Veo una aparición en la puerta de mi edificio: intento retratarlo para poner un cartel de “se busca” por toda la urbanización pero nunca puedo ver sus ojos porque están tapados tras un extraño aparato plateado que, dicen los de aquí, siempre lleva en una bolsa negra.
Detrás de él aparecen los edificios que tapan la visión de su niñez y tras sus hombros hay una puerta que lleva al pasado. Nunca le verás caminando despacio, y dicen de él que pase lo que pase a su alrededor jamás se detiene cuando va paseando por la orilla de la playa. Y todo eso por no hablar de los extraños acordes que unos grupos de nombres impronunciables hacen sonar a través de sus auriculares.
Sin embargo tiene un punto débil: hay unos minutos al día en los que se planta en la orilla del mar y dirige su vista al infinito. Sólo en esos instantes puedes intentar atraparle con un cazamariposas de cristal, porque en cualquier otro momento saldrá volando montado en su imaginación.
De cualquier modo, si lo cazas y lo metes en formol se acabará marchitando porque esta fugaz aparición sólo parece poder vivir en libertad creativa.






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