Sólo hay algo peor que una cotilla: una cotilla estúpida

Hoy, nada más terminar de comer me asomé un rato a la terraza del apartamento y, observando la enorme cantidad de viviendas que hay en el bloque de enfrente, vino a mi memoria algo que sucedió hace quince años.

Mi urbanización consta de unos 550 apartamentos y , para que os hagáis una idea, vista desde el aire tiene una forma parecida a un signo de interrogación. Yo estoy situado justo en la curva, por lo que tengo delante de mí un montón de casas de las que en mi vida me he preocupado lo más mínimo a excepción de una noche en la que a alguien se le ocurrió hacer una barbacoa que acabó prendiendo el toldo; pero eso es otra historia.

Para situaros un poco en el contexto de esta historia, os diré que la “vista” desde el edificio de enfrente es muy similar a la que tengo yo: unas 150 terrazas llenas de gente que, como yo, pasan por aquí unos días al año. Como os decía antes, si por mí fuera un tío podría ponerse a saltar a la comba en pelotas en alguna de las terrazas de enfrente y yo no me daría ni cuenta; pero hay gente que ve en esta particular forma de la urbanización todo un paraíso para el cotilleo como ahora os narraré.

El paraiso del cotilleo

Mi abuelo murió en la primavera de 1994 y ese año, aunque sin muchas ganas, vinimos aquí a pasar unos días como cada año sobre todo pensando en mí y en mis hermanos. Recuerdo que fue un verano bastante atípico, como es lógico, pero lo que no olvidaré de aquellos días de Agosto fue lo que nos pasó una mañana en la que salíamos del portal para dirigirnos a la playa como cada día.

Se nos acercó una mujer de unos 50 años que no conocíamos absolutamente de nada haciéndose la simpática y sin previo aviso comenzó a hablar como una auténtica cotorra. Dijo: Perdonen, es que vivo enfrente de ustedes y me he dicho: “uy, en ese apartamento me falta alguien”. Y me acuerdo de que venía con ustedes un señor mayor que este año no ha venido. ¿Es que le ha pasado algo?.

Como es lógico, tanto mis padres como mi abuela se quedaron mudos durante un par de segundos que se me hicieron eternos. Se creó una especie de silencio incómodo ante aquellas atropelladas palabras que rompió mi abuela cuando dijo: Si, mi marido, que ha fallecido hace tres meses. Y entonces aquella estúpida cotilla maleducada empezó a soltar chorradas sobre que lo sentía mucho, que no somos nada y bla bla bla…

Por desgracia, en aquella época yo tenía 14 años y sólo sé que me pareció que aquella señora se estaba metiendo en un tema que ni le iba ni le venía. Tengo claro que si hoy se plantara delante de mí alguien que no me conoce de nada y me hiciera una pregunta de ese tipo la mandaría A.T.P.C. de ipso-facto y a continuación le diría que se preocupara de su señor padre; pero ninguno de mis familiares encontró en ese momento las palabras que aquella mujer se merecía escuchar en ese momento pese a que luego en casa estaban flipando de lo cotillas que llegan a ser algunas personas y el morro que le echan con tal de saciar sus ansias de conocer la vida de gentes que no tienen nada que ver con ellas.

Ya es triste que en tu vida sea tan vacía que tengas que dedicarte a estudiar a las familias que viven en el edificio de enfrente. Y lo peor es que desde ese día me cambio de ropa con la persiana bajada.

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7 pensamientos en “Sólo hay algo peor que una cotilla: una cotilla estúpida

  1. Personalmente no veo tan extraño que la gente se fije en ciertas cosas, yo cuando camino sólo por la calle lo hago (siempre de modo que no se note lo más mínimo, jamás giraría la cabeza ni me pararía a escuchar). Lo que me parece totalmente subrealista es lo de acercarse a cotillear.

    Por suerte-desgracia nosotros nos hemos criado en un mundo mucho más “agresivo” que el de nuestros padres y estamos más preparados para la guerra. No es lo mismo, pero a mi me pone enfermo que mi madre se ponga a hablar por teléfono con las promociones telefónicas. Ella intenta ser educada, repite mil veces que lo siente y que no le interesa; pero los mangantes insisten…

    Para mi madre, colgar directamente o insultar y colgar (mucho más recomendable todavía :D) es inconcebible.

    • Como amante de la fotografía que soy, por la calle me fijo en todo lo que ocurre ante mis ojos, y gracias a ello a veces he captado algunos momentos curiosos. Lo que nunca hago es husmear en las terrazas o casas ajenas, que es lo que la mujer de la anécdota se dedicaba a hacer.

      Yo creo que hay mejores cosas que mirar dentro de la casa de uno mismo antes que dedicarse a meter las narices en las de los demás.

      ¡Un saludo y gracias por comentar!

  2. Yo también soy de fijarme poco en los demás. En los anónimos, se entiende. A no ser que tenga el día “investigador” cámara en mano, buscando miradas, poses o cosas así. Pero por lo general no se da el caso… Ayer mismo fuimos a dar un paseo con mi novia por Barcelona y después comiendo le dije… a que no sabes describirme una sola persona con la que nos hayamos cruzado esta mañana, a que no recuerdas a nadie… Y ni ella ni yo éramos capaces. Lo normal, para mí, es ir ocupándote de tus cosas y, salvo excepcionalidad, no entrometerte en lo ajeno…

    Ahora bien, haces mal en cambiarte con la persiana bajada. Lo suyo sería cambiarte con la persiana subida, tu luz encendida y mucho rato con el desnudo integral a la vista… a ver si le da un infartito a la buena señora.

  3. A mi no me gusta que se metan en mi vida sin permiso y aqui en España la gente se pasa cuatro pueblos metiéndose donde no les llaman.Si una persona de tu bloque no quiere relacionarse con el resto hay que dejarle en paz.Así de claro.
    Espero que la gente lo vaya entendiendo y poniéndolo en práctica poco a poco,que no todos los sitios son pueblos donde se conocen de toda la vida y casi pueden dejar la puerta de casa abierta porque no pasa nada.Intimidad es la clave.

    • Ese tipo de cosas suelen ir muy en consonancia con la cultura de un país. Los países mediterráneos suelen tener esa costumbre (en Italia te encontrarás tres cuartas partes de lo mismo) mientras que en Noruega o Finlandia la gente pasa olímpicamente de lo que hagan sus vecinos.

      Eso sí, no sé exactamente a qué se debe que en unos países esto sea de una manera o de otra. ¿Tal vez el clima?

  4. Esta actitud es muy de pueblo, de sentarse en la puerta de casa para ahuyentar el calor y ver a la gente que pasa, preguntando todo el rato: “¿Y tú de quién eres , de la Manuela?”. Al principio esta actitud me hace gracia, como cuando fuí al pueblo de mi tío en Extremadura, que alguna que otra vez es pasable pero vivirlo durante varios días se hace muy pesado.

    • No he estado en muchos pueblos pequeños, pero sí que recuerdo uno de Soria al que fui unos días (estuve en una casa rural; concretamente en Almajano) donde la gente te preguntaba cosas de lo más curiosas sin conocerte de nada del mismo modo que ellos te contaban toda su vida sin previo aviso, jejeje.

      Ojo, a mí me gustó aquello, me parecía bastante curioso; pero entiendo que vivir en un sitio tan pequeñito debe dar la sensación de estar sometido a un férreo control de todos tus movimientos. Allí seguro que yo sería Luis “el de la cámara” xDDD

      ¡Un saludo!

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