La tarde en la que pasé miedo de verdad (2ª parte)

Cuando vi a César y al resto del grupo apenas 24 horas después de lo ocurrido en el interior de aquella casa maldita parecían bastante más relajados que yo. Mi cara era un poema porque no había podido conciliar el sueño y todavía  me duraba todo el miedo pasado allí dentro, así que no se podía decir que estuviera ni mucho menos relajado.

Sin embargo, ellos parecían estar bien; como un día cualquiera. Algo no me encajaba y además, ¿por qué habían venido todos si en teoría sólo habíamos quedado César y yo? Algo dentro de mí me dijo que era el único de los presentes que no sabía realmente qué había ocurrido en aquella tarde de Viernes, y mis sospechas se confirmaron segundos después.

Lo primero que César dijo cuando me acerqué al grupo fue que me había portado como un valiente. Que aunque había pasado un mal rato, no me había puesto a llorar ni nada por el estilo como ellos habían pensado. Me habían elegido a mí para gastarme una monumental y macabra broma por mi afición a los libros de Stephen King. “¿Te gusta el terror? ¡Pues toma dos tazas!”, pensaron.

Aunque de primeras me sentí como un idiota, he de reconocer que se curraron un montón todo aquello, pues cuando me fueron contando cómo habían planeado cada acción comprendí que necesitaron bastante tiempo tanto para la planificación como para los diversos ensayos que hubo que hacer.

En el umbral de la puerta

El misterio de que en las habitaciones sucedieran cosas extrañas y que al acudir a ellas no hubiera nadie se explica porque existe un corredor exterior por fuera de las tres habitaciones de la parte trasera de la casa que comunicaba todas ellas entre si. Puesto que además esa parte del edificio daba a un patio interior deshabitado y que cuando César y yo entramos a la casa era de noche cerrada, fue algo que a mí me pasó completamente inadvertido.

Pero vamos a ir repasando paso por paso la secuencia de hechos para que comprendáis qué ocurrió realmente:

Aunque parecía que el resto del grupo no había podido venir, en realidad Iván, Diego y David estaban ya metidos en la casa cuando César y yo nos encontramos. Estaba cada uno en una habitación, y al pasar delante de sus puertas salían al corredor exterior de tal modo que no les podíamos ver desde el pasillo gracias a las tinieblas que reinaban en aquel lugar.

Nada más entrar por la puerta (algo fácil de averiguar gracias al ruido que hacía al abrirse) Diego, que estaba en la habitación del fondo, comenzó a arrastrar una cadena que había cogido del taller mecánico. Y claro, en cuanto escuchó que estábamos próximos a la puerta de la habitación en la que se encontraba salió al corredor exterior de tal modo que a mí me pareció que allí no había absolutamente nadie.

Diego había terminado en ese momento su cometido dentro de la casa, de modo que recorrió todo el corredor hasta la habitación pegada a la puerta para salir por ella mientras yo miraba dentro de la habitación en la que sonó la cadena. Ese es el momento en el que sonó aquel portazo y giró la llave que había sido hábilmente dejada allí por César para que Diego cerrara por fuera en cuanto saliera de allí. Primera parte completada; Cesar y yo estábamos atrapados y con dos personas más dentro de la casa dispuestas a hacernos pasar un mal rato.

Los cristales rotos eran de unas ventanas desencajadas que había en una de las habitaciones de la casa. David tenía un mazo de goma (también sacado del taller) con el que golpeó en ese momento uno de los vidrios y también provocó un poco más tarde el segundo estruendo de cristales. Del mismo modo, aquel sonido inquietante que me recordaba a los pasos de un gigante no era más que el propio David golpeando las paredes de la habitación con ese mismo mazo; y os aseguro que retumbaba por toda la casa de tal modo que te ponía el corazón en un puño.

Cuando César me hizo entrar en la habitación que daba a la calle (la del colchón viejo), Iván salió de su escondite para coger el viejo impermeable que colgaba en el perchero del fondo pasillo. Gracias al ruido que se colaba por la ventana sin cristales, el continuo martilleo de David y lo que César estaba diciendo a gritos no escuché ningún sonido extraño en dicho pasillo. La intención de esto es que al salir de la habitación me fijara en que el impermeable ya no estaba allí, pero yo no me di ni cuenta; algo lógico teniendo en cuenta lo alterado que me encontraba.

La segunda rotura de cristales era la señal para que Diego volviera a abrir la cerradura y se escondiera detrás de la vidriera de la escalera. En esos momentos es cuando César me decía que había que salir corriendo hacia la puerta a toda velocidad sin saber que haciendo eso estaba creando la situación óptima para la ejecución del penúltimo susto: cuando iba recorriendo a toda velocidad el pasillo, Iván, desde la penumbra de una de las habitaciones, lanzó el impermeable a mi paso para que me cubriera por completo y a continuación volvió a esconderse en el oscuro corredor exterior por si me daba la vuelta y me ponía a “investigar”.

Por fin, cuando César abrió la puerta y comenzamos a bajar le tocaba el turno a Diego que, armado con un rodamiento metálico, destrozó una de las vidrieras de la escalera al vernos al trasluz bajar los escalones. Aquel fue el último golpe de efecto de una función absolutamente brillante que consiguió hacerme creer por unas horas que había vivido una auténtica pesadilla y que, como os decía, me impidió dormir un sólo minuto aquella noche.

Fue fascinante comprobar cómo César, David, Iván y Diego ejecutaron aquella compleja coreografía sin que me diera cuenta de nada. Me impresionó escucharles contar lo que ahora os he narrado yo a vosotros, porque claro, una vez finalizada la explicación todo encajó; pero en aquella tarde aciaga de Viernes os aseguro que todo parecía tan real que jamás he vuelto a pasar tanto miedo en mi vida a pesar de que ya han pasado quince largos años.

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19 pensamientos en “La tarde en la que pasé miedo de verdad (2ª parte)

  1. No me las quiero dar de listillo pero… ayer cuando leí la primera parte ya imagine algo así (el hecho de que el resto no hubieran acudido era una pista muy importante… y el hecho de que las cosas que narraste no pasan porque sí y que la autosugestión tiene ciertos límites era la pista definitiva).

    Tuvo que ser divertidísimo… (al menos para ellos :-D).

  2. Muy currada la bromita 😉 La verdad que algunas personas se sugestionan mas que otras, yo no se como hubiera reaccionado. Pero la verdad es que les salio bien la broma…. 🙂

  3. Pues sí, en la primera parte ya quedaba claro que algo raro pasaba con la ausencia del resto del grupo. Mi intención era, en principio, contar todo esto de un tirón, pero a última hora decidí partirlo en dos mitades para que así el texto no fuera demasiado largo (y de paso cubrir dos días al precio de uno).

    Lo que me dejó boquiabierto fue la perfección con la que se curraron todo el tema, demostrando que habían invertido un montón de horas en aquella broma macabra, jeje.

    ¡Un saludo y gracias por pasaros a comentar! 😉

    • ¡Hola Ángeles!

      La foto sale si tienes una cuenta en WordPress.com o algún otro sistema de blogs y hayas hecho “log-in” previamente.

      Pero vamos, no te preocupes, que no es algo ni mucho menos necesario.

      ¡Un gran saludo! 🙂

    • Jaja, la verdad es que no estoy muy puesto en avatares. Yo sólo sé que si estoy “logueado” en mi cuenta de wordpress.com aparece; pero no me acordaba de lo de Gravatar ni nada parecido.

      ¡Saludos!

  4. Falta por saber si la cadena, el martillo de goma, el rodamiento, fueron echados en falta por el padre de cesar y si el taller quedó en condiciones para que no se diera cuenta de la movida. Y si te invitaron a merendar por haberte puesto al límite.
    Y si eso tuvo o tiene consecuencias en el día de hoy, con lo que podrias reclamarles esa merienda ahora…..

    • Creo que los elementos destructivos fueron devueltos a su sitio, pero claro, la vidriera seguirá rota incluso a día de hoy; y no sé si el padre de César la habrá visto alguna vez y se habrá preguntado cómo se rompió aquello.

      Y bueno, no me invitaron a merendar, pero creo que no hubiera podido comer nada dado el estado de nervios en el que me encontraba incluso el día en el que “confesaron” toda la historia.

      ¡Un saludo!

  5. Jooo!! Q capullines, q miedooo!!! Porque aunq no creas en esas cosas… tiene q dar un mal royo… eso si, como se lo currarón para q no te dieras cuenta de nada..
    tu ya el pasaje del terror y similar a el lado de eso.. pan comido.. jeje. Bsoss

  6. Lo que de verdad daba miedo de ese sitio era el perrazo gigante que tenían en el talle, que pasabas cuando estaba cerrado y se tiraba de cabeza contra los cristales.
    ¡Más de un susto me he llevado al pasar frente a esas puertas!

    • Yo nunca llegué a ver a ese perro, pero vamos; si con lo acojonado que estaba aquel día encima se empiezan a escuchar ladridos de fondo entonces sí que me hubiera dado algo. No quiero ni pensarlo…

      Por cierto… ¡Qué pequeña es Alcalá! 😛

  7. Pingback: Lecturas recomendadas · El Blog de Manu

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