Vistas desde Nepal

Una chica de camisa amarilla, voz alegre e intensos ojos azules se dirigió a mí en el portal, justo cuando iba a sacar mis llaves del bolsillo. Dijo que seguía mi blog habitualmente; y basándose en ello se había formado una idea bastante aproximada de mi forma de ser y que, precisamente por eso, pensó que era la persona idónea para darle una opinión sincera sobre algo que había creado.

Me puso en las manos un DVD titulado “Vistas desde Nepal” y me pidió que lo viéramos juntos. Decía que era un cortometraje que había hecho; el primero de toda su vida tras una serie de cursos dedicados al cine, y que necesitaba un punto de vista de alguien externo y neutral. Nadie había visto esas imágenes todavía; ni siquiera su familia, de modo que podía considerarme un privilegiado al haber sido elegido para valorar un proyecto en el que no se habían escatimado esfuerzos ni ilusiones.

No me negué a aquello; me encanta que me ocurran cosas imprevistas, de modo que acepté aquel extraño ofrecimiento y ella añadió que para disfrutarlo plenamente había que verlo en un lugar elevado tal y como sugería el título del corto. Subimos a una colina tapizada de un césped cuidado con un mimo exquisito: una alfombra verde sobre la que era una delicia caminar descalzo y sentarse a disfrutar del frescor de la tarde.

Con un suave chasquido de sus dedos el sol aceleró su periplo celeste y en segundos dio paso a una noche estrellada mientras en una pantalla gigante surgida de la nada se proyectaban las primeras imágenes grabadas en aquel disco misterioso. Nieves perpetuas en las cimas de los grandes picos que se podían divisar, gente humilde abrigada con todo tipo de prendas y, al fondo, la curvatura de la tierra bajo un cielo tan azul que parecía irreal. El corto aparentemente no narraba ninguna historia, pues se limitaba a mostrar la belleza de las cosas que nos rodean. Había visto en los últimos años mil programas de televisón protagonizados por aventureros a la conquista del Polo Norte y de las montañas más altas del planeta sin sentir la mitad de las cosas que estas imágenes conseguían evocar dentro de mí. No sé qué había en aquel sencillo cortometraje, pero fuera lo que fuera me tenía absolutamente absorto en un mar de paz y armonía.

nepa

Allí estábamos los dos: cómodamente sentados en la cima del mundo, comiendo palomitas y disfrutando de unos breves minutos de cine documental. Sin tráfico, sin gente, sin ruidos, sin frío ni calor… Eché de menos mi cámara; quise inmortalizar aquel momento, pero ella dijo que no podía ser; que esos instantes eran tan especiales que sólo podía guardarlos en mi mente. Si los olvidaba, se perderían sin remedio en la noche de los tiempos.

El cortometraje terminó, y cuando miré a mi derecha con los ojos húmedos por la emoción de lo que había visto en la pantalla para felicitar a aquella chica misteriosa me encontré con su dedo índice posado en mis labios al tiempo que me decía: “shhhh… no digas nada; si hablas se acabará para siempre”.

Nada más abrir la boca para pronunciar la letra ‘a’, el maldito despertador ejerció su dictadura de cada mañana con un desagradable y repetitivo pitido al tiempo que me daba cuenta de que tenía que haber hecho caso a la chica de los ojos azules. Si no hubiera dicho nada, tal vez el sueño hubiera continuado un rato más… Y aunque también me prohibió fotografiar el momento nada dijo sobre plasmarlo en una hoja de papel, así que eso fue precisamente lo que hice nada más abrir los ojos tumbado en mi cama.

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