vistazo a otras opciones similares me llamó la atención el sistema Senseo (apadrinado por Marcilla y Philips) por ser una cafetera cómoda, elegante, de tamaño contenido y, sobre todo, porque los paquetes de café se venden en cualquier supermercado y a un precio que ronda los 3 euros por cada bolsa de 16 monodosis que hay disponibles en diferentes variedades. Vamos, que cada café que preparamos sale por unos 20 céntimos.

Con respecto al aparato como tal, os diré que consta de un depósito de litro y medio que hay que llenar de agua y poco más. Luego, para cada café que queráis preparar se levanta la tapa superior, se pone la monodosis (es como un disco de fieltro relleno de café molido por el que la cafetera hace pasar agua hirviendo) y en poco más de un minuto tenéis un café humeante y con una buena capa de espuma. Por supuesto, antes de decidirme por este modelo, en la propia tienda me dieron a probar un café recién hecho en una de estas cafeteras y he de admitir que ese fue el empujón definitivo que me hizo decantarme por la Senseo Quadrante, cuyo sobrio diseño me gustó mucho más que el modelo básico de formas redondeadas.

Un capricho

Como veis en la fotografía, además de la cafetera también se vino conmigo un pack de cuatro variedades de café que traía una lata metálica de regalo. Al final el capricho me salió por 111 euros en total: 99 de la cafetera y 12 del pack de cafés. Un precio que a mí me parece bastante bueno sobre todo después de haber degustado ya a lo largo de estos días unos cuantos cafés de diversas variedades y estar encantado tanto por su sabor como por la comodidad que supone su preparación.

Por cierto, viendo el bombo que le están dando en los centros comerciales a estos sistemas de cafeteras estoy convencido de que será uno de los regalos estrella de estas Navidades.

¡Cuidado con el escalón!

¿Y si un día trataras de salir a la calle y tu puerta estuviera situada a decenas de metros sobre el suelo?

Algo así es lo que se me vino a la cabeza cuando hace unos días pasé por delante de esta casa y gracias a los colores con los que han pintado su fachada me di cuenta de la curiosa diferencia de alturas.

Cuidado con el escalón

Por cierto, ¿sabéis dónde está situada esta vivienda tan ibicenca?

Aquellos maravillosos años de la infancia: 1983

La imagen que hoy os muestro está tomada en Mayo de 1983 en la localidad Barcelonesa de Manresa y me resulta especialmente interesante porque en esta ocasión sí que recuerdo la gran mayoría de elementos que aparecen en ella; dándome a entender que mis primeros recuerdos conscientes proceden de esta etapa de mi vida.

Mayo de 1983

En primer lugar, esa mesa camilla que tiene una “falda” hasta los pies era mi refugio dentro de la casa en la que vivíamos entonces. Por aquella época se ve que tenía ganas de independizarme y todo el día estaba jugando a las casitas. De hecho, recuerdo que después de la mudanza mis padres me hacían chalets (más bien chabolas) con las cajas de carton que habían empleado en ella porque me encantaba pasarme el día metido en su interior.

También me acuerdo del macetero blanco con ese ficus que medía casi lo mismo que yo; pero más que la planta como tal, recuerdo las broncas que me echaba mi madre cuando me dedicaba a mover aquel mamotreto salón arriba y salón abajo gracias a las ruedas sobre las que se apoyaba. Era divertido y lo más parecido a conducir que tenía a mano en aquellos años; pero seguramente las marcas sobre el parquet fueran un buen indicativo de que era mejor optar por juegos menos destructivos con el entorno.

En cuanto a lo que hay sobre la mesa, recuerdo con claridad que dentro de ese frasco de cristal había unas flores secas y unas manzanas de madera que olían a perfume y que con ese triciclo de madera y mimbre solía jugar transportando canicas, muñecos y todo tipo de cosas pequeñas que tuviera por allí cerca. Queda claro que como por aquella época yo era hijo único, mi única manera de entretenerme era echándole imaginación a las cosas; algo que no he dejado de hacer desde entonces.

¡Nos vemos en 1984!