Algunas cosas nunca cambian

Buscando entre mi colección de fotografías me di cuenta (una vez más) de que algunas cosas nunca cambian; especialmente las personas. Aquí tenéis una prueba de ello:

Julio de 1985

Julio de 1985

Julio de 2012 (27 años después)

Julio de 2012

Hay 27 años de diferencia entre estas dos fotografías (¡casi nada!) pero todavía recuerdo perfectamente el momento en el que mi madre me hizo la primera de ellas e incluso la cámara que utilizó: una Olympus Trip 35.

La segunda me la hizo mi novia el pasado verano con una Nikon D40 y un objetivo de 35mm; y lo más curioso es que sin haberlo buscado (en el momento del disparo no tenía en mente la instantánea de 1985) las dos imágenes resultan muy similares.

Me ha ocurrido siempre que me he encontrado con gente de mi colegio y amigos de la infancia a los que les tenía completamente perdida la pista: las vidas y las circunstancias de las personas van cambiando conforme pasan los años; pero a nada que nos fijemos nos daremos cuenta de que la esencia que hace que cada uno seamos como somos permanece intacta.

Hoy, viendo estas dos imágenes juntas, he experimentado de nuevo esa misma sensación.

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Aquellos maravillosos años de la infancia: 1985

Bienvenidos a 1985: el año en el que Gorvachov se convirtió en presidente de la unión soviética y Ronald Reagan inició su segundo mandato en la casa blanca, dando lugar a las conversaciones que marcarían el final de la guerra fría. De cualquier modo, a mí todo aquello de la política me pillaba muy lejano, y yo sólo me preocupaba de divertirme y ver a Eva Nasarre en la tele.

Enero de 1985

La primera de las imágenes que ilustran esta entrada corresponde al día que cumplía cinco años. Como veis, estaba a punto de zamparme un bollo de chocolate y, por la cara que pongo en la foto, debía de estar viendo Barrio Sésamo, ya que en el mueble al que miraba estaba colocada la televisión y teniendo en cuenta que era la hora de la merienda, es muy posible que estuvieran emitiendo las andanzas de Espinete, Don Pimpón y compañía.

En aquellos años los cumpleaños se celebraban en mi casa con la familia; aunque poco después empezaría la época en la que para esas celebraciones invitaba a mis amigos y celebrábamos allí una merendola con patatas, Fanta y tarta de almendra. Muy ochentero todo, vamos… 😛

Julio de 1985

La siguiente imagen pertenece al mes de Julio y está tomada en Oropesa del Mar. Concretamente en la zona sur de la playa de la concha, casi pegado a la cala que hay al final del actual paseo (por si alguien conoce la zona y quiere situarse). La verdad es que se me hace raro ver cómo en aquellos años apenas había gente en la playa, ya que hoy en día en esa zona (bueno, en realidad en toda la playa) la proliferación de sombrillas es notoria.

Por cierto, no sé si os habrán llamado la atención, pero yo no puedo dejar de fijarme en las horribles cangrejeras que llevaba en los pies por aquellas épocas. Es verdad que ahora parecen (y de hecho lo son) un espanto; pero entonces eran de lo más habitual y todo el mundo tenía unas metidas en su armario.

Julio de 1985

La tercera imagen está tomada el mismo día que la anterior (recuerdo la sesión fotográfica) y en ella se me ve sentado en una barca y con la urbanización de fondo. Lo más curioso es que en la parte derecha se puede ver en obras la zona en la que tenemos el apartamento actualmente, pues el primero (que vendimos hace ya veinte años porque se nos quedó pequeño con el nacimiento de mi hermana) era una de esas terrazas que se ven en la parte izquierda.

También es curioso comprobar cómo antiguamente había siempre barcas varadas en la playa que pertenecían a gente que salía a pescar o simplemente las tenían como medio de recreo. Con los años construyeron el puerto deportivo y ya no permitieron dejar las barcas en la playa, pero yo creo que la vista de una playa con barquitas en la arena es algo siempre agradable y que se he perdido en muchos lugares costeros; aunque por suerte pude ver algo así de nuevo hace cinco años en Galicia.

Aquellos maravillosos años de la infancia: 1984

Las dos fotografías de hoy pertenecen al año 1984 y muestran a un Luis bastante parecido al que se puede ver hoy en día dando vueltas por Alcalá de Henares con una cámara en la mano.

La primera de las dos está hecha durante el mes de Enero en la localidad de Manresa; lugar donde nació mi hermano pocos meses antes de asentarnos definitivamente en la ciudad complutense. No recuerdo muy bien esa vitrina marrón con tanto cristal ni el cuadro que hay detrás de mí; pero sí que me acuerdo del teléfono rojo que se puede apreciar en la semioscuridad del fondo de la imagen.

Enero de 1984

En cuanto a la segunda imagen, esta fue hecha en el mes de Junio, poco después de llegar al piso de Alcalá. En ella se puede ver un banco que teníamos en la terraza por aquella época y, medio escondido detrás de mí, un coche a pedales que aunque era para ir al parque a jugar, también empleaba por el pasillo y las habitaciones volviendo a llenar de marcas el suelo de la casa como ya hacía en 1982 en el puerto de Santa María.

Junio de 1984

Confieso que redactando estas entradas me sorprende ver cómo iba cambiando foto tras foto durante las primeras épocas de mi vida. Si ahora veis una imagen mía del año 2000 podréis apreciar que tenía prácticamente el mismo aspecto que ahora mismo; pero a principios de los ochenta entre retratos con pocos meses de diferencia los cambios son más que evidentes. Cambios que seguiremos viendo otro día con alguna imagen tomada en 1985.

Queridos reyes magos…

Hace unos días me encontré en el fondo de un cajón una carta fechada a finales de 1984 bastante particular; y es que fue enviada a esos tres entrañables personajes que esta misma noche repartirán regalos a diestro y siniestro por todos los hogares del mundo en apenas unas horas. Nada más tocarla recordé con claridad una bonita historia que después de más de dos décadas ha vuelto a mi memoria y que hoy me gustaría contaros.

Si todavía poseo esta carta es porque en la mañana del 6 de Enero de 1985 me la encontré de regreso junto a los regalos que había pedido, y gracias a ello hoy puedo compartir con todos vosotros este entrañable recuerdo. Fue un bonito detalle por parte de “sus majestades” que ha perdurado en el tiempo tras tras veintitrés largos años; y es que el haber dejado aquel trozo de papel que había enviado un par de semanas antes era la prueba irrefutable de que mi misiva había llegado a sus reales manos.

No fui yo, sino mi padre, quien escribió aquellas líneas, porque con mis casi 5 añitos el don de la escritura no era mi mayor virtud. Mi pequeña mano lo único que hizo fue estampar en ella una temblona firma al final que mezclaba mi nombre incompleto con el número 25. En su momento tendría para mí todo el sentido del mundo, pero a día de hoy no consigo recordar por qué no puse simplemente Luis. Supongo que ya desde pequeño me gustaba tomar el camino más largo para hacer las cosas.

Carta reyes magos navidad 1984 (1)

Carta reyes magos navidad 1984 (2)

Carta reyes magos navidad 1984 (3)

Bendita inocencia la que teníamos los niños de esa edad. Si hoy tuviera que escribir una carta a los Reyes Magos les pediría sin dudarlo un contrato indefinido, una hipoteca asequible, mis mejores deseos para los que me rodean y un poco de paz para la humanidad en general; pero en 1984 lo que me quitaba el sueño era una bicicleta roja (con una bomba para hinchar las ruedas; importante observación), una estación de servicio para coches en miniatura y poco más.

Era tan sencillo aquello que si te habías portado bien durante todo el año y habías aprobado tus asignaturas en el colegio sabías que tendrías aquellos juguetes que pedías en la carta (como fue mi caso); pero hoy en día uno ha de tener claro que nada de lo que pueda desear va a depender de cómo haya llevado los doce meses precedentes, ya que al fin y al cabo en la vida hay muchos más factores que no siempre están relacionados con uno mismo pero que nos condicionan notablemente.

De todos modos, lo que quiero mostraros con esta carta que hoy comparto con vosotros es una muestra de la ilusión que nunca debemos perder, ya que a veces en la vida uno se lleva sorpresas y se da cuenta de que un buen día aquello por lo que luchó durante mucho tiempo aparece ante sus ojos con total nitidez.

Tratad de ser felices; yo estoy en ello.