Cuando el gran búho me miró la sangre se congeló dentro de mis venas. Sus ojos parecían atravesarme, su gesto altivo no podía significar otra cosa que no fuera rencor y odio hacia mi persona. Aquella preciosa criatura era capaz de desatar en mí en ese instante las más temerosas sensaciones. Las mismas sensaciones que llegan a mi mente cada vez que recuerdo los días fríos de 2006, aquella nochevieja sin fin y tus arrebatos transitorios con los que pretendías machacar mi vida. Por suerte esquivé a tiempo tus ataques y supe buscar mi propio camino. Si hubiera seguido a tu lado no sé cómo estaría; pero sí sé que me encontaría, como decían en Pulp Fiction, “a mil jodidas millas de estar bien”.






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