El pimiento ruso

Este fin de semana me acordé de una frikada a la que solíamos jugar hace muchos años mis hermanos y yo: el pimiento ruso. Juego que no sé si inventamos nosotros o bien ya lo jugaban nuestros ancestros en alguna aldea gallega; pero el caso es que un día se nos ocurrió y estoy seguro que de haberlo grabado y colgado en Youtube (que por aquella época ni siquiera existía) la cosa hubiera tenido su éxito porque era algo digno de verse.

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No sé si sabréis en qué consiste el “juego” de la ruleta rusa. Por si acaso aquí os dejo un enlace a la definición en Wikipedia; si bien en nuestro caso no había balas, pistolas ni dinero de por medio, sino tan sólo una bolsa de pimientos de Padrón que, por si no los habéis probado nunca, están riquísimos.

Este tipo de pimientos tienen la peculiaridad de que unos saben a pimiento sin más y otros pican de una manera muy bestia sin poder distinguir a simple vista si son de un tipo o de otro. Es decir, que si en una bolsa vienen 50 pimientos, a lo mejor 10 de ellos son picantes (MUY picantes) y el resto son totalmente inofensivos.

La gracia del asunto consistía en que nos sentábamos a la mesa y de la sartén de pimientos recién hechos cogíamos por el rabito uno cada comensal y a la de tres nos lo metíamos entero en la boca masticándolo con fuerza. Durante los primeros instantes ninguno sentía el más mínimo picor, pero a aquel (o aquellos) que le había tocado uno de los picantes, de repente empezaba a notar un fuego intenso que se iniciaba en la lengua e inexorablemente iba avanzando y creciendo en su interior ante las risas del resto del grupo.

Cremá Oropesa 2011

En mi caso particular, recuerdo uno que me tocó una vez que, además del consabido picor intenso en la boca, consiguió que empezaran a caerme unos lagrimones considerables por las mejillas, a hincharse los labios e incluso a zumbarme los oídos mientras daba vueltas por la cocina soltando todo tipo de improperios y agitando los brazos como un gorrión aprendiendo a volar.

No recordaba haber probado nada más picante en mi vida y pese a que después me bebí casi un litro de agua y un par de vasos de leche y que engullí media docena de quesitos, un buen trozo de pan, un tomate y un yogur, no conseguía sacarme el picor de encima. Era como si me hubiera tragado una bola de napalm y se hubiera incendiado en mi estómago dejando además mi lengua con la textura de un neumático usado.

Como os decía hace unos párrafos, la gracia del juego es que a priori no sabías si el pimiento que estabas a punto de degustar iba a ser algo delicioso o un bomba que estaba a punto de arrasar totalmente tu sentido del gusto durante unas cuantas horas; pero lejos de apostarnos dinero o cualquier otra cosa, esa incertidumbre visible en nuestras caras cuando teníamos el pimiento en la mano era lo que hacía de este juego toda una experiencia.

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