A la hora de cenar tenía un hambre tremenda. El estómago no paraba de gritarme una y otra vez, así que para acallar su insistente llamada ataqué el frigorífico hasta dejarlo temblando; tanto comí que poco después me amodorré en el sofá del salón y el sueño traidor me alcanzó de lleno. Ni siquiera pude resistirme a él; fue apoyar la cabeza en el respaldo y caer en las garras de Morfeo sin remisión.
Entonces fue cuando comenzó lo peor. Soñé, soñé que me ponía a ver la TV y en la pantalla aparecía Yola Berrocal presentado uno de esos timo-concursos llenos de premeditación y alevosía en los que hay que buscar las diferencias entre dos figuras aparentemente iguales. No soporto ese tipo de cosas, y mucho menos a Yola Berrocal, así que apenas dos segundos de visionado me bastaron para hacerme estirar el dedo pulgar y cambiar de canal.
Con gesto de indiferencia pasé a la siguiente cadena y… allí estaba ella de nuevo: en una especie de telenovela subida de tono. Extrañado volví a cambiar y Yola apareció presentando el telediario. Sin salir de mi asombro fui recorriendo todo el dial y me encontré que en Antena 3 protagonizaba un anuncio de ING sustituyendo a Matías Prats, en Telecinco estaba como invitada en La Noria, era la abuela de Carlitos en Cuéntame, también era una concursante de Cifras y Letras, moderaba un debate en Intereconomía, era entrevistada por Usun Yoon para el programa de Wyoming, jugaba al fútbol como delantera en el Chelsea, era colaboradora de Pedro Piqueras, besaba el anillo a Rouco Varela, salía con Espinete y Chema en la enésima reposición de Barrio Sésamo, hablaba de física cuántica con Punset, retransmitía una misa en Libertad Digital, era la paciente de House en el capítulo que estaban poniendo en Cuatro, corría en Moto GP, dirigía la filarmónica de Berlín, salía en un videoclip de Estopa en Los 40 Principales, pintaba un salón con el Paint Runner, se caía de un trampolín en Impacto TV, echaba las cartas en el tarot de Alicia Galván, temblaba toda ella en una de esas infernales máquinas vibradoras para hacer ejercicio que venden en cualquier teletienda que se precie, traducía a lenguaje de signos el debate del congreso de los diputados y (algo que me hizo lanzar el mando a distancia contra la pantalla del televisor) hacía de oso panda en celo en uno de esos reportajes de naturaleza que ponen en La 2.
Con el estruendo del televisor recién comprado reventando en mil pedazos desperté sobresaltado. Sin saber muy bien de qué iba aquella saturación de Yolas Berrocales en todos los canales mire temeroso hacia el mueble que tenía tres metros delante de mí y allí estaba el televisor de todos los días, pero intacto y apagado. No quise jugar con fuego, así que en vez de encenderlo un rato para ver algo antes de ir a dormir, opté por dejar las cosas como estaban e irme a la cama, pues mi cuerpo (y sobre todo mi mente) me lo agradecerían al día siguiente.


















RSS - Posts


Últimos comentarios