Rincones: Pazo de Oca (Pontevedra)

No muy lejos de Santiago de Compostela existe una finca a la que algunos llaman “El Versalles gallego” que destaca por la belleza de sus jardines. Y es que el Pazo de Oca es un idílico lugar en el que mi chica y yo pasamos una tarde entera caminando por sus rincones y que hoy me gustaría daros a conocer a través de algunas fotografías que hice aquel día.

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Tras acceder al recinto, un patio bastante sencillo os dará la bienvenida y una vez curioseados sus recovecos pasaréis a través de una puerta junto a una fuente para dar a la zona principal del pazo: unos grandes jardines con caminos llenos de parras, un estanque con patos y cisnes de lo más bucólico, zonas con flores de muy diversos colores…

150710_185800150710_195348Como podéis ver en las imágenes, el agua es uno de los puntos fuertes de este lugar; y es que estando en el norte de España no tendréis ocasión de ver muchos secarrales, cauces sin agua y cosas similares como sí ocurre en lugares situados en la mitad sur de la península (especialmente durante el mes de julio, que es cuando estuvimos por allí).

150710_191441150710_190612Creo que no os he comentado que la entrada al Pazo de Oca cuesta seis euros y os da derecho a campar a vuestras anchas por los jardines. Si queréis ver el interior del pazo, tendréis que contratar una visita guiada; cosa que nosotros no hicimos (así que no sé deciros si merece la pena o no).

150710_184107150710_191410Después de la maravillosa visita a las Islas Cíes que realizamos unos días antes, pensábamos que ya nada nos iba a sorprender en aquellas tierras; pero reconozco que estábamos equivocados y la visita a este lugar tan especial nos gustó casi tanto como aquellos paseos entre acantilados y gaviotas.

Si estáis cerca de Santiago de Compostela y tenéis ganas de visitar un lugar con un encanto especial, el Pazo de Oca es una opción de lo más recomendable.

150710_190052¡Nos leemos!

Rincones: Islas Cíes (Pontevedra)

Creo que fue un brote de síndrome de Stendhal, porque según el barco se iba arrimando al embarcadero yo sólo era capaz de decirle a mi chica: “¡Pero peroooooo… mira el agua. Y mira la arena, qué blanca es… Diossssss, es que el agua parece de cristal… Fíjate cómo se ven las rocas del fondo… y los peces… Míralos, pero míralooooooos!” 150709_160004Tenía la sensación de estar en una playa del caribe; con la vegetación y la arena fundiéndose en una delgada línea y un agua tan clara que parecía sacada de un videojuego. Ya me habían dicho que las islas Cíes me iban a gustar, pero no creí que la cosa iba a ser para tanto. Y lo que más sorprende al visitante que para llegar a este paraíso terrenal tan sólo hay que tomar un barco en el club náutico de Vigo que nos dejará en la isla en menos de 45 minutos y que nos costará (ida y vuelta) entre 10 y 18 euros por persona dependiendo de la naviera que elijamos.

Pero bueno, retomando el hilo de mis recuerdos de aquel día, una vez superada mi euforia inicial llegaba el momento de tomar decisiones: hay en la isla varias rutas para realizar y disponíamos de unas seis horas antes de que zarpara el barco que nos devolvería a Vigo, de modo que tampoco podíamos entretenernos mucho. 150709_154110_01 Decidimos tomar la ruta de los faros y sobre la marcha decidir si subíamos al faro principal o bien nos desviábamos a uno secundario que no tenía tanto desnivel y, por tanto, se podía llegar a él en menos tiempo. La ruta no es que fuera especialmente larga ni complicada; pero dado que eran las horas centrales del día y que aquella jornada hacía un calor especialmente intenso para ser tierras gallegas preferimos no arriesgar y visitar el faro “pequeño”. 150709_151654No quiero alargarme mucho en mis descripciones porque este tipo de entradas son principalmente gráficas; pero sí os diré que nos íbamos sorprendiendo y maravillando a partes iguales a medida que íbamos recorriendo la isla. Playas paradisíacas, embarcaderos de cuento, vistas maravillosas de las islas vecinas, gaviotas sobrevolando nuestras cabezas… Recuerdo especialmente cuando a las tres de la tarde, cansados ya de caminar, nos sentamos en una roca a la sombra de unos árboles y allí nos pusimos a comer unos bocadillos que nos supieron a gloria. Luego, ya con ánimos renovados, emprendimos el tramo final hacia el faro. Un tramo en el que no había sombra en la que cobijarse a esas horas de la tarde. 150709_132332La verdad es que mereció la pena visitar el faro pequeño viendo el infierno de rampas que dan acceso al faro principal. Obviamente la vista desde aquella elevación debía de ser espectacular; pero desde nuestra privilegiada posición estábamos muy cerca de la isla sur (a la cual sólo se puede acceder en barco privado o bien con unas barcas que salen desde la propia isla principal) y la perspectiva desde allí era muy muy bonita a costa de invertir mucha menos energía en llegar al final de la ruta. 150709_151909 El camino de regreso fue el mismo que el de la ida pero en sentido inverso; sólo que esta vez el sol empezaba a estar ya más bajo y las playas estaban todavía más radiantes de luz y de color. Prueba de ello son las fotos que tenéis a continuación y que intentan plasmar lo que vimos aquel día inolvidable. 150709_155711150709_135713 Por último, al llegar ya a las cercanías del embarcadero y viendo que todavía nos quedaba casi una hora para que saliera nuestro barco, optamos por pasar un rato en la playa y refrescarnos en aquellas aguas que tanto nos llamaban la atención. Volvimos a nuestro alojamiento con la sensación de haber vivido un día fantástico y de haber descubierto un rincón que había elevado (y mucho) el listón de los lugares visitados. Va a ser complicado descubrir un sitio con más encanto que las islas Cíes, pero estoy seguro de que al final lo lograremos. 150709_125743150709_171435 ¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XXIII)

Sí que es verdad que a veces en Madrid hay atardeceres en tonos pastel bien bonitos, pero poco tienen que hacer frente al embrujo que el mar ejerce sobre el cielo cuando los últimos rayos del sol inciden sobre la costa.

Pastel

Esta fotografía la hice en enero de 2013; en esas épocas del año en la que no hay absolutamente nadie en Oropesa del Mar. Estaba dando un paseo por los alrededores de mi casa y llevaba en la mano mi ya veterana Olympus E-PL1 cuando los colores del cielo captaron mi atención y traté de inmortalizarlos a través del objetivo.

Apreciaba mucho esos meses de soledad porque por mi trabajo durante el verano y Semana Santa no tenía tiempo ni de respirar. Sin embargo, a lo largo del invierno es cuando hacía mis mejores fotografías y aprovechaba para visitar pueblos de las cercanías a los que siempre trataba de encontrar su encanto particular.

Sé de gente que no soportaría vivir en una urbanización de quinientos apartamentos que durante seis meses se encuentra casi totalmente desierta, pero sin embargo yo aquello lo llevaba muy bien. Al fin y al cabo, habiendo conocido desde pequeño esta pequeña localidad castellonense siempre llena de gente durante los meses estivales, disfrutar a cualquier hora del silencio sólo roto por el suave rumor del mar era para mí un auténtico lujo.

La fotografía que os muestro al inicio de este artículo no es un prodigio de la técnica (de hecho está subexpuesta, el horizonte me quedó ligeramente torcido, apenas se aprecia la textura de las rocas…) pero me trae recuerdos de aquellos paseos en soledad durante los que no me cruzaba absolutamente con nadie. La sensación de estar en un “pueblo fantasma” donde a las cinco de la tarde la poca gente que había por allí se refugiaba en sus casas hasta el día siguiente era algo que me parecía fascinante acostumbrado al ritmo de Madrid y por eso hice tantas veces este tipo de fotografías durante los inviernos que estuve allí.

¿Queréis otro ejemplo de esa sensación que os quería transmitir hoy en estos párrafos? Pues aquí lo tenéis:

Soledad

¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XXII)

Uno de mis grandes descubrimientos cuando estuve viviendo en Oropesa del Mar fue el mirador que hay en el parque natural del desierto de las palmas y que está situado en las montañas que hay frente a Benicassim.

Desde él, además de poder contemplar varios kilómetros de costa, tendremos a nuestros pies las ruinas del antiguo monasterio de la orden carmelita, que es lo que tenéis reflejado en la siguiente fotografía que ahora contemplo de nuevo y no me trae más que buenos recuerdos.

De cuento

El día que hice esta fotografía era la segunda vez que estaba allí, y fui precisamente porque la primera vez me gustaron tanto estas ruinas que me arrepentí de no haber llevado la cámara en el maletero.

Aquel primer encuentro tuvo lugar una tarde de primavera. Recuerdo que fue un jueves de mucho trabajo y al salir de la oficina tenía que ir a hacer unas compras a Castellón de la Plana. De repente, mientras recorría la N-340 hacia el centro comercial La Salera, reparé en un cartel que había visto decenas de veces antes: “Desierto de las Palmas”, decía, pero esta vez, siguiendo un impulso inexplicable, decidí hacerle caso y tomé el desvío indicado.

Poco a poco, siguiendo una carretera en constante y serpenteante subida por la que me crucé con algún que otro osado ciclista, fui dándome cuenta de que estaba empezando a divisar el litoral desde una altura considerable. A lo lejos, en la montaña, divisé una cruz de piedra, y bajo ella lo que parecía una explanada en la que poder parar el coche y echar un vistazo con tranquilidad a los alrededores.

Fui hacia allí, paré sobre la grava, me bajé del coche y una vez que mis ojos se acostumbraron a la grandeza del mar y dejé de mirar hacia todos lados a la vez, bajé la vista y descubrí esas ruinas que parecían salidas de un cuento de caballeros, dragones y princesas. Lo vi, pero no a través de mis ojos, sino en realidad a través del objetivo de mi cámara. Entonces supe que en cuanto tuviera ocasión volvería allí para captar la foto que acababa de hacer en mi cabeza.

Recuerdos de Oropesa (XXI)

 

En esta ocasión mis recuerdos se remontan muchos años atrás. Concretamente hasta la segunda mitad de la década de los 90, que coincide con mi época de mountain biker y durante la cual recorría todos y cada uno de los rincones de Oropesa del Mar al ritmo que marcaban mis pedaladas hasta llegar a lugares que por aquel entonces consideraba mágicos.

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De esta época me llaman la atención varias cosas. La primera de ellas es que salía todos y cada uno de los días del verano con la bicicleta a las cinco y media de la tarde y pese a subir a los montes que rodean el pueblo y recorrer todos sus confines nunca me dio un golpe de calor ni nada que se le parezca. Cierto es que por entonces contaba con la mitad de edad que ahora, pero me cuesta creer que nunca despertara en una ambulancia completamente deshidratado, porque las palizas que me pegaba eran épicas.

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También me acuerdo de muchos caminos  de tierra entre pinos y almendros que transitaba en aquella época y que hoy son inmensas urbanizaciones de chalets. Es una pena no tener más fotografías de aquella época porque ya sabéis que me encanta comparar cómo eran las cosas en tiempos pasados con su aspecto actual.

En las dos fotografías que flanquean a estas líneas, tenéis sendos ejemplos de tierras que hoy están completamente irreconocibles. En el caso de los pinos (junto a los que aparece mi bicicleta) hoy es una moderna urbanización de chalets que antes ni siquiera existía; mientras que el camino que aparece en la fotografía de los almendros es hoy una de las calles que fluyen entre las zonas de chalets próximas a las montañas y el pueblo de Oropesa.

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Pero lo que más me llama la atención de todo esto que os estoy contando hoy es que cuando tenía 17 años nunca hubiera imaginado que aquellos caminos solitarios que recorría cada tarde a lomos de mi bicicleta una vez urbanizados y asfaltados se convertirían en escenarios de mi trabajo, que desde uno de mis rincones favoritos de Oropesa se divisaban los terrenos de lo que dos décadas después sería mi oficina y que el apartamento de vacaciones donde durante mi niñez rellenaba a la hora de la siesta el maldito “Vacaciones Santillana” sería durante dos años mi propio hogar.

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Siempre he dicho que me da pena no haber vivido en Oropesa del Mar en los años 80 pero con mi edad actual; pero si ahora echo la vista atrás me doy cuenta de que he tenido ocasión de conocer esa localidad cuando todavía era un rincón tranquilo del Mediterráneo y que cuando el futuro me alcanzó tuve el privilegio de contribuir desde dentro a hacer de aquello un lugar mejor.

Aquellos dos años en Oropesa del Mar son ya un montón de recuerdos que empiezo a percibir como lejanos en el tiempo; pero he de reconocer que aquella experiencia mereció mucho la pena tanto a nivel personal como profesional. A ver si un día de estos dedico unos párrafos a hablaros del trabajo que desempeñé allí, porque creo que es un tema interesante.

¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XX)

Cuando el viento sopla junto al mar suele hacerlo con fuerza. Dependiendo del lugar será un fenómeno más o menos frecuente; pero si éste se dirige hacia el horizonte hará que el ambiente se despeje de humedad y tengamos la oportunidad de fotografiar paisajes casi cristalinos.

Un día claro

Ese es el caso de la fotografía que tenéis sobre estas líneas tomada el sábado 1 de diciembre de 2012. Recuerdo que aquella mañana soplaba un fuerte viento proveniente de las montañas del interior de la provincia y el puerto de Castellón, visto a través de mi teleobjetivo, parecía estar ahí mismo por lo bien que se distinguían sus grúas, las naves indutriales, las chimeneas de la refinería…

Lo habitual por aquellas tierras era que una ligera bruma marina mantuviera el paisaje lejano en una especie de visión etérea y borrosa por culpa de la interacción del aire húmedo con los rayos de luz que llegan hasta el sensor de la cámara y por eso días como éste que os muestro son tan propicios para la fotografía de paisaje.

En Madrid el aire es mucho más seco, pero el problema es que hay cosas peores en suspensión. Puestos a ver borroso, prefiero que sea por culpa de las moléculas de H2O; pero aunque nos envenene lentamente Madrid siempre será ese Madrid que adoro.

Recuerdos de Oropesa (XIX)

Todavía me acuerdo de la tarde en la que hice esta fotografía: el sol empezaba a estar bajo en el horizonte a mediados de enero, justo la época del año en la que menos gente hay por Oropesa del Mar y alrededores. Tanto es así que en mis idas y venidas por las serpenteantes calles en busca de la perspectiva perfecta para esta imagen, mis pasos no se cruzaron con nadie y ni siquiera escuché a lo lejos el típico vocerío infantil que colorea cada rincón de aquella localidad durante los caluroso meses de verano.

Al final del día

No era la primera vez que recorría estos parajes entre Oropesa y Benicassim con mi cámara. De hecho, en una ocasión anterior estuve allí hasta que se me hizo completamente de noche para poder captar la luz del cielo cuando el sol ya se ha escondido en lo que se conoce como “blue hour”.

Dado que en los meses de verano aquello se convertía en un hervidero de gente, durante la temporada baja siempre que podía aprovechaba para tratar de reflejar en el sensor de mi cámara la paz y la tranquilidad que estos lugares me ofrecían. Y el caso es que cuando ahora, que ya llevo más de dos años en Madrid, miro estas imágenes vuelven a mi memoria los recuerdos del silencio y la soledad de aquellos días en los que nadie reparaba en aquel tío que hacía fotos a rincones vacíos y el sonido del obturador se perdía en el silencio de las calles.