El volcán Eyjafjalla: una necesaria cura de humildad

A estas horas ya estaréis todos enterados de la que hay liada en toda Europa con motivo de la nube de polvo y cenizas provocada por la erupción del volcan Eyjafjalla: todos los vuelos con origen o destino en la mitad Norte de nuestro continente sencillamente no pueden volar por motivos de seguridad, ya que atravesar una nube de polvo denso en vuelo pone en peligro la integridad del aparato y debido a ello está prohibido desde 1982.

¡Hasta pronto!

Obviamente las consecuencias no se han hecho esperar, y entre ellas figura la cancelación de miles de vuelos, el colapso de trenes, autobuses y otros medios de transporte y el lógico descabalamiento de reuniones de trabajo, viajes de placer, escapadas y demás actividades cotidianas de toda esa multitud de viajeros que jamás contaron con que su vuelo podría ser cancelado por una situación de este tipo.

De hecho, mi hermana y su novio son dos de los afectados por este caos, ya que ambos se encuentran de vacaciones en Praga y debían de haber vuelto a Bruselas hoy a primera hora de la mañana, encontrándose con los aeropuertos de salida y destino cerrados hasta que la situación mejore. Y como la cosa no parece que vaya a tener una solución inminente, al final lo que han decidido es cancelar los billetes de avión y viajar hasta la capital de Bélgica en tren. Un trayecto de doce horas pagado a precio de oro que en avión quedaría solventado en poco menos de dos.

¡¡¡Cuidado con la curva!!!

Luego vendrá la segunda parte del asunto, ya que mi hermana se queda en Bruselas para seguir con su año de Erasmus pero Joe tiene que volver a España el lunes por la tarde para reincorporarse a su trabajo; cosa que no está muy clara porque a estas horas la paralización del espacio aéreo europeo es casi total y nadie sabe con seguridad cuando volverá la normalidad a los aeropuertos. Además, hay que tener en cuenta que una vez que se reanuden los vuelos, los retrasos debidos a la acumulación de viajeros va a ser antológica; así que no descarto que el pobre Joe se tenga que pegar otro viaje maratoniano en tren esta vez desde Bélgica hasta Madrid (y no me quiero imaginar siquiera la de horas y dinero que puede suponer algo así) para poder estar aquí el Martes por la mañana.

Sea como sea, al margen de las historias personales de cada viajero afectado, las consecuencias de esta erupción volcánica nos tienen que servir como cura de humildad: por mucho que dominemos la energía atómica, construyamos medios de transporte cada vez más avanzados, utilicemos ordenadores con capacidades de cálculo deslumbrantes, diseñemos presas con millones de hectómetros cúbicos de capacidad… al final no somos más que simples mortales supeditados a los caprichos de la madre naturaleza.

Tal vez esta repentina crisis del transporte aéreo nos ayude a recordar nuestros humildes orígenes y nos baje un poco los humos. De ser así, todo este lío al menos habrá servido para algo.

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