Soñé contigo, con tu nombre recién descubierto, con tu cara de sorpresa. Soñé que conocía el lugar donde vivías, que llamaba a tu puerta y que abrías sabiendo quién era. Soñé que recordabas cada palabra de aquel relato que inspiraste bajo el sol, que tu memoria no flaqueaba ni por un instante, que la sonrisa afloraba como muestra de alegría y gratitud al mismo tiempo.
Soñé con vasos llenos de hielo expuestos al viento de la tarde, con las gafas de sol sobre la mesa, con gente caminando alrededor y nosotros ajenos a todo ese movimiento de personas que van y vienen. Soñé que la música sonaba tenue a través de los altavoces, que el calor se había esfumado como por arte de magia y que aquel desconocido lugar era el más cómodo del mundo.
Soñé que hablábamos sin parar durante horas, que el reloj avanzaba deprisa durante nuestro encuentro, que las sombras se alargaban a la luz de las palabras. Soñé que estábamos risueños todo el tiempo, que disfrutábamos de la tarde como nunca. Soñé que nos despedíamos con un abrazo al tiempo que no nos decíamos “adiós” sino “hasta luego”.
Soñé algo que parecía real tan que al despertar el día era gris, triste y aburrido pese a que el sol brillaba con fuerza en el cielo. Soñé que pasaba una tarde inolvidable. Soñé contigo.






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