NOTA IMPORTANTE: Lo que vas a leer es uno de los capítulos de una obra titulada “Amores caducos”. Tras haber publicado por separado los diez episodios que la componen decidí revisarlos y crear con ellos un texto más completo y mejor estructurado que puedes encontrar en el siguiente enlace donde también hay disponible una versión descargable en formato PDF:
http://luipermom.wordpress.com/amorescaducos

Paula era una compañera de universidad que conocí a mitad de carrera y de cuyo acento me enamoré tras un par de conversaciones intrascendentes entre clase y clase. Por casualidades del destino coincidimos en la biblioteca en más de una ocasión estudiando para los exámenes y al final, poco a poco y sin saber muy bien por qué, empezamos a tontear hasta que un buen día ella me invitó a su casa para preparar juntos la asignatura de física aprovechando que teníamos el examen final más o menos sobre las mismas fechas. Sobra decir que entre aquellas paredes lo único que no hicimos fue estudiar y al final ni ella ni yo nos presentamos a aquel examen porque las posibilidades de aprobar eran inversamente proporcionales a las ganas de quedarnos un rato más entre las sábanas de su cama.
Aquella chica era de Asturias, pero había venido a estudiar a Alcalá aprovechando que una prima suya tenía casa aquí; un piso que estaba casi siempre vacío porque sus dueños se pasaban jornadas enteras fuera por asuntos de trabajo. Fue precisamente en aquella casa donde todo comenzó y donde todo empezó a terminar entre los dos, ya que en última instancia la pasión incontrolable que compartíamos, junto con la inestimable ayuda de un ex-novio suyo, acabó por arruinar la relación del modo más doloroso posible.
De cualquier modo he de reconocer que guardo muy buenos recuerdos de aquella historia, ya que con el tiempo he sido capaz de dejar a un lado las cosas malas y quedarme sólo con los días más dulces: frescos besos en el agua de la piscina a última hora de la tarde, predicciones de futuro en un banco del parque, el origen de mi afinidad por el aroma a coco, mañanas enteras de compras por Torrejón, los dos durmiéndonos en el sofá del salón mientras veíamos la televisión después de comer… Fue un comienzo de verano realmente increíble en el que me sentía en la cima del mundo. Sin embargo aquella sensación no duraría mucho tiempo, pues cuando ella se fue a pasar 15 días a Langreo (su pueblo; muy cerca de Oviedo) y yo marché como cada verano a pasar una temporada en Oropesa, las cosas cambiaron radicalmente.
De hecho, recuerdo que ella partió apenas unas horas antes que yo, así que me tocó ver cómo su coche se alejaba cargado de maletas calle arriba haciéndose cada vez más y más pequeño… En ese instante, aunque los dos dijimos que nos echaríamos de menos y que ojalá los días pasaran rápido, tuve la terrible sensación de que no volveríamos a estar juntos nunca más y que aquellas semanas tan felices habían terminado. Paula podía decir todo lo que quisiera, pero en realidad estaba contenta por irse a su pueblo; y no digo que no debiera estarlo, pero lo que decía no se correspondía con lo que sentía, y eso es algo muy peligroso. En cuanto el coche dobló la esquina me di la vuelta y me encaminé hacia mi verdadera casa mientras grandes lágrimas rodaban por mis mejillas tratando de ocultar mi silencioso llanto al mundo escudándome tras unas grandes gafas de sol.
En ese momento pesaban mucho en mí todos los buenos momentos vividos en las últimas semanas porque me dolía pensar que se marchaban para siempre en aquel coche azul: Paula se había encariñado de tal modo conmigo que me decía que no podía entender cómo había podido estar anteriormente con un chico de su pueblo que siempre definía como “un yonki pastillero” y que se daba cuenta de que la relación con aquel tío no era más que sexo salvaje, porque más allá de aquello el tal Arturo no tenía nada especial. Me confesaba, por ejemplo, que jamás habían tenido una conversación cariñosa al despertar juntos como las que teníamos nosotros. Yo me sentía muy especial cuando me decía que conmigo tenía la suerte de tenerlo todo y ser plenamente feliz en todos los aspectos. Por primera vez en su vida sentía que alguien la quería de verdad, y cada vez que decía palabras como aquellas yo pensaba que por fin, tras tantos descalabros sentimentales, había encontrado el amor de mi vida.
El caso es que todavía sin recuperarme del todo del disgusto llegué a Oropesa al día siguiente y allí estaban mis amigos y amigas de toda la vida, a los que no tardé en contar lo bien que me sentía con Paula y la suerte que tenía de estar a su lado. No les iba a confesar nada más llegar mis malas sensaciones en la despedida de mi chica, así que no me compliqué y traté de no mezclar mucho esos dos mundos que no tenían absolutamente nada en común el uno con el otro. Sin embargo, precisamente por ser mis amigos y compartir con ellos muchas horas del día y de la noche, pronto comenzaron a notar cosas un poco extrañas en mi comportamiento; y es que Paula apenas me llamaba y las pocas veces que hablábamos parecía como si le molestara que yo formara parte de su vida. Algo que evidentemente me hacía sentir triste y corroboraba mis malos presagios cuando Paula marchó pocas horas antes.
Los días fueron transcurriendo sin demasiados cambios hasta que una noche aciaga de Sábado en la que recorrimos media localidad para encontrar un bar en el que poder sentarnos a tomar algo los quince integrantes de nuestro grupo (era Agosto y todo estaba llenísimo) las cosas se empezaron a torcer peligrosamente; tan peligrosamente que mi teléfono acabó apagado al final de la noche y yo con la firme intención de no encenderlo nunca más gracias a la persona que una semana antes me decía que quería pasar conmigo el resto de su vida.
Lo que sucedió es que ante la falta de noticias de Paula y lo mucho que la echaba de menos se me ocurrió llamarla sobre la medianoche para ver si me contaba cualquier cosa que me hiciera sonreír, así que me levanté un momento de la mesa, me alejé unos metros y saqué mi teléfono del bolsillo. Marqué su número y… ¿qué me encontré? Pues que Paula era una completa extraña; como si hubiera llamado al teléfono de otra persona. En ese momento no sabía si realmente era ella, si se había quedado amnésica… y por un momento dudé si habría marcado mal; pero sin embargo era su voz la que estaba a otro lado del teléfono diciendo: “¿Sí, quién es? ¿Sí?”… Y yo, pensando que realmente no me escuchaba por algún fallo técnico, decía en voz alta “Paula, soy Luis, ¿me oyes?, ¿Paula?”. Sin embargo, una voz de chico cercana y nítida al otro lado del teléfono me devolvió de un mazazo a la realidad cuando dijo “¿Pasa algo, Paula?” a lo que ella dijo acompañado de unas risas, “No no, nada, se han equivocado” y a continuación colgó sin más.
En aquel instante mi respiración se detuvo y el brazo derecho cayó sin fuerza hasta quedar perpendicular al suelo con el teléfono colgando de la punta de mis dedos. No me podía creer que la que se supone era mi novia me hubiera ninguneado de aquella manera. Lo que había ocurrido sólo tenía una explicación posible, pero me negaba a asumirla así de primeras y tan de repente.
Ni siquiera me di cuenta de que mi amiga Irantzu (aquella chica que se me “autopresentó” en la playa años atrás) se había acercado a mi lado al darse cuenta de mi reacción. No sé qué cara se me quedó, pero por lo que me dijo minutos más tarde, nunca había visto a nadie con una expresión así en su rostro. De hecho mis amigos me contaron que por un momento pensaron que me estaba dando un mareo o algo así y que por eso Irantzu se acercó a ver si me encontraba bien.
Pese a que esa noche juré una y mil veces que no quería volver a saber nada de Paula, no pude evitar volver a llamarla al día siguiente para asegurarme de que todo aquello no era una simple pesadilla. Esta vez descolgó el teléfono y me escuchó a la perfección; pero cuando pedí una explicación sobre su falta de noticias, su cambio radical de actitud hacia mí desde que se fue a Langreo y, sobre todo, el numerito de hacía unas horas me dijo que tenía que entender que Arturo era alguien muy importante en su vida y que siempre iba a estar ahí. También comentó que desde que llegó a su pueblo sus amigas y su familia le habían estado diciendo que tener novio es un rollo, que aprovechara para pasarlo bien y que se olvidara de mí cuanto antes (y eso sin conocerme de nada. ¡Qué grandes personas!).
Con aquello que me estaba diciendo me quedaba bastante claro que Paula estaba conmigo en Alcalá porque no tenía a otra persona a mano y bastante me estaba doliendo ese hecho ya de por si. Sin embargo, por encima de eso, no me terminaba de convencer del todo aquello de que esa persona con la que Paula sólo tenía en común días de sexo salvaje en el pasado y que siempre era objeto de sus críticas por aquel cariño que no le daba y sus habituales “fiestas químicas” resultara ser ahora alguien tan importante y que estaba presente día y noche en la mente de la que se suponía era mi novia. No me cuadraba por ningún lado, así que como no quería prolongar más aquella agonía le pregunté directamente a Paula si se había acostado con Arturo la noche anterior.
Ella no tuvo excesivos problemas en darme la razón: me dijo que se habían encontrado, que se pusieron a recordar días pasados, bebieron un par de copas y al final acabaron en la cama como en los viejos tiempos. Añadió también que más o menos en esos momentos es cuando se me ocurrió la feliz idea de llamar por teléfono y que con Arturo delante no se iba a poner a discutir conmigo. Y lo más surrealista de todo es que me recomendó que no me enfadara por aquello, pues si se había acostado con él un montón de veces en el pasado no veía problema en hacerlo una vez más. -”¿Qué más da cien que ciento una?”- me dijo. Ante una frase tan cruel, evidentemente, me sentí la persona más estúpida y desgraciada del mundo.
En ese momento yo me encontraba sentado en unas rocas solitarias mirando cómo las olas iban y venían contra ellas, y al escuchar aquello sentí intensos deseos de lanzar el teléfono al fondo del mar ahogándolo allí para siempre. Ya era la segunda vez que me sentía realmente mal gracias al puñetero móvil y no iba a permitir una tercera. Sin embargo, pese a que la situación no se prestaba a ello, conseguí dominar mis impulsos destructivos y organicé unas palabras en mi cabeza con las que le dije a Paula que si tanto le gustaba ese tío, que se fuera con él y me dejara en paz de una vez.
Se notó que ninguno de los dos teníamos muchos deseos de hablar en ese momento. ¿Qué más nos quedaba por decir? Yo quería que Paula se olvidara de mí para siempre y ella parecía haber pasado ya otra página en su vida. Tras colgar el teléfono me quedé casi una hora sentado en aquella roca mirando cómo la espuma pintaba de blanco los riscos más próximos al agua mientras pensaba que, como si de una maldición se tratara, volvía a encontrarme sin amor como tantas veces en el pasado.
Tal vez no debí haberme hecho tantas ilusiones con aquella relación, podría habérmela tomado como algún tipo de “rollo largo” y así no me hubiera afectado tanto aquel final tan abrupto. Quizás aquello que había ocurrido no era tan extraño de todos modos en los tiempos que corren y el problema fue que no supe captar los mensajes que Paula me enviaba codificados en sus silencios… Todas las explicaciones que me podía montar en mi cabeza parecían tener sentido, pero la verdadera historia era que Paula se había acostado con su ex-novio y no tenía el menor remordimiento de conciencia. Teniendo eso en cuenta comprendí que no debía tratar de echarme demasiadas culpas de aquel fracaso, así que me levanté de la roca y opté por dar un largo paseo para empezar a olvidarme de ella.
Nunca volvimos a cruzar una palabra, no volví a escuchar su dulce acento del Norte ni a ver sus bonitos ojos verdes porque tras aquel verano loco se matriculó de la misma carrera pero en la universidad de Oviedo (ignoro si para estar más cerca de Arturo, más lejos de mí o por cualquier otro motivo). Es posible que en casa de su prima siga el libro de física que aquella mañana dejé olvidado sobre su escritorio; y en tal caso, si no las borró en su momento, en él seguirán escritas las notitas cariñosas que nos dejábamos en los márgenes de las hojas cuando estudiábamos juntos en la biblioteca.
Tras aquella experiencia tan humillante tal vez lo más recomendable hubiera sido dejar el amor como una asignatura imposible en mi vida. Sin embargo, un tiempo después me atreví a dar otro salto al vacío obteniendo a cambio la historia de amor más breve y más extraña que he vivido jamás y que pondrá el punto final a los relatos de “Amores caducos”.
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“Amores caducos“. Una obra original de Luis Pérez Mompeán (luipermom). Textos e imágenes bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España.
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