Amor casual

4 11 2009

Amor casual

Fue su forma de caminar lo que me llamó la atención. Hacía una mañana fantástica, y mientras hacía algunas fotografías de la estatua de Cervantes me fijé en que aquella chica parecía flotar sobre sus zapatos rojos. A veces las cosas más espectaculares pasan completamente desapercibidas ante mis ojos, pero cada día me encuentro con decenas de pequeños detalles que no puedo dejar de mirar; y el caso es que tanto me llamaron la atención aquellos elegantes andares que al momento se dio cuenta de que estaba clavando mis ojos sobre ella sin ningún disimulo.

Nada más percatarse de mi presencia cambió el rumbo de sus pasos para dirigirse directamente hacia donde yo estaba sin dejar de observarme, lo que hizo que el pulso se me acelerara considerablemente. Estando ya muy cerca de mí pude distinguir unos preciosos ojos verdes que daban dos pinceladas de color a un rostro de porcelana. Se detuvo apenas a medio metro y sonriendo dijo:

- Perdona, ¿eres Luis?

- Ehmmm… sí, soy yo – respondí sin saber muy bien por qué aquella chica conocía mi nombre. Supuse que sería por el blog, por Flickr o algo así; pero antes de que tuviera ocasión de indagar tomó ella la palabra.

- Soy Paloma – me dijo al tiempo que me plantaba un beso en cada mejilla y me envolvía un suave aroma a vainilla. – Uf, creí que no vendrías. A última hora estaba a punto de echarme atrás, pero me dije: “Bueno, yo voy a ir, y si no se presenta él al menos tendré la conciencia tranquila”. Tenía muchas ganas de conocerte – confesó – Después de tantas charlas por el Messenger ya era hora de que nos viéramos, ¿no?

Hablaba a toda velocidad y atropellando unas palabras con otras. Se notaba que estaba bastante nerviosa porque no paraba de mover las manos y se le escapaba alguna risa floja después de cada frase. Yo no entendía muy bien lo que estaba pasando: no conocía a ninguna chica llamada Paloma y además llevaba años sin usar el odioso Messenger. En cualquier caso, decidí seguirle un poco la corriente porque se la veía tan radiante de alegría que me daba un poco de pena cortar de raíz aquel momento tan curioso.

- Pues sí, algún día teníamos que encontrarnos – respondí sin saber si Paloma me conocía en realidad o era una lunática que pretendía meterme en algún lío extraño – Ya tenía ganas de poder saludarte en persona, sin ordenadores de por medio; y mira, llegó el gran día – me aventuré a improvisar.

- Me alegro de que digas eso, porque con lo que me costó que aceptaras este encuentro creí que no aparecerías. Siendo tan tímido pensé que me habrías dicho que sí para que no te diera más la lata con el tema. Por eso me sorprendí tanto cuando te vi ahí de pie. Por cierto, no sabía que eras fotógrafo – dijo señalando mi cámara.

- Y no lo soy. De hecho estoy empezando como quien dice – afirmé al tiempo que me daba cuenta de que en realidad Paloma nunca había visitado mi blog ni sabía de esa afición por la fotografía que saco a relucir en todo lo que hago.

- Pues ya me podías haber mandado alguna foto tuya; seguro que las haces muy bonitas. Y además, eres muy guapo…

Con el segundo de silencio que se creó tras aquella frase Paloma se sonrojó un poco. Eso me hizo darme cuenta de que era tímida y que, sin duda, aquel paso que había dado queriendo conocerme en persona tuvo que ser algo bastante costoso para ella.

Sin embargo, aquello no me cuadraba por ningún lado: Paloma hablaba de charlas por Internet que yo no recordaba en absoluto y además no conocía mi afición por la fotografía; algo que toda persona que sabe mínimamente de mí habrá notado alguna vez. Tenía la sensación de que Paloma se estaba equivocando de persona, algo que se confirmó segundos después.

- Bueno, dijiste que conocías un sitio muy chulo para ir a tomar algo. ¿Dónde me vas a llevar?

Yo no sabía dónde me conduciría nuestra extraña conversación, pero aquella muchacha tenía algo que me hacía no querer terminar con la manifiesta equivocación. Estaba claro que no había hablado con ella en mi vida, ni en persona ni por Internet, y que el Luis con el que había quedado era otro; pero por extrañas circunstancias ella pensó que la persona que estuvo todo el tiempo al otro lado del ordenador era aquel chico que minutos antes hacía fotos a Cervantes.

- Podemos ir al café Renacimiento. Es una antigua iglesia que restauraron y en la que hace tiempo hubo una discoteca. El efecto de estar sentados bajo su torre es bastante curioso. A mí me encanta ese sitio, ¿no lo conoces?

Abrió los ojos como platos sorprendida por la descripción del lugar y dijo que no había estado nunca allí, así que guardé mi cámara en la bolsa y recorrimos la calle Libreros con paso lento mientras hablábamos de cosas intrascendentes. No podía preguntarle por temas de estudios, trabajo ni nada parecido porque era muy posible que hubiera hablado mil veces de ello con su auténtica cita y quedara en evidencia, así que bajo un manto de timidez fui dejando que fuera ella quien sacara a la luz casi todos los temas de conversacion.

Criticando el tráfico del centro de la ciudad y mostrando extrañeza por el buen tiempo reinante esos días llegamos a la puerta de la cafetería; y si no llego a coger del brazo a Paloma hubiera seguido su camino hasta acabar en la fuente de Aguadores, porque iba tan entusiasmada con la charla que no parecía preocuparle lo más mínimo el resto del universo.

- Espera, espera, es aquí. ¿No has estado nunca?

- No, qué va. He pasado muchas veces por delante, pero nunca he entrado. Ni siquiera me había fijado en el nombre del sitio.

- Pues vamos, te va a gustar un montón, ya lo verás.

Abrí la puerta y dejé pasar delante a Paloma (viejas costumbres que no han de perderse). Nada más subir los escalones que llevaban a la sala principal se giró y me dijo en voz baja que era un sitio muy original, a lo que respondí que ya me imaginaba que le sorprendería si nunca había estado allí antes porque se trataba de un lugar muy diferente a todo lo que se estilaba en Alcalá.

Nos sentamos frente a frente en una mesa bajo una gran lámpara y pedimos un par de zumos que el camarero trajo enseguida acompañados de unas gominolas. Con la charla, el paseo, el calor y los lógicos nervios ante la extraña situación que estábamos viviendo los dos nos encontrábamos bastante sedientos, y durante los primeros tragos no intercambiamos ni media palabra. Sin embargo, tras morder un osito de goma, Paloma rompió el hielo una vez más:

- Me alegro de que nos hayamos podido ver. Después de lo que les pasó a mis padres necesitaba olvidarme de todo por  un rato. Por eso me puse tan pesada con lo de vernos en persona, y de ahí vino también la comparación con la princesa encerrada en su castillo y el príncipe que acude a su rescate que tanto te gustó.

Aquel fue un momento de bastante peligro. No tenía ni idea de lo que aquella chica que acababa de conocer me estaba contando, pero se supone que debía saber lo que les había ocurrido a sus padres. Podría ser un accidente de coche, un divorcio, una infidelidad o un cambio de trabajo; así que debía buscar una respuesta lo más neutra posible y, dentro de lo malo que soy improvisando, creo que conseguí salir del paso más o menos airoso:

- Ya te dije que podías contar conmigo. Me costó decidirme porque, al igual que tú, soy tímido con las personas hasta que las conozco bien; pero tú necesitabas ayuda y en el fondo no podía negarme – dije midiendo muy bien cada una de mis palabras.

- Gracias, Luis; eres un sol – respondió al tiempo que sonreía con una cierta amargura.

En ese momento estiró su brazo izquierdo y me acarició el hombro en un gesto entre cariñoso y complaciente. Me hizo sentir un poco como el delfín al que obsequian con una sardina porque ha hecho bien su salto, aunque aquello no me molestó en absoluto. Fue entonces cuando me di cuenta de que Paloma necesitaba un poco de afecto. Son pequeños detalles muy reveladores que siempre me han dado pistas sobre la forma de ser de la gente que me he ido encontrando por la vida, y estaba claro que Paloma se sentía muy sola y que al quedar conmigo trataba de encontrar un poco de cariño que la hiciera vivir por un rato en un mundo mejor.

Estuvimos cerca de media hora charlando sobre diversos temas, hasta que en un momento indeterminado Paloma miró el reloj y dijo que se tenía que marchar. Su abuela estaba sola en casa y no podía ausentarse demasiado tiempo por si necesitaba algo. Pagamos la cuenta a medias y salimos a la calle, donde el sol brillaba con una fuerza inusitada. Era casi mediodía, y por allí poca gente quedaba ya; de hecho, a esas horas yo tendría que estar ya en casa comiendo.

- Ha sido un rato fantástico, Luis. Tenemos que repetirlo, ¿eh? – dijo ella con los ojos chispeantes de felicidad.

- Sí, lo mismo digo. Cuando quieras volvemos a vernos.

- ¡Genial! Después de cenar hablamos por el Messenger y hacemos planes, ¿te parece?

Había llegado incluso a olvidar por unos minutos que aquella chica y yo no nos conocíamos de nada y que el verdadero Luis se quedaría con cara de bobo cuando se conectara a Internet esa noche. De todos modos, había sido un rato tan agradable el que había pasado con Paloma que no lo quise estropear al final, así que le prometí que allí estaría y que le iba a contar algo que sería toda una sorpresa para ella.

- ¿Sorprenderme? ¿A mi? – dijo en voz alta mientras se señalaba con su dedo índice.

- Sí, ya verás. Es algo que incluso dentro de mucho tiempo te hará recordar este día. No te preocupes, que esta noche te lo cuento todo, ¿de acuerdo?

- ¡Siempre estás inventando! ¿Qué será lo que tienes pensado esta vez? – preguntó riéndose.

- Nada; es una tontería, de verdad. Por la noche me meto al Messenger y te cuento. Venga, no le des más vueltas y no hagas esperar a tu abuela, no se vaya a empezar a preocupar.

- Muy bien, pues a las diez me conecto. Cuídate mucho, ¿vale? – dijo al tiempo que me guiñaba un ojo.

- Tú también, Paloma.

Entonces, sin darme tiempo a reaccionar se acercó a mí, puso su mano derecha bajo mi oreja y me dio un fugaz beso en los labios. A continuación se dio la vuelta y se encaminó con paso rápido hacia la estación de tren dejándome allí sin saber qué decir y escuchando hipnotizado aquel alegre repiqueteo de zapatos sobre la acera.

Volví a la realidad, suspiré y un instante después emprendí mi camino hacia casa. Al pasar de nuevo por la plaza de Cervantes un tipo con cara de pocos amigos torcía el gesto apoyado en una farola mientras miraba hacia todos lados a la vez. Supe su nombre en cuanto le vi, así que me acerqué a él y le pregunté:

- Perdona, ¿eres Luis?

- Sí, ¿por qué?

- Bueno, a ver cómo te lo explico…





Un viaje a la infancia

16 08 2009

Necesitaba volver por unos días a mis orígenes y así recuperar viejas sensaciones. Por eso dejé atrás todo, por eso cargué nada más que tres o cuatro cosas básicas en el coche y escapé a toda prisa de la ciudad sin mirar lo que dejaba atrás.

Los viales

Durante todo el camino estuve recordando anécdotas de las vacaciones que pasé durante mi infancia en aquel pueblo costero a los pies de unas montañas de tierra rojiza. Fueron muchos kilómetros bajo el sol acompañado nada más que por los éxitos radiofónicos que escupía la emisora de turno, pero también vinieron a mi memoria multitud de pensamientos fugaces sobre aquellas noches llenas de estrellas y todos los sueños que quedaron pendientes de cumplir.

Después de tantos años me preguntaba qué aspecto tendrían mis amigos, cómo estarían aquellos senderos entre pinos por los que tanto nos gustaba perdernos, qué habría ocurrido en las vidas de cada uno de ellos… Dudas que me habían rondado la cabeza durante años y que por fin iban a tener respuesta.

¿Seguiría Rebeca tan guapa como en aquella foto que me dio al despedirnos? ¿Tendría Óscar tanto éxito con las chicas como entonces? ¿Estaría el césped junto a nuestras casas tan verde como lo recuerdo en la tarde de mi marcha definitiva?

Podría haber avisado de algún modo de mi inminente llegada, pero preferí no hacerlo; igual que cuando teníamos doce años. El ritual siempre era el mismo: ir casa por casa llamando al timbre para anunciar alegremente a mis amigos que un verano más estaba allí dispuesto a pasar días y noches inolvidables. Seguir cumpliendo con aquella tradición sería un modo de demostrar que el tiempo transcurrido no tenía por qué habernos cambiado lo más mínimo.

Repetitividad urbana

Ya habían sucedido demasiados cambios en mi vida; sobre todo desde que me había convertido en un treintañero cuya existencia era pura rutina. Necesitaba sentir que todavía quedaba un remanso de paz en el que el tiempo no hubiera avanzado en las últimas dos décadas, y estaba seguro que ese lugar no era otro que aquel del que provienen los mejores recuerdos de mi vida. Estaba tan cansado del ajetreo del día a día en la ciudad que busqué en aquel lugar que tantas veces había añorado un renacer que me permitiera ver las cosas de otro modo.

Era tres de agosto; plena época estival. La urbanización estaría llena de gente, pero no me sería complicado dar con Rebeca, Óscar y los demás. Recordaba perfectamente sus pisos 3º F y 5º B respectivamente. El de Manolo era el de al lado de Óscar, así que 5º C. El de Noelia el 2º C, pero del portal de al lado, que también era el de Rubén…

De repente, sin darme cuenta siquiera, apareció la señal que indicaba que debía abandonar la autovía en la próxima salida. Estaba tan sumido en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que el mar había hecho acto de presencia a mi derecha varios kilómetros antes anunciando la proximidad a mi destino. Estaba a pocos minutos de volver a ver a mis amigos de la infancia, de darles la sorpresa de su vida… y sólo pensar en aquello logró que los latidos de mi corazón se aceleraran considerablemente.

Salí de la autovía y el sol me golpeó de lleno en los ojos. Enfilé una carretera mal asfaltada por la que parecía ser el único en circular y, finalmente, llegué a la entrada del pueblo. Habían pasado veinte largos años desde la última vez que estuve allí, pero seguía tan reconocible como siempre: la entrada del parque, la pequeña gasolinera, la calle principal… sin embargo, por allí no había ni rastro de las casas bajas que recordaba. En su lugar, altos bloques de apartamentos azules y blancos dominaban el paisaje e impedían ver la costa desde aquel rincón.

Parking

-Cosas del progreso; el ladrillo, que por aquí se expandió más que por ningún otro lugar… -pensé. Sin embargo , a medida que me fui adentrando por las calles me fui dando cuenta de que había muchos otros cambios más sutiles pero también mucho más crueles con mis recuerdos.

Ya no había grandes portalones con canastos de fruta en los que las familias del pueblo vendían los productos de sus propias huertas. Recuerdo que en aquellos lugares se podían encontrar las sandías más jugosas, las manzanas con el sabor más intenso que he probado y los melocotones más deliciosos del mundo. Robustas puertas de garaje de las que asomaban insignias cromadas de coches alemanes habían sustituido a aquellas improvisadas tiendas que apenas tenían una mano de pintura y unas balanzas que hoy podrían estar perfectamente en un museo.

Empecé a sentir algo de miedo: miedo a que mis recuerdos estuvieran distorsionados, a que los ojos de aquel niño vieran aquí un paraíso que en realidad nunca existió. Puede que de pequeño se vean las cosas desde otro punto de vista; pero algo era seguro: mis amigos. Y si aquel lugar se había transformado tan profundamente, nada mejor que mi visita sorpresa para que se dieran cuenta de que algunas cosas nunca cambiarán por mucho tiempo que pase.

Me costó un poco orientarme porque algunas calles eran nuevas y otras estaban tan arregladas que parecían pertenecer a otro lugar. El camino de tierra que daba a la huerta de Antonio ahora era una calle llena de tiendas, y el camping que había junto a la urbanización se había convertido en un infinito bloque de viviendas cuya sombra se estiraba hasta casi la orilla del mar.

Camping semidesierto

En la entrada de la urbanización me encontré una barrera cerrada. Otro cambio más, porque en la década de los ochenta se podía entrar libremente y sin problemas de ningún tipo, así que decidí aparcar fuera y entrar caminando para no molestar al portero, pues por la hora supuse que estaría echando la siesta. Sin embargo, en el apartamento que hacía las veces de portería no había ningún cartel identificativo y por un momento dudé si en realidad seguiría cumpliendo aquella función.

Tras dar toda la vuelta a la finca me encontré con que sus puertas también estaban cerradas con llave, pero no podía quedarme allí plantado después de tantas horas de viaje. Me detuve junto a una de ellas (la más cercana a la zona donde los miembros de la pandilla teníamos nuestras casas) y esperé a que saliera algún vecino, cosa que sucedió en apenas un par de minutos durante los cuales me entretuve mirando el perfil de los edificios que había junto a los acantilados del final de la playa. Cuando era pequeño, sobre aquellos riscos no había más que algunos chalets dispersos, pero ahora era incapaz de encontrar un edificio de menos de catorce plantas.

-Bueno, al menos la urbanización parece que sigue igual que siempre. Han pintado las fachadas y ahora hay una valla exterior, pero eso parece todo -me dije mientras me acercaba al que fue mi portal durante algunos veranos.

Entresuelo

El viejo telefonillo de plástico había sido sustituido por uno metálico y brillante, pero para llevar la sorpresa hasta sus últimas consecuencias preferí no llamar y subir directamente a casa de Óscar aprovechando que la puerta estaba abierta (siendo esta la primera que me encontraba en tal estado). El portal poco tenía ya que ver con el que yo recordaba: las viejas puertas del ascensor estaban pintadas de un azul intenso y el suelo se encontraba tan limpio que me veía reflejado al mirar hacia abajo.

Quería plantarme en la puerta de la casa de Óscar lo más fresco posible, así que desestimé la idea de subir las escaleras y esperé a que el ascensor llegara al ver que estaba iluminada la flecha que indicaba que éste era su destino. Cuando hizo acto de presencia, a través del ventanuco de la puerta vi que bajaba alguien en él y por un momento me dio un vuelco el corazón pensando que podría ser el propio Óscar; pero en su lugar abrió la puerta una mujer cargada con una especie de capazo marrón y varias toallas de playa metidas en él. Saludé sin saber muy bien por qué (supongo que por las viejas costumbres, ya que en aquel bloque de viviendas nos conocíamos todos cuando pasaba en él mis veranos) y antes de dar tiempo siquiera a que me contestara me metí en el ascensor y pulsé la tecla del quinto piso.

Las plantas parecían tardar horas en pasar, sobre todo ahora que el ascensor tenía puertas interiores, y con un suave movimiento amortiguado (nada que ver con el salto que daba en cada parada aquel cacharro en el que tantas veces subí años atrás) las puertas se abrieron para mostrarme la inconfundible puerta de la casa de Óscar.

Estaba exactamente igual a como la recordaba: el tirador de la puerta, el marco, la misma mirilla, el mismo timbre… fue fantástico descubrir que algunas cosas no habían cambiado, así que no lo pensé dos veces y llamé alegremente como si no hubieran pasado aquellos veinte largos años. Escuché con atención y noté que alguien se aproximaba a la puerta al tiempo que de fondo se escuchaba el balbucear de un bebé de pocos meses. ¿Habría tenido un niño Óscar? ¿Se habría casado al final con Noelia como todos pronosticábamos? Alguien giró una llave en la cerradura y en ese momento me di cuenta de que dos décadas de espera llegaban a su fin.

A franjas

Me abrió la puerta un hombre alto, delgado, de unos cincuenta años y con algunas canas ya. Demasiado mayor para ser Óscar; demasiado joven para ser su padre. Me quedé sin saber qué decir, pero aquello no fue un problema porque enseguida me preguntó: -¿Qué desea?.

-Estoy buscando a un amigo de la infancia… Se llama Óscar y… hasta donde yo sé, esta es su casa -dije titubeando un poco. Aquel hombre se quedó pensativo y por su gesto pareció comenzar a atar algunos cabos. Me dijo que compraron el apartamento a una familia hace unos cinco años porque ya apenas iban por allí y no les compensaba mantener una casa que casi no pisaban. Le pregunté que si le sonaba de algo el apellido Domenech y me dijo que, efectivamente, esa era la familia que les vendió el piso.

Mientras me contaba aquello, miré disimuladamente sobre su hombro y distinguí a una chica joven sentada en el sofá del salón junto a una mujer mayor. Ambas miraban embelesadas a un niño que gateaba por un suelo lleno de juguetes. Era el mismo salón en el que había estado con Óscar viendo la televisión durante tardes enteras, pero aquel escenario había dejado de pertenecer a mi infancia para convertirse en un lugar extraño y desconocido.

Según me contó aquel hombre de voz profunda y amable, la familia de Óscar ya no iba por allí porque lo que en un principio les enamoró del pueblo se había perdido para siempre. Ya no era un lugar de descanso y desconexión; sino una pequeña gran urbe con sus atascos, sus colas en las tiendas y sus restaurantes con gente en la puerta esperando a que quedara alguna mesa libre… Ni rastro del pueblo de pescadores que algún día fue; se acabó el anonimato de un lugar que casi nadie conocía en la década de los ochenta.

Mi ánimo sufrió un duro revés ante aquella revelación, pero todavía me quedaba bastante gente por visitar, así que le di las gracias a aquel hombre y marché hacia el piso de Rebeca esperando tener algo más de suerte. Había pasado muy buenos momentos junto a aquella chica viva, alegre, despreocupada y con el pelo del color del trigo; así esperaba poder recordarlos durante un rato de charla inolvidable que me devolviera la ilusión del niño que un día fui.

Los rigores del verano

La entrada de su casa sí que era radicalmente diferente a la de mis recuerdos: habían reemplazado la puerta original por una blindada y las ventanas ahora tenían rejas. Llamé al timbre y nadie contestó pese a que escuchaba con claridad una televisión sonando a todo volumen en alguna habitación de la casa. Llamé una segunda vez por si acaso no me habían escuchado y a los pocos instantes me pareció percibir el sonido de la mirilla abriéndose con rapidez aunque nadie dijo una palabra. No quise probar a llamar una tercera vez; temí encontrarme con una historia parecida a la de la familia de Óscar y opté por marcharme para volver más tarde si mi búsqueda daba más y mejores frutos que hasta el momento.

Fui a ver a Noelia al bloque de al lado: aquella chica simpática, de ojos azules y miedosa de cualquier perro que siempre andaba tonteando con Óscar. Llegué hasta la puerta de su casa y vi que estaba en bastante mal estado: los rayos del sol la habían deteriorado bastante y nadie se había preocupado de darle una simple capa de barniz. Las ventanas estaban sucias y no había ningún felpudo bajo mis pies, por lo que supuse que la casa llevaría bastante tiempo vacía. De todos modos, ya que había llegado hasta allí no iba a darme la vuelta sin más, y resignado a mi mala suerte probé a llamar al timbre que, sin dar crédito a mis oídos, sonó alto y claro llegando incluso a sobresaltarme con su estridente sonido.

Los contraluces de la escalera

Me abrió la puerta un niño de unos siete años de pelo claro y sonrisa pícara. Me miró, no dijo nada, dio la vuelta y salió corriendo dejándome allí plantado con la puerta de la casa entreabierta. Escuché como llamaba a su madre y cuando ella contestó enseguida sentí una cierta familiaridad con aquella voz. Se asomó a la puerta de la cocina y descubrí aquellos ojos azules que tantas veces llamaron mi atención cuando apenas estaba empezando a experimentar sensaciones que años más tarde comencé a considerar amor.

No sabía quién era, no hacía falta que lo dijera porque su cara lo decía todo. Noelia siempre fue muy expresiva, y no había perdido aquella facultad. Esta vez fui yo quien tomo la palabra y simplemente dije: -¿Noelia?. Ante lo que ella contestó: -Sí, y tú eres…. -¡Jorge! -respondí. -Tal vez no te acuerdes de mí, pero… veraneaba aquí hace casi veinte años y siempre estábamos juntos tú, yo, Óscar, Rebeca, Rubén….

La expresión de su mirada cambió por completo a medida que iba hablando. Se secó las manos torpemente con un paño anaranjado y comenzó a acercarse a mí mientras decía: -¿Jorge? ¿El de Zaragoza? ¿El que siempre llegaba el último en las carreras de bicis?.

Sí, ese era yo: el eterno patoso que no sólo tenía la costumbre de llegar en última posición en todas las competiciones que organizábamos, sino también el que chocó contra Óscar una vez jugando al fútbol perdiendo ambos el conocimiento durante unos instantes. Ese era Jorge: el chico soñador que hablaba de cambiar el mundo por uno más justo, el que planeaba lo que haría de mayor sin saber que en realidad la vida da tantas vueltas que hacer planes a largo plazo es una pérdida de tiempo. Allí, tumbado en el césped junto a mis amigos contando estrellas y hablando de mil y unas cosas que se nos quedaban grandes pasé los mejores veranos de mi vida. Y lo único que me unía en ese momento a aquella época maravillosa era Noelia.

Me abrazó, me dijo que aunque durante los primeros veranos tras mi marcha se había acordado de mí a menudo, también reconoció después pasaron años enteros sin un miserable recuerdo y que, por eso, ahora se sentía extraña. Es lógico, yo también sentía algo parecido. Noelia formaba parte de mi vida pasada, pero saltaba a la vista que ya no era la misma persona que yo recordaba.

Muchas preguntas se agolpaban en mi cabeza: ¿Ese niño era suyo? Y en tal caso… ¿Quién era su padre? ¿Dónde estaba el resto de toda nuestra pandilla? ¿Seguía Rebeca viviendo en su piso? En realidad ya conocía las respuestas, me di cuenta nada sentir el extraño abrazo de Noelia: todos habíamos cambiado irremediablemente. Aunque una conocida canción diga que veinte años no es nada, en realidad dos décadas bastan para cambiar la vida de familias enteras. Durante casi toda mi vida me negué a creerlo. Realicé ese viaje para tratar de demostrarme que no era un esclavo del tiempo, que en el fondo no había perdido nada en el camino recorrido durante veinte años de vivencias; pero me equivocaba. Mis amigos no eran los mismos: unos sencillamente ya no estaban y otros habían hecho su vida de tal modo que ahora ocupaban el lugar y el papel de nuestros padres en aquellos años felices. El tiempo había ejecutado su sentencia, y ni yo ni nadie podía hacer nada para cambiar las cosas.

Le dije a Noelia que iba a acercarme un momento al coche para subir unas rosquillas típicas de Zaragoza que había traído y que con ellas, acompañadas de un café, podíamos charlar de todo lo sucedido durante los años transcurridos. Con un “ahora mismo subo” me despedí de un pasado que era mejor dejar reposar tranquilo. Yo ya no pintaba nada en la vida de Noelia del mismo modo que era una tontería seguir buscando un pasado maravilloso donde sólo quedaba polvo y hojarasca.

Sé que fui un cobarde, y que tal vez Noelia me recordará con amargura durante otros veinte años por lo que hice; pero en vez de coger aquellas rosquillas que sólo existían en mi imaginación, salí de la urbanización sin mirar atrás, arranqué el coche y no me detuve hasta que llegué a mi Zaragoza natal mientras me prometía que, a partir de ese día, dejaría que los buenos recuerdos fueran simplemente eso: recuerdos.

Luz misteriosa





Liderazgo

2 07 2009

Como buen científico, Emilio siempre pensó que el amor no era más que una reacción química en el cerebro, un sentimiento ficticio que impone la débil condición humana. Siempre había dicho que él sólo se debía a su labor de investigación, y gracias a ello estaba orgulloso de haber alcanzado la dirección de un prestigioso laboratorio farmacéutico con tan sólo treinta años.

Entre la pulcritud de su mesa de trabajo y el blanco nuclear de sus batas no había lugar para ningún pensamiento o sensación que pudiera desviar lo más mínimo su atención de aquello que tuviera entre manos. Quería que su vida sólo dependiera de él mismo, tener una completa autonomía, ser el único dueño de todos sus actos… Cosas que se reflejaban en pequeñas manías como la perfecta ordenación de sus bolígrafos de colores o su costumbre de tomarse un descafeinado todas las mañanas exactamente a las once horas y once minutos.

Sus compañeros le miraban con una mezcla de extrañeza y admiración: Emilio era fuerte, ningún fracaso le hacía perder su convicción en que las cosas acabarían saliendo bien. Siempre era él quien arengaba a los demás cuando estaban hundidos, quien jamás parecía necesitar descansar un rato o tomarse un día libre. La gente veía en Emilio un líder al que seguir allá donde hiciera falta porque transmitía una sensación de seguridad que les reconfortaba y les hacía sentir en buenas manos.

Sin embargo, lo que nadie sabía es que cuando Emilio terminaba su jornada laboral se sentaba siempre en el banco de un parque cercano a su casa y se ponía a mirar a la gente mientras lloraba en silencio pensando en que un día moriría y en realidad no habría sido capaz de ser feliz ni un sólo día.

Blue seat





La tarde en la que pasé miedo de verdad (2ª parte)

12 05 2009

Cuando vi a César y al resto del grupo apenas 24 horas después de lo ocurrido en el interior de aquella casa maldita parecían bastante más relajados que yo. Mi cara era un poema porque no había podido conciliar el sueño y todavía  me duraba todo el miedo pasado allí dentro, así que no se podía decir que estuviera ni mucho menos relajado.

Sin embargo, ellos parecían estar bien; como un día cualquiera. Algo no me encajaba y además, ¿por qué habían venido todos si en teoría sólo habíamos quedado César y yo? Algo dentro de mí me dijo que era el único de los presentes que no sabía realmente qué había ocurrido en aquella tarde de Viernes, y mis sospechas se confirmaron segundos después.

Lo primero que César dijo cuando me acerqué al grupo fue que me había portado como un valiente. Que aunque había pasado un mal rato, no me había puesto a llorar ni nada por el estilo como ellos habían pensado. Me habían elegido a mí para gastarme una monumental y macabra broma por mi afición a los libros de Stephen King. “¿Te gusta el terror? ¡Pues toma dos tazas!”, pensaron.

Aunque de primeras me sentí como un idiota, he de reconocer que se curraron un montón todo aquello, pues cuando me fueron contando cómo habían planeado cada acción comprendí que necesitaron bastante tiempo tanto para la planificación como para los diversos ensayos que hubo que hacer.

En el umbral de la puerta

El misterio de que en las habitaciones sucedieran cosas extrañas y que al acudir a ellas no hubiera nadie se explica porque existe un corredor exterior por fuera de las tres habitaciones de la parte trasera de la casa que comunicaba todas ellas entre si. Puesto que además esa parte del edificio daba a un patio interior deshabitado y que cuando César y yo entramos a la casa era de noche cerrada, fue algo que a mí me pasó completamente inadvertido.

Pero vamos a ir repasando paso por paso la secuencia de hechos para que comprendáis qué ocurrió realmente:

Aunque parecía que el resto del grupo no había podido venir, en realidad Iván, Diego y David estaban ya metidos en la casa cuando César y yo nos encontramos. Estaba cada uno en una habitación, y al pasar delante de sus puertas salían al corredor exterior de tal modo que no les podíamos ver desde el pasillo gracias a las tinieblas que reinaban en aquel lugar.

Nada más entrar por la puerta (algo fácil de averiguar gracias al ruido que hacía al abrirse) Diego, que estaba en la habitación del fondo, comenzó a arrastrar una cadena que había cogido del taller mecánico. Y claro, en cuanto escuchó que estábamos próximos a la puerta de la habitación en la que se encontraba salió al corredor exterior de tal modo que a mí me pareció que allí no había absolutamente nadie.

Diego había terminado en ese momento su cometido dentro de la casa, de modo que recorrió todo el corredor hasta la habitación pegada a la puerta para salir por ella mientras yo miraba dentro de la habitación en la que sonó la cadena. Ese es el momento en el que sonó aquel portazo y giró la llave que había sido hábilmente dejada allí por César para que Diego cerrara por fuera en cuanto saliera de allí. Primera parte completada; Cesar y yo estábamos atrapados y con dos personas más dentro de la casa dispuestas a hacernos pasar un mal rato.

Los cristales rotos eran de unas ventanas desencajadas que había en una de las habitaciones de la casa. David tenía un mazo de goma (también sacado del taller) con el que golpeó en ese momento uno de los vidrios y también provocó un poco más tarde el segundo estruendo de cristales. Del mismo modo, aquel sonido inquietante que me recordaba a los pasos de un gigante no era más que el propio David golpeando las paredes de la habitación con ese mismo mazo; y os aseguro que retumbaba por toda la casa de tal modo que te ponía el corazón en un puño.

Cuando César me hizo entrar en la habitación que daba a la calle (la del colchón viejo), Iván salió de su escondite para coger el viejo impermeable que colgaba en el perchero del fondo pasillo. Gracias al ruido que se colaba por la ventana sin cristales, el continuo martilleo de David y lo que César estaba diciendo a gritos no escuché ningún sonido extraño en dicho pasillo. La intención de esto es que al salir de la habitación me fijara en que el impermeable ya no estaba allí, pero yo no me di ni cuenta; algo lógico teniendo en cuenta lo alterado que me encontraba.

La segunda rotura de cristales era la señal para que Diego volviera a abrir la cerradura y se escondiera detrás de la vidriera de la escalera. En esos momentos es cuando César me decía que había que salir corriendo hacia la puerta a toda velocidad sin saber que haciendo eso estaba creando la situación óptima para la ejecución del penúltimo susto: cuando iba recorriendo a toda velocidad el pasillo, Iván, desde la penumbra de una de las habitaciones, lanzó el impermeable a mi paso para que me cubriera por completo y a continuación volvió a esconderse en el oscuro corredor exterior por si me daba la vuelta y me ponía a “investigar”.

Por fin, cuando César abrió la puerta y comenzamos a bajar le tocaba el turno a Diego que, armado con un rodamiento metálico, destrozó una de las vidrieras de la escalera al vernos al trasluz bajar los escalones. Aquel fue el último golpe de efecto de una función absolutamente brillante que consiguió hacerme creer por unas horas que había vivido una auténtica pesadilla y que, como os decía, me impidió dormir un sólo minuto aquella noche.

Fue fascinante comprobar cómo César, David, Iván y Diego ejecutaron aquella compleja coreografía sin que me diera cuenta de nada. Me impresionó escucharles contar lo que ahora os he narrado yo a vosotros, porque claro, una vez finalizada la explicación todo encajó; pero en aquella tarde aciaga de Viernes os aseguro que todo parecía tan real que jamás he vuelto a pasar tanto miedo en mi vida a pesar de que ya han pasado quince largos años.





La tarde en la que pasé miedo de verdad (1ª parte)

11 05 2009

Hay lugares que parecen enterrados en la memoria hasta que un día te encuentras con ellos de nuevo sin saber muy bien por qué. En ese momento todos los recuerdos dormidos durante tanto tiempo regresan de golpe a tu mente y te llevan a épocas pasadas en las que todavía quedaba lugar para la inocencia. Tal vez ahora, quince años después, si me sucediera algo como lo que os voy a narrar no reaccionaría como en aquellos tiempos; pero lo único que sé es que a día de hoy todavía recuerdo perfectamente lo que vi y lo que sentí. Lo vivido aquella tarde de primeros de Diciembre no me dejó dormir ni un minuto por la noche; y esas cosas marcan.

Os digo esto porque hoy me gustaría contaros una historia que no recordaba desde hace muchos años referida a un negocio de coches usados que el padre de un amigo del instituto tenía cerca de la antigua plaza de toros de Alcalá de Henares. Se ve que tan olvidada no tenía esta historia, porque cuando hace unos días me fui a dar una vuelta por la ciudad cámara en mano y pasé por la puerta de ese lugar, al ver que no había cambiado nada en absoluto comencé a recordar todos los detalles del mal rato que pasé en una tarde de invierno cuando apenas llevaba tres meses en el instituto y todavía estaba conociendo a mis nuevos amigos.

Hice la fotografía que tenéis a continuación, guardé la cámara, me quedé mirando a aquellas ventanas sin cristales y como por arte de magia los recuerdos comenzaros a aflorar en mi mente…

El escenario de una tarde de terror

Aquel negocio de compraventa de coches era del padre de mi amigo César. En realidad todo el edificio era de él, aunque sólo empleó la planta de abajo para montar “Automóviles Avenida”, quedando la planta de arriba en su estado original.

Por aquella época me juntaba también con Diego, Raul, Iván, David y Roberto; gente de mi recién estrenado instituto con los que pasaba los recreos y también alguna que otra tarde allá por el año 1995. En nuestras conversaciones surgió más de una vez esta casa, pero siempre rodeada de un aire de misterio porque César solía contar historias del oscuro pasado del inmueble. En ellas nos decía que se trataba de un lugar en el que se escuchaban ruidos extraños y se movían las cosas sin que nadie las tocara. César nos decía también que aunque su padre había prohibido a todo el mundo entrar en aquella planta abandonada cerrándola con llave, había conseguido una copia con la que podríamos entrar a explorar aquel territorio misterioso y desconocido.

Quedé con toda mi pandilla un Viernes a las siete de la tarde en la puerta de la tienda (ese portalón acristalado que se ve en la parte derecha de la fotografía), pero como los exámenes quedaban cerca al final fui el único en acudir a la cita. Allí estaba César, quien pese a la poca asistencia se mostraba decidido a que entráramos los dos, pues ese día el negocio estaba cerrado por asuntos personales. Cualquier otro día hubiera sido imposible entrar a la planta prohibida porque su padre hubiera estado en la recepción y no nos hubiera dejado pasar de ninguna de las maneras.

César abrió la puerta de la tienda y a continuación atravesamos el garaje que ocupaba toda la parte de ventanas enrejadas pintada de verde. Allí estaba la crujiente escalera con vidrieras casi opacas que daba acceso a la planta de arriba; y es que aunque entonces allí había un negocio de coches, no hay que olvidar que en realidad todo aquel edificio había sido la casa de una familia décadas antes.

El sonido de los pies en los peldaños podridos ya empezaba a atemorizarme, pero ni mucho menos me hizo sentir el vuelco en el estómago que experimenté al tener delante de mi la pesada puerta desvencijada y resquebrajada que daba acceso a la planta abandonada donde se supone que ocurrían cosas que sólo podía imaginarme gracias a las novelas de Stephen King que solía leer. De cualquier modo, no sabía yo que tras esa puerta chirriante me esperaba uno de los peores ratos que he pasado en mi vida, porque de haberlo sabido hubiera dado media vuelta antes de poner siquiera un pie en el umbral.

César sacó su llave del bolsillo, dio dos vueltas a la cerradura y empujó la pesada puerta. Pasaron unos segundos hasta que mis ojos se habituaron a la penumbra, pues aunque las ventanas no tenían cristales ni persianas, la única luz presente en el lugar era la que se colaba del exterior. Fue entonces cuando divisé un largo pasillo con un perchero al fondo y un viejo impermeable colgado en él. César me pidió silencio con un gesto, y poco a poco empezamos a adentrarnos por el pasillo que daba acceso a las diferentes estancias de lo que en su día debió ser un lugar cálido y acogedor, pero que en ese momento a mí me parecía lo más inhóspito del mundo y comencé a preguntarme qué estábamos haciendo allí.

Llegamos a la altura de la primera habitación (recuerdo que había tres puertas en la parte izquierda del pasillo y dos en la derecha) y en ese momento se escuchó un leve sonido metálico en una de las del fondo. Al ser tan poca cosa lo interpreté como algún ruido que se había colado desde el exterior o algo así, pero justo cuando iba a abrir la boca el sonido se repitió, sólo que esta vez con mucha más fuerza: era una cadena; una cadena que se arrastraba por el suelo. A mí se me heló la sangre en las venas al tiempo que César parecía estar también asustado, pero aún así avanzamos un poco más en un busca del origen de aquellos sonidos.

Llegamos a la habitación del fondo a la izquierda y… no encontramos nada; absolutamente nada. Sin embargo, el mayor susto me lo llevé cuando la puerta por la que habíamos entrado a la casa hacía unos segundos se cerró con un fuerte portazo y comenzó a sonar la cerradura. Corrí hacia allí pero ya era demasiado tarde: la puerta estaba cerrada y no había manera de salir por allí si no era con la llave que César tenía en el bolsillo. Comencé a gritarle a César que teníamos que salir de allí, que sacara la llave y abriera la puerta de una vez, pero me dijo que la había dejado colgando en la cerradura y que por lo tanto estábamos atrapados.

Pasé unos segundos muy malos porque pensé que corríamos un verdadero peligro. No creía mucho en casas embrujadas ni cosas por el estilo, pero aquella situación me estaba desbordando y al mismo tiempo veía que César también estaba empezando a perder el control, pues empezó a dar patadas a una pared al tiempo que decía a los espíritus de aquella casa que se manifestaran si se atrevían.

Un estruendo de cristales rotos volvió a cortar mi respiración; seguíamos sin estar solos en aquel maldito lugar. César comenzó a gritar y yo empecé a decir que deberíamos salir a un balcón a pedir ayuda, pues alguien pasaría por la calle. César dijo que había que pensar en algo para salir de allí, pero justo entonces un sonido martilleante comenzó a sonar por toda la casa: era como si un ser gigantesco hubiera cobrado vida y estuviera caminando por algún lugar. No sé por qué, pero comencé a imaginar unas garras peludas y enormes avanzando por una de las habitaciones y a punto de salir por el pasillo para atraparnos, lo que contribuyo a que mi pánico fuera en aumento.

César me hizo pasar a una de las habitaciones que daba a la calle, pero el acceso al balcón estaba bloqueado por un sofá raído y de un color indeterminado por el paso del tiempo. Allí, en la oscuridad, se veía un colchón con una gran mancha oscura apoyado en la pared y un mueble de cajones totalmente destrozado por su parte superior. En otra de las habitaciones volvían a sonar cristales rotos y en ese momento la cerradura de la puerta volvió a girar dos veces. La puerta estaba de nuevo abierta, pero lo que no sabíamos en ese momento es si quien estaba dentro de la casa había salido o tal vez habrían llegado nuevos invitados.

Le pregunté a mi amigo qué hacer, y me dijo que deberíamos arriesgarnos y tratar de cruzar todo el pasillo para salir de allí. No podíamos permitir que se volviera a cerrar aquella pesada puerta, de modo que a la de tres saldríamos ambos corriendo hacia ella tratando de hacerlo lo más rápidamente posible. Respiré, hice acopio de energías y comencé a contar: “Uno, dos… ¡tres!”

Salí a toda velocidad delante de César sin mirar hacia ninguna otra cosa que no fuera la puerta de salida, pero aproximadamente a la mitad del trayecto sentí que algo se movía a mi derecha y se echaba encima de mí: no supe lo que era, pero en cuanto me tocó noté que era algo de tela muy áspera y reseca. Aterrado, di un grito que retumbó en todo el pasillo y a punto estuve de tropezar con mis propios pies al tiempo que apartaba aquella tela de mí con asco y miedo. Seguí corriendo con el corazón galopando en la garganta y tratando de que mi imaginación no pusiera forma a aquella amenaza, pues sólo contribuiría a hacerme sentir más frágil.

Llegué a la ansiada puerta que me parecía infinitamente lejana. Se escuchaban aullidos al fondo del pasillo, pero ya no sabía si era César o cualquier otra persona. Comencé a patear la puerta con todas mis fuerzas, dando de lleno con la planta de mis pies para intentar abrirla. No recordaba que abría hacia dentro, y que así nada iba a poder hacer por abrirla. César me alcanzó, giró el picaporte y la puerta rotó sobre sus bisagras; parecíamos estar a salvo, pero eso no evitó que bajara las escaleras dando saltos para llegar cuanto antes al taller de coches de su padre. Sin embargo, no había acabado todavía aquella terrorífica experiencia, pues al pasar por el rellano de la escalera el cristal de una de las vidrieras que hacían de tragaluz saltó en mil pedazos, sintiendo con claridad sus impactos sobre la parte trasera de mis pantalones.

Temblaba de miedo, crucé las instalaciones del taller en un tiempo que se me hizo interminable pero que debieron ser apenas unos segundos. Escuchaba una respiración agitada acompañada de unos torpes pasos pocos metros detrás de mí, pero ya ni siquiera me atrevía a mirar atrás por si no era mi amigo César. Por fin, a través del cristal de la puerta divisé las farolas, la gente, el tráfico… y fue entonces cuando la adrenalina fue, poco a poco, dejando paso a al razón. No quería salir a la calle gritando ni pidiendo auxilio, pues al fin y al cabo no estaba muy seguro de lo que había vivido en los últimos minutos, así que traté de empezar a pensar con frialdad.

César me alcanzó, sacó las llaves del bolsillo con pulso tembloroso y abrió la puerta del local. Jamás me sentí tan contento de respirar el frío aire de las tardes de Diciembre, pues aquel lugar que acababa de dejar atrás me parecía el mismísimo infierno. Mi amigo también parecía haberlo pasado muy mal: la palidez de su cara, aquella respiración agitada y, sobre todo, la expresión de sus ojos eran síntomas de haber vivido una experiencia aterradora.

Estuvimos un par de minutos plantados en la acera recuperando el ritmo normal de nuestros corazones y mirándonos sin decir una palabra. De hecho ese día no hablamos en absoluto de todo esto; era como si tuviéramos miedo de haber tenido una alucinación y que al contárselo al otro nos mirara como si fuéramos unos locos. ¿Qué había pasado en aquella casa maldita? ¿Había realmente alguien allí? ¿Fue todo aquello una mera sugestión?

Recuerdo que aquella noche no conseguí dormir ni un minuto porque no podía evitar recordar una y otra vez las imágenes de lo que había visto al tiempo que tampoco podía contarle nada de aquello a nadie por si pensaban que los libros que tanto me gustaba leer me estaban causando algún tipo de trastorno. Al día siguiente decidí llamar a César y quedar para hablar del tema; y menos mal que lo hice, porque de no haberlo hecho aquello me hubiera atormentado durante mucho tiempo.

Continuará…





El bonobús (micro-relato)

7 04 2009

-¿Juan, tú me quieres?

-Sí, claro, te lo he dicho miles de veces -Respondió él sin apartar la vista del televisor al tiempo que pelaba con torpeza unos cacahuetes.

Juan y Laura llevaban mucho tiempo casados; el suficiente como para que las cosas se movieran por inercia. Se supone que él se sabía comprendido por ella y ella se sentía protegida por él, así que la ecuación parecía balanceada y la reacción química estabilizada.

Y así fue hasta que un tarde soleada Laura dijo que se iba a comprar un bonobús y Juan, sin perder detalle del partido que estaban retransmitiendo, sugirió que podía subirle un paquete de tabaco. No obtuvo más respuesta que un sonoro portazo justo al tiempo que el Barça metía un gol antológico.

Horas después, nervioso ante la tardanza de su mujer, se acercó a la nevera a beber un poco de agua fresca donde se encontró una nota pegada en la puerta que decía:

“Cuando nos casamos podías pasarte horas mirándome embelesado sin decir una palabra; pero desde hace demasiado tiempo siento que he sido sustituida por un maldito televisor. El Lunes a las 10 nos veremos en el juzgado.

Por cierto, el coche te lo puedes quedar tú; yo iré en autobús”.

Laura

Akari-chan (Lucky Star)





Amores caducos. Epílogo

3 03 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

http://luipermom.wordpress.com/amorescaducos

Epílogo

Desde el mismo instante en que planifiqué esta serie de relatos autobiográficos quise que la búsqueda en mi memoria fuese también una especie de “viaje interior” del que pudiera aprender algo. Cuando una relación fracasa es culpa de las dos partes por mucho que uno siempre quiera quedar libre de culpa; y tras haber repasado estos ocho capítulos de mi vida sentimental he comprendido que hay cosas que debería haber cambiado en su momento. También pienso que estas experiencias podrían venir bien a alguna persona para así evitar parte de los golpes que me he ido llevando durante todos estos años; aunque vaya por delante que en la vida (y sobre todo en el amor) se aprende a base de caerse y levantase una y otra vez, ya que cuando el corazón toma la palabra no hay consejo capaz de hacerle entrar en razón.

Una de esas cosas que he aprendido es tener muy claro que hay que ser siempre uno mismo se esté con quien se esté. No hay que plegarse sin rechistar a la pareja con tal de acceder a todos sus deseos y caprichos, pues en una relación las cosas no funcionan por miedo a los enfados o por el sólo deseo de satisfacer la necesidad de la otra persona. Toda acción ha de buscar la felicidad de ambas partes, y bajo ningún concepto ha de primar el interés propio o ajeno.

Del mismo modo he aprendido que no se puede amar a alguien dejando de lado a quienes que han estado junto a nosotros desde siempre. Es muy peligroso hipotecar toda tu vida a una persona, porque todos tenemos nuestras circunstancias y por mucho apego que nos tenga nuestra pareja, en cualquier momento nos podemos encontrar muy solos en la vida. Yo he tenido la suerte de que cuando una relación demasiado absorbente ha terminado, mis amigos han estado ahí sin echarme nada en cara y han sabido comprender por qué he estado tan ausente; pero soy consciente de que esa situación podría haber sido muy diferente. No hay que olvidar que, por lo general, cuando empezamos una relación, esa persona es la última que ha entrado en nuestra vida mientras que otra gente lleva ya mucho tiempo acompañándonos para lo bueno y para lo malo.

Pero, sin duda, lo más importante que he aprendido después de todo esto es que el amor único y verdadero no existe. Cuando una relación termina uno piensa que jamás volverá a querer a nadie, que el amor se ha marchado para siempre y muchas otras afirmaciones desesperanzadas. Pero por muy romántico que puedan parecer esos pensamientos, el amor vuelve; y vuelve cuando menos te lo esperas. No es posible vivir sin amor, y por muy mal que se hayan dado las cosas uno se vuelve a enamorar y a lanzarse de nuevo a la piscina sin comprobar previamente si hay cristales rotos en el fondo. No es bueno perder oportunidades en la vida, porque al final puede que las cosas hayan salido bien o mal, pero es mucho peor quedarse en casa pensando que tal vez podría haber sido la mejor historia de tu vida y no te atreviste a dar el primer paso.

El amor está en todas partes, y lo mismo se manifiesta en la cola de la panadería, en una biblioteca o en un concierto de música clásica. El amor nunca avisa de su llegada, pero sí que da sutiles pistas de que está próximo a aparecer: nos enamoramos cuando estamos a gusto con nosotros mismos, cuando estamos orgullosos de lo que hacemos, cuando tenemos un equilibrio interior que parece manifestarse en todas nuestras acciones, cuando disfrutamos de lo que nos rodea, cuando no tenemos miedo a expresar exactamente lo que pensamos… cuando sintamos todas esas cosas hemos de estar muy atentos a nuestro alrededor porque seguramente el amor esté más cerca de lo que pensamos.

Estos “amores caducos” han sido ocho puntos de vista, ocho experiencias de una misma persona publicadas en orden cronológico. Las vivencias de alguien que ha ido creciendo y evolucionando con el tiempo, que ha pasado de los amores más puros e inocentes hasta los más terrenales. Alguien que comprendió que el sexo es algo tan natural en una pareja como los besos, que pasó en pocos días de sentirse la persona más afortunada del mundo a sumirse en las más hondas profundidades del dolor y la pena. Alguien que aprendió a no dejar pasar más oportunidades delante de sus narices, alguien que, en definitiva, y aun sin éxito en el amor, jamás se dejó vencer por el desánimo.

El amor ha llegado y se ha ido de mi vida muchas veces, pero eso ya no me supone ningún problema. Lo asumo como parte de la vida; al igual que ocurre con las personas que trabajan en varias cosas hasta dar con el puesto en el que se sienten verdaderamente realizados o el músico que experimenta con diversos géneros hasta hallar aquel con el que es capaz de expresarse mejor. Atrás, muy atrás, quedaron los tiempos en los que me angustiaba no encontrar una chica con la que compartir el resto de mi vida, porque llegados a este punto es algo que, más tarde o más temprano, se presupone que algún día llegará sin más.

En el tintero han quedado otras historias: unas por su brevedad y otras porque sencillamente prefiero no recordarlas; el caso es que esas prefiero guardármelas para mí y dejar que se pierdan para siempre en el baúl del olvido. Hay una de la que aprendí muchas cosas, pero prefiero no excavar mucho en ella porque la cosa todavía está reciente y aún me encuentro en el delicado proceso de separar lo bueno de lo malo. Por tanto, en este momento considero que la obra está terminada porque ya he llegado al punto crítico al que me refería en la introducción de estos relatos. Lo que queda por contar no saldrá a la luz porque sencillamente no merece la pena pasar un mal rato recordando pasajes de mi vida que sólo me han hecho sufrir y no me han enseñado absolutamente nada.

Ya sólo me queda, como es costumbre en mí, dar las gracias: gracias a vosotros por vuestra paciencia al leer las historias de un tipo al que tampoco es que le pase nada que no le ocurra al más común de los mortales. Experiencias como las que habéis podido leer en estos relatos seguramente os hayan pasado a vosotros mismos o a algún conocido; pero siguiendo con mi costumbre de escribir sobre las cosas del día a día pensé que sería interesante sacar algo en claro de tantos años de desencuentros amorosos.

Gracias también a aquellos que habéis dejado vuestros comentarios en el blog, pues supone un esfuerzo añadido al de simplemente leer el texto sin más. Vuestras impresiones y el seguimiento que habéis hecho de cada uno de estos relatos me han animado a invertir un montón de horas en la redacción y corrección de los mismos.

Por supuesto, también me gustaría dar las gracias a todas esas personas que aparecen en las historias. A los amigos comprensivos, a los compañeros de clase, a los camareros de los bares… y sobre todo a las protagonistas de estos relatos: Montse, Begoña, Cristina, Alba, Esther, Virginia, Beatriz, Eva, Paula y Blanca

A ellas quisiera decirles que, si bien nuestra historia fracaso, nunca olvido los buenos momentos vividos en común. Es verdad que recuerdo algunas relaciones con más alegría que otras, pero si me pongo a pensar en cualquiera de ellas, son los buenos recuerdos los que perviven en mi mente, ya que durante un tiempo (mucho o poco) nos quisimos y pensamos que estaríamos toda la vida juntos. Al final no fue así, pero hay que reconocer que fue bonito intentarlo.

Tengo claro que sin ellas a mi lado me hubiera perdido muchas cosas en esta vida, sería una persona muy diferente a la que soy actualmente y, en última instancia, jamás hubiera podido escribir estos relatos; así que vaya desde aquí mi sincero agradecimiento por haber compartido un pedazo de vida conmigo.

Buena suerte y hasta siempre, amores.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo VIII

2 03 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

http://luipermom.wordpress.com/amorescaducos

hpim2065

Mi relación con Blanca es, sin duda, la más breve y la vez la que más interrogantes plantea de todas las que he vivido. Incluso a día de hoy me cuesta mucho comprender los hechos que rodearon a aquellos días aciagos de los que no he podido olvidar ni un sólo detalle.

Para ponernos en situación debemos remontarnos a una tarde cualquiera de hace cinco años. Justo cuando la primavera comenzaba a despuntar y los primeros brotes verdes de los árboles asomaban en las ramas recibí un e-mail de una chica que había visto mi perfil en Internet y le había llamado la atención. Por aquel entonces no había comenzado mi etapa como blogger y era habitual que de vez en cuando recibiera algún mensaje de alguien interesado en saber algo más de mí. Yo siempre me he mostrado encantado de conocer gente sea del modo que sea, así que leí el correo y respondí con simpatía.

Blanca parecía una persona amable y cariñosa. Intercambiamos un par de correos en días alternos antes de darnos nuestras direcciones de messenger para tener una charla más fluida el Sábado después de comer sin más planes que aquellos que pudieran surgir entre los dos unas horas después. La conversación se alargó hasta las nueve de la noche, y a la hora de despedirnos Blanca me sugirió que podíamos quedar después para ir a tomar algo y conocernos en persona; algo a lo que accedí encantado, pues entre pasar la noche en casa viendo la televisión y conocer a una chica guapa y simpática opté sin dudarlo por la segunda opción.

Ella vivía en Torrejón de Ardoz, pero vino a buscarme a mi casa en su coche negro; muy parecido al que tuve nada más sacarme el carnet de conducir. Blanca conducía realmente bien, y para poder aparcar sin dar demasiadas vueltas decidimos acercarnos a la ciudad universitaria de Madrid para ir a un mítico bar de copas que lleva abierto más de una década en las cercanías de la estación de Metropolitano. Con el local lleno hasta los topes y una Coca-cola en la mano comenzamos a hablar de cosas sin demasiada importancia (música, estudios…) hasta que de repente Blanca pareció necesitada de “confesarse” conmigo comenzando a contarme historias bastante íntimas.

La verdad es que aquella chica me tenía un poco desconcertado; nos conocíamos desde hacía sólo unas pocas horas y ya parecía tener conmigo la confianza de un amigo de toda la vida. Me contó mil y una cosas sobre su pasado, su familia y sus miedos; y la verdad es que aquello me cortaba un poco, pues con la gente suelo ser muy reservado hasta que no veo cómo es la otra persona en realidad. En mi caso ha de pasar bastante tiempo para que me abra de esa manera a la persona que tengo delante, de modo que me sentía un poco abrumado y sin saber muy bien qué decir, pues no tenía la menor idea de cómo responder ante las situaciones que ella me planteaba en la barra de aquel bar.

Por suerte a Blanca le estaba empezando a agobiar un poco aquella atmósfera tan cargada, así que aprovechando que hacía una buena noche y todavía no era excesivamente tarde (apenas pasaban unos minutos de la una de la madrugada) decidimos ir a dar un paseo por los alrededores. Dimos un último sorbo a nuestras bebidas, cogimos las chaquetas y abrimos la puerta para disfrutar del canto de los grillos y el retumbar de nuestros pasos en las aceras vacías.

Caminamos sin rumbo aparente, adentrándonos entre algunos edificios del campus; un paseo de aproximadamente tres kilómetros en el que el tono de la conversación se relajó considerablemente. Al llegar de nuevo junto a su coche eran casi las tres de la madrugada y Blanca, que no parecía cansada en absoluto, me propuso explorar los alrededores en coche para ver cómo pintaban aquellos parajes que por el día rebosaban gente con mochilas y carpetas de aquí para allá, pero que ahora parecía un lugar prácticamente abandonado.

Arrancó y se encaminó hacia un edificio de color anaranjado que habíamos rodeado caminando un rato antes; pero esta vez se desvió hacia un camino cercano. Allí detuvo el motor aparcando el coche junto a unos setos y a poca distancia de otros coches que había en el lugar con sus ventanillas completamente empañadas. No me había dicho ni una palabra sobre por qué se había detenido en aquel lugar, pero yo ya me estaba empezando a imaginar cuál podría ser la próxima etapa de aquella noche tan extraña.

Sin tiempo de poder decir una palabra, Blanca se quitó el cinturón de seguridad y se fue acercando poco a poco a mí. No puedo negar que sus labios carnosos, sus grandes ojos rasgados y su cuerpo de modelo me volvían loco desde que la vi, pero me echaba un poco para atrás que todo aquello estuviera sucediendo tan deprisa. ¿No es acaso mejor saborear las cosas con tiempo y delicadeza? Cuando me quise dar cuenta podía notar el aliento de Blanca en mi barbilla, y un instante después nuestros labios tomaban contacto. Hubiera preferido que las cosas fueran sucediendo más pausadamente, pero no es que la situación fuera ni mucho menos incómoda, de modo que cerré los ojos y comenzamos a besarnos cada vez más acaloradamente.

La temperatura en el interior del coche fue subiendo inexorablemente, y en un momento dado incluso nos vimos obligados a bajar unos centímetros las ventanillas si no queríamos acabar empapados en sudor. Los besos cada vez eran más profundos y más largos, nuestras manos habían comenzado a desaparecer debajo de la ropa… estábamos perdiendo el control, y si no hubiera sido por la extraña reacción de Blanca aquella noche hubiéramos acabado haciendo el amor apasionadamente como las parejas que se vislumbraban en los vehículos que nos rodeaban en aquel oscuro paraje.

Lo que ocurrió es que en un momento indeterminado Blanca dio un respingo que incluso me sobresaltó porque creí que ocurría algo anormal en el exterior. De repente se alejó unos centímetros de mi cara y noté que sus ojos comenzaban a brillar y a temblar de un modo muy particular. Un par de sollozos más tarde grandes lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de aquella chica que unos segundos antes parecía una tigresa a punto de devorarme.

Mientras ella trataba de cerrar torpemente su desabrochada camisa con la mano izquierda y ponía el dedo índice de la otra sobre mi rodilla, dijo que había algo que debía contarme, y ante mi cara de no saber muy bien qué estaba pasando me confesó que a sus 22 años aún era virgen; la única todavía de su grupo de amigas, y que aunque deseaba con todas sus fuerzas dejar de serlo, algo dentro de ella se lo impedía con más energías todavía. Por lo que me contó aquella noche deduje que por un lado había una especie de fuerza en su interior que la empujaba a dar ese paso y por otro existían una serie de miedos internos que la atenazaban por completo. Tal vez para ella era un gran lastre el hecho de ser la única de su grupo en no haberse estrenado en el sexo, pero al mismo tiempo se decía una y otra vez que aquello debería esperar al momento adecuado (que al parecer no era aquella noche).

Yo le repetía a Blanca constantemente que no hiciera nada por influencias externas, que tuviera sus propias convicciones y no se dejara arrastrar por los comentarios que pudieran hacer sus amigas. Al fin y al cabo cada uno elige su propia sexualidad, y tan libre se es de perder la virginidad a los quince años como de hacerlo a los treinta o no perderla jamás. Sin embargo, ella no dejaba de llorar y de pedirme perdón por haberme llevado a esa situación; y la verdad es que no entendía por qué habría de perdonar nada: somos humanos y todos tenemos nuestras cosas. Yo en ningún momento me sentí mal por aquello, e incluso noté que dentro de mí se despertaba una gran ternura por aquella chica que había decidido confiar en mí para dar un paso en su vida que al final no se atrevió a afrontar.

No obstante, una vez que la situación se calmó seguimos con nuestras conversaciones que se iniciaron en el bar tres horas atrás. Lo que acabábamos de vivir nos había hecho coger más confianza el uno en el otro, y es que pude comprobar que, aun con aquellos conflictos internos, Blanca era una chica muy dulce al tiempo que ella pudo ver que soy una persona comprensiva y razonable; cosa que agradeció de sobremanera como me dijo varias veces en lo que nos quedó de noche.

No puedo negar que con aquella chica de cuerpo y rasgos espectaculares no me hubiera gustado acostarme porque estaría mintiendo, pero algo dentro de mí se alegró de que las cosas no hubieran ido a mayores aquella noche; y más teniendo en cuenta que dos días después no volvería a saber nada de ella. Desde mi punto de vista el sexo une a las personas: me es imposible pensar en alguien con quien me haya acostado en el pasado y no sentir cierta afinidad o incluso cariño. Al fin y al cabo, si dos personas deciden hacer el amor es porque el grado de confianza del uno con el otro es alto; y mi firme creencia es que a a la cama no se llega de cualquier manera, porque si no no hay disfrute mutuo, que fin y al cabo es la gracia del asunto.

Pero volviendo de nuevo a aquella noche, he de reconocer que la larga charla que tuvimos los dos tras el “incidente” y que finalizó precipitadamente ante la llegada del amanecer fue una de las mejores experiencias que recuerdo en esto de las relaciones con las chicas. Tuve durante todo ese tiempo una agradable sensación de libertad y una gran alegría cuando Blanca me dijo que podíamos quedar otro día para hacer alguna excursión (estaba claro que le gustaba el tema de las exploraciones campestres). A continuación arrancó el coche y tras un rato de autopista y un poco de callejeo por Alcalá de Henares me dejó en la puerta mi de casa con la promesa de llamarme a mitad de semana para volver a vernos.

Volvieron las clases por las tardes y casi sin darme cuenta pasó el Lunes, el Martes y la mañana del Miércoles. Más o menos cuando empezaba a pensar que Blanca se había olvidado de mí, marcó mi número y me propuso vernos un rato esa misma tarde, de modo que a las seis en punto nos encontramos cerca de su casa radiantes de felicidad los dos. Me iba a perder un par de clases por volver a ver a aquella chica, pero pensé que el cambio merecía la pena.

En esta ocasión me llevé yo el coche y le pregunté a Blanca dónde quería ir. Dijo que eligiera yo, de modo que le planteé si le gustaría ver ponerse el sol desde un lugar en el que se ve Madrid, Alcalá y todos sus alrededores; algo a lo que no se negó en absoluto.

Conduje a través de la ciudad, cogí la carretera que sube al Cerro del Viso y tras unos cuantos kilómetros nos detuvimos a pleno sol en una explanada completamente vacía desde la que se podían distinguir todos los edificios emblemáticos de Madrid. Allí estaba la Torre Picasso, el aeropuerto de Barajas, las Torres Kio… y junto a mí Blanca con una expresión de fascinación absoluta. En ese momento el sol se estaba poniendo tras la capital y comenzaba a refrescar. Nos abrazamos ante la llegada de la noche para combatir el frío y comenzamos a besarnos de nuevo, aunque esta vez ni mucho menos con la intensidad de nuestro anterior encuentro. Parecía como si tuviéramos cierto miedo de que ocurriera algo parecido a lo de hacía apenas unos días, así que la cosa se quedó en unos cuantos arrumacos y unas palabras en mi oído que decían que al día siguiente estaría sola en su casa durante todo el día y que si quería podía ir a verla todo el tiempo que quisiera.

No rechacé aquella invitación, pues sólo por la tenue voz con la que me dijo aquello casi me derrito. Prometí que estaría allí a primera hora de la mañana, así que pensamos que lo mejor sería volver pronto a casa para dormir bien y estar completamente despejados al día siguiente. Antes de meternos en el coche de nuevo para volver a Alcalá nos quedamos como dos idiotas mirando los últimos rayos de sol brillando sobre Madrid sin saber que para mucha gente serían los últimos que verían.

A primera hora de la mañana cogí el coche y me acerqué al chalet donde vivía. Por las casualidades del destino aquel día no puse la radio ni miré las noticias en Internet al levantarme como suelo hacer. Llegué a casa de Blanca sin darme cuenta del inusual silencio que reinaba en la ciudad a esas horas, así que cuando llamé a la puerta y me abrió con el rostro congestionado de llorar y llorar me quedé bastante extrañado. Ante mi pregunta sobre qué le ocurría sólo me dijo “¿Has visto la televisión?”. Eran las nueve de la mañana del 11 de Marzo de 2004.

Los dos nos sentamos en el sofá de su salón sin poder quitar los ojos de aquel televisor. Las imágenes de las estaciones de tren, del caos de las ambulancias, las primeras declaraciones de los políticos… todo aquello nos estaba machacando el alma y entendimos que aquel no era el mejor día para vernos, de modo que me fui a casa destrozado por dentro pensando en la tarde anterior y en aquellos rayos de sol bañando la ciudad de Madrid sin saber la desgracia que llegaría con el nuevo amanecer.

Nunca volví a saber nada de Blanca: me borró del messenger, jamás contestó a ningún e-mail ni a ninguna de mis llamadas. Por un tiempo pensé que aquella personalidad tan variable le podría haber llevado a hacer alguna tontería, pero varios años después me llevé una de las mayores sorpresas de mi vida en el lugar más inesperado: comprando una cámara digital en Mediamarkt me dirigía a pagar y al ponerme en la cola me llamó la atención que la cajera era bastante alta y tenía unos rasgos muy distintivos.

Con gran asombro me di cuenta de que aquella chica era Blanca; y no sé por qué, pero en apenas unas décimas de segundo decidí que no me apetecía encontrarme de golpe con todo ese tiempo pasado ni tampoco hacer como que no nos conocíamos. Opté por dejar la cámara en su estantería y salir por la salida sin compra, evitando así aquel encuentro con un pasado que ahora recuerdo y me sigue pareciendo una de las cosas más extrañas que me han ocurrido en la vida.

No sé qué llevó a Blanca a borrarme de su vida de un plumazo: puede que inconscientemente asociara mi recuerdo con el dolor de la desgracia ocurrida en Madrid, que la experiencia de aquella noche en Ciudad Universitaria le hiciera sentir mal una vez que se sentó en casa a pensar en todo aquello con serenidad… Sea como sea, esos días marcaron un punto de inflexión en mis relaciones amorosas. A partir de aquí hubo más desastres sentimentales, pero ni mucho menos tan extraños como éste que marca el final de “Amores Caducos”: una búsqueda entre lo más profundo de mis recuerdos que me ha hecho comprender que en el complejo mundo del amor siempre hay lugar para la sorpresa.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo VII

23 02 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

http://luipermom.wordpress.com/amorescaducos

1476

Paula era una compañera de universidad que conocí a mitad de carrera y de cuyo acento me enamoré tras un par de conversaciones intrascendentes entre clase y clase. Por casualidades del destino coincidimos en la biblioteca en más de una ocasión estudiando para los exámenes y al final, poco a poco y sin saber muy bien por qué, empezamos a tontear hasta que un buen día ella me invitó a su casa para preparar juntos la asignatura de física aprovechando que teníamos el examen final más o menos sobre las mismas fechas. Sobra decir que entre aquellas paredes lo único que no hicimos fue estudiar y al final ni ella ni yo nos presentamos a aquel examen porque las posibilidades de aprobar eran inversamente proporcionales a las ganas de quedarnos un rato más entre las sábanas de su cama.

Aquella chica era de Asturias, pero había venido a estudiar a Alcalá aprovechando que una prima suya tenía casa aquí; un piso que estaba casi siempre vacío porque sus dueños se pasaban jornadas enteras fuera por asuntos de trabajo. Fue precisamente en aquella casa donde todo comenzó y donde todo empezó a terminar entre los dos, ya que en última instancia la pasión incontrolable que compartíamos, junto con la inestimable ayuda de un ex-novio suyo, acabó por arruinar la relación del modo más doloroso posible.

De cualquier modo he de reconocer que guardo muy buenos recuerdos de aquella historia, ya que con el tiempo he sido capaz de dejar a un lado las cosas malas y quedarme sólo con los días más dulces: frescos besos en el agua de la piscina a última hora de la tarde, predicciones de futuro en un banco del parque, el origen de mi afinidad por el aroma a coco, mañanas enteras de compras por Torrejón, los dos durmiéndonos en el sofá del salón mientras veíamos la televisión después de comer… Fue un comienzo de verano realmente increíble en el que me sentía en la cima del mundo. Sin embargo aquella sensación no duraría mucho tiempo, pues cuando ella se fue a pasar 15 días a Langreo (su pueblo; muy cerca de Oviedo) y yo marché como cada verano a pasar una temporada en Oropesa, las cosas cambiaron radicalmente.

De hecho, recuerdo que ella partió apenas unas horas antes que yo, así que me tocó ver cómo su coche se alejaba cargado de maletas calle arriba haciéndose cada vez más y más pequeño… En ese instante, aunque los dos dijimos que nos echaríamos de menos y que ojalá los días pasaran rápido, tuve la terrible sensación de que no volveríamos a estar juntos nunca más y que aquellas semanas tan felices habían terminado. Paula podía decir todo lo que quisiera, pero en realidad estaba contenta por  irse a su pueblo; y no digo que no debiera estarlo, pero lo que decía no se correspondía con lo que sentía, y eso es algo muy peligroso. En cuanto el coche dobló la esquina me di la vuelta y me encaminé hacia mi verdadera casa mientras grandes lágrimas rodaban por mis mejillas tratando de ocultar mi silencioso llanto al mundo escudándome tras unas grandes gafas de sol.

En ese momento pesaban mucho en mí todos los buenos momentos vividos en las últimas semanas porque me dolía pensar que se marchaban para siempre en aquel coche azul: Paula se había encariñado de tal modo conmigo que me decía que no podía entender cómo había podido estar anteriormente con un chico de su pueblo que siempre definía como “un yonki pastillero” y que se daba cuenta de que la relación con aquel tío no era más que sexo salvaje, porque más allá de aquello el tal Arturo no tenía nada especial. Me confesaba, por ejemplo, que jamás habían tenido una conversación cariñosa al despertar juntos como las que teníamos nosotros. Yo me sentía muy especial cuando me decía que conmigo tenía la suerte de tenerlo todo y ser plenamente feliz en todos los aspectos. Por primera vez en su vida sentía que alguien la quería de verdad, y cada vez que decía palabras como aquellas yo pensaba que por fin, tras tantos descalabros sentimentales, había encontrado el amor de mi vida.

El caso es que todavía sin recuperarme del todo del disgusto llegué a Oropesa al día siguiente y allí estaban mis amigos y amigas de toda la vida, a los que no tardé en contar lo bien que me sentía con Paula y la suerte que tenía de estar a su lado. No les iba a confesar nada más llegar mis malas sensaciones en la despedida de mi chica, así que no me compliqué y traté de no mezclar mucho esos dos mundos que no tenían absolutamente nada en común el uno con el otro. Sin embargo, precisamente por ser mis amigos y compartir con ellos muchas horas del día y de la noche, pronto comenzaron a notar cosas un poco extrañas en mi comportamiento; y es que Paula apenas me llamaba y las pocas veces que hablábamos parecía como si le molestara que yo formara parte de su vida. Algo que evidentemente me hacía sentir triste y corroboraba mis malos presagios cuando Paula marchó pocas horas antes.

Los días fueron transcurriendo sin demasiados cambios hasta que una noche aciaga de Sábado en la que recorrimos media localidad para encontrar un bar en el que poder sentarnos a tomar algo los quince integrantes de nuestro grupo (era Agosto y todo estaba llenísimo) las cosas se empezaron a torcer peligrosamente; tan peligrosamente que mi teléfono acabó apagado al final de la noche y yo con la firme intención de no encenderlo nunca más gracias a la persona que una semana antes me decía que quería pasar conmigo el resto de su vida.

Lo que sucedió es que ante la falta de noticias de Paula y lo mucho que la echaba de menos se me ocurrió llamarla sobre la medianoche para ver si me contaba cualquier cosa que me hiciera sonreír, así que me levanté un momento de la mesa, me alejé unos metros y saqué mi teléfono del bolsillo. Marqué su número y… ¿qué me encontré? Pues que Paula era una completa extraña; como si hubiera llamado al teléfono de otra persona. En ese momento no sabía si realmente era ella, si se había quedado amnésica… y por un momento dudé si habría marcado mal; pero sin embargo era su voz la que estaba a otro lado del teléfono diciendo: “¿Sí, quién es? ¿Sí?”… Y yo, pensando que realmente no me escuchaba por algún fallo técnico, decía en voz alta “Paula, soy Luis, ¿me oyes?, ¿Paula?”. Sin embargo, una voz de chico cercana y nítida al  otro lado del teléfono me devolvió de un mazazo a la realidad cuando dijo “¿Pasa algo, Paula?” a lo que ella dijo acompañado de unas risas, “No no, nada, se han equivocado” y a continuación colgó sin más.

En aquel instante mi respiración se detuvo y el brazo derecho cayó sin fuerza hasta quedar perpendicular al suelo con el teléfono colgando de la punta de mis dedos. No me podía creer que la que se supone era mi novia me hubiera ninguneado de aquella manera. Lo que había ocurrido sólo tenía una explicación posible, pero me negaba a asumirla así de primeras y tan de repente.

Ni siquiera me di cuenta de que mi amiga Irantzu (aquella chica que se me “autopresentó” en la playa años atrás) se había acercado a mi lado al darse cuenta de mi reacción. No sé qué cara se me quedó, pero por lo que me dijo minutos más tarde, nunca había visto a nadie con una expresión así en su rostro. De hecho mis amigos me contaron que por un momento pensaron que me estaba dando un mareo o algo así y que por eso Irantzu se acercó a ver si me encontraba bien.

Pese a que esa noche juré una y mil veces que no quería volver a saber nada de Paula, no pude evitar volver a llamarla al día siguiente para asegurarme de que todo aquello no era una simple pesadilla. Esta vez descolgó el teléfono y me escuchó a la perfección; pero cuando pedí una explicación sobre su falta de noticias, su cambio radical de actitud hacia mí desde que se fue a Langreo y, sobre todo, el numerito de hacía unas horas me dijo que tenía que entender que Arturo era alguien muy importante en su vida y que siempre iba a estar ahí. También comentó que desde que llegó a su pueblo sus amigas y su familia le habían estado diciendo que tener novio es un rollo, que aprovechara para pasarlo bien y que se olvidara de mí cuanto antes (y eso sin conocerme de nada. ¡Qué grandes personas!).

Con aquello que me estaba diciendo me quedaba bastante claro que Paula estaba conmigo en Alcalá porque no tenía a otra persona a mano y bastante me estaba doliendo ese hecho ya de por si. Sin embargo, por encima de eso, no me terminaba de convencer del todo aquello de que esa persona con la que Paula sólo tenía en común días de sexo salvaje en el pasado y que siempre era objeto de sus críticas por aquel cariño que no le daba y sus habituales “fiestas químicas” resultara ser ahora alguien tan importante y que estaba presente día y noche en la mente de la que se suponía era mi novia. No me cuadraba por ningún lado, así que como no quería prolongar más aquella agonía le pregunté directamente a Paula si se había acostado con Arturo la noche anterior.

Ella no tuvo excesivos problemas en darme la razón: me dijo que se habían encontrado, que se pusieron a recordar días pasados, bebieron un par de copas y al final acabaron en la cama como en los viejos tiempos. Añadió también que más o menos en esos momentos es cuando se me ocurrió la feliz idea de llamar por teléfono y que con Arturo delante no se iba a poner a discutir conmigo. Y lo más surrealista de todo es que me recomendó que no me enfadara por aquello, pues si se había acostado con él un montón de veces en el pasado no veía problema en hacerlo una vez más. -”¿Qué más da cien que ciento una?”- me dijo. Ante una frase tan cruel, evidentemente, me sentí la persona más estúpida y desgraciada del mundo.

En ese momento yo me encontraba sentado en unas rocas solitarias mirando cómo las olas iban y venían contra ellas, y al escuchar aquello sentí intensos deseos de lanzar el teléfono al fondo del mar ahogándolo allí para siempre. Ya era la segunda vez que me sentía realmente mal gracias al puñetero móvil y no iba a permitir una tercera. Sin embargo, pese a que la situación no se prestaba a ello, conseguí dominar mis impulsos destructivos y organicé unas palabras en mi cabeza con las que le dije a Paula que si tanto le gustaba ese tío, que se fuera con él y me dejara en paz de una vez.

Se notó que ninguno de los dos teníamos muchos deseos de hablar en ese momento. ¿Qué más nos quedaba por decir? Yo quería que Paula se olvidara de mí para siempre y ella parecía haber pasado ya otra página en su vida. Tras colgar el teléfono me quedé casi una hora sentado en aquella roca mirando cómo la espuma pintaba de blanco los riscos más próximos al agua mientras pensaba que, como si de una maldición se tratara, volvía a encontrarme sin amor como tantas veces en el pasado.

Tal vez no debí haberme hecho tantas ilusiones con aquella relación, podría habérmela tomado como algún tipo de “rollo largo” y así no me hubiera afectado tanto aquel final tan abrupto. Quizás aquello que había ocurrido no era tan extraño de todos modos en los tiempos que corren y el problema fue que no supe captar los mensajes que Paula me enviaba codificados en sus silencios… Todas las explicaciones que me podía montar en mi cabeza parecían tener sentido, pero la verdadera historia era que Paula se había acostado con su ex-novio y no tenía el menor remordimiento de conciencia. Teniendo eso en cuenta comprendí que no debía tratar de echarme demasiadas culpas de aquel fracaso, así que me levanté de la roca y opté por dar un largo paseo para empezar a olvidarme de ella.

Nunca volvimos a cruzar una palabra, no volví a escuchar su dulce acento del Norte ni a ver sus bonitos ojos verdes porque tras aquel verano loco se matriculó de la misma carrera pero en la universidad de Oviedo (ignoro si para estar más cerca de Arturo, más lejos de mí o por cualquier otro motivo). Es posible que en casa de su prima siga el libro de física que aquella mañana dejé olvidado sobre su escritorio; y en tal caso, si no las borró en su momento, en él seguirán escritas las notitas cariñosas que nos dejábamos en los márgenes de las hojas cuando estudiábamos juntos en la biblioteca.

Tras aquella experiencia tan humillante tal vez lo más recomendable hubiera sido dejar el amor como una asignatura imposible en mi vida. Sin embargo, un tiempo después me atreví a dar otro salto al vacío obteniendo a cambio la historia de amor más breve y más extraña que he vivido jamás y que pondrá el punto final a los relatos de “Amores caducos”.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo VI

16 02 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

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1477

Eva y yo nos conocíamos ya de veranos anteriores, pero esta vez se dio la circunstancia de que ninguno de los dos teníamos pareja en aquellos momentos. Las mañanas al sol, la gran cantidad de tiempo libre y unos amigos empeñados en juntarnos hicieron el resto; pero el problema vino cuando quisimos prolongar esa relación más allá del típico “rollete de verano” que todos hemos tenido en alguna ocasión.

Recuerdo bien cómo comenzó lo nuestro: nos conocimos años atrás sin que ocurriera nada entre nosotros, pero en aquellas vacaciones, tras unos cuantos días de mutuo tonteo y comentarios subiditos de tono por ambas partes, nuestros amigos nos dejaron solos al sol en una mañana de playa y de ese modo, como quien no tiene otra cosa que hacer, Eva y yo nos fuimos acercando poco a poco hasta que nuestros labios acabaron encontrándose. En ese momento pensé que había sido una casualidad del destino, pero con el tiempo me enteré de que todo el mundo se había puesto de acuerdo en dejarnos allí a los dos un par de horas “para ver qué pasaba” como si de dos cobayas de laboratorio (o dos concursantes de Gran Hermano) se tratara.

El caso es que Eva y yo pasamos muchas horas juntos durante aquellos días de vacaciones, y por lo tanto tuvimos tiempo de compartir anécdotas, confidencias y revelaciones del pasado. Poco a poco ella fue dándome detalles de su vida pasada, comentándome como si tal cosa que yo era el chico número cincuenta y dos (hay cifras que uno no olvida) en su historial amoroso y dejándome claro que en Madrid era la auténtica reina de la fiesta capaz de salir de casa un jueves por la noche y no aparecer hasta el domingo a la hora de comer habiendo recorrido todas las discotecas y afterhours de la ciudad. Lo de ser “el chico cincuenta y dos” me hacía sentir un poco como la muesca en la culata de un revolver que da cuenta de cada muerte cumplimentada por tal invento del demonio, pero algo dentro de mí me decía que tal vez no fuera para tanto la cosa y Eva estuviera exagerando para quedarse conmigo o simplemente impresionarme un poco.

No obstante, si me tomaba aquello en serio, era evidente que aquellas costumbres fiesteras de Eva eran algo completamente diferente a lo que yo solía (y suelo) hacer los fines de semana. Mi concepto de “salir por ahí” abarca un poco de todo: desde ir a tomar un café para charlar un rato hasta un par de horas de marcha, un paseo por el monte, ir de safari fotográfico o volar una cometa de madrugada; pero ni mucho menos era capaz de convertirme de repente en un clubber ibicenco capaz de aguantar varias noches seguidas sin dormir.

Sin embargo, allí en la playa Eva no era más que una de tantas personas que pasan las horas de sol entre agua y arena y por las noches sale a la típica terraza junto al paseo marítimo a tomar una cerveza aprovechando las horas más frescas de la jornada. Nada que hiciera sospechar que el cambio al pisar el asfalto de la ciudad fuera tan radical, pero los amigos que teníamos en común daban fe de que en temas fiesteros Eva tenía una cara (la que yo estaba viendo esos días) y una cruz que salía a la luz de la luna en las calles de la capital.

Aquella diferencia tan grande entre los dos ya me hacía darle muchas vueltas a la cabeza; pero yo no veía más allá del presente y me dejaba llevar en aquellos días a la vez que le hacía ver a Eva que pasado el verano aquello debería terminar. Al fin y al cabo los dos estábamos bien y no hacíamos daño a nadie por pasar juntos aquel tiempo de despreocupación veraniega, pero fuera de aquel lugar la cosa no tenía muchas posibilidades de llegar a buen puerto. Ella se mostraba de acuerdo con aquello que le decía, pero siempre dejaba una puerta abierta a la esperanza en forma de “bueno, nunca se sabe” y a continuación sellaba mis labios con un beso.

Los días pasaron con rapidez. Dicen que eso es que se está disfrutando del tiempo, y he de admitir que así fue. Fueron jornadas felices, sin preocupaciones de ningún tipo y llenas de baños en la playa, horas de sol y conversaciones nocturnas. Tanto fue así que casi no me di cuenta de que el día del regreso de Eva a Madrid estaba a la vuelta de la esquina, y en la mañana que su autobús partía de una plaza llena de sauces reconozco que sentí una pena tan grande que hasta a mí mismo me sorprendió. Me encontré de repente llorando junto a los padres de otra amiga de Eva a los que se contagiaron mis lágrimas sin saber muy bien por qué.

En los días siguientes apenas salí de casa. No me apetecía hacer nada, y pese a que todos mis amigos y amigas seguían pasando sus días de vacaciones en aquella localidad costera yo sólo tenía ganas de volver a Madrid para ver a Eva. Algo de ella había quedado dentro de mí y sólo podría sacármelo viéndola en aquel lugar donde decían que tan poco se parecía a la chica que había besado bajo el sol aquella mañana de Julio.

Mis recuerdos de los últimos días de vacaciones de aquel año son bastante difusos: apenas distingo una cena en una pizzería, un par de baños en el mar, algo de estudio y muchos paseos en soledad al atardecer. Así fui pasando el tiempo hasta que llegó el día de mediados de Agosto en el que debía volver a Alcalá. Y no dejé pasar ni veinticuatro horas más hasta que pude ver a Eva en la estación de Atocha de Madrid.

Era Domingo a primera hora de la tarde y habíamos quedado en el exterior de la estación. Llevaba ya una hora esperando y Eva todavía no había aparecido por allí. Me entretuve mirando el constante juego del gato y el ratón que por allí practicaban los vendedores de CDs piratas y la policía. Así al menos se me pasaron aquellos minutos con más rapidez que si sólo me hubiera dedicado a pensar que tal vez había decidido dejarme allí plantado. Sin embargo, cuando empezaba a barajar la posibilidad de volver a Alcalá sin más (o de acercarme al Corte Inglés para al menos aprovechar el viaje comprando algo) Eva bajó de un autobús y nada más verla se me cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos el recuerdo que tenía de ella forjado a base de besos y caricias en aquellos días de verano.

Tras unas inmensas gafas de sol que se quitó momentáneamente para darme un beso se ocultaban unas no menos grandes ojeras que para mí eran desconocidas hasta el momento. Su ropa era más propia de un Sábado noche que de una tarde de Domingo, tenía los labios medio pintados, los ojos medio desmaquillados y la voz completamente rota. Sus pantalones eran blancos, pero del tobillo para abajo habían adquirido un tono indescriptible mezcla de polvo, ceniza y algún líquido no identificable… en definitiva, un aspecto que me hacía sospechar lo que me contaría minutos después sentados en una cafetería cercana a la estación: no había pasado por casa desde el Viernes por la noche. Había dormido málamente un par de horas en casa de su abuela el Sábado por la mañana y durante el día de hoy ni siquiera habido podido despuntar el sueño, pues había salido de un after situado en un polígono industrial de las afueras casi a mediodía y desde entonces sólo había tenido tiempo de tomar un café y un bollo en un puesto cerca del rastro (de ahí su retraso a la hora de encontrarnos). Cuando le dije que me podía haber mandado un mensaje o algo para advertirme me dijo que no podía porque había perdido el móvil el Viernes y ni siquiera era capaz de decirme dónde. Había pensado en llamarme desde una cabina, pero cuando metió un euro en ella se dio cuenta de que no recordaba mi número.

Mientras me contaba todo aquello con una naturalidad pasmosa me di cuenta de que aquella chica que tenía delante no se parecía absolutamente nada a la Eva que conocía. Ni rastro de la chiquilla soñadora que desafiaba a las olas de mi mano, ni de la contadora de estrellas, ni de aquellas pecas que ahora estaban cubiertas de una gruesa capa de maquillaje medio derruido. Aquello que contaban entre risas de la doble vida de la Eva de la playa y la Eva de Madrid no sólo era cierto sino que se quedaba bastante corto comparado con la realidad contra la que estaba golpeándome de frente.

Y no es que yo tuviera nada en contra de su modo de divertirse. Al fin y al cabo cada uno es muy libre de elegir qué hacer con su vida y su tiempo; pero sí que es cierto que el hecho de que Eva en Madrid fuera una tenue reflejo de la que era en la playa me hizo disipar todas las dudas sobre una posible continuación de nuestra relación. Al menos esta vez no hubo malos modos, amenazas ni nada parecido; pues con una tranquila conversación le hice ver que eramos dos personas que apenas tenían nada en común entre los edificios de la gran ciudad. Eva me dio la razón; no pareció sufrir demasiado con lo que le estaba diciendo, y eso me alivió bastante, pues lo que más temía en ese momento es que su hundiera o montara en cólera allí mismo.

Un rato después nos despedimos con un largo abrazo y lo último que me dijo justo antes de subir a su autobús fue “buena suerte”. Nunca más volví a verla por la playa pese a que años después me contaron que volvió alguna vez por allí; sólo que en esa ocasión no fue con sus padres, sino con unos amigos en plan fiestero y durmiendo en la playa. Supongo que al final la chica de Madrid acabó venciendo a la de la playa.

Evidentemente no puedo reprocharle nada a Eva: juntos pasamos unos días de verano muy bonitos y parecíamos hechos el uno para el otro. Pero no es lo mismo la cercanía y el ambiente de un pequeño lugar costero que el caos oscuro y macilento de Madrid con sus más de tres millones de habitantes; y sobre todo es muy diferente compartir lugares de ocio y amigos que llevar vidas completamente opuestas durante el resto del año. Aquel verano que compartimos fue un premio para los dos; y creo que es bonito recordarlo así.

Al final Eva siguió con su vida y yo continué sin amor hasta que años más tarde me topé en la universidad con una chica de piel blanca, ojos verdes y acento delicioso. Aquella fue una relación en la que, casi sin darme cuenta, pasé de ser la persona más feliz del mundo a sentirme un completo desgraciado pero, puesto que la historia es larga, permitidme que os la cuente en el próximo capítulo.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo V

9 02 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

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luis-solitario

Mi relación con Beatriz duró aproximadamente un año y medio, pero he de reconocer que los últimos meses fueron un tormento que me amargó el carácter y me hundió bastante al verme distanciado de mis amigos de toda la vida. De primeras podría parecer que la culpa de nuestra ruptura fue única y exclusivamente de sus enfermizos celos, pero con el tiempo comprendí que también fue responsabilidad mía por no saber atajar los problemas a tiempo y de raíz.

Todo comenzó en la misma academia a la que iba a aprender inglés a principios de los años noventa. Esta vez no eran los idiomas lo que me ocupaba, sino las matemáticas de COU, que me estaban complicando la existencia y me hacían necesitar alguna ayuda externa para poder aprobarlas sin problemas y así conseguir plaza en alguna ingeniería de la universidad de Alcalá.

Beatriz estaba en la misma tesitura que yo, por lo que eramos compañeros de clase. No había tanta gente dispuesta a recibir lecciones de matemáticas en mi barrio, así que todos los implicados estábamos en una misma aula que actualmente es el despacho de una empresa de construcciones debido a que la academia cerró hace ya unos cuantos años.

Centrándonos en aquella relación, hay que destacar que fue mi primer amor correspondido; y la verdad es que todo surgió de una forma mucho más sencilla e inocente de lo que pudiera haber imaginado hasta el momento. Con los primeros brotes de la primavera comencé a acompañar a Beatriz hasta la parada del autobús tras las clases para luego volver a mi casa a comer y así, día a día fuimos cogiendo una cierta confianza tratando desde los temas estrictamente académicos hasta cosas más personales. Finalmente, un día justo a la mitad del camino, me detuve a su lado y le pregunté que si podía darle un beso; algo a lo que accedió encantada. Era un tres de Marzo, y lo cierto es que todavía paso a diario por aquella baldosa que ahora está rota gracias a las raíces de un árbol cercano que decidió quitar de en medio otro recuerdo más de una relación que acabó estallando en mil pedazos.

No recuerdo muy bien los primeros meses de aquella historia; pero sí que me acuerdo de una mañana en la plaza de Cervantes, recién aprobada la selectividad, cuando le dije que una vez comenzados nuestros estudios en septiembre la relación no volvería a ser igual por el poco tiempo que tendríamos para vernos. Ella vivía en Torres de la Alameda, y pese a que es un pueblo no demasiado alejado de Alcalá sí que obliga a coger una fea carretera hasta llegar a él. En aquellos tiempos no disponíamos de coche ninguno de los dos, y aunque durante los primeros compases del verano nos veíamos casi a diario a base de escapadas del uno y del otro en los autobuses que unían nuestras dos localidades, todas las horas del día nos parecían pocas para estar juntos.

Beatriz estaba muy bien cuando me tenía cerca; pero en el momento que nos alejábamos la cosa cambiaba. Lo comprobé durante los días que me fui a la playa en aquel verano, aunque yo interpretaba sus múltiples llamadas al móvil como un signo de cariño y añoranza por su parte. Aquellos días pasaron deprisa y enseguida seguimos viéndonos a diario como antes de mis días en Oropesa (y los de Beatriz en Zaragoza con su familia) pero no me faltaba razón cuando dije aquella frase en el mes de Junio: una vez que comenzaron las clases nuestra relación comenzaría a cambiar peligrosamente y los felices primeros días nunca más volvieron del todo.

Ella ingresó en la universidad para estudiar ingeniería informática y yo me quedé a un par de décimas de entrar en ingeniería industrial; de modo que opté por empezar a estudiar un ciclo formativo de programación en un instituto de Alcalá para aprovechar el tiempo y optar a la plaza universitaria al año siguiente. Beatriz contaba con que estaría cerca de ella durante las clases (ambas ingenierías se dan en la misma escuela) pero como al final nuestros destinos estudiantiles se separaron ligeramente la cosa empezó a pintar mal.

Las llamadas a mi móvil en medio del recreo empezaron a ser frecuentes: más allá de un “¿qué te cuentas?” o “¿qué tal van las clases hoy?” lo que Beatriz preguntaba siempre de forma mecánica era “¿con quién estás?”. Y daba igual cuál fuera mi respuesta, porque dijera lo que dijera ella siempre soltaba con indiferencia un “Sí, seguro” que me generaba cierto mal rollo y me hacía pensar que aquella actitud no podía ser muy normal pese a ser un completo inexperto en algo tan abstracto como el amor.

Jamás le di motivos a Beatriz para estar celosa, pues le dejé claro desde el primer momento que si estoy con alguien es para estar con esa persona al 100% y no buscarme rollos raros ni problemas de mala conciencia. Siempre he tenido muy claro en todas mis relaciones que cuando estás junto a alguien estás con esa persona y punto. Y puedes relacionarte con mil gentes de ambos sexos porque vivimos en sociedad, pero tu pareja es tu pareja en todo momento y eso siempre está presente.

Pues bien, lejos de entender mi postura y aplacar sus celos, la cosa fue poco a poco creciendo todavía más. No se fiaba de nadie: empezó con mis compañeras de clase, luego con mi amigo Miguel (le odiaba a muerte sin conocerlo y todavía no sé muy bien la razón) y terminó por no soportar tampoco a mi amigo Fernando, ya que Beatriz tenía la paranoia de que cuando quedaba con él para jugar al ordenador o dar una vuelta en coche en realidad “nos íbamos de putas” (Beatriz dixit).

El problema (y aquí es donde viene mi parte de culpa en el desastre final) es que lejos de luchar contra aquello y tratar de hacer ver a Beatriz que yo podía tener mis amistades sin que eso perjudicara en absoluto a nuestra relación, empecé a plegarme a sus exigencias y poco a poco fui dejando de lado a mis amigos, mis compañeros, mi gente de toda la vida… hasta que al final acabé por estar completamente hipotecado a ella sin más compañía ni más expectativas que lo que a la señorita le apeteciera hacer. Salíamos los fines de semana a tomar algo, nos llamábamos todas las noches durante más de media hora y hacíamos el amor de vez en cuando; ese era todo nuestro plan, pues cualquier novedad era acogida con recelo por su parte. Creo que lo más innovador que hicimos durante todo el tiempo que compartimos fue ir al SIMO en una ocasión.

Lo más curioso del caso es que yo no podía tener amigos ni relacionarme con nadie más por si me “corrompía”; pero luego teníamos que quedar de vez en cuando con sus amigas y ella tenía licencia para pasarse el día hablando de ese compañero suyo de clase tan maravilloso y que tanto la ayudaba con el álgebra. Y claro, pobre de mí si se me ocurría hacer la más mínima insinuación sobre por qué yo tenía prohibido el contacto con todo ser humano que no fuera ella, pues el broncazo, las malas caras y los gritos (lo que más me irritaba de Beatriz es que a la mínima de cambio te levantaba la voz) vendrían al instante. Si los dos hubiéramos sido la típica pareja que se aisla del mundo y no hace otra cosa que estar juntos lo podría entender, pero nuestro caso era un poco atípico. Y de verdad que ahora lo veo en perspectiva y lo que más me duele es que me callé como un idiota dejando que mis amigos de toda la vida fueran poco a poco despegándose de mí mientras Beatriz quedaba con quien quería sin ningún tipo de problema. No era justo, y era un peso que iba directamente a mi corazón cada vez más petrificado y que algún tiempo después entraría en erupción para terminar con aquella relación de un plumazo. Digamos que simplemente “superé mi límite de elasticidad” y me rompí. Sin embargo, no adelantemos acontecimientos todavía y dejemos que sigan transcurriendo los meses y los sucesos…

El segundo verano fue todavía peor que el primero: las llamadas se sucedían una tras otra a cualquier hora del día o de la noche. Podíamos pasarnos más de tres cuartos de hora al teléfono con un mal rollo considerable sólo porque cuando me llamaba me pillaba en la playa y en cuanto escuchaba voces de fondo ya se montaba una extraña película en la cabeza en la que yo era el dueño de un harem de cuarenta mujeres. Ella era incapaz de comprender que la playa es un lugar público atestado de gente que habla a gritos, pues sus infinitos celos podían con todo atisbo de razón. Si sonaba mi teléfono y no lo cogía no podía ser porque estuviera en la ducha o sencillamente no lo escuchara: para Beatriz o bien estaba con otra o había tenido un accidente de tráfico, pues estaba obsesionada con ambas cosas por igual en una paranoia negativista capaz de alterar los nervios de cualquier hijo de vecino.

Aquel verano fue una locura: lejos de disfrutar del tiempo libre me dedicaba a pasar las tardes en casa escribiendo cartas a Beatriz (por aquel entonces no tenía internet en el apartamento de la playa) para demostrarle que no hacía otra cosa que pensar en ella a todas horas. Sin embargo, ni siquiera eso conseguía calmar sus sospechas y sus celos, porque por muchas cartas que recibía, sus llamadas seguían produciéndose a cualquier hora del día o de la noche echándome broncas por los motivos más insignificantes y repartiendo a diestro y siniestro aquellos sonoros “si, seguro” que tanto me desesperaban. Recuerdo ese verano, sin lugar a dudas, como el peor de mi vida; y a partir de él comencé a comprender que aquella relación me iba a matar.

Sin embargo, volví de la playa y las cosas se aplacaron un poco. Incluso una noche logré que viniera una pareja de amigos a tomar algo con nosotros en un bar, aunque recuerdo bien que aquella vez Beatriz estuvo más callada que nunca y con la cara muy muy seria. De todos modos, el detalle que me hizo ver finalmente que aquello no me llevaba a ninguna parte fue la noche de la despedida de soltero de la misma pareja que nos acompañó aquella noche meses atrás.

Se casaban; sí, así de sencillo; hay gente que tiene mucha prisa en la vida y decidieron unirse en matrimonio. No sé si las cosas les irían tan bien como a nosotros, pero espero que no fuera así porque entonces no daría ni dos duros por aquella boda. El caso es que optaron por celebrar la despedida de soltero por separado: por un lado las chicas y por otro los chicos; y nos invitaron a ambos.

¿Qué ocurrió? Pues lo que ya os podéis imaginar: Beatriz me prohibió tajantemente que me fuera a la despedida argumentando que “no quería que me tirara a ninguna guarra” (Beatriz dixit); y aunque traté de hacerle ver que no había nada de malo en ir a la despedida de soltero de un amigo no me dio opción a elegir; o me quedaba en casa o me iba a enterar.

Lo que me dejaría con la boca abierta es que a continuación le dije que tendríamos que inventar algo para “escaparnos” esa noche y que no nos encontraran por ahí, pues sería un marrón no ir a la despedida de nuestros amigos y que luego nos topáramos con ellos en algún bar de Alcalá. Su respuesta fue que me lo inventara yo porque ella sí iría a la despedida de las chicas y “se lo pensaba pasar genial”. Era lo más surrealista que había visto hasta la fecha: ella me prohibía ir a mí a mi correspondiente despedida por si me despendolaba pero ella podía largarse a la suya y dejarme en casa muerto de aburrimiento.

Lo peor de todo es que fui tan estúpido que agaché la cabeza y acepté aquello a cambio de no tener otra bronca con ella; pero la noche de la despedida, leyendo en casa un libro de Stephen King titulado Apocalipsis, recuerdo muy bien lo humillado y lo bajo que me sentía: era el tío más idiota que había sobre la faz de la tierra en aquel momento porque a esas horas todos mis amigos, mis amigas y mi novia estaban pasándoselo de miedo en dos despedidas de soltero por todo lo alto mientras yo estaba en el salón, con el pijama puesto y leyendo un libro que hablaba de muerte y destrucción a nivel planetario. No fue una mala elección literaria, pues algo en mi corazón se murió aquella noche y Beatriz ya no pudo hacer nada por revivirlo.

Los siguientes meses fueron bastante apáticos: la vida siguió su curso y al final acabé entrando en la universidad para estudiar mi ansiada ingeniería industrial. Aquello, lejos de unirnos un poco más (buena falta nos hacía) nos distanció todavía más porque Beatriz se pasaba el día oteándome en clase para ver con quién me juntaba; y bastaba que me viera intercambiando un par de palabras con mi profesora de física para tener un pollo monumental en el descanso entre clases. Llegué a un punto en el que tan sólo con ver la cara con la que ella entraba por la puerta del aula ya sabía si iba a tener 5 minutos tranquilos o bien me esperaba una breve e intensa lluvia de reproches y lamentos.

Me convertí en una persona triste y solitaria, con miedo, que llegaba a clase, no se relacionaba apenas con nadie y casi pedía perdón mentalmente a Beatriz cuando cualquier persona le hablaba sobre lo que fuera. Aquel Luis ni siquiera se parecía al Luis alegre y abierto con la gente que siempre fue; por lo que en una mañana soleada, al levantarme de la cama, me puse a hacer balance de lo que se había perdido por el camino en los últimos meses y comprendí el negro futuro que me esperaba si aquello duraba más tiempo; así que tras un par de días de lloros, disgustos y mucho pensar decidí que aquello se había terminado y le dije a Beatriz que no podía seguir a su lado ni un minuto más porque me iba a acabar volviendo loco.

Cuando me preguntó encolerizada que si había pensado bien aquello que estaba diciendo y yo afirmé sin dudas ni titubeos, me respondió con una sonora bofetada y un ultimatum que todavía retumba en mis oídos: “Si no estás conmigo te odiaré toda la vida” (Beatriz dixit). A partir de ahí nos cruzamos unas cuantas veces por los pasillos de la universidad como si fuésemos completos desconocidos y me enteré de que poco después estaba con otro chico porque cada vez que me veía se colgaba de su cuello y se lo comía a besos en un fallido intento de hacerme sentir mal.

Por mi parte, transcurrió casi un año hasta que me atreví a darle una nueva oportunidad al amor. Oportunidad que me llevó a conocer de primera mano cómo es capaz de cambiar una persona según los ambientes en los que se mueva; pero eso es una historia que os contaré en el próximo capítulo.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo IV

2 02 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

http://luipermom.wordpress.com/amorescaducos

cap-3

Estaba yo en mi sombrilla tranquilamente tumbado al sol en primera línea de playa cuando una chica rubia, muy alta, de intensos ojos verdes y bikini amarillo se acercó y me dijo unas palabras que no he olvidado todavía: “Hola, ¿cómo te llamas? Soy Irantzu, ¿te vienes a dar una vuelta por la orilla?”.

En ese momento me quedé petrificado, pues era la primera vez que me ocurría algo así. Que un bombón como aquel se autopresentara de aquella manera sólo ocurría en ciertas películas para adultos; y con la suerte que tenía en temas amorosos enseguida me puse a pensar dónde estaría la cámara oculta. Sin embargo, pese a todos los contratiempos vividos durante esos días, aquel encuentro dio lugar a una de las más grandes amistades que he tenido y que terminó muchos años más tarde por culpa de un novio bastante vividor y unos padres excesivamente proteccionistas.

Detrás de la radiante belleza de Irene se escondían dos chicas mas: Noelia y Virginia. La primera también rubia, con pecas, ojos azules, bikini a juego y del Norte, algo que noté en cuanto se presentó. Virginia, sin embargo, no era nada espectacular y tal vez por ello es la que más me llamó la atención una vez recuperado del “susto” inicial. Era de León, sin acento alguno, no muy alta, morena, con los ojos marrones y un bikini negro, pero a mí enseguida me cautivó porque parecía la más introvertida de las tres. Había un lado oculto en Virginia que enseguida quise descubrir, por lo que mi interés se centró (tonto de mí) sobre ella más que en sus dos amigas.

Recuerdo con claridad aquel día: dimos una vuelta por la mañana en la playa y otra por la tarde en dirección al puerto deportivo de Oropesa. La idea de aquellas tres féminas era formar un grupo grande para salir durante el verano todos juntos, y a mí me eligieron primero por la sencilla razón de que “estaba cachas” (era mi época de ir al gimnasio un par de horas todos los días). No es que fuera un motivo muy profundo, pero había pasado de estar tumbado al sol aburrido a pasear junto a tres chicas muy atractivas, de modo que por un día fui la envidia de la playa y podía sentir cómo se giraban multitud de cabezas de chicos de mi edad a nuestro paso.

Sin embargo, las “rarezas” de Virginia no tardaron en salir a la luz: inexplicables cabreos entre las tres chicas, disgregación del minigrupo, extraños globos sonda comentando en voz alta la posibilidad de “fichar” a otro chico para ver si me ponía celoso… una serie de cosas un poco surealistas que consiguieron que durante mis dos últimos días en Oropesa nos quedáramos a solas Raquel y yo sin que supuestamente supiéramos nada de las otras dos integrantes de aquel cuarteto porque habían decidido irse por su cuenta (o al menos eso es lo que Virginia me contó).

Recuerdo sobre todo la última noche de aquel verano, pues al día siguiente volvía a Alcalá a primera hora de la mañana y decidimos dar una vuelta por la playa para despedirnos. Virginia se puso una falda negra realmente bonita y se recogió el pelo en un moño que le favorecía bastante. Tenía algo especial en aquella ocasión; y es que tras haberla visto durante gran parte del verano, esa noche notaba algo distinto en ella. A día de hoy puedo entender con claridad qué es lo que buscaba Virginia tratando de llevarme hacia los parajes más recónditos de la Playa de Morro de Gos, pero aquella noche no era capaz de pensar con claridad porque me cegaba la idea de que al día siguiente me marcharía y todo lo que ocurriera entre nosotros sólo contribuiría a hacernos sentir peor una vez separados.

Supongo (bueno, ahora estoy seguro) que aquello sentó muy mal a Virginia. Tal vez no estuviera muy acostumbrada a que le dijeran que no a nada, pero el caso es que la despedida en su portal fue una de las más frías que recuerdo en toda mi vida (soltó un seco “adiós” al tiempo que daba media vuelta) y a partir de ahí trató de lanzar todos sus misiles nucleares contra mí; algo que consiguió debilitar mi estado de ánimo durante una buena temporada.

Pocos días después de regresar a Alcalá me llegó una carta de la propia Virginia escrita desde la playa. En ella me contaba que nada más irme conoció a un chico con el que se lió, que casi se quedó embarazada y que se pasaban todo el día sólos en el apartamento que los padres de él tenían a escasos metros de donde ella veraneaba y al que ese verano había ido sólo. Aquellos párrafos describían todo tipo de experiencias sexuales con una meticulosidad que ya quisiera el infame consultorio para temas de pareja que incluía la revista Vale y que Irantzu leía con fervor, por lo que no sabía muy bien cómo interpretar toda aquella literatura erótica que yo no había solicitado.

Mi primera reacción al terminar de leer la extraña carta fue de indiferencia, pero al tiempo que la metía de nuevo en su sobre y la guardaba en lo más profundo del cajón de los recuerdos pendientes de olvidar noté que algo se rompía dentro de mí. No sentía furia, no sentía desprecio, ni siquiera celos ni rencor… al fin y al cabo Virginia y yo sólo eramos un par de amigos que se habían conocido un verano; pero la sensación de haber desaprovechado algún tipo de oportunidad estaba muy presente en mi cabeza.

Me vine abajo, me sentí mal, me veía como un auténtico idiota que no sabía o no quería ver las cosas que ocurrían a su alrededor. La verdad es que ahora uno lo mira en perspectiva y se da cuenta de que no era para tanto el asunto; pero cuando tienes dieciocho años recién cumplidos y te das cuenta de que has perdido una oportunidad para descubrir nuevas sensaciones puedes llegar a tocar un fondo muy profundo. Pasé una mala época en la que mi autoestima bajó unos cuantos puntos: no hacía más que pensar que siendo tan soso y tan analítico jamás llegaría a encontrar a la chica de mi vida; y tantas vueltas le di al asunto que perdí las ganas de salir y, en general, de hacer las cosas.

Sin embargo en una de las primeras noches del otoño de aquel 1998 quedé con Fernando para ir a tomar algo y, sentados en su coche esperando a que se pusiera verde un semáforo por el que hoy en día paso a diario, me di cuenta de que tenía que olvidarme de aquello y pensar no en lo que me perdí, sino en las cosas que me esperaban en el futuro. Recuerdo con claridad que en la radio sonaba a todo volumen ”La carta” de Heroes del Silencio y que asumí su letra como guía espiritual hasta el punto de pedirle a mi amigo que antes de dirigirnos al bar de turno, me acercara a casa un momento para coger el sobre remitido por Virginia y romperlo en mi pedazos en medio de la Plaza de Cervantes.

Tal vez si no hubiera quedado con Fernando aquella noche mi desencanto hubiera durado más tiempo, pero por suerte pude darme cuenta a tiempo de que si me quedaba atrás nunca llegaría a nada; y el caso es que poco tiempo después conocería a Beatriz en la misma academia donde Montse intentaba tontear conmigo una década antes. Las casualidades de la vida; que ya empezaban a rondarme en aquella epoca…

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo III

26 01 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

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Esther fue otro de esos amores imposibles por los que te tiras a la piscina sin saber si habrá agua en el fondo. Como es habitual en mí acabé pegándome el costalazo, pero al menos no tengo un mal recuerdo de aquello y, de hecho, con el tiempo me he encontrado a Esther alguna vez sin miedo a hablar de aquellos tiempos.

Ella y yo nos sentábamos juntos en clase; concretamente por las primeras filas. Era la época en la que conocí a Fernando, a Alberto y a otras personas con las que sigo teniendo contacto, por lo que los recuerdos en general son buenos y agradables. Sin embargo, vamos a centrarnos en Esther y las circunstancias que rodearon a aquella historia:

Tenía los ojos azules y una bonita melena rubia; sin embargo no era eso lo que más me gustaba de Esther, sino su tímido gesto. Cuando le contaba algo gracioso (con ella aprendí lo importante que es hacer reír a la gente) su blanca sonrisa era el mejor de los premios, por lo que no tardé en convertirla en la musa particular de los textos que escribía en papel por aquellas épocas y que un día de estos tendré que rescatar del trastero para volver a echarles un vistazo de pura añoranza.

Esther tenia una amiga llamada Sara que le gustaba mucho a mi amigo Alberto, por lo que el plan estaba cantado: quedábamos los cuatro una tarde de Sábado y nos íbamos al cine a ver Independance Day (aquella película sobre una invasión extraterrestre en pleno 4 de Julio que protagonizaba Will Smith) para propiciar el acercamiento definitivo entre Sara y Alberto; aunque reconozco que al mismo tiempo deseaba que la fortuna también me sonriera a mí y ocurriera algo entre Esther y yo.

Tales eran mis esperanzas en aquello que incluso le compré a Esther, sin que ella lo supiera, unos pendientes de plata de los que todavía recuerdo su forma (y su precio) para dárselos después de la película. Sí, reconozco que ahora recuerdo aquello y se me vienen a la cabeza palabras como “pardillo”, “ingenuo” y demás calificativos similares; pero en aquel momento me parecía un gesto de una valentía asombrosa ante el que cualquier bella dama caería rendida a mis pies.

Llegó el Sábado, fuimos al cine, Sara y Alberto acabaron liándose en plena sala sin saber siquiera cómo terminaba la película mientras que Esther y yo… nada de nada. Nuevamente llegado el momento de plantarle cara al tema me venció la timidez y no fui capaz de articular palabra antes de que comenzara la película y mucho menos durante la misma; pero al menos después de ella, cuando nuestra pareja de amigos desapareció sin saber a día de hoy dónde fueron aquella noche, Esther y yo empezamos a charlar de cosas intrascendentes de camino a su casa y gracias a eso comencé a sentirme mucho más tranquilo que en la cola del cine un par de horas antes.

Hasta tal punto me relajé que opté por sacar fuerzas y “confesar” mi plan de los pendientes y todo lo demás; algo ante lo que ella se rió para darme a continuación un casto beso en la mejilla y una caricia en el cuello mientras sus ojos brillaban bajo la luz de las farolas; una escena que todavía no he olvidado porque lo considero uno de los momentos más bonitos y emotivos que me ha tocado vivir hasta el momento.

Hablamos mucho aquella noche, y al final le regalé los pendientes igualmente. Estaba claro que Esther no quería tenerme como novio, pero sí que me apreciaba como amigo y confidente; de modo que emprendí camino hacia mi casa de madrugada un poco triste pero con la extraña sensación de ser una especie de amable y cortés caballero andante.

Esther y yo tuvimos muchos meses de amistad dentro y fuera de los muros del instituto, pero cuando terminamos nuestra etapa de formación entre aquellas paredes cada uno tomó su camino y pasaron muchos años hasta que volvimos a saber el uno del otro.

Con la marcha de Esther llegaron malos tiempos para el amor y peores para la autoestima. Hasta aquel momento mis fracasos amorosos fueron bastante inocentes porque las chicas con las que me había topado eran buenas personas, pero Virginia y su mala fe cambiarían muchas cosas dentro de mí en el verano de 1998.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo II

19 01 2009

NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:

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Me gustaba Alba porque era tímida; pero no lo era tanto como yo creía. Alba era una chica del instituto que estudiaba primero de BUP en la clase de mi amigo Jesús y que desde el primer día me llamó la atención por su facilidad para ruborizarse a la mínima de cambio. Siempre he dicho (y lo sigo manteniendo) que las chicas excesivamente lanzadas me cortan bastante y me dejan sin saber qué decir ni hacer. Puesto que además por aquella época yo era de lo más tímido que uno se podía echar a la cara, encontrar a alguien como Alba era un auténtico regalo del cielo.

El problema es que a esas edades la gente de las aulas diferentes a la propia es como si fuera de otro país. En el instituto no es algo tan acusado, pero en el colegio sí que era una frontera insalvable (aunque yo la atravesara en aquellas furtivas conversaciones con Begoña). Sin embargo, al estar mi amigo Jesús de por medio sí, que tuve oportunidad de coincidir en más de una ocasión con Alba y su grupo; aunque he de reconocer que mi secreta admiración por ella nunca tuvo correspondencia por su parte.

Fue al comienzo del curso siguiente cuando me llevé una gran sorpresa el día que salieron las listas de alumnos que conformarían cada clase: Alba estaba en la mía (o yo en la suya) así como Jesús y otra gente del mismo grupo, por lo que se abría una vía ante mis ojos para seducir a aquella chica tan tímida que tanto me gustaba. Por primera vez en mi vida el destino parecía haberse aliado conmigo en temas amorosos y desde luego no iba a desaprovechar la oportunidad.

En los recreos comencé a juntarme con Jesús y sus amigos; unas personas que siempre me llamaron la atención porque tenían la costumbre de saludarse todas las mañanas con besos y apretones de manos según la mezcla de géneros. Poco a poco fui conociendo a Alba y al resto de los integrantes de aquella cuadrilla, llevándome la alegría de encontrar entre ellos a Rocío; posiblemente la voz más bonita que he escuchado hasta el momento, y que todavía recuerdo como si estuviera hablándome ahora mismo. Reconozco que cuando teníamos clase de filosofía y le hacían leer algún texto en alto yo escuchaba con atención embelesado por el suave timbre su voz. Es curioso, pero para ciertas cosas como los olores y los sonidos tengo una memoria prodigiosa que, por desgracia, nunca salía a relucir a la hora de recordar fórmulas físicas o tablas de integrales.

El curso fue pasando al tiempo que Alba y yo fuimos aproximándonos cada vez más. Hablábamos a menudo, quedábamos fuera de las clases, estudiábamos juntos… hasta que una mañana de Abril decidí lanzarme a la piscina y le dije a Alba que me gustaba mucho (con bastante tacto, eso sí). Yo suponía que ella ya se lo imaginaba porque esas cosas siempre se notan, pero la verdad es que por la cara que puso creo que el que suponía mal era yo. Pese a que recuerdo su expresión con total nitidez, no sería capaz de expresarlo con palabras ahora mismo porque es una de esas cosas que hay que ver para entenderlas por completo.

Tras reponerse del “susto”, Alba me dijo que necesitaba tiempo para pensar en lo que le había dicho; pero justo a partir de ese instante comencé a sentir que algo entre los dos moría para siempre, pues el alejamiento fue palpable y mi tristeza en aumento. Nuevamente el amor me había dado la espalda y mientras las parejas se formaban a mi alrededor yo continuaba sólo y sin conocer a la chica de mi vida. Y para colmo de males, a los pocos días de aquella embarazosa situación con Alba la vi en el recreo besándose con un chico que me caía especialmente mal ya antes de saber nada de todo esto. La relación de Alba con aquel tío (que a día de hoy todavía sigue en marcha) fragmentó nuestro grupo abiertamente y, debido a esto, pocos meses después conocí a Esther.

“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.





Amores caducos. Capítulo I

8 01 2009

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cap-1

Los primeros recuerdos de mi relación con las chicas provienen de una academia que había en mi barrio donde recibía clases de ingles dos días a la semana (Martes y Jueves de 17:30 a 18:30 concretamente) a finales de la década de los ochenta. Allí una niña de mi edad  llamada Montse siempre trataba de sentarse cerca de mí para hablarme de cualquier tema, pero ante la distracción que aquello me causaba y mi timidez de entonces he de reconocer que me mostraba bastante reacio a entablar cualquier tipo de conversación con ella.

Supongo que hoy en día se me consideraría un completo desconsiderado por mi actitud ante aquella jovencísima dama, pero mi razonamiento era que yo iba allí a aprender inglés y no a juntarme con chicas, pues además en aquellos tiempos los niños y las niñas no se mezclaban prácticamente para nada en el colegio, formando dos mundos completamente aparte el uno del otro en los que regían leyes distintas para cada uno de ellos.

En el recreo los niños jugábamos al fútbol, a conducir motos imaginarias, a las canicas, al matapollos y a muchas otras cosas en las que por lo general yo no brillaba por mi destreza. Las niñas, sin embargo, paseaban por el patio hablando de no se sabe qué cosas, jugaban a “la goma” o simplemente se quedaban mirándonos mientras practicábamos aquellos deportes tan masculinos. No obstante todas las miradas de las féminas siempre se dirigían a los mismos dos o tres chicos populares de clase que no destacaban por su inteligencia ni sus notas pero sí por lo bien que vestían o lo buenos que eran dándole patadas a la pelota. Yo no era uno de esos “chicos populares”, pero a medida que por las tardes Montse trataba de llamar mi atención, dentro de mí fueron apareciendo sensaciones desconocidas hasta ese momento y que empezaron a hacerme sentir especial de alguna manera.

Montse era amiga de Begoña; una niña de la clase de al lado que acabó yendo a esa misma academia y con la que poco a poco fui cogiendo confianza y prolongando cada vez más los cinco minutos de charla en el portal de su casa después de las lecciones de inglés hasta el punto de que terminé por llegar a mi casa justo para sentarme a la mesa y cenar. Inconscientemente me daba cuenta de que Begoña sí que me llamaba la atención y no me importaba “perder” el tiempo si era por estar de charla con ella. También recuerdo que muchas de nuestras conversaciones versaban sobre un chico de clase que a ella le gustaba mucho, pero como yo por aquel entonces no tenía muy claro qué ocurría dentro de mi joven e inexperto corazón, no me sentía ni celoso ni nada hablando de Jorge; simplemente estaba feliz porque era capaz de conversar alegremente con una niña sin necesidad de ser un as del deporte ni un rebelde sin causa.

Las semanas pasaron y aquellas largas conversaciones no cesaron. Begoña y yo habíamos desarrollado una buena y sincera amistad, pero justo cuando empezaba a pensar que me estaba enamorando por primera vez en mi vida Begoña dejó la academia y no volví a tener contacto con ella hasta muchos años más tarde. En aquellos tiempos no había móviles y aunque tenía el número de teléfono de su casa (número que no recuerdo cómo llegó a mis manos) nunca me atreví a llamarla, pues sólo imaginar a su madre preguntándome alguna cosa indebida me hacía sentir tal vergüenza que la idea de descolgar el auricular y marcar aquella cifra plagada de treses quedaba descartada por completo.

Y luego al margen de todo esto estaba Cristina: una amiga de la playa desde mi más tierna infancia de la que estaba enamorado en el más estricto de los secretos. No hablaré ahora mucho sobre ella porque a modo de apéndice de este capítulo os incluyo un enlace a un largo texto que publiqué hace unos meses; pero huelga decir que jamás ocurrió nada entre nosotros y que al final en el verano del 92 fue a refugiarse en los brazos de un extraño con el que está viviendo actualmente.

De aquella época saqué como conclusión que perdí el contacto con Montse por pura inocencia y con Begoña por timidez; una timidez me acompañó hasta que en tercero de BUP comprendí que a la vida había que echarle un poco de cara si quería hacerme un hueco en ella. Ahora bien, todavía tendría que encontrarme con otra persona de la que me volvería a enamorar y de la que debería olvidarme: Alba. Pero eso ya es otra historia que abordaré en el próximo capítulo.

· ANEXO: Cristina; aquel primer amor platónico.

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