Review: Orbiter spinner

Hay ciertas cosas que me llaman la atención poderosamente. Algunas ya las conocéis como las linternas, la luz ultravioleta, la termografía… Y si os paráis un momento a pensarlo, lo que todas tienen en común es que son capaces de hacer visible lo invisible.

Ya desde pequeño siempre sentí gran atracción (nunca mejor dicho) por los imanes. Posiblemente porque con apenas cinco o seis años me regalaron unos en forma de herradura con los que empecé a entender de qué iba eso del campo magnético. Y no os quiero ni contar el día que mi padre apareció en casa con un puñado de limaduras de hierro, pues al ponerlas sobre un papel y colocar uno de esos imanes debajo se dibujaron, como por arte de magia, las líneas del campo magnético generado que no era visible a nuestros ojos pero ahí estaba.

Pues bien, curioseando el otro día por los casi infinitos mundos de Amazon tropecé con un invento que al principio confundí con uno de tantos fidget spinners que están hasta en la sopa pero que en realidad no tenía nada que ver con ellos. Se trataba de un orbiter spinner que funciona por puro magnetismo sin necesitar ningún tipo de rodamiento ni casquillo ni nada que se le parezca; así que ni corto ni perezoso me hice con un par de ellos que a día de hoy ya tengo en mis manos para contaros de qué va el invento acompañado de algunas fotografías para que veáis sus detalles.

Orbital spinner

¿Qué es un orbiter spinner?

Un orbiter spinner se compone de dos partes: un cuerpo metálico con un imán en su parte central y una bola de acero. La parte del cuerpo está construida como si de una hamburguesa se tratara siendo “el pan” dos partes iguales hechas en material metálico con ciertos relieves que luego veremos y “la carne” un potente imán de neodimio, todo ello fijado entre si y sin ningún tipo de movimiento.

Por su parte, la esfera metálica no es más que una bola de rodamiento fabricada en acero que se ve fuertemente atraída por el imán del cuerpo hasta el punto de que se adhiere a cualquier punto de éste, pero especialmente al carril que el imán traza justo entre los bordes de “los panes”.

Orbital spinner

Se llama orbiter spinner porque al fin y al cabo su funcionamiento recuerda a las órbitas que describen los satélites en torno a los planetas, ya que no hay una unión física entre el cuerpo y la bola; dependiendo su estrecha relación exclusivamente de la fuerza magnética que el imán ejerce sobre la bola.

En cuanto a peso y dimensiones, los dos conjuntos de bola y cuerpo que yo he comprado (hablaremos de eso al final del artículo) dan en la báscula 58 gramos en ambos casos; siendo la bola de 15 mm de diámetro y el cuerpo de 14 mm de altura por 23 de diámetro.

Modos de uso

El uso de un orbiter spinner es muy simple aunque, las cosas como son, este invento tampoco es que tenga una utilidad práctica tangible; pero lo bien fabricado que está (es un gustazo pasar el dedo por su superficie y comprobar que no tiene ni una sola arista) y sus propiedades físicas lo convierten en la típica frikada que “mola” y casi sin darte cuenta lo tienes en la mano para juguetear con él.

Y bueno, aunque esto es muy libre y depende de la imaginación de cada uno, digamos que hay cuatro maneras básicas de usar un orbiter spinner dependiendo del lugar en el que la bola esté colocada, así que os voy a comentar la esencia de cada uno de ellos acompañando cada caso de una imagen para que os hagáis una mejor idea de cómo sería.

1. Pista exterior

Orbital spinner

Aquí es donde la bola de acero está firmemente pegada al cuerpo del orbiter spinner porque se encuentra escasamente a un milímetro de la superficie del imán y la cosa consiste en hacerla girar todo lo rápido que podamos con el movimiento de la muñeca o bien golpearla con un dedo para que vaya trazando círculos. Como os podéis imaginar, la sujeción se realiza poniendo un dedo en el rebaje circular que hay en el centro de cada una de las caras del cuerpo para así sostener el invento con comodidad y firmeza.

Por la fuerza que ejerce el imán veréis que por muy rápido que hagáis girar la bola, la fuerza de atracción magnética es superior a la de la fuerza centrífuga, de modo que no saldrá volando. Aun así, yo no haría pruebas muy bestias cerca de algo delicado por si acaso sois una batidora humana y al final ganáis el desafío de la física.

Lo más chulo de este modo es la suavidad con la que la bola se mueve debido a que es fuertemente atraída por el imán pero no llega a tocarlo, rodando por las dos finísimas pistas que conforman los bordes de las mitades superior e inferior del cuerpo (lo podéis ver en detalle en la fotografía que encabeza este apartado).

2. Vértice superior

Orbital spinner

Este es el modo más complicado para mantener dando vueltas la bola, ya que esta enseguida tiende a caer en la pista del imán que os decía antes. Lo que ocurre es que es muy visual porque en ese punto la bola parece estar en un equilibrio imposible que en realidad es provocado por la atracción que ejerce el imán pese a estar separados casi un centímetro.

Aquí o bien sujetamos el cuerpo por la parte inferior y lo vamos balanceando suavemente para que la bola vaya dando vueltas o bien vamos acompañando a la bola en su periplo con la yema de un dedo. Eso ya es cosa vuestra (y de vuestras habilidades motrices).

3. Pista superior

Orbital spinner

En la parte superior e inferior del cuerpo del orbiter spinner vais a ver que existen dos carriles circulares por donde podemos mover la bola si hacemos un leve movimiento circular. La metodología en este caso es muy similar a la anterior, sólo que podemos ir algo más rápido porque el equilibrio de la bola es bastante más estable.

4. Centro (trackball)

Orbital spinner

Si dejamos la bola en la parte central que hay en cada una de las caras superior e inferior del cuerpo del orbiter spinner podemos deslizar el dedo sobre ella y veréis que esta gira sobre si misma de una forma bastante suave, recordando a un trackball de aquellos que se pusieron de moda entre los portátiles de hace más de una década.

El el modo más sencillo de los cuatro que os comento, ya que la bola no se desplaza de su sitio; pero a mí al menos me gusta sentir la bola deslizarse cuando estoy concentrado en algo. Además usándolo de esta manera no hace ruido ninguno, de modo que incluso podéis usarlo en la oficina sin cabrear a vuestros compañeros 😛

Consejos y comentarios

Lo primero de todo es que no olvidéis que se trata de un elemento fuertemente imantado, de modo que nada de acercarlo a tarjetas de crédito, pendrives, discos duros, tarjetas de memoria… porque tenemos bastantes papeletas para cargarnos la información almacenada en ellos. Menos mal que ya no se usan diskettes, porque ellos sí que morían como les acercaras un imán medianamente potente.

En cuanto al orbiter spinner como tal, en general los hay en acabado metálico y también en diferentes colores. Como veis en las fotos, yo me compré uno de cada tipo; y aunque reconozco que me parece más bonito el rojo, también hay que tener en cuenta que la pintura acaba saltando con el roce. Lo tengo desde hace unos días y como veis la pista por donde suele rodar la bola la mayoría de las veces ya está casi totalmente pelada. Lo que ocurre es que, lejos de ser un problema para mí, ese tipo de desgaste creo que le da al cacharro un aspecto más chulo que cuando está recién sacado de la caja, así que no me importa en absoluto.

Orbital spinner

Si lo del desgaste de la pintura no os gusta y queréis que con el paso del tiempo el orbiter spinner siga teniendo un aspecto más o menos impoluto, os recomiendo que os decantéis por uno en acabado metálico, pues así no se os pelarán las zonas de rodadura.

Por cierto, a mí no me ha pasado todavía, pero si se os cae al suelo y se marca la bola o alguna zona de rodadura del cuerpo luego la bola se os atascará ahí y os desquiciará un poco. De primeras la bola rueda con una facilidad pasmosa, pero simplemente con que haya una mota de polvo en la pista de rodadura ya notaréis un “salto” en su recorrido, así que tened cuidado con eso.

Orbital spinner

Ah, y una última cosa: no os molestéis en tratar de usar dos bolas al mismo tiempo en la misma pista de rodadura, porque al ir dándose golpes una contra otra el movimiento es muy caótico y no hay manera de hacerlas girar con regularidad.

Dónde comprarlos y precio

Por último, quería hablar del precio de estos inventos y dónde comprarlos, ya que en general hay dos opciones: gastaros del orden de sesenta euros en el Orbiter original comercializado por la marca TEC cuyas caras superior e inferior están fabricadas en titanio o bien recurrir a las “versiones alternativas” que se encuentran por Amazon o eBay y que suelen costar entre cuatro y seis euros gastos de envío incluidos estando fabricados en acero inoxidable.

Los que yo me he comprado son de Amazon, pero también os digo que días después de adquirirlos desaparecieron por completo del mapa y de momento no han vuelto a hacer acto de presencia; así que lo mismo el fabricante de los originales ha puesto algún tipo de queja o algo así y los han tenido que retirar. Sea como sea, si buscáis en eBay se encuentran multitud de ellos tanto en tiendas asiáticas como europeas.

Comentar que, en general, además del conjunto de cuerpo + bola suelen venir con un pequeño saco de tela en el que guardarlo para que no esté por ahí dando vueltas cuando no estemos usándolo.

Orbital spinner

No sé si con el tiempo pasará como con los fidget spinners y te los encontrarás hasta en los frutos secos de la esquina, pero de momento todavía no he visto a nadie más con uno de estos por la calle y no sé si será una cosa pasajera o también acabarán pegando fuerte. Si lo acaban petando recordad quién os habló de ellos por primera vez 😉

Y hasta aquí el artículo sobre este pequeño invento que, si bien hay que reconocer que no tiene mucha utilidad, es una de esas pequeñas cosas que tanto me gustan y a las que difícilmente me puedo resistir (y una excusa perfecta para desempolvar mi objetivo macro).

¡Nos leemos!

Anuncios

Recuerdos de Oropesa (XXX)

Cuando alguien me pregunta cuál es la mejor época para visitar Oropesa del Mar o sus alrededores siempre les digo que se olviden de los meses de temporada alta y que vayan en cuanto pasen las lluvias torrenciales que aparece cada año durante los últimos coletazos del verano.Un día lleno de color

Esa foto que tenéis aquí arriba está hecha en un mes de octubre, y es que por esas fechas ya no quedan veraneantes (los pocos que quedaron al terminar agosto huyeron con la llegada de las lluvias que os decía antes), el día todavía nos regala muchas horas de luz, la temperatura del mar aún es alta suavizando así el clima y, además de todo esto, desde mi punto de vista los atardeceres y amaneceres son los más bonitos de todo el año.

A estas alturas de la película creo que ya sabéis que para mí Oropesa era una pesadilla durante semana santa y en los meses de julio y agosto pero una bendición durante el resto del año. Ya os hablaré un poco más sobre esto en una próxima entrada, porque es un tema interesante y sobre el que me gustaría hablar ahora que el tiempo me ha dado cierta perspectiva sobre aquellos dos años que pasé a orillas del Mediterráneo.

Recuerdos de Oropesa (XXIX)

En aquel momento no tenía ni idea, pero esta sería la última floración de los almendros que iba a fotografíar en Oropesa del Mar, ya que pocas semanas después de captar esta imagen la empresa me ofreció la posibilidad de volver a Madrid para emprender un nuevo proyecto profesional.

AlmendrosEse campo de almendros que veis en la fotografía estaba en la parcela anexa a la EDAR, y en esa época del año siempre que pasaba con el coche no podía evitar quedarme mirando la colorida estampa que la naturaleza pintaba ante mis ojos. Ya sabéis que soy una persona que se suele fijar en los detalles y no podía quedarme indiferente ante la mezcla de tonos pastel que durante unos días pintaba estos rincones de la costa mediterránea.

En Madrid también tenemos carreteras en cuyos márgenes hay paisajes dignos de contemplar, pero si apartamos la vista del asfalto un instante es posible que acabemos besando el parachoques del vehículo que nos precede en el atasco permanente que sufrimos.

Nos leemos.

 

Recuerdos de Oropesa (XXVIII)

Han pasado más de cuatro años desde que regresé a Madrid pero todavía vienen a mi mente recuerdos de aquella época en la que estuve trabajando y viviendo en Oropesa del Mar.

Atardecer tras la ventanaLa fotografía de hoy es de la ventana de la cocina de mi casa en un atardecer de principios de octubre de 2012. Y es que tenía la suerte de que por las tardes daba el sol en esa parte de la vivienda dándole a todo una tonalidad muy especial.

El ocaso significaba el final de la jornada laboral, la cena de bandeja viendo el telediario, una conversación por teléfono, un rato de lectura, dormir pegado al móvil por si había algún desastre y así pasar otra hoja más del calendario con la vista siempre puesta en el futuro.

Una pizca de ingenio fotográfico

Tenlo claro: nunca llevas la cámara y el objetivo adecuados en el momento que te encuentras algo digno de ser fotografiado, pero con un poco de ingenio (y una pizca de previsión) podemos salir del paso dignamente. Y eso es lo que quería contaros hoy en esta entrada de temática fotográfica.

Ayer por la noche estaba con mi chica dando un paseo por Coslada cuando en la cornisa de un jardín nos llamaron la atención una serie de pequeños “bultos” en la penumbra. No eran otra cosa que caracoles, que parecían haber salido de excursión a esas horas en las que empezaba a refrescar tras un día entero de sol y calor.

En ese momento llevaba encima mi Olympus E-PL1 con el 14 mm f/2.5 de Panasonic, objetivo con pocas (más bien nulas) capacidades macro, de modo que tras un par de intentos fallidos de retratar a uno de los habitantes de caracolandia me di cuenta de que por ese camino no iba a conseguir nada.

Aunque sigo pensando que las cualidades fotográficas de los móviles no son comparables a las de una cámara réflex (con o sin espejo) sí que es cierto que por el pequeño tamaño de su sensor son capaces de enfocar desde distancias bastante cortas, de modo que probé a retratar a nuestro amigo de cuernos y casa a la espalda pero el flash hacía que todo apareciera churrascado y sin ningún tipo de detalle.

Por suerte, en mi llavero va siempre una micro-linterna recargable por USB, de modo que anulé el flash del móvil y le pedí a mi novia que hiciera de asistente de iluminación, así que le di las llaves y le dije que buscara algún tipo de juego de luces y sombras chulas que yo pudiera retratar con el móvil desde cerca.

Dicho y hecho, enseguida empezaron a aparecer contraluces muy marcados que prometían bastante, y tras alguna que otra prueba, obtuvimos las dos fotografías que ilustran este artículo.

Si os dais cuenta, son imágenes sin demasiado detalle, con pocos desenfoques y bastante grano; pero entre no poder hacer absolutamente nada y al final sacar un par de imágenes resultonas creo que la elección está clara, ¿no?

Lo difícil no es hacer una fotografía. Lo realmente complicado es componerla en vuestra cabeza, pero una vez que mentalmente la tenéis visualizada seguro que si le ponéis empeño sois capaces de materializarla de algún modo.

¡Nos leemos!

Review: cámara térmica Flir TG130

Como algunos ya sabréis, me fascina cualquier aparato que pueda medir. Puede ser una brújula, un telurómetro, un altímetro, un tensiómetro, un GPS, un sonómetro… Pero, tal y como os comenté en una reciente entrada, para mi peculiar gusto una de las cosas más apasionantes de este campo son las cámaras termográficas, basadas en la emisión de energía infrarroja de los cuerpos en función de su temperatura.

Pues bien, lo que hace años me parecía algo impensable se ha hecho realidad recientemente gracias a la progresiva popularización de estas tecnologías, y es que… ¡Tengo mi propia cámara térmica! Un modelo muy sencillo y de prestaciones limitadas pero que me permite ver lo invisible y, en muchas ocasiones, con resultados sorprendentes.

Flir TG130

Se trata del modelo TG130 de la conocida marca Flir, el cual actualmente es el más básico de su gama de cámaras térmicas pero que cuenta con un módulo Lepton para termografía infrarroja que también incorporan algunas de sus hermanas mayores.

De todos modos, más allá de soltaros una ristra de datos técnicos, voy a comentaros en unos párrafos las principales características de esta cámara, ya que así a la vez que os enumero especificaciones os voy narrando mi experiencia con ella:

Flir TG130

El campo de visión de la TG130 es de 55º x 43º y su enfoque mínimo es de 10 cm. Es verdad que la óptica es un poco angular (es decir, que tiene un ángulo de visión amplio) pero gracias su escasa distancia mínima de enfoque podemos acercarnos a objetos de pequeño tamaño y poder evaluar las temperaturas de su superficie. Por ejemplo, en cámaras con una orientación más industrial el ángulo de visión es más estrecho para poder evaluar a una distancia prudencial; y en las de gama alta muchas veces podemos incluso intercambiar ópticas para adaptarnos a lo que la situación requiera.

La TG130 está pensada para realizar comprobaciones domésticas sencillas como ver la temperatura del enchufe del calentador del agua, las juntas de las ventanas para comprobar el aislamiento térmico de nuestro hogar, el motor de nuestro coche para observar cómo se va calentando poco a poco tras arrancar, buscar los tubos de la calefacción bajo el suelo del salón… No quiere eso decir que no podamos llevar esta cámara a nuestra empresa y ver cómo se distribuye el calor por la carcasa de un motor eléctrico o por las protecciones de un cuadro de distribución porque yo mismo lo he hecho y la diferencia de temperaturas se aprecia perfectamente, pero está claro que no es su orientación y para ese tipo de aplicaciones debemos de emplear un modelo superior.

banda de rodadura de uno de los neumáticos de mi coche. Observad cómo el disco de freno está mucho más caliente

Hay que dejar claro que la TG130 tiene una limitación muy importante: no hay manera de grabar imágenes en ningún tipo de formato ni en ningún tipo de soporte porque la cámara no tiene puerto USB o tarjeta de memoria. Lo único que permite es congelar la imagen en pantalla y por eso veréis que los ejemplos que ilustran este artículo están fotografiados directamente de la pantalla de la cámara térmica. Disponer de una tarjeta microSD supone ir al modelo siguiente en la escala (el TG165) que cuesta prácticamente el doble que la TG130.

Raspberry Pi Zero W

También quería comentaros que sólo vamos a tener una referencia de temperatura en pantalla (un pequeño círculo central) y que no vamos a tener a la vista ningún tipo de escala termográfica que nos diga entre qué rangos de temperaturas se encuentra lo que vemos en pantalla. Es decir, que apuntando a la zona que nos interese vamos a conocer su temperatura y la paleta de colores nos va a dar idea de cómo se distribuye la temperatura por la superficie del cuerpo que estamos observando, pero si queremos saber la temperatura de un punto en concreto debemos mover el encuadre para apuntar a la zona en cuestión con el círculo central.

Salida del aire acondicionado de mi coche

La pantalla de 1,8″ que domina la parte trasera de la cámara es de tipo TFT y en exteriores a pleno sol cuesta un poco ver los colores en detalle. De todos modos, el uso de esta cámara va a ser casi siempre en interiores de modo que esto no será un gran contratiempo. Su resolución es de 160 x 120 pixels y su orientación es vertical.

En cuanto a la resolución térmica, esta es de 80 x 60 pixels, y como estaréis viendo en los ejemplos que estoy intercalando entre los párrafos, aunque a priori parece escasa, permite apreciar las temperaturas con bastante detalle. Tened en cuenta que la imagen térmica es la del mapa de temperaturas de la superficie a la que estamos apuntando, de modo que aunque sería deseable disponer, en general, de una gran resolución; para el uso que va a tener este modelo tenemos más que suficiente.

Lavabo llenándose de agua caliente

Dado el uso que se le suele dar a este modelo de cámara térmica, el rango detectable se encuentra entre -10 y +150 ºC. Temperaturas inferiores a esos diez grados bajo cero se visualizarán en color negro y las que superen los ciento cincuenta grados aparecerán de color blanco nuclear. Digamos que ese va a ser el rango dinámico de nuestra cámara térmica, y es verdad que en ese aspecto vamos a tener otra limitación, ya que un congelador anda por debajo de ese rango y un horno o una freidora por encima. Eso sí, para temperaturas ambientales en interiores y exteriores, casi siempre vamos a estar dentro del rango disponible.

Coches en el garaje. Se nota quién ha llegado hace poco

Por cierto, tras el alojamiento de las pilas tenemos un pequeño interruptor que representa la única opción de la cámara y que lo que hace es representar en pantalla la temperatura en grados centígrados o Farenheith. Aparte de eso tenemos el botón de encendido/apagado bajo la pantalla y el gatillo que congela la imagen en la parte delantera.

Ya que estamos, comentar que la cámara se apaga automáticamente a los cinco minutos de no tocar ninguna tecla aunque tiene la decencia de darnos un aviso de tres segundos por si queremos detener el proceso de autoapagado.

Caldera de agua caliente de casa en funcionamiento

La alimentación de la TG130 es mediante tres pilas AAA que van insertadas en el mango de la cámara. No hay posibilidad de conectar una fuente de alimentación externa ni para recargar las pilas ni para hacer funcionar a la cámara como tal. La marca afirma que con cada juego de pilas tenemos para cuatro horas de uso continuado, pero si os dedicáis a apagar y encender la cámara con frecuencia pronto veréis que la duración total se os va a quedar aproximadamente en la mitad, ya que durante los primeros treinta segundos tras cada encendido se realiza un proceso de autocalibración que drena bastante energía de las pilas.

Flir TG130

La velocidad de refresco de las imágenes que se muestran en pantalla es de 9 Hz, por lo que aunque nos vayamos moviendo en busca de “diferencias térmicas” podremos apreciar cierta fluidez en la representación, pues cámaras más antiguas no pasaban de velocidades de 2 ó 3 Hz y en esas sí que todo se movía “a saltos”.

Un radiador instantes después de encender la calefacción. Fijaos en cómo el agua caliente se acumula en la parte superior

Pasados unos minutos ya casi todo el radiador está a una temperatura homogénea

En cuanto al aspecto físico, la cámara tiene unas dimensiones de 169 x 113 x 48 mm y un peso de 210 gramos. Como podéis ver en la siguiente imagen, en la que sujeto la cámara normalmente en mi mano, el tamaño es muy compacto y no resulta para nada aparatosa.

Flir TG130

La cámara no trae ningún tipo de funda, y desde mi punto de vista es importante proteger de algún modo la lente frontal de la TG130, ya que en este tipo de aparatos no podemos colocar un filtro de cristal delante del objetivo como haríamos con una cámara réflex debido a que el vidrio es opaco a la radiación infrarroja y, por tanto, con un filtro colocado no podríamos termografiar nada.

“Autoretrato termográfico”. Podéis ver que el vídrio de las gafas que me puse no transmite el calor de esa parte de mi cara (y que tenía la nariz un poco fría)

En mi caso, lo que utilizo como funda para la cámara es una bolsa acolchada originalmente diseñada para una Playstation Vita. Como podéis ver en la siguiente imagen no está adaptada a la forma de la cámara pero el tamaño sí que es adecuado y además es de lo más discreta.

Flir TG130

En la caja de la cámara (un blister transparente en realidad) tan sólo viene además de la propia TG130 y su correspondiente documentación, una correa y un juego de pilas. Pocos complementos para una cámara que, como ya os decía al principio del artículo, es de lo más sencilla que nos podemos encontrar.

Por cierto, tened siempre presente que la TG130 se supone que resiste caídas de hasta 2 metros, pero no está preparada para resistir al agua, de modo que nada de sacarla bajo la lluvia o hacer experimentos en la bañera de casa, porque como se moje es muy posible que acabe en la basura.

Echando agua fría al lavabo caliente por haber estado lleno de agua caliente instantes antes

En el uso diario de la cámara, y siempre desde la perspectiva de un fanático de las mediciones en tiempo real como yo, he de decir que me parece un aparato útil y curioso al mismo tiempo. Más allá de lo que os comentaba de buscar fallos en el aislamiento térmico de casa o tuberías de agua caliente, me encanta emplear la TG130 para observar cómo se calientan los diferentes componentes electrónicos de las placas de diversos aparatos que hay por casa o cómo el aire acondicionado de mi coche enfría las superficies sobre las que incide el caudal de aire que sale de los aireadores. Es decir, que la principal utilidad que le doy a esta cámara de Flir es principalmente para hacer frikadas y curiosear un poco en ese campo de la termografía que tanto me apasiona.

Latiguillo de agua caliente y desagüe del fregadero

Para trabajar y evaluar equipos electromecánicos en mi trabajo empleo una cámara de gama media de la marca Fluke, que ya posee las características necesarias para ello; pero la diferencia es que la TG130 puedo llevarla a la calle para dar una vuelta con ella y curiosear un poco por allí sin sufrir por si la pierdo o le pego un castañazo y me la cargo.

Seguramente sea esa la mejor característica de esta cámara termográfica: que por un precio relativamente bajo podemos tener la imagen térmica de cualquier objeto sin muchos más extras. Sería estupendo tener escala de temperaturas y cuatro puntos de control en pantalla, pero esto nos llevaría a una gama superior de cámaras que nos costaría diez veces más.

Flir TG130

¡Nos leemos!

Recuerdos de Oropesa (XXVII)

Cuando le conté a unos amigos que vivían en Oropesa del Mar que iba a estar allí trabajando y residiendo recuerdo que lo primero que me dijeron fue que desde que me instalara allí no bajaría a la playa ni atado. Una afirmación a la que no di el más mínimo crédito en ese instante, porque a lo largo y ancho de todos los veranos que allí pasé fueron contados los días que no bajé a la playa armado con toallas, flotadores, melocotones y crema solar dispuesto a disfrutar de la costa de aquella localidad castellonense.

Julio de 1985

Sin embargo, reconozco que aquella pareja de amigos tenía razón: durante los dos años que estuve viviendo allí contemplé mil veces la vista del mar desde el paseo, fotografiaba todos los atardeceres bonitos que veía con el Mediterráneo al fondo, me gustaba quitarme los zapatos y pasear descalzo por la orilla cuando no había nadie más allí… pero ni se me pasaba por la cabeza ponerme el bañador y bajar a darme un chapuzón como había hecho durante todos los veranos de mi vida en aquellas aguas.

Día de playa

Sólo cuando mi novia venía una temporada a verme bajábamos a la playa a disfrutar de esa arena y ese mar que no tenemos en Madrid. Y el caso es que cuando estábamos allí tumbados siempre decía lo mismo: “Parezco tonto; tengo la playa cruzando la calle y no bajo nunca con lo a gusto que se está” pero cuando ella se marchaba, esa idea no se me volvía a pasar por la cabeza ni de casualidad.

Creo que la soledad que allí se respiraba hacía que los que vivíamos en Oropesa tuviéramos una visión romántica e idealizada de la playa. Me gusta pensar que todos la contemplábamos con cariño en invierno cuando no era más que un compendio de arena y agua sin hamacas, patines ni sombrillas.

Verano azulUna forma de ver aquello es la fotografía que tenéis aquí arriba y que resume perfectamente esa visión de la playa como un lugar idílico y tranquilo en el que sentirse parte del paisaje que nada tiene que ver con las masificaciones estivales que, con puntualidad inglesa, acababan llegando.