Svetlana y el mar

Era la primera vez que Svetlana veía el mar. Lo supe con certeza al reconocer en el rostro de aquella chica la fascinación universal de quien acaba de descubrir algo que antes ni tan siquiera se había atrevido a soñar. Su piel lechosa, la melena albina y aquellos ojos color piscina delataban que no estaba muy acostumbrada al clima típico del Mediterráneo y que sus raíces quedaban mucho más al Este.

Averigüé su nombre porque quien debía de ser su madre gritaba una y otra vez la misma palabra mientras agitaba un brazo en el aire a escasos dos metros de donde yo estaba. Sin embargo, desistió de su tarea cuando tras varios intentos Svetlana seguía sin hacer el más mínimo caso, absorta por completo en sensaciones que nunca antes había experimentado.

Día de playa

Allí, de pie en la orilla, no me perdía ni un sólo detalle de las cosas que hacía aquella chica tan peculiar: con bendita inocencia tomaba un puñado de arena del fondo y al sacar su mano del agua observaba hipnotizada cómo iba resbalando por el brazo hasta su codo sin poder hacer nada para evitar que aquellos microscópicos fragmentos de roca erosionada durante siglos acabaran de nuevo bajo el manto de Neptuno.

Luego se tumbaba boca arriba y experimentaba la agradable sensación de flotar de un lado a otro a merced del  mar. Completamente relajada se dejaba llevar por la corriente sintiéndose como un astronauta en ingravidez hasta que llegaba una ola más grande de lo esperado que revolvía su pelo provocando al mismo tiempo una mueca de sorpresa.

Pese a que debía de tener unos veinte años, Svetlana estaba tan fascinada como una niña pequeña ante aquel mundo de nuevas experiencias. Quedaba claro que su emoción al descubrir el mar era grande; pero no mucho más que mi alegría al comprobar que no soy el único que se maravilla ante las pequeñas cosas de cada día.

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2 pensamientos en “Svetlana y el mar

  1. Precioso, sencillamente precioso. 🙂

    Te recomiendo que, por lo menos, leas las primeras páginas de “El Mundo se Sofía” que en algún punto que no recuerdo en concreto, hace una alegoría muy bonita a como los adultios dejan de ilusionarse, de sorprenderse por esas pequeñas cosas que tanto nos conmueven Luis.

    Un gran abrazo

    • Tomo nota de tu recomendación, Dream. Mi hermana también me recomendó ese libro hace tiempo, así que tendré que echarle un buen vistazo (eso sí, después de entregar el proyecto de fin de carrera; que ya no me queda casi nada).

      ¡Un saludo!

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