Querida calle Mayor:

Hay días en los que me siento parte de ti. Y no lo digo por el mero hecho de estar empadronado en Alcalá de Henares como uno más de sus doscientos y pico mil habitantes; sino porque en ocasiones noto que me fundo contigo y formo parte de los innumerables elementos que conforman tu estampa siempre cambiante.

Por las tardes, cuando los últimos rayos del sol tiñen el cielo de colores pastel, acostumbro a perderme entre la gente que te recorre arriba y abajo fijándome en los pequeños detalles que siempre surgen si afinamos los sentidos: como el niño que corre alocadamente delante de sus padres para sentirse libre por un instante, los carteles que no han cambiado desde hace varias décadas, la pareja que camina de la mano en dirección a la plaza de los Santos Niños, el anciano que se pone a hablar de fútbol con un amigo al que hacía meses que no veía, los charcos que se forman entre los adoquines los días de lluvia, el hombre con barba que pide una moneda para cenar, los negocios que abren y cierran constantemente al son de la economía…

Me gusta fotografiar tus rincones, tus luces, tus gentes. Si te fijas bien me verás caminando con la cámara en la mano y una mochila a la espalda; pero sin trípodes ni flashes que puedan delatar mi presencia y hacer que trates de posar con tu mejor cara. Y cuando algo llame mi atención notarás que me detengo y me pongo a buscar el mejor punto de vista desde el que mostrar al mundo tu belleza. Y te confieso que no me importa buscar la foto perfecta una y mil veces, porque cada vez que lo intento tengo la sensación de que te conozco un poco mejor.

Paseantes de la calle Mayor

Tengo recuerdos tuyos desde que era pequeño: en aquellos tiempos me parecías casi infinita. Y aunque si ahora te recorro con prisa el trayecto no me lleva más de cinco minutos, no puedo evitar recordar a aquel niño que se preguntaba con inocencia si existía en algún lugar del mundo una calle más larga que tú.

En la vida todo tiene sus épocas, y es evidente que ahora no estás pasando por una de las mejores: las tiendas cierran, la gente camina entre tus columnas sin reparar en los demás y algunos de tus rincones se encuentran oscuros, olvidados y llenos de suciedad. Sin embargo, tengas el aspecto que tengas, para mí siempre serás mi calle favorita.

Cuídate mucho y sé feliz.

Te quiere

L

Queridos reyes magos…

Hace unos días me encontré en el fondo de un cajón una carta fechada a finales de 1984 bastante particular; y es que fue enviada a esos tres entrañables personajes que esta misma noche repartirán regalos a diestro y siniestro por todos los hogares del mundo en apenas unas horas. Nada más tocarla recordé con claridad una bonita historia que después de más de dos décadas ha vuelto a mi memoria y que hoy me gustaría contaros.

Si todavía poseo esta carta es porque en la mañana del 6 de Enero de 1985 me la encontré de regreso junto a los regalos que había pedido, y gracias a ello hoy puedo compartir con todos vosotros este entrañable recuerdo. Fue un bonito detalle por parte de “sus majestades” que ha perdurado en el tiempo tras tras veintitrés largos años; y es que el haber dejado aquel trozo de papel que había enviado un par de semanas antes era la prueba irrefutable de que mi misiva había llegado a sus reales manos.

No fui yo, sino mi padre, quien escribió aquellas líneas, porque con mis casi 5 añitos el don de la escritura no era mi mayor virtud. Mi pequeña mano lo único que hizo fue estampar en ella una temblona firma al final que mezclaba mi nombre incompleto con el número 25. En su momento tendría para mí todo el sentido del mundo, pero a día de hoy no consigo recordar por qué no puse simplemente Luis. Supongo que ya desde pequeño me gustaba tomar el camino más largo para hacer las cosas.

Carta reyes magos navidad 1984 (1)

Carta reyes magos navidad 1984 (2)

Carta reyes magos navidad 1984 (3)

Bendita inocencia la que teníamos los niños de esa edad. Si hoy tuviera que escribir una carta a los Reyes Magos les pediría sin dudarlo un contrato indefinido, una hipoteca asequible, mis mejores deseos para los que me rodean y un poco de paz para la humanidad en general; pero en 1984 lo que me quitaba el sueño era una bicicleta roja (con una bomba para hinchar las ruedas; importante observación), una estación de servicio para coches en miniatura y poco más.

Era tan sencillo aquello que si te habías portado bien durante todo el año y habías aprobado tus asignaturas en el colegio sabías que tendrías aquellos juguetes que pedías en la carta (como fue mi caso); pero hoy en día uno ha de tener claro que nada de lo que pueda desear va a depender de cómo haya llevado los doce meses precedentes, ya que al fin y al cabo en la vida hay muchos más factores que no siempre están relacionados con uno mismo pero que nos condicionan notablemente.

De todos modos, lo que quiero mostraros con esta carta que hoy comparto con vosotros es una muestra de la ilusión que nunca debemos perder, ya que a veces en la vida uno se lleva sorpresas y se da cuenta de que un buen día aquello por lo que luchó durante mucho tiempo aparece ante sus ojos con total nitidez.

Tratad de ser felices; yo estoy en ello.